Aprender a hablar

Posted 13 Mayo 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Ciencia cotidiana, Historia de la ciencia

Si alguna vez se pasean por el retiro encontrarán un monumento erigido a un monje benedictino que nació en Sahagún (León) alrededor de 1508: Pedro Ponce de León. Su gran mérito no fue ningún importante tratado teológico ni tampoco miles de almas cristianizadas allende los mares. Pedro Ponce debe ser recordado porque fue el primero que enseñó a hablar a los sordomudos.

Hasta entonces todo el mundo aceptaba que los sordomudos eran incapaces para el lenguaje racional. Lo había dicho Aristóteles y eso era casi palabra divina. Ponce demostró que no era así. Enseñó a hijos de grandes señores, sordos y mudos de nacimiento, a hablar, leer y escribir no solamente en castellano sino también en latín y griego. Por supuesto, también les enseñó a rezar y ayudar en misa. ¿El método? Hablar por medio del movimiento de los labios y el uso de signos manuales.

Hablar con las manos era algo muy común entre las órdenes religiosas cuyos integrantes habían hecho el voto de silencio, como los Benedictinos Trapenses. Las horas de la comida eran un silencio sonoro. Los monjes hablaban entre ellos moviendo los dedos, las manos y los brazos y se silbaban para llamar la atención a quien querían hablar. En el siglo XIII el lenguaje de los signos era tan sofisticado que se celebraban complicadas discusiones teológicas en silencio.

En 1607 un mercenario llamado Juan Pablo Bonet entraba al servicio de un señor castellano, Juan Fernández Velasco. En el castillo descubrió que al hijo sordo del señor y a su tío, que también era sordo, les estaban enseñando el lenguaje de signos de los monjes. Fascinado, Bonet decidió aprenderlo y en 1620 publicó el primer libro sobre el lenguaje de los sordomudos: Reducción de las letras y arte de enseñar a hablar a los mudos. Era un manual para signos hechos con una mano y su difusión por Europa no se hizo esperar.

Bastantes años más tarde, hacia 1750, un joven sacerdote llamado Charles-Michel de L’Epée era privado de su posición eclesiástica por negarse a firmar una declaración contra los janseístas. Habían sido declarados herejes por el papado pues cuestionaban la autoridad de la Iglesia al defender, entre otras cosas, que la conversión al cristianismo ocurría sólo si Dios quería. Una vez sucedida toda catequesis era inútil pues sus efectos eran instantáneos. Al verse en la calle, L’Epée tuvo que buscar trabajo y lo encontró como profesor de religión de dos jóvenes hermanas sordas.

Para poder comunicarse con ellas diseñó un sistema simple de signos. Entonces cayó en sus manos una copia del libro de Bonet, que usó para desarrollar su propio sistema de signos. Fundo una escuela para sordos en París y su éxito fue total. Hasta el nuncio del Papa presenció cómo un estudiante respondía a 200 preguntas en tres idiomas diferentes.

Si algún día pasean por las plazas de Versalles, en una de ellas verán una estatua del abate L’Epée.

¡Hágase la luz!

Posted 7 Mayo 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Historia de la ciencia

Una de las experiencias más fascinantes que nuestra civilización tecnológica ha dejado atrás es la sensación de oscuridad. Cuando la humanidad vivía alrededor de un fuego, la sensación de abandono, de temor a lo que se mueve en la oscuridad, se encontraba en la parte más profunda de la cultura. Con la llegada del alumbrado de gas y, sobretodo, con el alumbrado eléctrico, los humanos perdimos el significado de la oscuridad. Sólo en contadas ocasiones nos damos cuenta del sentido del crepúsculo, del final del día.

El principal artífice de esta muerte fue el genial Thomas Alva Edison, un hombre colérico, ávido de dinero, dado a robar ideas y lamentable padre y marido. El alumbrado de gas no proporcionaba luz suficiente para acabar con la oscuridad y el peligro de incendios y explosiones siempre estaba presente. Los científicos sabían que al circular corriente eléctrica por un hilo conductor éste se calentaba. ¿Podría llevarse hasta la incandescencia y hacerlo brillar? Durante los primeros 65 años del siglo XIX una treintena de inventores lo intentaron y fracasaron. La teoría era sencilla y elemental pero las dificultades prácticas parecían insuperables.

En 1878 Thomas Alva Edison tenía 31 años y estaba considerado como el mayor y más genial inventor de la época moderna. Cuando ese año anunció al mundo su intención de resolver el problema el mundo entero se alegró. Todos estaba convencidos de que Edison podía inventar cualquier cosa. Tanta fe tenían en él que las acciones de las empresas de alumbrado de gas bajaron en las bolsas de Nueva York y Londres.

No hay duda de que Edison era un genio, aunque el genio, como él decía, es un 1% de inspiración y un 99% de transpiración. Inventar exigía trabajar duro y firme. La invención de la bombilla eléctrica exigió mucho a Edison: había subestimado las dificultades.

Durante un tiempo parecía que iba a fracasar. Empeñado en utilizar hilos de platino, le costó un año y 50.000 dólares darse cuenta de su error. Cientos de experimentos después encontró un hilo que se ponía incandescente sin fundirse ni romperse. Paradójicamente no se trataba de ningún metal, sino de un frágil filamento de algodón quemado, o lo que es lo mismo, un fino hilo de carbono.

El 21 de octubre de 1879 montó uno de esos filamentos en una bombilla y lució ininterrumpidamente durante 40 horas. El júbilo en Menlo Park, el pequeño pueblecito californiano donde Edison había montado su ‘fábrica de inventos’, era indescriptible. El día de Nochevieja Edison soltó la traca final: la última noche del año de 1879, Main Street de Menlo Park se iluminó con corriente eléctrica.

Periodistas de todo el mundo se unieron a los habitantes de ese pueblecito y cantaron maravillas del más grande inventor de toda la historia.

El techo del mundo

Posted 5 Mayo 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Geología

Cuando al explorador británico George Leigh Mallory le preguntaron «¿por qué asciende el monte Everest?» sucintamente, contestó: «Porque está ahí». En 1924 intentó la ascensión por segunda vez. Durante el ataque final el geólogo de la expedición, Noel Odell, miró hacia arriba desde los 7.900 metros en donde se encontraba. A través de un claro entre las nubes pudo vislumbrar las borrosas siluetas de Mallory y Andrew Irvine encarando una pronunciada pendiente cerca de la cima. Pero las nubes rápidamente cerraron esa ventana y a Mallory y a Irvine nunca más se les volvió a ver.

Esta fugaz imagen de Mallory no fue lo único memorable que Odell vio en la expedición de 1924. Allá arriba también descubrió los fósiles de criaturas marinas con caparazón que habían quedado enterradas en un mar poco profundo hacía 250 millones de años.

El Everest no es el único lugar del Himalaya donde se pueden encontrar restos de arcaicos habitantes marinos. En los pueblos de la garganta del río Kali Gandaki, donde los granjeros recolectan fruta y grano a la sombra de los ocho miles, los niños nepaleses venden por las calles salagramas a los visitantes, que no son otra cosa que ammonites.

La cordillera del Himalaya es la prueba palpable de las dramáticas consecuencias de la tectónica de placas. Cuando dos continentes chocan ninguno de ellos subduce -se hunde bajo el otro- como sucede al encontrarse dos placas oceánicas o una continental y otra oceánica. Las rocas que lo componen, al ser relativamente ligeras, resisten el hundimiento, y se comportan como dos icebergs chocando en el mar.

Hace 50 millones de años las placas India y Euroasiática colisionaron. La consecuencia no sólo fue la aparición del Everest, sino que una región del tamaño de Francia situada al norte del Himalaya fue lanzada hacia arriba un promedio de unos cinco kilómetros sobre el nivel del mar: el plateau tibetano. El imparable y terriblemente ascenso de la cordillera más alta del mundo se ha producido en los últimos 10 millones de años y aún hoy sigue subiendo a razón de dos milímetros por año.

Si un lejano descendiente de Edmund Hillary quisiera plantar su bandera en la cima del Everest al finalizar el siglo XXI, habrá subido casi tres metros más que su antepasado. Ahora bien, ¿por qué continúa ascendiendo? Explicarlo es un reto importante para la tectónica de placas.

El Himalaya también tiene importancia para la meteorología. La época del monzón en el sur asiático se encuentra precedida en el verano por una baja presión atmosférica en todo el plateau tibetano. Es más. Según algunos científicos la aparición del Himalaya remodeló el clima de la Tierra al reducir, por diferentes mecanismos, la cantidad de dióxido de carbono presente en la atmósfera. Justo al contrario que el famoso efecto invernadero, su práctica desaparición causó un descenso continuado de las temperaturas hace 55 millones de años que culminó con un ciclo de edades del hielo que en los últimos dos millones de años ha cambiado el aspecto del planeta.

Gracias a esta hipótesis se explica por qué esta cordillera sufrió un rápido ascenso hace dos millones de años -justo en el momento de la primera edad del hielo-: un ambiente más frío propicia un mayor efecto erosivo por parte de los glaciares en los valles, que se llevan gran cantidad de material y, como si de un corcho se tratara, ascienden los picos circundantes. Aunque todavía no se ha demostrado esta hipótesis, resulta curioso comprobar que tanto los Pirineos, como las Rocosas o los Alpes parecen haber aumentado su altura en los últimos tres millones de años.

El síndrome de Estocolmo

Posted 30 Abril 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Ciencia cotidiana, Psicología

En 1973 dos ladrones entraban en un banco de Estocolmo y retenían a cuatro de sus empleados, tres mujeres y un hombre. Durante cinco días las seis personas estuvieron confinadas en una caja de seguridad de 16 por 4 y por 2,5 metros de tamaño. Durante todo ese tiempo, los ladrones amenazaron continuamente a sus cautivos.

A medida que pasaba el tiempo una situación extraña empezaba a suceder: los secuestrados empezaban a sentir algo especial por sus captores, y viceversa, los ladrones comenzaban a sentirse muy ligados a quienes mantenían retenidos. Uno de ellos, un tal Jan-Erik Olsson, permitió que las mujeres llamaran a sus familias, enjuagó las lágrimas de una de ellas, Elisabeth, y le entregó una bala de su arma a otra, Kristin, para convencerla de su buena fe.

Para impresionar a las autoridades, Olsson planeó un gesto dramático: disparar al único hombre retenido, Sven Safstrom. Pero en lugar de matarle, Olsson le dijo que sólo iba a dispararle en la pierna. El propio Safstrom, tiempo después, comentó:

- Todo lo que recuerdo es que pensé lo considerado que fue por decirme que sólo iba a dispararme en la pierna.

Los ladrones dejaban ir solas al baño a dos de las rehenes. A pesar de que pasaban junto a la policía y a pocos pasos de su libertad, siempre regresaron con los secuestradores. Aún más. Cuando un policía, entre susurros, preguntó a una de ellas «¿cuántos son los secuestradores?» no contestó; creía que con ello traicionaba a los ladrones. Al final, la policía pudo hacer unos agujeros en la pared y lanzar dentro bombas de humo. Al grito de que entregaran las armas y dejaran salir a los secuestrados, estos, temiendo que en cuanto salieran sus captores la policía los abatiría, decidieron salir junto a ellos. Al final las secuestradas se despidieron de ellos con besos y el hombre les dio la mano. Un año después una de las empleadas y su marido visitaron a uno de los ladrones en la cárcel. Él no le pidió perdón y según ella no tenía ninguna razón para hacerlo.

La enorme publicidad de este caso hizo que apareciera un nuevo término psicológico: el síndrome de Estocolmo. Sin embargo, el caso más extremo fue el de Patty Hearst.

Querido tío Yeyo

Posted 28 Abril 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Debate, Psicología

Nota: Esta columna la escribí escribí en 20minutos hace poco menos de tres años tras la muerte de una tía mía. Desde entonces otros a los que apreciaba han desaparecido de este mundo. A lo que escribí solo me queda añadir estas frases de la canción de La vida de Brian: Vienes de la nada y vas a la nada. ¿Qué has perdido? ¡Nada!

El lunes enterramos a mi tía Maite. Con ella, y junto a su marido, mi tío Yeyo –uno de los mejores floristas de España–, y mi abuela, pasé años de mi niñez en Salamanca. De regreso reflexionaba sobre si la ciencia podía ofrecernos consuelo ante la mayor ironía de la vida: nadie sale vivo de ella. No lo hay. Necesitamos consuelo para nuestra tranquilidad y, por eso, enfrentados a la muerte, buscamos respuestas que nos reconfortan, no respuestas correctas.

La vida es un accidente en la historia del universo. El ser humano es frágil, superfluo (al universo le importa un bledo que vivamos o nos extingamos) y accidental. Estamos aquí de chiripa, porque hace 60 millones de años desaparecieron los dinosaurios, y una diminuta criatura con aspecto de musaraña se encontró con mucha tierra por delante. La era de los reptiles había acabado y empezaba la de los mamíferos. Somos mortales. El mismo oxígeno que usamos para vivir nos mata lentamente. El sexo, que apareció hace 2.200 millones de años, acabó con la inmortalidad. La mezcla de genomas terminó con la vida eterna –hoy sólo la tienen las bacterias– y la dejó relegada al campo de las religiones. Somos sustancia de estrellas que se ha hecho consciente, parte del Comos que reflexiona sobre sí mismo.

No somos más especiales que las estrellas que viven miles de millones de años o que los corderos que mueren en el matadero con pocos meses de edad. La muerte no es una derrota, como dijo el cura en el responso, porque nunca hubo posibilidad de victoria. ¿Qué nos queda? Por mi parte, echar la vista atrás y ver una vida que ha merecido la pena ser vivida. Y a mi tío Yeyo, cuando mire el sillón donde se solía sentar mi tía, exclamar de esa forma tan vehemente y rotunda que tenemos los Sabadell: «¡Sí señor! Estuvo bien»

El experimento Contact

Posted 28 Abril 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Astronomía, Debate, Historia de la ciencia

En febrero de 1992 dos equipos se dispusieron a jugar un sorprendente juego de rol: simular el primer contacto entre seres humanos y extraterrestres. Este interesante ejercicio ya había sido realizado con anterioridad ocho veces por miembros de una organización sin ánimo de lucro llamada Contact, pero ésta era la primera vez que se llevaba a cabo meticulosamente. Bueno, tan meticulosamente como se pueda hacer este tipo de experimentos.

Un año antes, el plantel de directores de Contact habían decidido que esta vez el juego sería bastante sofisticado, de manera que pudiera atraer a patrocinadores de prestigio. Al final se pudieron constituir dos equipos compuestos por físicos, psicólogos, artistas, geólogos, escritores de ciencia ficción…

El objetivo era bien simple: el equipo humano debía ser capaz de interpretar el mensaje del equipo extraterrestre, que trabajó duramente para preparar un modelo de su raza, un mapa, un planeta y un vuelo animado sobre la superficie de su planeta madre. Después de un año, el momento de la primera transmisión llegó.

El equipo humano, compuesto por unas 16 personas, estaba, además, unido vía correo electrónico con un gran número posibles consultores. Todo parecía listo, pero la primera transmisión, el primer contacto entre dos razas alienígenas, se fue al traste. ¿El motivo? Bien sencillo. Los extraterrestres utilizaban ordenadores PC mientras que los humanos usaban MacIntosh. A nadie se lo ocurrió incorporar el software necesario para poder traducir de un tipo a otro de ordenador.

Todos aprendieron la moraleja: si los propios ordenadores humanos presentan problemas a la hora de comunicarse entre sí, ¿qué inimaginables problemas aparecerán cuando intentemos comunicar con extraterrestres de verdad?

La Tierra año 3000

Posted 25 Abril 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Especulación cientifica

31 de diciembre de 3000. El reloj está a punto de dar las doce campanadas. Todos los habitantes de la ciudad España se encuentran congregados ante sus televisores. Al menos así se les sigue llamando. Porque a cualquier español de hace un milenio le hubiera costado reconocer el extraño cono central de la habitación como un televisor.

De hecho, todo le resultaría inefablemente extraño: la luminosidad del cielo -un brillo que hace diez siglos sorprendía a los europeos que recalaban por primera vez en Australia-, los lagos y lagunas completamente helados producto de una nueva era glaciar, y unos recuadros luminosos en el cielo, como hojas de un bloc de notas hechas de papel de aluminio, moviéndose lentamente, algo que a un observador de hace dos mil años le recordaría vagamente a un barco de vela alejándose en el horizonte. Son colectores de luz solar para dar energía al casi billón de habitantes que tiene el planeta.

Lo único que no ha cambiado son las campanadas de medianoche, anuncio de un nuevo milenio que ahora comienza. Si hay algo que no ha cambiado en tres mil años es esta celebración. Hacia 2547 hubo una propuesta de cambiar el calendario por otro mucho más exacto, pero tuvo el mismo destino que el de constituir una única lengua universal. A fin de cuentas, los 365 días tienen ya 6.000 años de existencia. Además, con una humanidad que se ha esparcido por todo el Sistema Solar es un poco estúpido hablar de exactitud. Nuestros vecinos marcianos tienen un año de doble duración que el nuestro; el de los mineros del cinturón de asteroides es casi el triple; y no digamos de los destiladores de nitrógeno en el satélite de Saturno Titán. Usar como referencia del año la traslación del planeta en el que habitas sería demencial para la economía del Sistema Solar. Por eso se adoptó un calendario estándar. ¿Y cuál mejor que el usado durante milenios?

Mucho ha cambiado la humanidad en estos últimos 1.000 años y resulta difícil decidir qué destacar. Hemos aumentado la esperanza de vida en la misma magnitud que cuando se compara el año 1000 con el 2000. Eso sí, a costa de un precio. Han aparecido nuevas enfermedades de origen genético. La prolongación de la vida no es gratis. Peor aún. Las dolencias asociadas al inevitable e irreversible proceso de envejecimiento se hacen cada vez más virulentas a medida que se prolonga la vida. Cierto es que podríamos corregirlas mediante una adecuada manipulación genética, pero no sabríamos qué consecuencias a largo plazo tendría en el futuro de la humanidad.

También hemos sido capaces de volcar nuestra conciencia, nuestro yo, en los circuitos fotónicos de un ordenador, pero tuvimos que abandonar. Primero, por problemas derivados de la adaptación al nuevo entorno cibernético –se dieron muchos casos de claustrofobia inducida-; segundo, por el problema de las segundas y terceras copias: si podemos volcar a un ser humano en un ordenador, podemos hacerlo varias veces; tercero, por los posibles errores de volcado que degeneraban en la sintomatología del ‘robot perverso’; y cuarto, porque al igual que el cerebro se degenera, la mente también lo hace. El aumento de entropía (la segunda ley de la termodinámica), ya sea en un entorno biológico o informático, impide prolongar por siempre el tiempo de vida de un sistema complejo.

Por lo menos, en lo que corresponde a prolongar la duración de una vida humana sí que hemos aprendido de nuestros errores, porque lo que es en lo demás… Seguimos siendo territorialistas, pendencieros, egocéntricos… Nuestra mentalidad sigue donde la dejamos: en el Paleolítico Superior.

Hágase usted mismo un producto milagro

Posted 24 Abril 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Ciencia cotidiana, Pseudociencia

Todos los años nos encontramos en tiendas y medios de comunicación una verdadera explosión de productos curalotodo. Podemos encontrar baba de caracol, colchones, almohadas, plantillas, pitilleras, pulseras, collares, anillos, cinturones, jarras, pociones, cremas adelgazantes… El origen de este chollo debemos buscarlo en aquellos embaucadores de feria que vendían polvo de cuerno de rinoceronte para curar la impotencia cuando el supuesto polvillo no era más que huesos de pollo machacados. En fin, si no tiene excesivos escrúpulos morales y quiere forrarse, aquí le ofrecezco la receta secreta para confeccionar uno.

Coja una arandela de plástico, córtele un trocito y péguele un par de cojinetes comprados en la ferretería más cercana. Dele un baño dorado -¡ojo! dorado, no de oro, que eso cuesta-: ya tiene el objeto de marras. Pero no me sea simple, no lo llame arandela con bolitas. Hay que ser serios. Lo que usted ha construido es un Resonador Biomagnético. Escríbalo con mayúsculas; sólo las cosas trascendentales van en mayúsculas.

Ahora debe escribir un folleto explicativo. En realidad, no debe explicar nada del funcionamiento del aparato, ni de qué está hecho -debe ser el secreto mejor guardado después de la fórmula de la Coca Cola-, ni nada de nada. El lenguaje tiene que ser críptico y oscuro, repleto de palabras científicas. Si no sabe ni papa de ciencia sáquelas de un diccionario de términos científicos. Por cierto, no sea tonto y no lo compre. En las bibliotecas puede conseguirlo gratis.

Para escoger las palabras entrégueselo a un chimpancé para que lo abra por diferentes páginas. Donde ponga el dedo el astuto monito -bien es sabido por todos la tremenda capacidad intelectual de nuestros queridos primos- ésa será la que deba utilizar. No se preocupe si no sabe qué significa; lo único importante es que suene rara y con cierto toque metafísico, como cromodinámica cuántica.

Tome una hoja en blanco y construya frases sin sentido uniendo las palabras obtenidas con artículos, preposiciones, adjetivos y verbos -quizá para esto último, si usted no es muy avispado, necesite un diccionario-. Al final añada siempre lo de «científicamente probado» y sobretodo lo de «producto inocuo»: lo único que quiere decir es que nadie la casca a no ser que se lo trague -igualmente inocua es la imagen de San Pancracio-. Mencione que ha pasado los controles del ministerio sin decir cuál. Los posibles clientes creerán que es el de Sanidad pero en realidad se tratarán de los controles que debe que pasar cualquier aparato dispuesto a ser vendido. Para calcular su precio la fórmula es simple: entre un 500 y un 5.000% del precio de coste. No lo ofrezca muy barato. Por algún oscuro proceso psicológico se cree que lo caro es bueno. Un detalle capital es decir eso de «miles de clientes satisfechos nos avalan» o «miles de testimonios prueban su eficacia». Este recurso siempre funciona.

Cuando ponga su aparato en el mercado comprobará que es cierto. Deje jugar al efecto placebo. Si no funciona con alguien, no se preocupe: puede decir que en su caso particular tardará un poco más en hacer efecto. Y si algún cliente no está satisfecho o cree que le han tomado el pelo, tampoco se preocupe, la psicología humana está de su lado. Es muy duro reconocer ser un ingenuo delante de los amigos.

Su producto debe poder aplicarse a un gran número de enfermedades comunes -así tendrá más clientes-, si son crónicas mejor, sin olvidar ni el apetito sexual ni la impotencia. Después del dinero, el sexo es una de las mayores preocupaciones de los hombres. Es fundamental que sea de manejo sencillísimo; para complicar las cosas en materia sanitaria ya están los médicos. Y a propósito de ellos, jamás diga que su producto cura, sino que ayuda en el proceso curativo. Insista en que es un complemento a la función del médico. De esta forma usted se cubrirá de cualquier posible denuncia por parte de los Colegios de Médicos. Además, si el enfermo no progresa siempre podrá echarles a ellos la culpa: su aparato funciona, es el médico quien se equivoca en el tratamiento.

Finalmente, y para darle mayor aval a su producto, diga que su Resonador ha sido probado con éxito en el prestigioso Centro de Investigación Psicobiopatológica y que luego busquen dónde se encuentra. Otro recurso muy recomendado es mencionar el nombre de un amiguete que tenga un piso junto a una universidad. Entonces puede decir «el conocido -por usted- investigador Rostropovich, del Centro de Investigación Psicobiopatológica de la Universidad de Caracas…» -nótese el elegante juego de palabras-.

Si puede, utilice algún licenciado en medicina, por supuesto colegiado, en su publicidad. Tal y como anda el paro no le será difícil encontrar alguno que colabore en tan humanitario proyecto. Quizá, incluso se crea lo que usted cuenta. Pero, ¡por favor!, no se crea sus propias historias. Allá usted si lo hace, pero entonces todo dejará de ser divertido.

(De mi libro El hombre que calumnió a los monos y otras curiosidades de la ciencia)

A vueltas con el polonio

Posted 23 Abril 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Ciencia cotidiana, Física

Si hay un átomo radiactivo que se haya convertido en famoso, ése es el Po-210. Resulta llamativo que envenenaran al espía ruso con un elemento cuyo nombre provocó un alboroto político. Fue bautizado así por sus descubridores, el matrimonio Curie, en honor al país de ella. En 1898 Polonia estaba repartida entre Rusia, Prusia y Austria, y la esperanza de Marie Curie era que el nuevo elemento llamara la atención pública sobre esta situación.

El polonio 210 es un emisor alfa, esto es, que al desintegrarse emite núcleos de helio: muy peligrosos pero con poca capacidad de penetración. De hecho, un papel colocado encima detiene toda la radiación que emite. Un producto similar es el Americio 241, que se emplea en los detectores de humo. Hace años este elemento se encontraba en cierto tipo de pararrayos, que tenían el sobrenombre de radioactivos. Cuando se quitaron de nuestros tejados el gobierno buscó un emplazamiento para almacenar el americio. Como sabían que la palabra radiactividad da yuyu a la ciudadanía la compensación económica era suculenta. Y teniendo en cuenta que envuelto en papel de periódico es totalmente inofesivo… Ni por esas. Entonces pagaron muchos millones de las antiguas pesetas para que una empresa inglesa se llevase el americio… y luego volvimos a pagarles más millones para traerlo otra vez a España, encapsulado en los detectores de humo que tenemos en nuestras casas y oficinas.

Pero volvamos al polonio. Si se disuelve en algo salado la lengua no lo notará. Pasará un 50% a la sangre e irá derechito al bazo y al hígado. A partir de ese momento, el próximo –y último- traje que te enfundes será uno de pino. Basta una cantidad superior a 10 billonésimas de gramo para conseguirlo.

Por cierto, ¿sabían que se encuentra en el humo de los cigarrillos? Es el único componente que produce por sí solo cáncer de pulmón. También es curioso que el cáncer de pulmón fuera una rareza en 1930, pero se disparara a la primera causa en 1980, a pesar de haberse reducido en un 20% la cantidad de fumadores. Claro que todo se aclara al descubrir que la cantidad de Po-210 en los cigarrillos se triplicase por el uso de fertilizantes fosfatados en las plantaciones. El fosfato de calcio tiene la mala costumbre de acumular uranio, que decae a gas radón y éste, a su vez, produce hijos cargados eléctricamente que se unen a las partículas de polvo. Éstas se fijan a las hojas del tabaco dejando sobre ellas una sutil capa de polonio.

Para acongojar un poco más. Fumar dos paquetes diarios implica que se reciba 6 veces más radiación que la cantidad promedio debido al radón presente de manera natural a nuestro alrededor. En este mundo hay muchos Litvinenkos…

¿De qué está hecho el universo?

Posted 21 Abril 2008 by Miguel Ángel Sabadell
Categories: Astronomía

Una de las cosas más vergonzosas que han tenido que reconocer los astrónomos es que no tienen ni idea de qué está hecho el universo. Con todo, tenemos algunas pistas que recuerdan vagamente a los famosos cuatro elementos griegos.

Por un lado está la materia ordinaria, los átomos de los que están hechos estrellas, nebulosas y nosotros mismos. Los físicos la llaman materia bariónica: sería el elemento “tierra”.

El “aire” del cosmos es la materia oscura caliente, partículas de masa muy pequeña que se mueven a velocidades cercanas a la de la luz. El representante más claro, nacido para ser oscuro, es el neutrino, una partícula de una masa tan pequeña y que interacciona tan poco con la materia que se ha definido como un cuchillo muy afilado sin mango…. y sin hoja.

El “agua” cósmica está representada por la materia oscura fría, partículas subatómicas exóticas, muy masivas, que se formaron durante la furia de la Gran Explosión. Son el juguete preferido de los físicos teóricos y reciben el nombre genérico, y extravagante, de WIMP. Aquí tiene cabida toda la fauna de partículas raras que pueblan los artículos de los teóricos: axiones, partículas supersimétricas… Curiosamente, quien pone freno a estos sueños son los grandes aceleradores de partículas. Los experimentos del CERN, por ejemplo, han excluido a varios posibles “candidatos” para materia oscura.

Los fotones de luz son el cuarto elemento, el “fuego” cósmico. La gran mayoría de ellos aparecieron inmediatamente después de la Gran Explosión pero muchos otros se han ido formando en los diferentes procesos que podemos ver en el cielo.

Ahora bien, existe otra sustancia cósmica hasta hace poco tiempo ignorada. Es la quintasencia, la energía del vacío, la energía oscura, representada por la constante cosmológica. Es posible que las dos terceras partes del universo estén hechas de ese misterioso material del que Aristóteles decía que estaban hechos las esferas celestes.

En febrero de 2003 la NASA desvelaba el primer mapa detallado del cielo de la radiación cósmica de fondo, el “eco”, en el rango de microondas, de lo que fue la Gran Explosión. Los datos, recogido por la sonda Wilkinson Microwave Anisotropy Probe (WMAP), confirmaban lo que hasta el momento se cree que es la constitución del universo:

Éste es el llamado “modelo de concordancia” del universo. Teniendo en cuenta que no sabemos qué es la energía oscura ni la materia oscura, el resultado es desalentador: no tenemos ni idea de lo que está hecho el 95% del universo.