Ungüentos y champús

Una constante a lo largo de la historia ha sido nuestra preocupación por la belleza. Las mujeres de la nobleza egipcia utilizaban todo tipo de desodorantes, lociones corporales, tónicos capilares, mascarillas faciales… Sus ingredientes iban desde la famosa leche de burra hasta el lodo del Nilo, pasando por la miel, levaduras, arcilla, harina de avena o aceites de palma y cedro. En Roma tanto los hombres como las mujeres utilizaban el albayade y la tiza para blanquearse la cara. Y para blanquear los dientes, piedra pómez mezclada con orina de niño.

Para endurecer los pechos usaban vinagre, arcilla y corteza de encina macerada con limón. Pero lo mejor es que en algunos escritos se menciona el uso del sudor de lana de oveja como insuperable crema reparadora nocturna. No nos riamos demasiado: se trata del producto cosmético romano con lanolina…

El Renacimiento vio nacer muchos afeites y tratamientos realmente extravagantes. Por ejemplo, la reina María Estuardo de Escocia se bañaba en vino e Isabel de Baviera solía hacerlo en algo menos alcohólico, jugo de fresas. El barón Dupuytren usaba como crecepelo un compuesto elaborado con 150 gramos de virutas de madera de boj maceradas durante dos semanas en 300 mililitros de vodka, a lo que añadía después 50 mililitros de extracto de romero y 13 de nuez moscada. Con este ungüento se masajeaba por la mañana y por la noche.

Para las inevitables arrugas faciales nada mejor que la elaborada poción que utilizaba hace un par de siglos la entonces duquesa de Alba: una mascarilla hecha con cuatro claras de huevo batidas y cubiertas con agua de rosas. La mezcla, como se dice en las recetas de cocina, se llevaba a ebullición y después se las espolvoreaba con 15 gramos de polvo de alumbre y 7 de aceite de almendras. Y no se servía con unas verduritas porque iba directamente a la cara.

Quizá nos hagan gracia estas “recetas cosméticas”, pero si en un futuro nuestros descendientes leen los prospectos publicitarios es posible que también se rían de nosotros. Porque ¿qué razón tenemos para usar champús y geles al kiwi, con aromas del Mediterráneo o con proteínas de la leche o de la seda?

Hace algo más de un par de décadas los responsables de marketing de las empresas cosméticas han aprovechado el tirón que tiene la palabra natural para añadir al tradicional champú extractos “naturales” de todo tipo. Un ejemplo demoledor del papel del marketing lo tenemos en el origen del champú con extractos de avena: los responsables publicitarios lo idearon y después ¡se creó el champú!

Uno de los casos más llamativos es el de los champús que afirman contener proteínas de la leche, o de la seda (para hacer el pelo más sedoso, ¿pillan el juego de palabras?). Claro si miramos la descripción de los ingredientes nos encontramos que son proteínas hidrolizadas: han cogido las proteínas y las han cortado a cachitos. Es como si a usted le vendieran un montón de piezas de un coche y luego le dijeran que con eso puede viajar por la carretera…

Por cierto, el champú con aromas de Mediterráneo lo que contiene es… sal común. Chapeau por el publicista.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Iñaki dice:

    “Recetas cosméticas graciosas?” Pues anda que lo de la baba de caracol¡¡¡ La bruja de Cenicienta preparaba pócimas más apetecibles… 🙂
    El asunto no ha cambiado tanto. Ahora son los liponoseque y los hidronosecuantos. Parecidas porquerías con diferentes nombres.
    Un saludo.

  2. Gure dice:

    Tampoco nos pasemos. El problema es que de descubrimientos científicos sacan conclusiones erróneas: la baba de caracol le sirve para reparar el caparazón, pero lo que no se sabe es si funciona con la piel humana. Parten de premisas posibles aunque las distorsionan con fines lucrativos. “la pela es la pela…”

  3. Japa dice:

    Y no olvidemos las cremas con oxígeno activo, porque hemos de suponer que el que respiramos de a diario es oxígeno del género bobo

  4. Carmen dice:

    Buaagggg!! baba de caracol???, prefiero las arrugas!! jeje…

    Osea, ¿¿q lo del oxígeno activo no es la élite del oxígeno?? 🙂 …. otra decepción más q añadir a una larga lista… por una parte, debe ser terrible ser científico y ser plenamente consciente a todas horas de la cantidad de estafas encubiertas q nos rodean… uffff…

    Al final habrá q volver a lo q decía mi abuela… agua y jabón… si es q no valoramos como se merece la sabiduría de nuestros mayores… 😉

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