Málaga: ni un euro a la cultura científica

Publicado 2 junio 2014 por masabadell
Categorías: Ciencia y política, Debate

Hace dos años escribí las líneas que siguen en la columna de opinión del periódico El Sur de Málaga. ¿Por qué recupero hoy este artículo? La razón se descubrirá al final del mismo.


Un museo ha muerto y lo ha hecho sin haber nacido.

En 2010 llegué a Málaga con la ilusión de quien va a participar en un proyecto que cree fantástico. Programa Royal Collections me contrataba como director científico de Art Natura Málaga (ANM) para definir y coordinar los contenidos de los dos museos de ciencia que iban a estar ubicados en uno de los edificios de la antigua Tabacalera.

No se trataba de esos museos de ciencia que se dicen interactivos cuando en realidad son automáticos, en los que tocas un botón a ver qué pasa. Lo que se iba a abrir en Málaga era un complejo de historia natural.

Para ello contaba con un magnífico grupo de jóvenes técnicos y científicos que no puedo dejar de mencionar, Vanessa, Ana, Mavi y Francisco, ilusionados por un proyecto que iba a contar una historia, nuestra historia. Porque los malagueños iban a disfrutar de lo que se ha dado en llamar la Gran Historia: del origen del universo a la aparición del ser humano moderno. Allí verían con sus propios ojos de dónde vienen los materiales con los que estamos hechos y los restos de quienes vivieron en nuestro planeta hace varios centenares (¡y miles!) de millones de años. Era un viaje fascinante que demostraba lo que es capaz de hacer la naturaleza si se la deja tiempo para actuar en un pequeño planeta rocoso que orbita una estrella arrabalera en una de las miles de millones de galaxias que pueblan nuestro universo.

Por desgracia, ANM siempre fue conocido por lo que, en mi opinión, era lo menos importante: las gemas. Una colección única, sí. Exclusiva, también. Con esculturas, piezas de arte suntuario y tapices magníficos, sin duda. Pero para mí, a años-luz de lo verdaderamente hermoso, como la delicada fragilidad de las agujas de yeso o la extraña belleza del Sinosauropteryx. Aún diría más: la historia natural une al ser humano porque nos hace sentir lo que siempre hemos sido sin saberlo, ciudadanos del cosmos. Por el contrario, la gélida belleza de las gemas lapidadas únicamente me susurra la desigualdad social y la explotación del hombre por el hombre. Málaga se merecía los dos museos de ciencias, a pesar de moverse a la sombra del (cansino) museo de gemas.

Durante la ya lejana campaña electoral municipal me dolió escuchar a uno de los candidatos decir que si ganaba pensaba abandonar el proyecto en pos de un fin más cultural. ¿Es que la ciencia no es cultura? Tamaña miopía solo puede provenir del desconocimiento. No nos equivoquemos: la ciencia interesa a la ciudadanía. ¿Saben cuáles son las tres revistas más vendidas de España? Por orden, Pronto, Hola y Muy Interesante. Abran bien los ojos. La tercera revista con más lectores del país, detrás de dos dedicadas exclusivamente al cotilleo, es de divulgación científica.

Sé que a los malagueños les interesa esa Gran Historia que se iba a contar en Tabacalera: buena prueba de ello la dieron el año pasado (2011) durante La Noche en Blanco, aguantando largas colas de espera. Allí montamos, a pesar de la velada oposición del que era nuestro jefe, una pequeña exposición de los tesoros de la Tierra que iban a poder disfrutar los malagueños. Recuerdo cuando mostrábamos un trilobite y, bajando la voz como quien cuenta una secreto, decíamos a alguno de los visitantes: “si pones el dedo aquí estarás tocando algo que vivió en la Tierra hace 500 millones de años”. Aún guardo en mi memoria la cara de los niños, con los ojos abiertos como platos y acercando lentamente el dedo como si fueran a tocar algo importantísimo. Ni los adultos escapaban al asombro y al deseo de sentir los restos de aquel ser vivo de una época ya olvidada.

Estoy dolido porque un museo del siglo XXI destinado a la Tercera Cultura, que une las ciencias con las humanidades, ha muerto sin haber nacido. El proyecto museológico está prácticamente terminado –y es propiedad del Ayuntamiento- y las ilusiones del aquel “grupo de ciencias” aún resuenan entre las paredes de Tabacalera. Pero poco importa ya. Lo único que importa es que Málaga se va a quedar sin contemplar, por ejemplo, los restos dejados por los seres vivos que, hace 3.000 millones de años, vivieron y dominaron un planeta sin continentes, cubierto por un océano de aguas hirvientes mientras altos conos volcánicos, repartidos por todo el globo, arrojaban gran cantidad de gases a un cielo casi por completo libre de nubes. Mientras, por las noches, los meteoritos cruzaban resplandecientes los cielos, y de vez en cuando alguno se estrellaba contra el agua provocando inmensos tsunamis de varios kilómetros de altura. Saber eso, vivir eso, sentir eso, es lo que se va a perder Málaga.

Un museo así no se debe dejar escapar. La Universidad lo sabe y la Academia Malagueña de Ciencias también, y cuentan con todo mi apoyo para resucitar este gran proyecto cultural. No necesitamos gemas ni tampoco a Programa Royal Collections (PRC), cuyo interés por la ciencia siempre fue coyuntural. Necesitamos recuperar la ilusión de aquel pequeño “grupo de ciencias” y el entusiasmo con el que la Universidad (y vaya mi gratitud a los profesores Paul Palmqvist y Enrique Viguera) y la Academia Malagueña de Ciencias, entre otras fuerzas sociales, apoyaron la idea de llevar la ciencia al corazón y la mente de los malagueños y, por supuesto, de los turistas. Los museos de Ciencias de la Vida y Ciencias de la Tierra nacieron en la mente de PRC como segundones, pero en sus venas corría sangre de campeones. Málaga se merece ser alguien en el mapa europeo de la cultura científica. El Ayuntamiento debería continuar y aceptar el reto.

Pues no ha sido así. En distintas reuniones mantenidas con el ayuntamiento malagueño se nos dijo que no podían disponer de fondos para crear un centro que aglutinara los excelentes esfuerzos que se están realizando en Málaga en pro de la cultura científica. No podían gastar ni un euro. El tiempo nos ha demostrado que la frase no estaba bien enunciada: no querían gastar un euro en ciencia. El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, y su concejal de cultura (y lo escribo así a posta, con minúscula), Damián Caneda, tienen en su vestuario, además del traje y la corbata de rigor, unas orejeras culturales que, por desgracia, abundan entre el ejecutivo de nuestro país. Para ellos la cultura son cuadros, obras de teatro y conciertos. El caso del consistorio malagueño es más sangrante, pues considera que, además, la cultura debe y se puede comprar a golpe de talonario. No hay dinero para hacer relucir la ciencia malagueña y española pero sí lo hay para alquilar cuadros a franceses y rusos por un montante total de millón y medio de euros anuales (más sueldos y gastos de mantenimiento, claro). ¿Para qué llegar a acuerdos con nuestro Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, con fondos magníficos y encerrados en almacenes, si se puede llevar a la costa del Sol una muestra de pintores rusos? En Málaga hay excelentes colecciones privadas de fósiles, minerales, historia marina… cuyos dueños estarían más que felices de verlas expuestas con criterio. El ayuntamiento tuvo la oportunidad de contar una historia universal, la historia del ser humano y de la vida en nuestro planeta, pero ha preferido invertir medio millón de euros anuales en una muestra de, por otro lado, magníficos pintores rusos. Al parecer del alcalde y el concejal de cultura (con minúscula), la costa del Sol es el lugar idóneo para una exposición permanente de cuadros que nada tienen que ver con Málaga: no hay nada como enseñar cultura fuera de contexto. O quizá han considerado que sí lo hay porque para eso se han instalado los millonarios (y no tan millonarios) hijos de la madre patria Rusia en las soleadas costas malagueñas. Tengo la sensación de que todo esto viene porque en el consistorio creen que, en realidad, va a ser un atractivo para… los cruceristas. Ya imagino la propaganda: Málaga, ciudad de cruceros. ¿Y los malagueños? Bueno, están para apoquinar los más de dos millones de euros anuales que seguro cuesta mantener tales museos.

Y pensar que con la décima parte se podría mantener un excelente centro dedicado a transmitir la pasión por el conocimiento del mundo en que vivimos…

¿Saben qué es lo mas triste de todo? Que nadie en el Ayuntamiento de Málaga va a ser consciente de lo que han perdido.

Medicinas sacacuartos

Publicado 30 abril 2014 por masabadell
Categorías: Bioquímica, Historia de la ciencia, Medicina, Pseudociencia

Desde mediados del siglo XX el curandero clásico de hierbas y potingües ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son los sanadores energéticos.

Entre estas peculiares terapias se encuentra la llamada medicina vibracional, inventada por el médico Albert Abrams (1863-1924), que ha sido llamado “el decano de los charlatanes del siglo XX”. Su método de curación, que bautizó como radiónica, se basaba en que Abrams era capaz de detectar las diferentes energías o vibraciones emitidas por los tejidos sanos y enfermos de todos los seres vivos. Para poder exportar esta terapia, diseñó un conjunto de dispositivos que decía eran capaces de medir estas vibraciones y creó un sistema para evaluarlas y determinar la enfermedad.

El hecho de que en toda la historia de la ciencia ningún instrumento haya podido detectar semejantes vibraciones o energías no ha detenido a ningún creador de terapias energéticas (o de imposición de manos). Entre ellas se encuentra el llamado toque terapéutico. Fue inventado en los años 1970 –la segunda época dorada de lo paranormal tras el impasse provocado por las dos Guerras Mundiales- por una enfermera norteamericana llamada Dolores Krieger. Estaba convencida de que las palmas de las manos podían canalizar una energía curativa y que, además, eran capaces de detectar el (inexistente) campo energético humano. Un campo que, según sus defensores, fue postulado por Albert Einstein, aunque nunca han aportado prueba alguna para esa afirmación.

En un terreno similar se mueven los defensores de la aurasomaterapia, “una terapia holística del alma en la cual los poderes vibracionales de los colores, los cristales y los aromas naturales se combinan con la luz para armonizar el cuerpo, la mente y el espíritu de la humanidad”. Como no puede ser de otro modo, quienes lo practican dicen que se trata de un técnica muy antigua –lo que, una vez más, es sinónimo de efectividad- que fue redescubierta en los 1980 por la clarividente inglesa Vicky Wall.

Europa y Estados Unidos poseen un tipo de curandero característico que bajo el paraguas de dudosas credenciales académicas afirma poder tratar todo tipo de enfermedades, incluyendo el cáncer. Entre estos luce con luz propia Hulda Regehr Clark, una doctora en zoología reconvertida a naturópata que decía poder curar todo tipo de cáncer y murió en 2009 de un mieloma múltiple. Para ella todas las enfermedades tenían su origen en toxinas creadas por nuestro contaminado entorno y por gusanos. Entre estos últimos Clark apuntaba al peligroso parásito intestinal Fasciolopsis buski como el causante del cáncer, el sida y el Alzheimer. Entre sus coloristas tratamientos incluía una tintura de vainas verdes de nueces, hojas de ajenjo y clavos.

Otro es el médico alemán Ryke Geerd Hamer, creador de la Nueva Medicina Germánica según la cual “Las enfermedades graves se originan por un acontecimiento inesperado que es vivido como muy difícil, agudo, dramático y en soledad”. Encarcelado en Alemania y Francia por fraude y práctica médica ilegal, se exilió en Málaga hasta 2007, donde ejerció su particular visión de la medicina ayudado por el médico Fermín Moriano. Hasta la fecha, ni Hamer ni sus defensores han podido aportar ni un solo caso documentado de curación de un paciente de cáncer utilizando su método.

Otro tipo de curandero netamente occidental es el intuitivo, que dice diagnosticar y enseñar a otros a curar sin preocuparle en demasía la llamada la medicina basada en las pruebas. Él, simplemente, sabe. Afirman utilizar su “perspicacia”, por llamarla de algún modo, para diagnosticar por teléfono, radio o Internet. Y no solo con enfermedades orgánicas; también los hay como la médico titulada Judith Orloff, llamada la psiquiatra clarividente, que hace lo propio con los desórdenes mentales. Entre todos ellos quien mayor fama acumula es Carolyn Myss, que posee un fantasmagórico doctorado en Intuición y Medicina Energética por la Greenwich University, una organización de enseñanza a distancia no reconocida que operaba -hasta que fue clausurada- en Australia, California y Hawaii. La “doctora” Myss ha descubierto que es más fácil, menos arriesgado y más lucrativo escribir libros y dar cursos y seminarios sobre medicina intuitiva, donde mezcla la ideología Nueva Era salpicada con términos científicos.

De hecho, muchos de estos sanadores intuitivos afirman que son capaces de usar su “intuición” para entender materias tales como la bioquímica o la mecánica cuántica. Otros, menos atrevidos, ignoran la ciencia y su discurso lo empapan con metafísica de baja estofa. Solo hay una cuestión en la que todos coinciden: ninguno se ha prestado a un estudio experimental controlado para verificar su “perspicacia”. Por supuesto, tal prueba solo valdría para quienes afirman ser capaces de diagnosticar el cáncer. Aquellos que dicen diagnosticar y curar el aura, el chi u otro tipo de “energía” o “vibración” que desarmoniza nuestro cuerpo se encuentran hábilmente libres de todo riesgo, habida cuenta de que esa “energía” solo la pueden ver ellos.

Lo único cierto es que bajo ese manto de bondad y deseo de ayudar al ser humano con el que se cubren se esconde lo que realmente son: mercaderes de esperanza.

Roma, año 1500

Publicado 21 marzo 2014 por masabadell
Categorías: Historia

Un peregrino que hubiera llegado a Roma en el año del jubileo de 1500 se habría sorprendido por el aspecto de la ciudad. En lugar de encontrarse con una ciudad de calles estrechas y casas de piedra rodeadas por una poderosa muralla descubriría campos de labranza, viñedos, jardines, pantanos y charcas. Las casas, de madera, con escaleras exteriores y balcones, se encuentran en el interior de los restos de una muralla que hasta un niño puede brincar por encima. Es lo que queda de la imponente pared hecha construir tiempo atrás por Aureliano para proteger a una ciudad de un millón de habitantes.

En 1500 Roma sólo tiene 40.000, menos que Florencia, Venecia o Nápoles. El ganado pasta a sus anchas entre las cuatro columnas del Foro que aún permanecen en pie. Los acueductos han sido tan asolados por los diferentes invasores que han cruzado sus puertas que hasta se ha perdido el motivo por el cual fueron construidos. A un peregrino, pañero de la ciudad de Douai, le contaron que se habían usado para traer aceite, vino y agua de Nápoles.

Esta ciudad entre los campos no ofrece ninguna seña de identidad clara: ninguna catedral, ayuntamiento o palacio. San Pedro no es más que una iglesia como cualquiera de las otras 280 que el peregrino puede visitar. Sus exteriores, pobres y algunas casi desmoronadas, no hace intuir los hermosos mosaicos que alberga su interior. Siete de ellas, las iglesias estacionales, son de obligada visita para el peregrino que pretende obtener la indulgencia plena. Según Dom Edme, el abad de Clairvaux, la visita cuesta 8 horas, andando por caminos penosos y a veces cruzando pantanos donde las mulas se hunden hasta sus rabos.

Roma no produce nada. No tiene industria, ni exporta materias primas. Su negocio son los peregrinos. La ciudad donde dice la tradición que San Pedro fue crucificado y San Pablo decapitado recibe del orden de 50.000 peregrinos al año. Según un censo de 1527 Roma tenía 236 posadas, casas de huéspedes y tabernas, una por cada 288 habitantes. Algo enorme si lo comparamos con Florencia, que tenía una por cada 1488 habitantes.

Las mejores, el Oso, el Sol, el Barco, la Corona, el Camello y el Ángel, se encuentran cerca del Panteón y sus propietarios mandan chicos a las puertas de la ciudad en busca de clientes. La temporada alta es en Cuaresma y para ganar la indulgencia plenaria los italianos deben pasar 15 días en Roma; quienes llegan de otras partes de Europa sólo necesitan estar 8.

Como en nuestras vacaciones, los peregrinos viven a todo tren: el gasto de carne es elevado y los turistas de entonces, como los de ahora, compran guías y recuerdos. Lo que no ha perdido con el paso de los siglos es su espíritu cosmopolita. Los romanos nacidos en Roma sólo son el 16% del total. Un 20% se reparte entre españoles y alemanes y el resto son emigrantes llegados de diferentes puntos de la península italiana.

A pesar de todo, y como dice Astérix, Roma sigue siendo la ciudad más prodigiosa del universo.

Adulterio y la enfermedad de Huntington

Publicado 11 marzo 2014 por masabadell
Categorías: Ciencia cotidiana, Medicina

Una señora que rondaba los cincuenta, llamémosla Cooper, fue a visitar al neurólogo norteamericano Harold Klawans. Estaba preocupada por su segundo hijo, Walter. En cuanto le dijo que a sus 28 años Walter se tambaleaba y sufría de convulsiones y sacudidas, que había dejado de leer y sólo veía los programas infantiles de la televisión, Klawans sospechó el diagnóstico. Incluso durante la consulta Walter fue incapaz de mantenerse quieto. El escáner confirmó las sospechas del neurólogo: Walter sufría de corea de Huntington, una enfermedad genética inevitable que aparece en la edad adulta.
Para confirmar el diagnóstico, Klawans buscó en el árbol familiar otros casos pues la mayoría de los enfermos de Huntington lo son porque lo han heredado de sus padres. La madre de Walter estaba bien, al igual que sus padres. Su padre había vivido hasta los 77 años y su madre tenía 83. Quizá la enfermedad viniera de la familia de su marido. Éste había muerto a los 43 años en un accidente de caza, algo consistente con la enfermedad pues el suicidio y la muerte prematura son habituales entre quienes padecen la enfermedad. Pero el difunto señor Cooper no había tenido convulsiones, depresiones, ni la pérdida de memoria ni los cambios de personalidad asociados a la enfermedad de Huntington.
La ansiedad de la señora Cooper era evidente: tenía otro hijo y dos hijas. ¿Corrían ellos el mismo riesgo? Klawans le dijo que sí. Meses después la señora Cooper regresó a la consulta del neurólogo visiblemente afectada. Había consultado a un genetista y le dijo que el Huntington era una mutación espontánea y que tales mutaciones sucedían a un tercio del total de los que sufren la enfermedad. Casi histérica, la señora Cooper gritaba sin compasión a Klawans. El médico, muy sensatamente, no le dijo que esa mutación espontánea se daba una vez entre un millón y que, por supuesto, el adulterio era bastante más común.
El neurólogo pensaba que el padre de Walter era ilegítimo. Como muchos otros, se deprimió por efecto de la enfermedad o por reacción a ella. Entonces marchó de caza y se mató. Lo peor que pudo hacer Klawans es comentarle estos pensamientos a la señora Cooper; le llamó bastardo. Dos días después recibió una carta de la enfadada madre: era una disculpa. El neurólogo tenía razón, pero se había equivocado en una generación. El difunto señor Cooper no era el padre de Walter. Era cierto que él se había suicidado pero no por culpa del Huntington. Durante una discusión ella le había confesado que él no era el padre de su hijo, sino un vecino que había muerto atado a la cama de un hospital. Ahora se enfrentaba a un importante dilema: confesar a sus hijos su adulterio o dejar que vivieran bajo el temor de una terrible enfermedad.
Harold Klawans se compadeció de la pobre mujer y escribió una carta donde afirmaba que la enfermedad de Walter había sido debida a una mutación espontánea.

Sentineleses: la última tribu no “occidentalizada”

Publicado 28 enero 2014 por masabadell
Categorías: Antropología, Biologia

“Todos los hombres de la isla de Angamanain tiene cabeza de perro… son violentos y crueles y se comen a todo aquél que capturan”. Así describió Marco Polo a uno de los pueblos que encontró en sus viajes, aunque lo más seguro es que el famoso viajero veneciano nunca se acercara a la isla que menciona y las pocas líneas que les dedicó las escribiera de oídas.
En realidad se trata de un grupo de islas cuyo nombre actual es Andamán, una palabra que quizá provenga de la palabra sánscrita nagnamanaba (hombre desnudo). Junto con las Nicobar conforman un archipiélago de 572 islas a 1.000 km de la costa este de la India y están agrupadas a lo largo de un arco con una longitud de más de 800 km. Los antropólogos han determinado que las cuatro tribus supervivientes de las Andamán, Gran Andamaneses, Onge, Jarawa y Sentineleses, se originaron en África.

Según un estudio realizado entre estas tribus (las que se dejaron, obviamente) por científicos del Centro de Biología Celular y Molecular de Hyderabad en el sur de la India y publicado en la revista BMC Genomics, son los descendientes directos de una primera oleada que salió de África y llegó a aquellas costas hace 60.000 años. Su perenne aislamiento hace que su genoma sea uno de los más antiguos del mundo. Por su parte, investigadores de la Universidad de Oslo publicaron en la revista Current Biology el descubrimiento de una mutación en el cromosoma Y -llamada Marcador 174-, característica de las poblaciones de la periferia de Asia y que se ha encontrado en muchos japoneses, tibetanos y pueblos aislados del sureste asiático como los Hmong, de las montañas del sur de China. Curiosamente, su cromosoma Y no lleva el marcador RPS4Y, común entre los aborígenes australianos. Esto significa que al menos hubo dos emigraciones distintas desde África: una se dispersó rápidamente al interior de Asia y la otra viajó hacia Australia. Claro que un enigma planea sobre toda esta historia: ¿Cómo llegaron a esas islas, que son invisibles desde el continente? Algunos piensan que recorrieron por mar toda la costa asiática. Que no se hayan encontrado restos de semejantes migraciones podría deberse a que el nivel del mar se encontraba 150 metros más abajo debido a la última edad de hielo.

Los primeros contactos de los andamaneses con extranjeros se dieron hace 1.000 años, cuando arribaron a sus playas navegantes chinos y árabes. La respuesta de aquellos isleños fue una lluvia de flechas. Incluso los misioneros lo intentaron sin éxito. Los británicos rompieron el cerco y en 1858 crearon una colonia penal e intentaron civilizar a los nativos haciéndoles vestir al modo europeo, enseñándoles a leer, escribir y, es de esperar, a tomar el té. No pudo ser más desastroso: al igual que ocurrió en Sudamérica con la llegada de los españoles, la mayoría de los indígenas sucumbieron a la neumonía, la gripe, el sarampión… Su sistema inmunitario no respondió ante nuestros microorganismos patógenos. Es la consecuencia real de la lección que nos enseñó H. G. Wells en La Guerra de los mundos. Por supuesto, a semejante aniquilación también colaboraron con entusiasmo los japoneses durante la II Guerra Mundial y las ínfulas expansionistas del primer presidente indio Jawaharlal Nehru.

La vida de los nativos andamaneses ha cambiado muy poco en todos estos milenios. Siguen viviendo en la edad de piedra, cazan cerdos salvajes y peces con lanzas, creen que los pájaros hablan con los espíritus, muchos desconocen el fuego y no saben contar más allá de dos. Eso sí, no hay evidencia de canibalismo. De todas ellas la tribu más misteriosa es la que habita la isla Sentinel Norte, de tan solo 72 km2, cuyos miembros reciben el nombre, a la sazón, de Sentineleses. Se trata de una de las tribus más aisladas y desconocidas del planeta. Y no es por desinterés nuestro; son ellos los que no quieren saber nada del resto. Han sobrevivido a los birmanos, británicos, japoneses, indios y al espantoso tsunami de 2004.

El 27 de enero de 2006 dos pescadores indios que vivían en la capital del archipiélago, Port Blair, fueron asesinados por guerreros de esta tribu cuando su bote fue arrastrados a las playas de la isla. Otros pescadores que se encontraban en la zona describieron cómo los dos indios, que parecían borrachos (posiblemente gracia a una generosa ingesta de vino de palma) fueron atacados por hombres casi desnudos que blandían unas hachas. Un helicóptero de la guardia costera, enviado para investigar, fue recibido sin contemplaciones con una lluvia de flechas, dejando claro al piloto que más le valía no aterrizar. Los familiares clamaron justicia; las autoridades locales miraron para otro lado temiendo la reacción de grupos de presión como Survival Internacional, dedicados a la defensa de culturas tribales. Las familias no pudieron recuperar los cuerpos para quemarlos, según su costumbre; debía seguir cumpliéndose la zona de exclusión de 5 kilómetros alrededor de la isla. Pero los andamaneses indios comprenden a este pueblo: “solo se defienden; los pescadores furtivos que van armados hasta los dientes les tienen aterrorizados”, comentó un anciano de 74 años.

Nadie conoce su idioma. En dos ocasiones se ha intentado entablar comunicación con habitantes de otras islas, con la esperanza de que se pareciera a alguna de las demás lenguas del archipiélago. El breve intercambio, además de hostil, no sirvió de nada.

La habitual lluvia de flechas y lanzas con que reciben a los extranjeros manda un claro mensaje: no quieren que se les moleste. Por no saber ni tan siquiera saben el tamaño de esta tribu. Según un censo de 2001 consistente en observar la playa en la distancia, se pudieron identificar 39 individuos, aunque se cree que puede haber del orden de 250. Calcular su número es necesario: para que este grupo sobreviva al impacto de la deriva genética –que tiende a eliminar la variabilidad de los genes de una población- debe estar compuesto por un número mínimo de individuos. Calcular este valor es muy complicado, pero se cree que una supervivencia a corto plazo requiere del orden de 50 y a largo plazo, 500. Es posible que los sentineleses acaben desapareciendo. De hecho, un estudio realizado entre otra tribu andamanesa, los Jarawa, y publicado en 2004 en la revista Science revelaba que estos poseían una baja variabilidad genética.
“Cuanto menos contacto tengamos, mejor será para ellos”, dice el médico Ratan Chandra Kar, que ayudó a los Jarawa a salvarse de una epidemia de sarampión en 1998 (una nueva epidemia se repitió en 2006). El contacto con el mundo civilizado ha sido catastrófico: hace un siglo el número de aborígenes en todas las islas era 10.000; hoy quedan poco más de 900. Hace medio siglo los Gran Andamaneses eran 5.000 frente a los 40 que sobreviven en la actualidad, la mayoría alcohólicos. La hostilidad de los Sentineleses les ha salvado de la aniquilación.

(Publicado en Muy Interesante)

El origen del imaginario continente de Lemuria

Publicado 16 enero 2014 por masabadell
Categorías: Historia, Pseudociencia

La segunda mitad del siglo XIX fue la época de creación de continentes y masas de tierra desaparecidas. Una de las razones para ello era explicar las similitudes entre las especies biológicas existentes en zonas separadas por los océanos. El zoólogo Philip Sclater, al que debemos la definición de las regiones zoogeográficas del planeta, propuso la existencia de masas de tierra sumergida en el océano Índico para explicar porqué había encontrado fósiles de lemures en Madagascar y en la India pero no en Oriente Próximo o en África.

Así nació el mito del continente Lemuria, que fue adoptado por la taimada ocultista Helena Blatvasky para instalar en él sus propios desvaríos: allí había habitado una raza de humanos de dos metros de alto y hermafroditas. En el siglo XX el escritor Devaneya Pavanar recicló Lemuria para situar la isla perdida Kumari Kandam que según la leyenda tamil es el origen a su cultura. Y en 1991 el editor-jefe del Proyecto del Diccionario Etimológico Tamil de la región Tamil Nadu en la India, R. Mathivanan, afirmó haber descifrado un antiguo texto de la cultura del valle del Indo -del III mileno a. C.- y del que extrajo, no sólo que la civilización Kumari Kandam floreció en el 50.000 a. C., sino que hubo una avanzada civilización tamil hacia el 20.000 a. C. en la isla de Pascua. La pseudoarqueología al servicio de la ideología nacionalista.

(publicado en Muy Interesante)

La primera Navidad

Publicado 17 diciembre 2013 por masabadell
Categorías: Historia, Religión

En la antigua Roma, un aristócrata cristiano llamado Valentino recibía un códice finamente ilustrado que contenía un calendario para el año 354 además de otros documentos, como la lista de cónsules, prefectos y obispos de la ciudad. De trazo sobresaliente, era el trabajo del que se convertiría en el calígrafo del papa Dámaso I, Furio Dionisio Filocalo.

El códice proporcionaba una información utilísima para cualquier aristócrata que viviese en Roma: señalaba los principales eventos de la ciudad en ese año, incluyendo las celebraciones no cristianas, aniversarios imperiales, conmemoraciones históricas y fenómenos astrológicos. Era, en esencia, el calendario público de Roma.

Es aquí donde aparece la primera mención escrita conocida de la fecha de celebración de la Navidad (Parte 12: Conmemoraciones de los mártires. MGH Chronica Minora I (1892), pp.71-2): “VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae”, el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea.

MENSIS DECEMBER habet dies XXXI

MENSIS DECEMBER
habet dies XXXI


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