La eco-gaita

Posted 28 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Ciencia cotidiana, Pseudociencia

Si hay algo que envidio a los sacacuartos es su imaginación para vendernos cualquier chorrada y convencernos de que funciona. Si no, vean la chorrimemez de la ecobola, o sea, una esfera de plástico con canicas de cerámica en su interior que metida en la lavadora hace que salga la ropa más limpia que limpia sin necesidad de detergente. Lo único difícil es escoger cuál comprar de entre las muchas que han aparecido en el mercado al calorcillo del dinero fácil y la tontería humana.

Llevamos lavando nuestra ropa durante más de 2.000 años con jabón y no nos hemos dado cuenta hasta ahora que basta con romper un vaso de cerámica, meter los trozos en un balde de agua, agitarlo un rato y… ¡tachán! Las manchas y la guarrería desaparecen como por ensalmo. Por supuesto, esta supermágica tecnología ha aparecido por ciencia infusa pues no hay ni una sola investigación científica publicada sobre el tema en ninguna revista del mundo.

¿Cómo funciona? Vean, vean: “Aplicando la bioelectricidad (ahora será que el plástico o las cerámicas son bio…) y la hidrodinámica (que no es otra cosa que mover el agua) se ioniza el agua y se cambia su estructura molecular”. O sea que usted mete una pila de petaca en un barreño, lo agita y el agua dejará de ser H2O. Las condenadas bolitas “ionizan, regulan la acidez adecuando el pH, el nivel de cloro y la dureza del agua. Así mismo esterilizan y desinfectan las prendas”. ¿Para eso nos gastamos tanto dinero en depuradoras de agua? Esto sí tiene su punto: la cerámica tiene poder antibiótico.

La cosa funciona porque las cerámicas emiten radiación infrarroja que favorece “la eliminación de la suciedad sin necesidad de detergentes”. Teniendo en cuenta que cualquier material a temperatura ambiente emite radiación del infrarrojo lejano, incluyendo el tambor de la lavadora… ¿para qué coño queremos la ecobola? Si usted aún persiste en creerse esta patraña y que son los rayos infrarrojos los que limpian, desinfectan y esterilizan la ropa, pase de ecobola porque la lavadora, por su propia naturaleza, también hace lo mismo.

(Aparecido en Público)

Evolución: reliquias de nuestros antepasados (I)

Posted 28 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Biologia

En el océano Atlántico, a 2.000 km del Cabo de Buena Esperanza, se encuentra una diminuta isla llamada Bouvet. Con una gruesa capa de hielo que termina abruptamente en cortantes acantilados con playas de arenas negras volcánicas, y una temperatura media por debajo del punto de congelación del agua, no es que sea un bonito lugar de vacaciones. Desembarcar no es fácil y la mejor forma de hacerlo es desde un helicóptero. En 1928 el buque noruego Norvegia recaló en la isla con el objeto de convertirla en refugio y almacén de provisiones para marineros naufragados. Los marineros del Norvegia estuvieron allí un mes. Entre ellos se encontraba el biólogo del barco, Ditlef Rustad, un estudiante de zoología, que capturó un curioso pez: grandes ojos, una gran mandíbula llena de dientes, largas espinas en el pectoral y la cola y lo más sorprendente, daba la impresión al mirarlo de ser transparente. Al examinarlo más cuidadosamente descubrió que ese aspecto de “pez cocodrilo blanco” era debido a que su sangre no tenía color alguno.

El Champsocephalus gunnari, como otros muchos peces que viven en la frías aguas antárticas, no posee glóbulos rojos, presentes en todos los vertebrados del planeta y cuyo característico color viene dado por la presencia de la hemoglobina, que fija el oxígeno en su interior y lo transporta a las células del cuerpo. El estudio de su ADN ha descubierto que los dos genes que codifican la parte globina de la molécula han desaparecido. Uno es un simple fósil molecular, un recuerdo almacenado en su genoma de “algo” que hace decenas de millones de años cumplió una función y que se ha ido erosionando como un fósil expuesto a la intemperie. El otro, que suele encontrarse justo al lado del anterior, ha desaparecido completamente.
Los peces que viven en el océano antártico, para reducir el aumento de viscosidad en la sangre debido a las bajísimas temperaturas del agua, deben reducir la densidad de glóbulos rojos en la sangre. De este modo, si nosotros tenemos un hematocrito de un 45%, ellos lo han bajado de un 15 a un 18%. Este pez ha llevado la reducción al extremo, de manera que su sangre solo transporta un 1% de células, y todas ellas glóbulos blancos. Por sus venas corre, literalmente, agua helada.

El corazón de este pez, más grande que en el resto, tiene un color pálido, en nada parecido al rosáceo del resto de los vertebrados y que es debido a la presencia de una proteína llamada mioglobina. En el caso del ‘pez-hielo’ se han insertado 5 letras en el gen que codifica esta proteína y que lo altera completamente, convirtiéndolo en un gen fósil. Pero lo más interesante es que uno de los procesos de adaptación a tan helador entorno consiste en la aparición de genes que crean proteínas anticongelantes, que evitan que el pobre pez se convierta en una estatua de hielo. ¿De dónde han surgido? La respuesta la encontraron Cheng, DeVries y sus colegas de la Universidad de Illinois en 1997: todo tiene su origen en un gen de 9 letras que codificaba una enzima digestiva, fue reinstalado en otra parte del genoma y código evolucionó hasta convertirse en el que codifica el tan necesario anticongelante.

Este pez antártico es un claro ejemplo del proceso evolutivo. Para sobrevivir en un ambiente extremo inventó un anticongelante, agrandó el corazón, cambió su sangre y se deshizo de partes que habían estado presentes en todos los tipos de peces desde hace 500 millones de años. Como dice el biólogo Sean B. Carroll, es “como cambiar completamente el motor mientras el coche está funcionando”.

(Aparecido en Muy Interesante)

Donde ningún hombre ha ido jamás

Posted 20 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Especulación cientifica

Nadie sabe cómo será el futuro de la humanidad dentro de mil años. Cualquier intento de prever qué pasará sería tan inútil como erróneo. Es como pretender que los eruditos del año 1000 profetizaran sobre cómo sería la vida en el 2000.

Claro que siempre hay visionarios capaces de levantar el velo del futuro y entrever algo de los que nos espera. Y no hablamos de Julio Verne, que extrapoló la tecnología de su época a un futuro próximo, sino de Roger Bacon, un filósofo y científico del siglo XIII conocido por sus contemporáneos como doctor mirabilis, que nos legó una profecía en nada equivocada: “Se pueden crear grandes buques de río y oceánicos con motores y sin remeros, gobernados por un timonel y que se desplazan a mayor velocidad que si fueran repletos de remeros. Se puede crear una carroza que se desplace a una velocidad inconcebible sin enganchar en ella animales. Se pueden crear aeronaves que, girando uno u otro apa¬rato, obligará a las alas artificiales a aletear en el aire como los pájaros. Se puede construir una pequeña máquina para levantar y bajar cargas extraordinariamente grandes, una máquina de gran utilidad. Al mismo tiempo, se pueden crear tales máquinas con ayuda de las cuales el hombre descenderá al fondo de los ríos y los mares sin peligro para su salud.”

Podemos intentar hacer como Bacon. ¿Qué será de la humanidad cuando se convierta en una civilización del tipo de las películas de ciencia-ficción?

La mayor empresa que podamos enfrentar es la terraformación de planetas. Como no podía ser de otra forma, el inventor del término fue un autor de ciencia-ficción: el maestro de la space opera Jack Williamson en su obra Collision Orbit. Según el experto en terraformación Martyn Fogg, la terraformación es “un proceso de ingeniería planetaria destinada a mejorar la capacidad de un ambiente planetario extraterrestre para mantener la vida. El objetivo final de la terraformación sería la construcción de una biosfera planetaria que simule la de la Tierra”.

La primera propuesta seria de terraformación apareció en una de las revistas científicas más prestigiosas, Science, en 1961. Su autor era un joven científico y joven promesa de la divulgación científica: Carl Sagan. La intención de Sagan era convertir Venus, un planeta estéril y ardiente por culpa de un tremendo efecto invernadero, en una nueva Tierra. Suponía que la composición de las nubes del planeta era en su mayoría vapor de agua, por lo que sería un buen nicho para la vida. Así que propuso sembrar las nubes con algas microbianas, Nostocaceae, capaces de procesar el dióxido de carbono en oxígeno gracias a la fotosíntesis reduciendo, de paso, el efecto invernadero. Esta “ingeniería planetaria microbiológica” como lo llamó Sagan no ha soportado el paso del tiempo y hoy se ha demostrado inviable. Sin embargo, hemos seguido progresando.

El primer planeta que terraformaremos será Marte. El primer paso para recrear la atmósfera primitiva de Marte, muy parecida a la de la Tierra primitiva, será mediante la instalación de factorías productoras gases invernadero artificiales, como el perfluorometano (CF4). Así, si se libera al mismo ritmo que los CFCs en la Tierra (1.000 toneladas por hora) la temperatura media del planeta aumentaría 10 C en una pocas décadas. Esta temperatura provocará que grandes cantidades de dióxido de carbono encerradas en un tipo de roca marciana, los regolitos, se libere, lo que haría que el planeta se calentara aún más rápido. Estos efectos se podrían aumentar si liberásemos en su superficie bacterias productoras de metano y amoniaco, pues ambos son poderosos gases invernadero. El resultado neto sería la formación de una atmósfera marciana con unas más que aceptables presión y temperatura atmosféricas. Esta sería la parte fácil.

La insolación sobre Marte habría que aumentarla, como mínimo, en un 30%, para acercarla a la terrestre. Esto sería posible mediante la instalación de espejos en órbita del tipo de las velas solares, algo totalmente al alcance de una tecnología como la de una Kardashev 2. A continuación deberían conseguirse unos niveles válidos de nitrógeno y oxígeno en la atmósfera. Para ello, Martyn Fogg propone la volatilización de nitratos y carbonatos mediante dos métodos, a cada cual más catastrófico: por impactos meteoríticos dirigidos o por minería nuclear. Ambas consiguen la volatilización in situ de estos elementos mediante la inyección de calor en profundidad.

El agua puede parecer que es una empresa más sencilla. Con el aumento de la temperatura el hielo que se supone existe a unos cuantos metros por debajo de la superficie, en el permafrost. Sin embargo, allí no hay suficiente agua. La única forma de añadir agua a Marte es mediante un intenso bombardeo cometario, algo que ya sucedió cuando la Tierra era joven. De hecho, se supone que el 30% del agua que hoy existe sobre la Tierra proviene de aquellos cometas. Esta violenta transformación marciana implicaría, evidentemente, una evacuación de los asentamientos humanos hacia los polos. Tras 200 años, Marte tendría una temperatura global de 8ºC, una presión total de unos 240 milibares (la presión normal en la Tierra es de 1.013) y con agua corriendo por le 10% de su superficie con una profundidad media de 70 m. La pequeña cantidad de oxígeno liberado en la atmósfera empezaría a formar el ozono suficiente para detener parte de la radiación ultravioleta.

En estas condiciones, la siembra de algas y otro tipo de vida microbiana acuática sería factible: su supervivencia estaría asegurada a una profundidad de 10 m por debajo de la superficie del agua. El problema más acuciante en este punto de la terraformación es el del nitrógeno en la atmósfera. Los procesos biológicos que liberan nitrógeno tardarían miles de años en llegar a los niveles necesarios para hacer la atmósfera marciana adecuada para el ser humano; un plazo de tiempo totalmente desproporcionado para un proyecto de ingeniería planetaria. Pero relativamente cerca los ingenieros planetarios disponen de una fuente prácticamente inagotable de nitrógeno: el satélite de Saturno Titán.

Así, 500 años después del comienzo del programa, la humanidad habría convertido Marte en una nueva Tierra. Por desgracia, el mantenimiento de un Marte habitable es absolutamente necesario. El control de esta biosfera artificial sería el objetivo principal y al que se dedicarían los mayores esfuerzos por parte de los futuros “marcianos”: éste es el precio a pagar por reproducir la Tierra en otro lugar.

El futuro de la humanidad no sólo pasa por resolver el problema del espacio y de los recursos naturales. También se necesita una fuente de energía que la proporcione en grandes cantidades y sea prácticamente inagotable. Podríamos pensar en la fusión nuclear o en cualquier otra fuente completamente diferente y que, en este momento, se nos escapa. Pero agarrarnos a unas posible y misteriosa ciencia futura no es de recibo si hacemos especulación científica.

Una civilización avanzada gasta tanta energía como la que emite su propia estrella. Entonces, ¿qué mejor manera de obtenerla que de la propia estrella? Este fue el razonamiento del físico Freeman Dyson, cuando publicó en Science su famosa esfera un año antes que Sagan hiciera lo propio con su propuesta de terraformación de Venus. En resumidas cuentas, una esfera de Dyson no es otra cosa que un “envoltorio” de células solares que rodea completamente al Sol como la piel de una manzana. Tres son los posibles radios de este espectacular cascarón: a 9 millones de kilómetros del Sol, entre las órbitas de Mercurio y Venus o, como propuso originalmente Dyson, a la distancia de la Tierra al Sol.

Dos son los problemas con los que se enfrenta este tipo de megaconstrucción planetaria: de dónde sacar los materiales para construirla –una esfera de Dyson situada a la distancia de la Tierra tendría un área interna de 183 mil billones de kilómetros cuadrados- y cómo solventar el problema de los efectos gravitatorios de los planetas interiores que podrían destrozar esta estructura. La solución al doble problema es única: si los planetas molestan, los quitamos. “Es posible desmenuzar planetas”, escribió Dyson en 1966. Al triturarlos, obtendremos los materiales necesarios para construir la esfera. Y si es necesario, podemos acabar con Júpiter. Esto se podría hacer de dos formas: acelerándolo o volándolo. Lo primero se conseguiría recubriendo el planeta con cable superconductor. Debido a su campo magnético, Júpiter se convertiría en un motor eléctrico que empezaría a girar cada vez más deprisa hasta el punto en que la gravedad no sería capaz de mantenerlo estable. Pero el tiempo de espera sería casi eterno: unos 40.000 años. La voladura es una opción más aceptable.

La cuestión no es reventarlo de manera incontrolada, sino del mismo modo que se hace al derribar edificios, solo que más a lo grande: lo que se llama voladura termonuclear subatmosférica controlada. En resumen, mediante cargas nucleares estratégicamente situadas en el interior de la atmósfera de Júpiter.

El único inconveniente es que no hay forma de conseguir todo el material necesario en el Sistema Solar para construir esta esfera. Una esfera de Dyson necesita del orden de 260 Tierras.

Dentro de un millar de años, si la Humanidad todavía vive, saltaremos a las estrellas. Las distancias son enormes y no sabemos bajo qué soles encontraremos planetas habitables, pero la exploración podrá ponerse en marcha. Y todo gracias a sondas automáticas de Von Neumann.

En 1940 John Von Neumann demostró matemáticamente que los autómatas autorreproductores eran posibles. Esto es, que no existía ningún condicionante teórico que prohibiera este tipo de máquinas. A partir de esta idea, los físicos Frank Tipler y John D. Barrow han calculado el tiempo que una civilización de tipo 3 invertiría en explorar toda la galaxia. Suponiendo que existe un planeta habitable cada 50 años-luz de distancia, que estas sondas automáticas viajan a un décimo de la velocidad de la luz y que las sondas tardan en consolidar la posición en un planeta unos 500 años (el tiempo necesario para terraformarlo), ¡en sólo dos millones de años esta civilización ya habría colonizado la galaxia! Si reducimos su velocidad a 30 km/s tardaríamos algo más: unos 30 millones de años. Un lapso muy breve en lo que es el tiempo cósmico.

De hecho, este cálculo es el que utilizan Tipler y Barrow para afirmar que estamos solos en la Galaxia. Si hay un número suficiente de civilizaciones inteligentes, alguna de ellas ya habría alcanzado el estadio de lanzarse a la exploración automática de la Galaxia. Como sobre la Tierra no hemos encontrado ninguna sonda de Von Neumann, entonces es que no existen estas civilizaciones. Y como es bastante improbable que seamos nosotros la primera civilización tecnológicamente avanzada en la galaxia, entonces estamos solos.

Llegados a este punto la imaginación se dispara aún más. Los astrofísicos Sagan y Shklovskii propusieron provocar explosiones de supernovas artificiales mediante láseres de una potencia inimaginable: un billón de Gigawatios. ¿Por qué? En las explosiones de supernova es cuando se crean los elementos pesados, los elementos con los que se construye una civilización tecnológica. Por su parte, Martin Fogg propone crear estrellas: hacer brillar aquellos objetos celestes que jamás pudieron convertirse en estrellas por no contener suficiente masa. ¿Cömo? Utilizando los microagujeros negros -agujeros negros del tamaño de la cabeza de un alfiler- que se supone se crearon con la Gran Explosión. La gran mayoría se habrían desintegrado ya, pero aún sobrevivirían algunos para poder lanzarlos contra esas “estrellas abortadas” y, colocados en su interior, hacerlas brillar. O, ¡por qué no! Construyendo microagujeros negros en el laboratorio y trasladándolos hacia allí.

Increíble. Aún hoy no faltan científicos capaces de hablar de esferas de Dyson galácticas, internet galáctica, la siembra de vida en otros planetas y reorganización de la estructura galáctica para obtener el máximo nivel de recursos a la Vía Láctea… Pero ya se sabe, la imaginación es libre y el papel aguanta lo que escribas.

(Aparecido en Muy Interesante)

¿La fuerza del destino?

Posted 14 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Antropología, Psicología

En 1970 aparecía un libro escrito por el premio Nobel de Medicina francés Jacques Monod: El azar y la necesidad. En él, convierte en lema de su libro el pensamiento de Demócrito “todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y la necesidad”. El texto, una reflexión desde la ciencia del mundo y el ser humano, se convirtió en un best seller y suscitó numerosos debates. El motivo: su defensa de que la vida es un simple accidente en la historia de la naturaleza. Monod lo dijo más poéticamente: “El hombre vive en un mundo extraño; un mundo que es sordo a su música, y tan indiferente a sus esperanzas como a sus sufrimientos y sus crímenes”.

El ser humano es accidental y superfluo: estamos en este mundo de chiripa –si los dinosaurios no hubieran desaparecido no estaríamos aquí– y al universo le importa un bledo que permanezcamos o nos extingamos. Claro que otros piensan que el azar es simplemente una excusa que hemos inventado para aquello que no encontramos explicación, que todo tiene un motivo para suceder, que las casualidades no son tales.

¿Existe el destino? Antes de plantear esta pregunta habría que decidir qué es. Definirlo, como hace la Real Academia, como una “fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos” no es decir gran cosa. ¿Qué o quién es esa fuerza irresistible? ¿Por qué debe interferir en la vida del ser humano? Se dice que todo tiene un motivo. ¿Pero cuál? ¿Qué razón hay para quien muere al caerle una maceta un día de viento? ¿O a quien le toca el gordo de Navidad? ¿No será que nos negamos a aceptar la aleatoriedad del mundo? Es bien conocido en psicología que el ser humano necesita encontrar razones para lo que sucede. Si no las ve las busca, y si no las encuentra, las inventa. ¿No será la creencia en el destino una forma de dejar todo atado y bien atado?

El concepto de destino siempre ha estado relacionado con lo sobrenatural. La conexión es evidente: si nuestro futuro está predeterminado, alguien debe haberlo hecho. Llamémoslo dios o energía vibratoria multidimensional. Los griegos, y con ellos los romanos, dejaron muy claro quienes tejían el futuro de los seres humanos: las Moiras –en Roma, las Parcas–. Ellas, en el momento del nacimiento, decidían los actos y el momento de la muerte de toda persona. El destino griego siempre estuvo impregnado de hado, de fatalidad, algo que ha persistido hasta nuestros días: nadie habla de destino cuando gana, sino justamente cuando pierde.

La contrapartida nórdica son las Nornas, tres viejas brujas malévolas que deciden el futuro de los hombres con las runas y que viven bajo las raíces del Yggdrasil, un fresno cuyas ramas y raíces mantienen unidos los diferentes mundos que componen la mitología escandinava. El porvenir es tremendamente sombrío. Acorde a la mentalidad guerrera de la sociedad vikinga, donde morir en la batalla era un destino digno de admiración, el fin del mundo estaba predeterminado por una gran y última batalla: Ragnarok. De ella se sabía qué iba a suceder, quién iba a luchar y el destino de cada uno de los participantes en la batalla. En el Völuspá (La profecías de la adivina), se narra la historia del mundo, desde su creación hasta su destrucción.

Conocemos nuestro destino pero no podemos evitarlo: esta creencia está perfectamente reflejada en las brujas de MacBeth, en la ópera de Verdi La forza del destino –basada en la obra que marcó el comienzo del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas– o El puente de San Luis Rey, del norteamericano Thornton Wilder: cinco viajeros se encuentran con un mismo destino, cinco personas diferentes, en viajes motivados por razones diferentes, cruzan el puente más bonito del Perú al mediodía del fatídico 20 de Julio de 1714 en que se vino abajo. ¿Casualidad? ¿Fue el azar quien juntó a esas 5 personas en el puente? ¿O fue Dios?

El destino, a veces, lo invocamos porque necesitamos de Justicia. Si miramos a nuestro alrededor descubrimos que el mundo lo es todo menos justo: Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Pero en nuestro fuero interno necesitamos que al final exista algún tipo de justicia divina que ponga las cosas en su sitio y que nos recompense el esfuerzo. Este mensaje es habitual en la psicología pop y en vendedores de felicidad como Andrew Matthews: “La Creación es justa. Lo que sembramos es lo que cosechamos”. Deseosos como estamos de recompensa, no es de extrañar que esos mensajes se conviertan en superventas.

En cuestiones del destino estamos muy influidos por la cultura griega, cuyo paradigma es Edipo. Si miramos hacia otras culturas podemos encontrarnos con una variedad de planteamientos: los judíos no creen en la predestinación. Yaveh ha creado al hombre libre de elegir su propio destino, es la única criatura del universo que goza de libro albedrío, para escoger seguir –o no– el camino de Dios. Totalmente diferente sucede entre los musulmanes. El sexto y último pilar de la fe es la creencia en el destino (Al-Qadr): “creer en el destino significa creer en Dios; es el que decide y crea los acontecimientos y las criaturas de acuerdo con su conocimiento previo y absoluto”.

La creencia en un destino tampoco se puede separar de la psicología. Así, uno de los sesgos cognitivos de la depresión es el fatalismo: la indefensión ante los sucesos se interpreta en función de que ése es el destino. De hecho, una de las técnicas terapéuticas usadas en su tratamiento es combatir esa idea haciendo ver al paciente que cierto problema ha sido debido a cierto conjunto particular de situaciones. Un ejemplo han sido los trabajos de la psicóloga Susan Blackmore sobre coincidencias entre creyentes y escépticos en fenómenos paranormales. En ellos Blackmore ha puesto de manifiesto que los creyentes estiman la probabilidad de las coincidencias más bajas de lo que en realidad son, lo que les permite interpretarlas como señales del destino.

Exista o no, quizá lo mejor sea aplicar a la propia vida este dicho que se atribuye al filósofo Betrand Russell: “Para ser feliz hay que tener la fuerza suficiente para cambiar las cosas que puedes cambiar, resignación para aceptar las que no vas a poder cambiar y sabiduría para distinguirlas”.

(Aparecido en Muy Interesante)

¡Devolvedme el cielo!

Posted 8 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Astronomía, Debate, Pseudociencia

El pasado verano, como cada verano, por la noche, me han asaltado dos sentimientos contradictorios: uno de asombro infantil y el otro de profunda tristeza.

Lejos de las luces de las ciudades y las zonas de veraneo, uno puede levantar la vista al cielo y sentir el vértigo arrebatador de miles de estrellas, la fascinante y cautivadora visión de la Vía Láctea, esa banda lechosa que nos proporciona una hermosa y única visión de nuestra galaxia.

Hoy Van Gogh sería incapaz de pintar su famoso cuadro de un café de Arlés bajo el cielo estrellado. Hoy nadie es consciente de las fases de la Luna o de que puede observar los planetas en el cielo. Recuerdo que una vez alguien me preguntó con verdadera sorpresa: ¿Es que se pueden ver? Venus, Mercurio, Marte, Júpiter o Saturno son simplemente nombre de objetos que se aprenden en la escuela. El Sistema Solar, el Universo, no son otra cosa que un concepto que nos enseñó el profesor de Ciencias Naturales. No es real, casi es una ficción. ¿Cuántas mujeres enamoradas podrían exclamar con Julieta “No jures por la Luna, por la inconstante Luna, que cada mes cambia en su órbita circular”?

Hoy nadie ve, de noche en noche, de mes en mes, cómo cambia el aspecto del cielo, cómo desaparecen unas constelaciones mientras aparecen otras. Nadie se da cuenta de que unos brillantes puntitos muy luminosos, fácilmente discernibles porque su luz no parpadea, van mutando su posición en el cielo. Son los planetas. A ellos les debemos mucho, pues al querer explicar por qué se mueven de ese modo descubrimos que no estamos en el centro del cosmos, que no somos el ombligo del universo.

Una simple mirada al cielo nos revela lo que siempre hemos sido sin saberlo: ciudadanos del cosmos. Y nos envuelve con un sentimiento de humildad, de lo poco que somos ante la oscura inmensidad que nos rodea, habitantes de una mota de polvo insignificante que gira alrededor de una pequeña estrella arrabalera en una de las miles de millones de galaxias que pueblan el universo. Pero no debemos olvidar tampoco lo importantes que somos pues, hasta donde sabemos, somos la única especie capaz de anunciar su existencia en el espacio. Construidos con los mismos átomos que los planetas, las estrellas y las nebulosas, somos una parte del universo que se ha hecho consciente.

Ante todo esto, causa risa y estupor que aún sobrevivan creencias infantiles, residuos de viejas religiones, como la astrología, producto de un tiempo cuando se creía que el universo estaba diseñado por y para el ser humano y que todo estaba gobernado por unos dioses ininteligibles e inaccesibles. Decía Montesquieu que pensar que nuestros actos están escritos en el gran libro del cielo es una orgullosa extravagancia. ¿De verdad podemos creer que los planetas giran para decidir la forma de vivir nuestras vidas?

Nuestra sociedad ha eliminado el cielo del vivir cotidiano. Por eso, si tiene la oportunidad de alejarse de las luces de la ciudad, o si al viajar de noche necesita parar para descansar, hágalo en un lugar oscuro y despejado y levante la mirada al cielo. Sentirán ese cosquilleo que recorre el espinazo al saber que están contemplando su hogar, su verdadero hogar.

Conócete a ti mismo… ¡Menuda patochada!

Posted 8 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Debate, Psicología

Una de los aforismos más sobrevalorados y al que se agarran todos esos libros de auto-ayuda escritos para europeos que no saben qué hacer con sus cómodas vidas (ya me dirán cuántos libros de Bucay o Coelho se venden en Chad o Etiopía) es el que se dice que aparecía en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, «conócete a ti mismo». Todos sabemos que no es fácil, pero que si uno lleva a cabo una poderosa labor de introspección acabará haciéndolo. Y como premio para intentarlo, seremos más felices.

Por suerte, la moderna psicología ha descubierto que esto no es así. No sólo no es cierto que se es más feliz si uno se conoce sino que hacerse una imagen embellecida de uno mismo es fundamental para poseer una cierta salud mental. Sabemos que tenemos nuestras cosas buenas y nuestras cosas malas, pero cuando nos miramos al espejo preferimos ver nuestra cara más agradable. En diferentes experimentos, los sujetos psíquicamente sanos se consideran mejor descritos con adjetivos con connotaciones positivas que negativas, de igual modo que a lo largo de la vida recuerdan los éxitos mientras que los fracasos se olvidan con extremada facilidad –de ahí, quizá, venga lo de tropezar dos veces en la misma piedra-. Otra tendencia bastante común es la de considerarse responsable de las acciones que han salido bien, mientras que las que han salido mal la culpa la han tenido un cúmulo de circunstancias.

Por si esto no fuera poco, las personas psíquicamente normales viven convencidas de que en una serie de aspectos son superiores al resto. Un ejemplo claro lo tenemos en los conductores. En diferentes encuestas, nueve de cada diez conductores se consideran mejores que la media. O cuando se propone que estimen su inteligencia. Invariablemente nos creemos más inteligentes de lo que somos. Un dato curioso. El psicólogo David A. Dunning de la universidad de Cornell ha descubierto que los incompetentes, además de no estar a la altura de lo que exige su profesión, ni siquiera saben lo incompetentes que son. En una serie de juegos de lógica encontró que quienes más dudaban de sus aciertos o que se infravaloraban sacaban mejor puntuación que quienes se creían los mejores del grupo.

Y es que, en general, como dice el psicólogo alemán Rolf Degen,”la necesidad de controlar las condiciones de la propia existencia está muy arraigada en el espíritu humano. Hasta el punto de que es capaz de engañar a la razón y hacerle creer que controla situaciones donde sólo existe azar o que realmente están controladas por fuerzas que no puede dominar”.

Nos gusta ver las cosas no como son, sino como nos gustaría que fueran.

Recorte a la ciencia

Posted 7 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Ciencia y política

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Hoy es el día en que desde los blogs de divulgación científica se protesta por el recorte-que-no-es-recorte (todo depende del punto de vista que uno defienda) de un 15% de media en el presupuesto de los organismos públicos de investigación dependientes del Ministerio de Ciencia e Innovación -porque recordemos que no son todos: el Instituto Nacional de Técnica Aerospacial depende, sorprendentemente, de Defensa-. Este ministerio es el que se lleva el mayor tajo -450 millones de euros- en unas medidas que, dicen, son una apuesta por un “nuevo modelo productivo”.

Por supuesto, los científicos han puesto el grito en el cielo y Joan Guinovart ha señalado que el recorte equivale a la ficha de 6 Cristiano Ronaldos -el recorte parece ser menor al que manejaba este científico y se queda en 4,7 Ronaldos- . Y 5 veces las ayudas al cine español en 2009, añado. Por cierto, que mientras las ayudas del Ministerio de Cultura al cine aumentaban un 14% del 2008 al 2009, las destinadas a proyectos de conservación de bienes declarados Patrimonio Mundial o estudios arqueológicos en el exterior -ciencia a fin de cuentas- caían más de un 200%.
Esto nos permite hacer unas pequeñas comparaciones: reducir el sueldo a 5 científicos equivale a hacer la misma reducción a un futbolista de éxito, y lo que deja de ingresar un centro de investigación es como si no se financiaran cinco películas españolas. Aún hay más. El recorte total a la ciencia vale lo que las pensiones de 10 máximos ejecutivos del BBVA y el Banco Santander y entre 2 y 3,5 veces lo que las entidades gestoras de propiedad intelectual han ingresado este año.

Y no entro en los sueldos comparados porque ya sería de risa. ¿Es la ciencia importante para un país? Seguro que no hay nadie que diga que no, pero lo que nadie acaba por matizar es cuán importante consideran que es. Ahora se ha visto. Y después queremos que los jóvenes se sientan motivados para lanzarse, cuesta abajo, a una carrera científica malpagada la mayor parte de su vida.

(publicado en 20minutos)

La pulsera curalotodo rediviva

Posted 6 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Pseudociencia

¿Recuerdan aquellas pulseritas con bolitas de cuarzo que servían para todas las enfermedades existentes? Un impresionante ejemplo de I+D balear. ¡Bien por Rayma!
Pues bien, siguiendo la estela del joyero mallorquín al que se le ocurrió el invento tenemos la pulsera Power Balance, creada en la soleada California en 2007 por “un grupo de atletas con un fuerte bagaje en salud holística”. Este sacacuartos consiste en un holograma en mylar (vamos, plástico) como el de la Visa pegado a una pulsera de silicona (o neopreno). Al menos la de Rayma estaba bañada en oro.

Si en la pulsera española el quid de la cuestión estaba en las bolitas de marras, que actuaban como “resonadores de energía pasiva “, en la californiana está el holograma porque “se han incrustado frecuencias naturales halladas en la naturaleza”. ¿Si son naturales dónde si no se van a hallar? Dejemos que se expliquen. “Cada objeto de este planeta, animado o inanimado, tiene una frecuencia que puede calcularse con exactitud. Albert Einstein sabía que todo en el universo emite una frecuencia única “. Si se pudiera denunciar por poner en tu boca lo que no has dicho los herederos de Einstein estarían forrados. No se dejen lo mejor: ” Se ha descubierto que la frecuencia general de una persona sana está entre 6,2 a 7,2 Hz, y cuando baja de estos niveles los resfriados y gripes aparecen más fácilmente”. ¡Ya tenemos la solución para la gripe A!

La verdad es que su publicidad es digna del Club de la Comedia. Les dejo esta perla: “PB no contiene ninguna fuente de energía por sí solo, las energías bioeléctricas de cada uno cargan el holograma quantum, sintonizando con el biocampo, armonizado con tu chi interior”.

Vale 35 euros y se vende por internet o al estilo Avon. Una simple búsqueda de precios (al alza) nos da su coste máximo: los dos hologramas un euro y la pulsera de silicona otro euro. Aun siendo generosos y poniendo un coste total de 3 euros nos queda un margen de beneficio del 91%. Seamos condescendientes: la inversión en I+D para desarrollar el holograma -cutre donde los haya y que es el logo del producto- ha tenido que ser de órdago.

(Aparecido en Público)

El duelista y la teoria de grupos

Posted 2 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Historia de la ciencia, Matemáticas

El 25 de octubre de 1811 nacía en Bourg-la-Reine, un pequeño pueblecito en las cercanías de París, Évariste Galois. Su padre era el alcalde del pueblo y tanto él como su madre tenían una sólida formación cultural que supieron transmitir a sus hijos, al igual que un profundo desprecio hacia cualquier forma de tiranía. Cuando Évariste comenzó a asistir a la escuela a la edad de doce años, demostró muy poco interés por el latín y el griego pero, en cambio, quedó prendado de la belleza de las matemáticas, sobretodo por el libro Geometría del gran matemático francés nacido en Turín Joseph-Louis Legendre. Galois, aunque estudió con fruición álgebra y análisis, su trabajo en clase de matemáticas fue siempre mediocre y sus maestros lo consideraban como alguien rarillo. A los 16 años Évariste ya sabía lo que sus maestros ignoraban: que era un genio en matemáticas. Convencido de ello esperaba entrar en la escuela donde se habían formado tantos matemáticos famosos, la prestigiosa Escuela Politécnica.

Primer deseo y primera decepción: su solicitud fue rechazada por carecer de formación sistemática. Un año más tarde, con 17 años, desarrolló en un artículo sus descubrimientos fundamentales. Se lo entregó a uno de los matemáticos más importantes de la época, Antoine-Louis Cauchy, cuya cabeza era tan brillante como despistada. Cauchy solía olvidar dónde dejaba los artículos que le entregaban pero para la época de Galois ya había pasado a convertirse en un especialista en perder artículos. Galois, que se lo había enviado a Cauchy para que lo presentara en su nombre en la Academia de Ciencias, tenía ahora motivos para detestar no sólo a los profesores sino también a los académicos. Si a todo esto sumamos un nuevo fracaso en su segundo intento de ingresar en la Escuela Politécnica y que su padre, acorralado por culpa de una serie de intrigas clericales, se suicidó, no resulta extraño que Évariste se sintiera hundido y miserable.

A pesar de tantos reveses Galois siguió insistiendo y al final pudo entrar en la Escuela Normal y así poder prepararse para la enseñanza. Y en sus pocas horas libres, siguió investigando. En 1830 presentó un trabajo para optar al premio en matemáticas concedido por la Academia. El artículo no pasó por las manos de Cauchy sino por las de otro matemático insigne, Fourier. Galois podía respirar tranquilo. Fourier se llevó el trabajo a su casa para poder leerlo con detenimiento y la mala fortuna volvió a cebarse con el pobre Évariste. Fourier murió poco después y su trabajo se perdió irremisiblemente.

En 1830 afloró su hondo sentimiento contra la tiranía y se puso de parte de los revolucionarios. Una durísima carta contra el director de la Escuela le valió su expulsión. Por tercera vez presentó un trabajo a la Academia y, cumpliendo el refrán, esta vez no se perdió. El artículo contenía lo que hoy se conoce como teoría de Galois pero el encargado de valorarlo, otro matemático insigne de nombre Poisson, se lo devolvió con una anotación: «incomprensible».

Galois, asqueado, se apuntó en la Guardia Nacional. En 1831, durante una reunión, hizo un brindis que se consideró como una amenaza a la vida del emperador y fue arrestado. Aunque fue liberado, nueve meses más tarde le volvieron a arrestar y esta vez dio con sus huesos en la cárcel. Poco tiempo después se vio envuelto en un asunto de faldas poco claro que terminó en un duelo. La noche anterior al mismo escribió a sus amigos: «He sido desafiado por dos patriotas; no he podido negarme».

Las pocas horas que le quedaban hasta el amanecer las dedicó a poner por escrito algunos de sus descubrimientos con la esperanza de que fueran publicados y que otros matemáticos pudieran evaluar su importancia. Y en la madrugada del 30 de mayo de 1832 Galois se enfrentó en un duelo a pistola. Recibió un balazo que le perforó los intestinos y quedó tirado en el campo hasta que un campesino que pasaba por allí lo recogió y lo llevó a un hospital. Galois murió de peritonitis a la mañana siguiente. Tenía sólo 20 años.

D = (N+4)/10

Posted 1 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Astronomía, Historia de la ciencia

Durante el siglo XVIII ya estaba bien establecida una disciplina científica bautizada con el nombre de mecánica celeste. Su objetivo era muy simple de formular y bastante complejo de responder: describir mediante ecuaciones matemáticas el movimiento de los planetas y de todos los cuerpos del Sistema Solar.

Muchos astrónomos dedicaron parte de su tiempo a buscar una fórmula sencilla que diera cuenta de las distancias de los diferentes planetas al Sol. Puede parecer algo totalmente bizantino pues no hay ningún motivo para creer que las distancias de los planetas puedan calcularse con una simple fórmula: es evidente que pueden girar alrededor del Sol donde les venga en gana.
Sin embargo, en 1772 un oscuro astrónomo de la universidad alemana de Wittenberg llamado J. D. Titius descubrió, tras muchos años de observaciones, la tan ansiada regularidad matemática. Lo que hizo Titius fue ordenar los planetas por su distancia al Sol, desde el más cercano al más lejano. Entonces asoció a cada planeta un número, empezando por Mercurio al que le asoció el cero, seguido de Venus que se llevó el tres, la Tierra el seis, ⎯el número de Venus multiplicado por dos⎯ Marte el doce ⎯el de la Tierra multiplicado por dos⎯ y así sucesivamente. Ahora comienza el juego numerológico. Si a estos números le sumamos cuatro y dividimos el total por diez el resultado corresponde, según descubrió Titius, a, más o menos, la distancia del planeta al Sol tomando como base la distancia de la Tierra al Sol. Eso quiere decir que si a Marte le corresponde el valor de 1,6 significa que está a 1,6 veces la distancia Tierra-Sol.

Con esta regla en la mano nos encontramos con una sorpresa: el número 24, que inicialmente le correspondería a Júpiter, no da la distancia adecuada. Para obtener la distancia de Júpiter hay que coger el siguiente, el 48, y para Saturno el 96. O sea, que entre los números de Marte y Júpiter hay un agujero. ¿A qué correspondía el 24? Mientras se mantenía el misterio en 1781 se descubría el planeta Urano, que encajaba perfectamente en el siguiente número de la ley de Titius. Esto hizo pensar a muchos astrónomos que realmente había un hueco claro para el número 24. La solución llegó el 1 de enero de 1801, cuando el monje italiano Giuseppe Piazzi descubrió un nuevo objeto, el asteroide Ceres. El hueco en la ley de Titius está ocupado por el cinturón de asteroides.

Sin embargo, lo que debería conocerse como la ley de Titius es más conocida como la ley de Titus-Bode o, simplemente, Bode. Semejante injusticia histórica tiene su origen en la manifiesta mala fe del astrónomo alemán Johann Elert Bode. Publicitó los cálculos de Titius sin mencionar su nombre y de este modo se aseguró que sus colegas hablaran de las «tablas de Bode». De este modo Bode puede alzarse con el dudoso honor de ser el primer astrónomo de la historia moderna que se aseguró un puesto en la historia que no se merecía.