El misterio de las tres marías

Publicado 13 abril 2015 por masabadell
Categorías: Debate, Historia, Religión

Aquellos creyentes que piensan que la Biblia hay que entenderla como un texto histórico se enfrentan a muchos interrogantes de difícil solución. Para mí hay uno que, aún siendo menor, es tremendamente llamativo. Tomemos el Evangelio de Juan. En el momento de la crucifixión el autor nos revela que (Jn. 19,25) “junto a la cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena” (utilizo la muy reconocida traducción de la Biblia de Cantero e Iglesias).

Solo hay dos formas de entender este misterioso versículo: o bien tenemos a unos padres que llaman María a dos de sus hijas (un nombre, por lo demás, muy común en la Palestina de entonces), o bien estamos ante la descripción de que en realidad había cuatro mujeres y no tres a los pies de la cruz.

Tradicionalmente se supone que en aquel ominoso momento solo estaban presentes tres mujeres (la tercera en discordia, otra María pero esta vez la Magdalena, la dejaremos para otra ocasión). El autor de Juan nos aclara que la segunda María es la mujer de Cleofás, que la tradición asegura que es el hermano de José, el padre (si usted es cristiano será padre putativo) de Jesús. Así que tenemos dos hermanas llamadas María que se casan con dos hermanos, José y Cleofás. Normalmente los católicos resuelven el problema diciendo que en realidad son concuñadas por estar casadas con dos hermanos, sin relación sanguínea entre ellas. Para defender esto los teólogos católicos argumentan que en arameo el término “hermano” se emplea para designar todo un grupo de parientes: primos, cuñados… Sin embargo este razonamiento no se sostiene, pues el Evangelio de Juan fue escrito en griego, donde sí existen esas diferencias: si el evangelista dice hermana es porque son hermanas.

Pero lo más misterioso está aún por llegar. Miremos los nombres de los hijos de estas dos marías. La madre de Jesús lo fue también, según nos aclaran los propios evangelistas, de Santiago, José, Judas y Simón. Los católicos, que no los protestantes, pueden argumentar que no eran hijos reales de María, pues siempre fue virgen, pero este detalle no afecta a la historia que viene a continuación. Ya sean hijos o hijastros, comparemos estos nombres con los hijos de su “hermana” María, la mujer de Cleofás: Santiago, Simón, Judas y José. Esto nos deja con un misterio aún mayor: dos hermanas llamadas igual, casadas con dos hermanos y que ponen los mismos nombres a todos sus hijos (y algunos autores señalan que en el mismo orden). ¡Qué absoluta falta de imaginación!

El misterio de la gran ciudad africana

Publicado 27 marzo 2015 por masabadell
Categorías: Uncategorized

Cerca de las montañas Chimanimani y del lago Mutirikwe, en el sureste de Zimbabue, se encuentra la ciudad de la cual toma nombre este país africano que posee 16 lenguas oficiales: el Gran Zimbabue. Se trata de un impresionante complejo de edificios de piedra repartido en 150 km2 y construidos entre los siglos XI y XV, en los que no se empleó ni cemento ni mortero, y las piedras fueron cuidadosamente talladas para que encajaran a la perfección, como una especie de puzzle gigante en tres dimensiones. Algo increíble si consideramos que hay paredes de hasta 10 metros de alto. La ciudad estuvo ligada a yacimientos de oro: en las minas del sur de Zimbabue se estima que se extrajeron unos 600.000 kilos de oro. El comercio mediterráneo y asiático llegó hasta aquellas latitudes, pues se han encontrado numerosos restos chinos persas y sirios. Por qué se abandonó este complejo sigue siendo un misterio.

¿Quiénes fueron sus constructores? Las teorías colonialistas de principios del siglo XX, atribuyeron este mérito a árabes o fenicios, e incluso se llegó a decir que era una réplica del palacio de la mítica reina de Saba (todo menos atribuirlo a la pericia de los obviamente inferiores negros africanos). Pero las excavaciones arqueológicas realizadas apuntan a los antecesores de los shona, la tribu predominante hoy en Zimbabue. Es más, en su idioma este país africano se denomina Dzimba dza mabwe, casa de piedra.

Ahora bien, otros historiadores defienden que sus constructores fueron los miembros de otra tribu, mucho menos numerosa: los lemba. Para complicar las cosas aún más los lemba afirman estar relacionados con uno de los mitos judíos más conocidos: dicen provenir de una de las tribus perdidas de Israel.
Uno de los mayores expertos en esta región africana, Tudor Parfitt, junto con sus colegas de la Universidad de Londres, ha descubierto una peculiar característica en su cromosoma Y llamada haplotipo modal Cohen.

El nombre viene de la casta sacerdotal judía conocida como los kohanim: los hombres dicen ser descendientes directos de Aaron, el hermano mayor de Moisés y primer Sumo Sacerdote judío. Que esta peculiaridad se encuentre en ambas etnias hace pensar a muchos que la historia oral de los lemba, que dicen proceder de Oriente Próximo y en particular de un grupo que salió de Judea hace 2.500 años, tiene cierta base. A todo ello hay que añadir el hecho de que los lemba no comen cerdo, conejo, liebre o peces sin escamas, como manda el Levítico, matan los animales a la manera kosher e introdujeron en el este de África la circuncisión. Incluso Parfitt ha hipotetizado que la tradición lemba que habla de un objeto sagrado, ngoma lungundu o tambor de trueno, es en realidad, el Arca de la Alianza que se perdió de Jerusalen tras ser destruida por los babilonios.

¿Estaremos ante algo más que un mito? África guarda una gran cantidad de misterios en su interior.

Por qué hay que usar adornos navideños

Publicado 24 diciembre 2014 por masabadell
Categorías: Uncategorized

Hace 100 años detuvieron una guerra…

feliz navidad 2014

La verdadera historia del ébola

Publicado 7 octubre 2014 por masabadell
Categorías: Uncategorized



En 1976, en la pequeña ciudad de Yambuku, situada al norte de lo que hoy es la República Democrática del Congo, se detectó una nueva y misteriosa enfermedad: algo ocasionaba unas fiebres hemorrágicas que producían dolores musculares y de cabeza, vómitos y diarreas. Después los riñones e hígado empezaban a fallar hasta que en las fases finales aparecía un profuso sangrado, tanto interno como externo: algunos enfermos llegaban a sangrar por los ojos y otros parecían que sudaban sangre. La muerte era casi inevitable: el 88% de los que enfermaron, murieron. Al año siguiente la revista médica Lancet publicaba tres artículos que describían al causante de esta enfermedad. Dos de ellos apuntaban a que podía tratarse de una nueva especie de uno ya conocido, el virus de Marburgo, nombrado así por la ciudad en la que se descubrió por primera vez en 1967, y que también provocó fiebres hemorrágicas. El tercer artículo, escrito por investigadores del Centro de Control de Enfemedades de Estados Unidos, defendían que se trataba de un nuevo tipo de virus y lo bautizaron con el nombre del río que cruza la zona del estallido epidémico: ébola. Hasta diciembre de 2013 se tenía constancia de que las cuatro especies conocidas de ébola habían matado a 1.582 personas. La epidemia más mortal fue la de 1976, con 280 muertos. Hoy, ese mismo virus descubierto hace casi 40 años ha matado cerca de 4.000 personas, con una tasa de mortalidad del 71%.

Del virus sabemos muy poco: no se conoce cuál es el portador, aunque se sospecha de que puede tratarse del murciélago de la fruta; tampoco se sabe qué otros animales pueden transportarlo sin quedar infectados, aunque murciélagos, ratones y cobayas son inmunes a sus efectos; el contagio se produce por contacto con fluidos corporales infectados, como la sangre, los vómitos o las heces, aunque también la saliva, la leche materna y el semen (de hecho, se sospecha que el virus puede mantenerse latente en el semen hasta 90 días después de la infección); y lo peor de todo: no hay un tratamiento válido. A pesar de ser una enfermedad contagiosa con el mayor índice de mortalidad (puede alcanzar el 90%), como se encuentra localizada en África a pocos de los gobiernos y empresas farmacéuticas del primer mundo le resulta imperioso buscar una cura. Desde hace décadas los expertos han venido avisando que la ruptura de las fronteras causada por la globalización de las comunicaciones permitía que virus antes perfectamente localizados y contenidos en regiones remotas podían llegar a cualquier punto del planeta. El sida es un buen ejemplo de ello: solo fue necesario un grupo de personas muy viajeras y activas sexualmente para provocar la pandemia que asola nuestro planeta desde los años 80.

Los optimistas a ultranza decían que el ébola no podría llegar a Europa porque mataba demasiado deprisa y estaba geográficamente contenido. Al parecer semejante confianza no se ha resquebrajado nunca, ni siquiera con el susto que se dio norteamérica en el ahora lejano noviembre de 1989. Entonces, en el Laboratorio de Productos de Investigación Hazleton en Estados Unidos, 200 monos del género Cynomolgus, unos pequeños macacos de cola larga llegados desde las Filipinas vía Amsterdam, comenzaron a morir en sus jaulas. Estos animales, muy apreciados en la investigación médica, estaban muriendo de manera imprevista. Los especialistas de los centros de control de enfermedades estaban muy preocupados: ese año habían entrado a los Estados Unidos sólo por el aeropuerto John F. Kennedy 16.000 de esos monos y daba miedo pensar que “algo” hubiera llegado con ellos. Se tomaron muestras de los tejidos de los monos muertos. Observándolas al microscopio descubrieron ese “algo”, que hizo pensar lo peor: unas clarísimas estructuras alargadas, filamentosas, extremadamente parecidas al ébola.

Por ello, todos los monos de Hazleton fueron preventivamente sacrificados. Pero a los pocos meses, unos monos que estaban en cuarentena en un laboratorio de Texas comenzaron a enfermar. En abril de 1990 sucedió lo que muchos temían: una persona quedó infectada a través de una herida en el dedo ocurrida durante una autopsia a un mono. Lo único que pudieron hacer los médicos fue aislar al enfermo y esperar. A las tres semanas el hombre se encontraba invadido por los anticuerpos contra el virus. En los días siguientes otras tres personas se infectaron debido al contacto con los monos. Afortunadamente, ninguno de ellos enfermó. El virus no era idéntico al ébola, sino una mutación, por fortuna, no letal para los seres humanos. Fue bautizada como virus Reston, por la ciudad de Virginia donde está el laboratorio en que apareció. Y la fortuna entonces fue doble porque se sospecha que el virus Reston puede contagiarse por vía aérea: ¿podemos imaginarnos lo que hubiera sucedido en el caso de una mutación letal?

¿Y cómo unos macacos de Filipinas pudieron contraer una enfermedad típicamente africana? La pregunta no tiene respuesta, y al principio se sospechó que se contagiaron durante el viaje a Reston abordo del avión de KLM donde viajaban: otro ejemplo de la globalización del transporte al servicio de los virus. Hoy el virus Reston, una nueva cepa del ébola, sigue activo en Filipinas. En diciembre de 2008 diversas granjas de cerdos del norte de la isla dieron positivo al virus y se produjo el primer contagio al hombre, uno de sus cuidadores. Por suerte, el virus sigue sin afectar a los humanos, pero que pueda transmitirse desde el cerdo añade un nuevo riesgo, pues este animal es uno de nuestros principales proveedores de enfermedades.

Lo llamativo de este asunto es que ningún gobierno occidental se planteó el riesgo que suponía un evento similar al de Reston pero mucho más peligroso. Tampoco han reaccionado con la pandemia de ébola que está asolando África Occidental desde diciembre de 2013, a pesar de las advertencias de la Organización Mundial de la Salud. Los estudio de la OMS señalan que para enero de 2015 en Sierra Leona y Liberia podrían alcanzar los 1,4 millones de infectados. Con una tasa de mortalidad del 70% implica un millón de muertos en esos dos países.

Creíamos que estábamos a salvo, que mientras siguiera matando africanos poco podía importarnos; Liberia está muy lejos. ¿Para qué dedicar recursos a tratar una enfermedad de ese continente-favela? Mientras siga proporcionándonos lo que necesitamos para vivir nuestras cómodas vidas y siga siendo nuestro particular basurero tecnológico, donde enviar nuestros móviles y ordenadores viejos…

Por pura cuestión de ética habría que haber actuado; por prevención, habría que haber actuado. Nadie respondió a las llamadas de la OMS, que se veía desbordada ya a principios de este año. Hemos tenido que esperar a septiembre para que la ONU declarara esta epidemia una amenaza a la seguridad y salud mundial. Mientras, el escaso personal sanitario de los países azotados por el virus, esos hombres y mujeres africanos que arriesgan sus vidas y que, debido a la total falta de medios, se infectan y mueren por cuidar a los enfermos, son los verdaderos héroes. Lo más triste es que nadie los recordará, ni se erigirán monumentos en su memoria.

De aquellos barros tenemos estos lodos. Hoy, España, ha entrado en la historia de la medicina al convertirse en el primer país no africano donde se ha producido un contagio.

Málaga: ni un euro a la cultura científica

Publicado 2 junio 2014 por masabadell
Categorías: Ciencia y política, Debate

Hace dos años escribí las líneas que siguen en la columna de opinión del periódico El Sur de Málaga. ¿Por qué recupero hoy este artículo? La razón se descubrirá al final del mismo.


Un museo ha muerto y lo ha hecho sin haber nacido.

En 2010 llegué a Málaga con la ilusión de quien va a participar en un proyecto que cree fantástico. Programa Royal Collections me contrataba como director científico de Art Natura Málaga (ANM) para definir y coordinar los contenidos de los dos museos de ciencia que iban a estar ubicados en uno de los edificios de la antigua Tabacalera.

No se trataba de esos museos de ciencia que se dicen interactivos cuando en realidad son automáticos, en los que tocas un botón a ver qué pasa. Lo que se iba a abrir en Málaga era un complejo de historia natural.

Para ello contaba con un magnífico grupo de jóvenes técnicos y científicos que no puedo dejar de mencionar, Vanessa, Ana, Mavi y Francisco, ilusionados por un proyecto que iba a contar una historia, nuestra historia. Porque los malagueños iban a disfrutar de lo que se ha dado en llamar la Gran Historia: del origen del universo a la aparición del ser humano moderno. Allí verían con sus propios ojos de dónde vienen los materiales con los que estamos hechos y los restos de quienes vivieron en nuestro planeta hace varios centenares (¡y miles!) de millones de años. Era un viaje fascinante que demostraba lo que es capaz de hacer la naturaleza si se la deja tiempo para actuar en un pequeño planeta rocoso que orbita una estrella arrabalera en una de las miles de millones de galaxias que pueblan nuestro universo.

Por desgracia, ANM siempre fue conocido por lo que, en mi opinión, era lo menos importante: las gemas. Una colección única, sí. Exclusiva, también. Con esculturas, piezas de arte suntuario y tapices magníficos, sin duda. Pero para mí, a años-luz de lo verdaderamente hermoso, como la delicada fragilidad de las agujas de yeso o la extraña belleza del Sinosauropteryx. Aún diría más: la historia natural une al ser humano porque nos hace sentir lo que siempre hemos sido sin saberlo, ciudadanos del cosmos. Por el contrario, la gélida belleza de las gemas lapidadas únicamente me susurra la desigualdad social y la explotación del hombre por el hombre. Málaga se merecía los dos museos de ciencias, a pesar de moverse a la sombra del (cansino) museo de gemas.

Durante la ya lejana campaña electoral municipal me dolió escuchar a uno de los candidatos decir que si ganaba pensaba abandonar el proyecto en pos de un fin más cultural. ¿Es que la ciencia no es cultura? Tamaña miopía solo puede provenir del desconocimiento. No nos equivoquemos: la ciencia interesa a la ciudadanía. ¿Saben cuáles son las tres revistas más vendidas de España? Por orden, Pronto, Hola y Muy Interesante. Abran bien los ojos. La tercera revista con más lectores del país, detrás de dos dedicadas exclusivamente al cotilleo, es de divulgación científica.

Sé que a los malagueños les interesa esa Gran Historia que se iba a contar en Tabacalera: buena prueba de ello la dieron el año pasado (2011) durante La Noche en Blanco, aguantando largas colas de espera. Allí montamos, a pesar de la velada oposición del que era nuestro jefe, una pequeña exposición de los tesoros de la Tierra que iban a poder disfrutar los malagueños. Recuerdo cuando mostrábamos un trilobite y, bajando la voz como quien cuenta una secreto, decíamos a alguno de los visitantes: “si pones el dedo aquí estarás tocando algo que vivió en la Tierra hace 500 millones de años”. Aún guardo en mi memoria la cara de los niños, con los ojos abiertos como platos y acercando lentamente el dedo como si fueran a tocar algo importantísimo. Ni los adultos escapaban al asombro y al deseo de sentir los restos de aquel ser vivo de una época ya olvidada.

Estoy dolido porque un museo del siglo XXI destinado a la Tercera Cultura, que une las ciencias con las humanidades, ha muerto sin haber nacido. El proyecto museológico está prácticamente terminado –y es propiedad del Ayuntamiento- y las ilusiones del aquel “grupo de ciencias” aún resuenan entre las paredes de Tabacalera. Pero poco importa ya. Lo único que importa es que Málaga se va a quedar sin contemplar, por ejemplo, los restos dejados por los seres vivos que, hace 3.000 millones de años, vivieron y dominaron un planeta sin continentes, cubierto por un océano de aguas hirvientes mientras altos conos volcánicos, repartidos por todo el globo, arrojaban gran cantidad de gases a un cielo casi por completo libre de nubes. Mientras, por las noches, los meteoritos cruzaban resplandecientes los cielos, y de vez en cuando alguno se estrellaba contra el agua provocando inmensos tsunamis de varios kilómetros de altura. Saber eso, vivir eso, sentir eso, es lo que se va a perder Málaga.

Un museo así no se debe dejar escapar. La Universidad lo sabe y la Academia Malagueña de Ciencias también, y cuentan con todo mi apoyo para resucitar este gran proyecto cultural. No necesitamos gemas ni tampoco a Programa Royal Collections (PRC), cuyo interés por la ciencia siempre fue coyuntural. Necesitamos recuperar la ilusión de aquel pequeño “grupo de ciencias” y el entusiasmo con el que la Universidad (y vaya mi gratitud a los profesores Paul Palmqvist y Enrique Viguera) y la Academia Malagueña de Ciencias, entre otras fuerzas sociales, apoyaron la idea de llevar la ciencia al corazón y la mente de los malagueños y, por supuesto, de los turistas. Los museos de Ciencias de la Vida y Ciencias de la Tierra nacieron en la mente de PRC como segundones, pero en sus venas corría sangre de campeones. Málaga se merece ser alguien en el mapa europeo de la cultura científica. El Ayuntamiento debería continuar y aceptar el reto.

Pues no ha sido así. En distintas reuniones mantenidas con el ayuntamiento malagueño se nos dijo que no podían disponer de fondos para crear un centro que aglutinara los excelentes esfuerzos que se están realizando en Málaga en pro de la cultura científica. No podían gastar ni un euro. El tiempo nos ha demostrado que la frase no estaba bien enunciada: no querían gastar un euro en ciencia. El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, y su concejal de cultura (y lo escribo así a posta, con minúscula), Damián Caneda, tienen en su vestuario, además del traje y la corbata de rigor, unas orejeras culturales que, por desgracia, abundan entre el ejecutivo de nuestro país. Para ellos la cultura son cuadros, obras de teatro y conciertos. El caso del consistorio malagueño es más sangrante, pues considera que, además, la cultura debe y se puede comprar a golpe de talonario. No hay dinero para hacer relucir la ciencia malagueña y española pero sí lo hay para alquilar cuadros a franceses y rusos por un montante total de millón y medio de euros anuales (más sueldos y gastos de mantenimiento, claro). ¿Para qué llegar a acuerdos con nuestro Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, con fondos magníficos y encerrados en almacenes, si se puede llevar a la costa del Sol una muestra de pintores rusos? En Málaga hay excelentes colecciones privadas de fósiles, minerales, historia marina… cuyos dueños estarían más que felices de verlas expuestas con criterio. El ayuntamiento tuvo la oportunidad de contar una historia universal, la historia del ser humano y de la vida en nuestro planeta, pero ha preferido invertir medio millón de euros anuales en una muestra de, por otro lado, magníficos pintores rusos. Al parecer del alcalde y el concejal de cultura (con minúscula), la costa del Sol es el lugar idóneo para una exposición permanente de cuadros que nada tienen que ver con Málaga: no hay nada como enseñar cultura fuera de contexto. O quizá han considerado que sí lo hay porque para eso se han instalado los millonarios (y no tan millonarios) hijos de la madre patria Rusia en las soleadas costas malagueñas. Tengo la sensación de que todo esto viene porque en el consistorio creen que, en realidad, va a ser un atractivo para… los cruceristas. Ya imagino la propaganda: Málaga, ciudad de cruceros. ¿Y los malagueños? Bueno, están para apoquinar los más de dos millones de euros anuales que seguro cuesta mantener tales museos.

Y pensar que con la décima parte se podría mantener un excelente centro dedicado a transmitir la pasión por el conocimiento del mundo en que vivimos…

¿Saben qué es lo mas triste de todo? Que nadie en el Ayuntamiento de Málaga va a ser consciente de lo que han perdido.

Medicinas sacacuartos

Publicado 30 abril 2014 por masabadell
Categorías: Pseudociencia, Historia de la ciencia, Bioquímica, Medicina

Desde mediados del siglo XX el curandero clásico de hierbas y potingües ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son los sanadores energéticos.

Entre estas peculiares terapias se encuentra la llamada medicina vibracional, inventada por el médico Albert Abrams (1863-1924), que ha sido llamado “el decano de los charlatanes del siglo XX”. Su método de curación, que bautizó como radiónica, se basaba en que Abrams era capaz de detectar las diferentes energías o vibraciones emitidas por los tejidos sanos y enfermos de todos los seres vivos. Para poder exportar esta terapia, diseñó un conjunto de dispositivos que decía eran capaces de medir estas vibraciones y creó un sistema para evaluarlas y determinar la enfermedad.

El hecho de que en toda la historia de la ciencia ningún instrumento haya podido detectar semejantes vibraciones o energías no ha detenido a ningún creador de terapias energéticas (o de imposición de manos). Entre ellas se encuentra el llamado toque terapéutico. Fue inventado en los años 1970 –la segunda época dorada de lo paranormal tras el impasse provocado por las dos Guerras Mundiales- por una enfermera norteamericana llamada Dolores Krieger. Estaba convencida de que las palmas de las manos podían canalizar una energía curativa y que, además, eran capaces de detectar el (inexistente) campo energético humano. Un campo que, según sus defensores, fue postulado por Albert Einstein, aunque nunca han aportado prueba alguna para esa afirmación.

En un terreno similar se mueven los defensores de la aurasomaterapia, “una terapia holística del alma en la cual los poderes vibracionales de los colores, los cristales y los aromas naturales se combinan con la luz para armonizar el cuerpo, la mente y el espíritu de la humanidad”. Como no puede ser de otro modo, quienes lo practican dicen que se trata de un técnica muy antigua –lo que, una vez más, es sinónimo de efectividad- que fue redescubierta en los 1980 por la clarividente inglesa Vicky Wall.

Europa y Estados Unidos poseen un tipo de curandero característico que bajo el paraguas de dudosas credenciales académicas afirma poder tratar todo tipo de enfermedades, incluyendo el cáncer. Entre estos luce con luz propia Hulda Regehr Clark, una doctora en zoología reconvertida a naturópata que decía poder curar todo tipo de cáncer y murió en 2009 de un mieloma múltiple. Para ella todas las enfermedades tenían su origen en toxinas creadas por nuestro contaminado entorno y por gusanos. Entre estos últimos Clark apuntaba al peligroso parásito intestinal Fasciolopsis buski como el causante del cáncer, el sida y el Alzheimer. Entre sus coloristas tratamientos incluía una tintura de vainas verdes de nueces, hojas de ajenjo y clavos.

Otro es el médico alemán Ryke Geerd Hamer, creador de la Nueva Medicina Germánica según la cual “Las enfermedades graves se originan por un acontecimiento inesperado que es vivido como muy difícil, agudo, dramático y en soledad”. Encarcelado en Alemania y Francia por fraude y práctica médica ilegal, se exilió en Málaga hasta 2007, donde ejerció su particular visión de la medicina ayudado por el médico Fermín Moriano. Hasta la fecha, ni Hamer ni sus defensores han podido aportar ni un solo caso documentado de curación de un paciente de cáncer utilizando su método.

Otro tipo de curandero netamente occidental es el intuitivo, que dice diagnosticar y enseñar a otros a curar sin preocuparle en demasía la llamada la medicina basada en las pruebas. Él, simplemente, sabe. Afirman utilizar su “perspicacia”, por llamarla de algún modo, para diagnosticar por teléfono, radio o Internet. Y no solo con enfermedades orgánicas; también los hay como la médico titulada Judith Orloff, llamada la psiquiatra clarividente, que hace lo propio con los desórdenes mentales. Entre todos ellos quien mayor fama acumula es Carolyn Myss, que posee un fantasmagórico doctorado en Intuición y Medicina Energética por la Greenwich University, una organización de enseñanza a distancia no reconocida que operaba -hasta que fue clausurada- en Australia, California y Hawaii. La “doctora” Myss ha descubierto que es más fácil, menos arriesgado y más lucrativo escribir libros y dar cursos y seminarios sobre medicina intuitiva, donde mezcla la ideología Nueva Era salpicada con términos científicos.

De hecho, muchos de estos sanadores intuitivos afirman que son capaces de usar su “intuición” para entender materias tales como la bioquímica o la mecánica cuántica. Otros, menos atrevidos, ignoran la ciencia y su discurso lo empapan con metafísica de baja estofa. Solo hay una cuestión en la que todos coinciden: ninguno se ha prestado a un estudio experimental controlado para verificar su “perspicacia”. Por supuesto, tal prueba solo valdría para quienes afirman ser capaces de diagnosticar el cáncer. Aquellos que dicen diagnosticar y curar el aura, el chi u otro tipo de “energía” o “vibración” que desarmoniza nuestro cuerpo se encuentran hábilmente libres de todo riesgo, habida cuenta de que esa “energía” solo la pueden ver ellos.

Lo único cierto es que bajo ese manto de bondad y deseo de ayudar al ser humano con el que se cubren se esconde lo que realmente son: mercaderes de esperanza.

Roma, año 1500

Publicado 21 marzo 2014 por masabadell
Categorías: Historia

Un peregrino que hubiera llegado a Roma en el año del jubileo de 1500 se habría sorprendido por el aspecto de la ciudad. En lugar de encontrarse con una ciudad de calles estrechas y casas de piedra rodeadas por una poderosa muralla descubriría campos de labranza, viñedos, jardines, pantanos y charcas. Las casas, de madera, con escaleras exteriores y balcones, se encuentran en el interior de los restos de una muralla que hasta un niño puede brincar por encima. Es lo que queda de la imponente pared hecha construir tiempo atrás por Aureliano para proteger a una ciudad de un millón de habitantes.

En 1500 Roma sólo tiene 40.000, menos que Florencia, Venecia o Nápoles. El ganado pasta a sus anchas entre las cuatro columnas del Foro que aún permanecen en pie. Los acueductos han sido tan asolados por los diferentes invasores que han cruzado sus puertas que hasta se ha perdido el motivo por el cual fueron construidos. A un peregrino, pañero de la ciudad de Douai, le contaron que se habían usado para traer aceite, vino y agua de Nápoles.

Esta ciudad entre los campos no ofrece ninguna seña de identidad clara: ninguna catedral, ayuntamiento o palacio. San Pedro no es más que una iglesia como cualquiera de las otras 280 que el peregrino puede visitar. Sus exteriores, pobres y algunas casi desmoronadas, no hace intuir los hermosos mosaicos que alberga su interior. Siete de ellas, las iglesias estacionales, son de obligada visita para el peregrino que pretende obtener la indulgencia plena. Según Dom Edme, el abad de Clairvaux, la visita cuesta 8 horas, andando por caminos penosos y a veces cruzando pantanos donde las mulas se hunden hasta sus rabos.

Roma no produce nada. No tiene industria, ni exporta materias primas. Su negocio son los peregrinos. La ciudad donde dice la tradición que San Pedro fue crucificado y San Pablo decapitado recibe del orden de 50.000 peregrinos al año. Según un censo de 1527 Roma tenía 236 posadas, casas de huéspedes y tabernas, una por cada 288 habitantes. Algo enorme si lo comparamos con Florencia, que tenía una por cada 1488 habitantes.

Las mejores, el Oso, el Sol, el Barco, la Corona, el Camello y el Ángel, se encuentran cerca del Panteón y sus propietarios mandan chicos a las puertas de la ciudad en busca de clientes. La temporada alta es en Cuaresma y para ganar la indulgencia plenaria los italianos deben pasar 15 días en Roma; quienes llegan de otras partes de Europa sólo necesitan estar 8.

Como en nuestras vacaciones, los peregrinos viven a todo tren: el gasto de carne es elevado y los turistas de entonces, como los de ahora, compran guías y recuerdos. Lo que no ha perdido con el paso de los siglos es su espíritu cosmopolita. Los romanos nacidos en Roma sólo son el 16% del total. Un 20% se reparte entre españoles y alemanes y el resto son emigrantes llegados de diferentes puntos de la península italiana.

A pesar de todo, y como dice Astérix, Roma sigue siendo la ciudad más prodigiosa del universo.


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