Evolución: reliquias de nuestros antepasados (III)

Posted 16 Noviembre 2009 by masabadell
Categories: Biologia, Historia de la ciencia

En 1950 Barbara McClintock realizó lo que se puede llamar un descubrimiento fundamental en el campo de la genética. Como suele suceder en estos casos, y a pesar de que sus experimentos y su lógica eran completamente inapelables, la mayoría de los científicos desestimaron las conclusiones por ser demasiado revolucionarias: “Esta mujer o está loca o un genio”, escribió el biólogo E. F. Keller. “Estaba tan sorprendida que pensé que me ridiculizarían, o me dirían que estaba realmente loca”, comentó la propia McClintock años más tarde. Solo 36 años más tarde la comunidad científica al completo celebró su descubrimiento cuando fue recompensada con el Nobel de Medicina, la única que no ha compartido el premio en esta categoría. Y todo porque sus teorías sobre ciertos elementos en los cromosomas del maíz han sido fundamentales para entender la genética, la evolución, la enfermedad y el cáncer.

¿Qué fue lo que descubrió? En la década de 1940 se dio cuenta de que había algo raro en la heredabilidad de ciertos elementos genéticos, pues no se ajustaban al patrón esperado. Después de años de experimentación McClintock descubrió el motivo: había segmentos de ADN en los cromosomas que se movían de un lugar a otro del genoma. Reciben el nombre de trasposones (antes “genes saltarines”) o elementos genéticos móviles. Así, si el elemento transponible está insertado en el interior de un gen, puede suceder que al moverse el gen recupere la función que tenía y estaba “cortocircuitada” por el trasposón. Del mismo modo, si al cambiar de posición se inserta dentro de un gen, se produce una adición de una gran cantidad de nucleótidos que provoca la pérdida de la función de dicho gen. En definitiva, los trasposones provocan un tipo peculiar de mutación, pues crean inestabilidad en el genoma al moverse libremente por él. Y el nuestro contiene alrededor de 3 millones de ellos, ¡casi la mitad de todo nuestro ADN! No es raro entonces que los científicos, cada vez que trabajan con genes, no dejen de encontrarse con todo tipo de transposones: das una patada a una piedra del genoma y salta un transposón.

En los años siguientes se descubrió que había dos tipos de estos elementos: los trasposones de McClintock (que componen el 2,8% del genoma humano) y los retrotrasposones (que se llevan el 42,8%). Estos elementos hacen una copia de ellos mismos en ARN que se “retrocopia” en ADN y se inserta en el genoma. Este comportamiento es muy parecido al de los retrovirus, como el del sida o el de la gripe.

Todos los retroelementos del ser humano parecidos a los virus se originaron hace decenas de millones de años, en la mayoría de los casos. No tenemos evidencias de retrovirus modernos instalándose comodamente en nuestro genoma y convirtiéndose en retrotransposones. Sin embargo, sí ha pasado en el resto de los mamíferos. Por ejemplo, chimpancés y gorilas poseen muchas copias de un retroelemento, descendientes de un retrovirus que infectó sus genomas de manera independiente pero no hizo lo propio con humanos y orangutanes. Otro tipo de retroelementos son trozos oportunistas de ADN que gracias a unas mutaciones han adquirido la habilidad de moverse libremente por el genoma.

El más común de todos es uno relativamente pequeño llamado Alu: cerca del 10% de genoma humano consiste en más de un millón de elementos Alu, uno de los pocos tipos de retrotransposones todavía activos en nuestro ADN. Su importancia a la hora de entender cómo ha funcionado la evolución es obvia: si dos individuos tienen insertado el mismo retroelemento en idéntica parte de su genoma, querrá decir que lo han debido heredar de un antepasado común. Esto es lo que se descubrió casi por accidente a mediados de 1980.

En 1985 científicos de la Universidad de California en Davis y Berkeley realizaron el primer estudio del ADN que rodea a los genes que codifican la hemoglobina, y lo compararon con el de los chimpancés. Como era de esperar encontraron muchos elementos Alu. Mas lo llamativo fue que todos ellos, sin excepción, se encontraron en los mismos lugares y con las mismas direcciones en ambas especies. Comparando las secuencias de ADN de 7 elementos Alu en chimpancés y humanos se vio que la similitud entre ambos iba del 94,7% al 98,9%. Solo 3 de 15 mutaciones daban cuenta de estas diferencias.

Otro ejemplo es HERV-K, un retrotransposón que se introdujo en el antepasado común de humanos, simios y monos hace decenas de millones de años, y al contrario que la mayoría de estos elementos parecidos a los virus, todavía está activo en nuestro genoma. Científicos del Instituto Shemyakin-Ovchinnikov de Química Bioorgánica de Rusia, descubrieron en 2000 que 11 de los 14 elementos presentes en los humanos se encuentran en la misma posición en chimpancés y gorilas, lo que nos dice que se trata de las especies más cercanas a la nuestra. La siguiente es el orangután, con el que compartimos 9 HERV-K, y el gibón, con 7. Con los monos del Viejo Mundo compartimos cuatro elementos y con los del Nuevo Mundo solo dos.

(Aparecido en Muy Interesante)

Evolución: reliquias de nuestros antepasados (II)

Posted 11 Noviembre 2009 by masabadell
Categories: Biologia, Historia de la ciencia

El ADN de todas las especies es una prueba de cómo ha funcionado el proceso evolutivo descubierto por Darwin. Como en el caso del pez antártico, los nuevos elementos no aparecen como por ensalmo, diseñados desde cero, sino que se utilizan los materiales que están disponibles. Con las armas de la biología molecular somos capaces de seguir las huellas que millones de años de evolución han dejado en el patrimonio genético de todas las especies. Algunos de estos pasos son muy pequeños, como el cambio de una simple letra en el código de un gen; otros son más grandes, con la desaparición de genes enteros. El genoma no es simplemente un inventario de todos los genes que operan en nuestro orgasnismo; es también una ventana a nuestro pasado más lejano.

Como todos sabemos, el ADN de la mayoría de los organismos, humanos incluidos, se encuentra almacenado en unas estructuras llamadas cromosomas, enrrollado y con proteínas que lo estabilizan. En cada cromosoma encontramos dos regiones esenciales, con secuencias de ADN muy específicas: el centrómero, situado como su nombre indica haia elcentro del cromosoma y que desempeña un papel crítico a la hora de ayudar a dirigir al cromosoma a su posición exacta cuando la célula se divide; y los telómeros, los finales de cada cromosoma, que lo protegen en cada división celular. Estos dos caracteres estructurales nos ofrecen pistas de nuestra historia evolutiva.

Si comparamos los cromosomas humanos con los de los grandes simios, chimpancés, orangutanes y gorilas, descubrimos una diferencia muy llamativa. El genoma humano posee un cromosoma menos: ellos tienen 24 pares y nosotros 23. ¿Cómo es posible?

En 1982 Jorge Yunis y Om Prakash publicaron un artículo en Science que hoy se considera una pieza angular de la biología evolutiva. Su trabajo confirmó lo que se sospechaba desde hacía tiempo: los cromosomas de humanos, gorilas, chimpances y orangutanes son tan similares que se pueden establecer una correlación casi perfecta entre ellos. Trabajos posteriores abundaron en este trabajo, mostrando que el genoma humano y el del chimpancé son idénticos al 98%. Los dos conjuntos de cromosomas son tan similares que cada cromosoma humano tiene su correspondencia en el chimpancé… salvo una excepción: el cromosoma 2 humano.

En este caso, son dos los cromosomas del chimpancé los que se ajustan perfectamente con el humano: los llamados 2A y 2B. Nueve años después del artículo de Yunis y Prakash, científicos de la Universidad de Yale secuenciaron el lugar del cromosoma 2 humano que se correspondería con una fusión de los telómeros de los cromosomas 2A y 2B del chimpancé. Y allí encontraron una secuencia de ADN que demuestra que en algún momento esto fue lo que sucedió: se fusionó el telómero de un cromosoma con el de otro. El lugar exacto de la fusión se ha preservado mostrando 158 copias de la secuencia que marca el lugar; es la X en los planos del tesoro. Y no solo eso, el centrómero del cromosoma 2 humano coincide con el del 2A del chimpancé. ¿Y el centrómero del 2B? En 1992 se encontraron restos de las secuencias características de este lugar, hoy inactivo. Y precisamente por eso, por no servir ya para su función inicial, el número de mutaciones que presentan es relativamente alto. Esto es un proceso claramente evolutivo: para aquellas secuencias de ADN que son útiles existen mecanismos de corrección frente a mutaciones; si no es útil o no desempeña ninguna función, no hay motivo para corregir los errores.

(Publicado en Muy Interesante)

La eco-gaita

Posted 28 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Ciencia cotidiana, Pseudociencia

Si hay algo que envidio a los sacacuartos es su imaginación para vendernos cualquier chorrada y convencernos de que funciona. Si no, vean la chorrimemez de la ecobola, o sea, una esfera de plástico con canicas de cerámica en su interior que metida en la lavadora hace que salga la ropa más limpia que limpia sin necesidad de detergente. Lo único difícil es escoger cuál comprar de entre las muchas que han aparecido en el mercado al calorcillo del dinero fácil y la tontería humana.

Llevamos lavando nuestra ropa durante más de 2.000 años con jabón y no nos hemos dado cuenta hasta ahora que basta con romper un vaso de cerámica, meter los trozos en un balde de agua, agitarlo un rato y… ¡tachán! Las manchas y la guarrería desaparecen como por ensalmo. Por supuesto, esta supermágica tecnología ha aparecido por ciencia infusa pues no hay ni una sola investigación científica publicada sobre el tema en ninguna revista del mundo.

¿Cómo funciona? Vean, vean: “Aplicando la bioelectricidad (ahora será que el plástico o las cerámicas son bio…) y la hidrodinámica (que no es otra cosa que mover el agua) se ioniza el agua y se cambia su estructura molecular”. O sea que usted mete una pila de petaca en un barreño, lo agita y el agua dejará de ser H2O. Las condenadas bolitas “ionizan, regulan la acidez adecuando el pH, el nivel de cloro y la dureza del agua. Así mismo esterilizan y desinfectan las prendas”. ¿Para eso nos gastamos tanto dinero en depuradoras de agua? Esto sí tiene su punto: la cerámica tiene poder antibiótico.

La cosa funciona porque las cerámicas emiten radiación infrarroja que favorece “la eliminación de la suciedad sin necesidad de detergentes”. Teniendo en cuenta que cualquier material a temperatura ambiente emite radiación del infrarrojo lejano, incluyendo el tambor de la lavadora… ¿para qué coño queremos la ecobola? Si usted aún persiste en creerse esta patraña y que son los rayos infrarrojos los que limpian, desinfectan y esterilizan la ropa, pase de ecobola porque la lavadora, por su propia naturaleza, también hace lo mismo.

(Aparecido en Público)

Evolución: reliquias de nuestros antepasados (I)

Posted 28 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Biologia

En el océano Atlántico, a 2.000 km del Cabo de Buena Esperanza, se encuentra una diminuta isla llamada Bouvet. Con una gruesa capa de hielo que termina abruptamente en cortantes acantilados con playas de arenas negras volcánicas, y una temperatura media por debajo del punto de congelación del agua, no es que sea un bonito lugar de vacaciones. Desembarcar no es fácil y la mejor forma de hacerlo es desde un helicóptero. En 1928 el buque noruego Norvegia recaló en la isla con el objeto de convertirla en refugio y almacén de provisiones para marineros naufragados. Los marineros del Norvegia estuvieron allí un mes. Entre ellos se encontraba el biólogo del barco, Ditlef Rustad, un estudiante de zoología, que capturó un curioso pez: grandes ojos, una gran mandíbula llena de dientes, largas espinas en el pectoral y la cola y lo más sorprendente, daba la impresión al mirarlo de ser transparente. Al examinarlo más cuidadosamente descubrió que ese aspecto de “pez cocodrilo blanco” era debido a que su sangre no tenía color alguno.

El Champsocephalus gunnari, como otros muchos peces que viven en la frías aguas antárticas, no posee glóbulos rojos, presentes en todos los vertebrados del planeta y cuyo característico color viene dado por la presencia de la hemoglobina, que fija el oxígeno en su interior y lo transporta a las células del cuerpo. El estudio de su ADN ha descubierto que los dos genes que codifican la parte globina de la molécula han desaparecido. Uno es un simple fósil molecular, un recuerdo almacenado en su genoma de “algo” que hace decenas de millones de años cumplió una función y que se ha ido erosionando como un fósil expuesto a la intemperie. El otro, que suele encontrarse justo al lado del anterior, ha desaparecido completamente.
Los peces que viven en el océano antártico, para reducir el aumento de viscosidad en la sangre debido a las bajísimas temperaturas del agua, deben reducir la densidad de glóbulos rojos en la sangre. De este modo, si nosotros tenemos un hematocrito de un 45%, ellos lo han bajado de un 15 a un 18%. Este pez ha llevado la reducción al extremo, de manera que su sangre solo transporta un 1% de células, y todas ellas glóbulos blancos. Por sus venas corre, literalmente, agua helada.

El corazón de este pez, más grande que en el resto, tiene un color pálido, en nada parecido al rosáceo del resto de los vertebrados y que es debido a la presencia de una proteína llamada mioglobina. En el caso del ‘pez-hielo’ se han insertado 5 letras en el gen que codifica esta proteína y que lo altera completamente, convirtiéndolo en un gen fósil. Pero lo más interesante es que uno de los procesos de adaptación a tan helador entorno consiste en la aparición de genes que crean proteínas anticongelantes, que evitan que el pobre pez se convierta en una estatua de hielo. ¿De dónde han surgido? La respuesta la encontraron Cheng, DeVries y sus colegas de la Universidad de Illinois en 1997: todo tiene su origen en un gen de 9 letras que codificaba una enzima digestiva, fue reinstalado en otra parte del genoma y código evolucionó hasta convertirse en el que codifica el tan necesario anticongelante.

Este pez antártico es un claro ejemplo del proceso evolutivo. Para sobrevivir en un ambiente extremo inventó un anticongelante, agrandó el corazón, cambió su sangre y se deshizo de partes que habían estado presentes en todos los tipos de peces desde hace 500 millones de años. Como dice el biólogo Sean B. Carroll, es “como cambiar completamente el motor mientras el coche está funcionando”.

(Aparecido en Muy Interesante)

Donde ningún hombre ha ido jamás

Posted 20 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Especulación cientifica

Nadie sabe cómo será el futuro de la humanidad dentro de mil años. Cualquier intento de prever qué pasará sería tan inútil como erróneo. Es como pretender que los eruditos del año 1000 profetizaran sobre cómo sería la vida en el 2000.

Claro que siempre hay visionarios capaces de levantar el velo del futuro y entrever algo de los que nos espera. Y no hablamos de Julio Verne, que extrapoló la tecnología de su época a un futuro próximo, sino de Roger Bacon, un filósofo y científico del siglo XIII conocido por sus contemporáneos como doctor mirabilis, que nos legó una profecía en nada equivocada: “Se pueden crear grandes buques de río y oceánicos con motores y sin remeros, gobernados por un timonel y que se desplazan a mayor velocidad que si fueran repletos de remeros. Se puede crear una carroza que se desplace a una velocidad inconcebible sin enganchar en ella animales. Se pueden crear aeronaves que, girando uno u otro apa¬rato, obligará a las alas artificiales a aletear en el aire como los pájaros. Se puede construir una pequeña máquina para levantar y bajar cargas extraordinariamente grandes, una máquina de gran utilidad. Al mismo tiempo, se pueden crear tales máquinas con ayuda de las cuales el hombre descenderá al fondo de los ríos y los mares sin peligro para su salud.”

Podemos intentar hacer como Bacon. ¿Qué será de la humanidad cuando se convierta en una civilización del tipo de las películas de ciencia-ficción?

La mayor empresa que podamos enfrentar es la terraformación de planetas. Como no podía ser de otra forma, el inventor del término fue un autor de ciencia-ficción: el maestro de la space opera Jack Williamson en su obra Collision Orbit. Según el experto en terraformación Martyn Fogg, la terraformación es “un proceso de ingeniería planetaria destinada a mejorar la capacidad de un ambiente planetario extraterrestre para mantener la vida. El objetivo final de la terraformación sería la construcción de una biosfera planetaria que simule la de la Tierra”.

La primera propuesta seria de terraformación apareció en una de las revistas científicas más prestigiosas, Science, en 1961. Su autor era un joven científico y joven promesa de la divulgación científica: Carl Sagan. La intención de Sagan era convertir Venus, un planeta estéril y ardiente por culpa de un tremendo efecto invernadero, en una nueva Tierra. Suponía que la composición de las nubes del planeta era en su mayoría vapor de agua, por lo que sería un buen nicho para la vida. Así que propuso sembrar las nubes con algas microbianas, Nostocaceae, capaces de procesar el dióxido de carbono en oxígeno gracias a la fotosíntesis reduciendo, de paso, el efecto invernadero. Esta “ingeniería planetaria microbiológica” como lo llamó Sagan no ha soportado el paso del tiempo y hoy se ha demostrado inviable. Sin embargo, hemos seguido progresando.

El primer planeta que terraformaremos será Marte. El primer paso para recrear la atmósfera primitiva de Marte, muy parecida a la de la Tierra primitiva, será mediante la instalación de factorías productoras gases invernadero artificiales, como el perfluorometano (CF4). Así, si se libera al mismo ritmo que los CFCs en la Tierra (1.000 toneladas por hora) la temperatura media del planeta aumentaría 10 C en una pocas décadas. Esta temperatura provocará que grandes cantidades de dióxido de carbono encerradas en un tipo de roca marciana, los regolitos, se libere, lo que haría que el planeta se calentara aún más rápido. Estos efectos se podrían aumentar si liberásemos en su superficie bacterias productoras de metano y amoniaco, pues ambos son poderosos gases invernadero. El resultado neto sería la formación de una atmósfera marciana con unas más que aceptables presión y temperatura atmosféricas. Esta sería la parte fácil.

La insolación sobre Marte habría que aumentarla, como mínimo, en un 30%, para acercarla a la terrestre. Esto sería posible mediante la instalación de espejos en órbita del tipo de las velas solares, algo totalmente al alcance de una tecnología como la de una Kardashev 2. A continuación deberían conseguirse unos niveles válidos de nitrógeno y oxígeno en la atmósfera. Para ello, Martyn Fogg propone la volatilización de nitratos y carbonatos mediante dos métodos, a cada cual más catastrófico: por impactos meteoríticos dirigidos o por minería nuclear. Ambas consiguen la volatilización in situ de estos elementos mediante la inyección de calor en profundidad.

El agua puede parecer que es una empresa más sencilla. Con el aumento de la temperatura el hielo que se supone existe a unos cuantos metros por debajo de la superficie, en el permafrost. Sin embargo, allí no hay suficiente agua. La única forma de añadir agua a Marte es mediante un intenso bombardeo cometario, algo que ya sucedió cuando la Tierra era joven. De hecho, se supone que el 30% del agua que hoy existe sobre la Tierra proviene de aquellos cometas. Esta violenta transformación marciana implicaría, evidentemente, una evacuación de los asentamientos humanos hacia los polos. Tras 200 años, Marte tendría una temperatura global de 8ºC, una presión total de unos 240 milibares (la presión normal en la Tierra es de 1.013) y con agua corriendo por le 10% de su superficie con una profundidad media de 70 m. La pequeña cantidad de oxígeno liberado en la atmósfera empezaría a formar el ozono suficiente para detener parte de la radiación ultravioleta.

En estas condiciones, la siembra de algas y otro tipo de vida microbiana acuática sería factible: su supervivencia estaría asegurada a una profundidad de 10 m por debajo de la superficie del agua. El problema más acuciante en este punto de la terraformación es el del nitrógeno en la atmósfera. Los procesos biológicos que liberan nitrógeno tardarían miles de años en llegar a los niveles necesarios para hacer la atmósfera marciana adecuada para el ser humano; un plazo de tiempo totalmente desproporcionado para un proyecto de ingeniería planetaria. Pero relativamente cerca los ingenieros planetarios disponen de una fuente prácticamente inagotable de nitrógeno: el satélite de Saturno Titán.

Así, 500 años después del comienzo del programa, la humanidad habría convertido Marte en una nueva Tierra. Por desgracia, el mantenimiento de un Marte habitable es absolutamente necesario. El control de esta biosfera artificial sería el objetivo principal y al que se dedicarían los mayores esfuerzos por parte de los futuros “marcianos”: éste es el precio a pagar por reproducir la Tierra en otro lugar.

El futuro de la humanidad no sólo pasa por resolver el problema del espacio y de los recursos naturales. También se necesita una fuente de energía que la proporcione en grandes cantidades y sea prácticamente inagotable. Podríamos pensar en la fusión nuclear o en cualquier otra fuente completamente diferente y que, en este momento, se nos escapa. Pero agarrarnos a unas posible y misteriosa ciencia futura no es de recibo si hacemos especulación científica.

Una civilización avanzada gasta tanta energía como la que emite su propia estrella. Entonces, ¿qué mejor manera de obtenerla que de la propia estrella? Este fue el razonamiento del físico Freeman Dyson, cuando publicó en Science su famosa esfera un año antes que Sagan hiciera lo propio con su propuesta de terraformación de Venus. En resumidas cuentas, una esfera de Dyson no es otra cosa que un “envoltorio” de células solares que rodea completamente al Sol como la piel de una manzana. Tres son los posibles radios de este espectacular cascarón: a 9 millones de kilómetros del Sol, entre las órbitas de Mercurio y Venus o, como propuso originalmente Dyson, a la distancia de la Tierra al Sol.

Dos son los problemas con los que se enfrenta este tipo de megaconstrucción planetaria: de dónde sacar los materiales para construirla –una esfera de Dyson situada a la distancia de la Tierra tendría un área interna de 183 mil billones de kilómetros cuadrados- y cómo solventar el problema de los efectos gravitatorios de los planetas interiores que podrían destrozar esta estructura. La solución al doble problema es única: si los planetas molestan, los quitamos. “Es posible desmenuzar planetas”, escribió Dyson en 1966. Al triturarlos, obtendremos los materiales necesarios para construir la esfera. Y si es necesario, podemos acabar con Júpiter. Esto se podría hacer de dos formas: acelerándolo o volándolo. Lo primero se conseguiría recubriendo el planeta con cable superconductor. Debido a su campo magnético, Júpiter se convertiría en un motor eléctrico que empezaría a girar cada vez más deprisa hasta el punto en que la gravedad no sería capaz de mantenerlo estable. Pero el tiempo de espera sería casi eterno: unos 40.000 años. La voladura es una opción más aceptable.

La cuestión no es reventarlo de manera incontrolada, sino del mismo modo que se hace al derribar edificios, solo que más a lo grande: lo que se llama voladura termonuclear subatmosférica controlada. En resumen, mediante cargas nucleares estratégicamente situadas en el interior de la atmósfera de Júpiter.

El único inconveniente es que no hay forma de conseguir todo el material necesario en el Sistema Solar para construir esta esfera. Una esfera de Dyson necesita del orden de 260 Tierras.

Dentro de un millar de años, si la Humanidad todavía vive, saltaremos a las estrellas. Las distancias son enormes y no sabemos bajo qué soles encontraremos planetas habitables, pero la exploración podrá ponerse en marcha. Y todo gracias a sondas automáticas de Von Neumann.

En 1940 John Von Neumann demostró matemáticamente que los autómatas autorreproductores eran posibles. Esto es, que no existía ningún condicionante teórico que prohibiera este tipo de máquinas. A partir de esta idea, los físicos Frank Tipler y John D. Barrow han calculado el tiempo que una civilización de tipo 3 invertiría en explorar toda la galaxia. Suponiendo que existe un planeta habitable cada 50 años-luz de distancia, que estas sondas automáticas viajan a un décimo de la velocidad de la luz y que las sondas tardan en consolidar la posición en un planeta unos 500 años (el tiempo necesario para terraformarlo), ¡en sólo dos millones de años esta civilización ya habría colonizado la galaxia! Si reducimos su velocidad a 30 km/s tardaríamos algo más: unos 30 millones de años. Un lapso muy breve en lo que es el tiempo cósmico.

De hecho, este cálculo es el que utilizan Tipler y Barrow para afirmar que estamos solos en la Galaxia. Si hay un número suficiente de civilizaciones inteligentes, alguna de ellas ya habría alcanzado el estadio de lanzarse a la exploración automática de la Galaxia. Como sobre la Tierra no hemos encontrado ninguna sonda de Von Neumann, entonces es que no existen estas civilizaciones. Y como es bastante improbable que seamos nosotros la primera civilización tecnológicamente avanzada en la galaxia, entonces estamos solos.

Llegados a este punto la imaginación se dispara aún más. Los astrofísicos Sagan y Shklovskii propusieron provocar explosiones de supernovas artificiales mediante láseres de una potencia inimaginable: un billón de Gigawatios. ¿Por qué? En las explosiones de supernova es cuando se crean los elementos pesados, los elementos con los que se construye una civilización tecnológica. Por su parte, Martin Fogg propone crear estrellas: hacer brillar aquellos objetos celestes que jamás pudieron convertirse en estrellas por no contener suficiente masa. ¿Cömo? Utilizando los microagujeros negros -agujeros negros del tamaño de la cabeza de un alfiler- que se supone se crearon con la Gran Explosión. La gran mayoría se habrían desintegrado ya, pero aún sobrevivirían algunos para poder lanzarlos contra esas “estrellas abortadas” y, colocados en su interior, hacerlas brillar. O, ¡por qué no! Construyendo microagujeros negros en el laboratorio y trasladándolos hacia allí.

Increíble. Aún hoy no faltan científicos capaces de hablar de esferas de Dyson galácticas, internet galáctica, la siembra de vida en otros planetas y reorganización de la estructura galáctica para obtener el máximo nivel de recursos a la Vía Láctea… Pero ya se sabe, la imaginación es libre y el papel aguanta lo que escribas.

(Aparecido en Muy Interesante)

¿La fuerza del destino?

Posted 14 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Antropología, Psicología

En 1970 aparecía un libro escrito por el premio Nobel de Medicina francés Jacques Monod: El azar y la necesidad. En él, convierte en lema de su libro el pensamiento de Demócrito “todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y la necesidad”. El texto, una reflexión desde la ciencia del mundo y el ser humano, se convirtió en un best seller y suscitó numerosos debates. El motivo: su defensa de que la vida es un simple accidente en la historia de la naturaleza. Monod lo dijo más poéticamente: “El hombre vive en un mundo extraño; un mundo que es sordo a su música, y tan indiferente a sus esperanzas como a sus sufrimientos y sus crímenes”.

El ser humano es accidental y superfluo: estamos en este mundo de chiripa –si los dinosaurios no hubieran desaparecido no estaríamos aquí– y al universo le importa un bledo que permanezcamos o nos extingamos. Claro que otros piensan que el azar es simplemente una excusa que hemos inventado para aquello que no encontramos explicación, que todo tiene un motivo para suceder, que las casualidades no son tales.

¿Existe el destino? Antes de plantear esta pregunta habría que decidir qué es. Definirlo, como hace la Real Academia, como una “fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos” no es decir gran cosa. ¿Qué o quién es esa fuerza irresistible? ¿Por qué debe interferir en la vida del ser humano? Se dice que todo tiene un motivo. ¿Pero cuál? ¿Qué razón hay para quien muere al caerle una maceta un día de viento? ¿O a quien le toca el gordo de Navidad? ¿No será que nos negamos a aceptar la aleatoriedad del mundo? Es bien conocido en psicología que el ser humano necesita encontrar razones para lo que sucede. Si no las ve las busca, y si no las encuentra, las inventa. ¿No será la creencia en el destino una forma de dejar todo atado y bien atado?

El concepto de destino siempre ha estado relacionado con lo sobrenatural. La conexión es evidente: si nuestro futuro está predeterminado, alguien debe haberlo hecho. Llamémoslo dios o energía vibratoria multidimensional. Los griegos, y con ellos los romanos, dejaron muy claro quienes tejían el futuro de los seres humanos: las Moiras –en Roma, las Parcas–. Ellas, en el momento del nacimiento, decidían los actos y el momento de la muerte de toda persona. El destino griego siempre estuvo impregnado de hado, de fatalidad, algo que ha persistido hasta nuestros días: nadie habla de destino cuando gana, sino justamente cuando pierde.

La contrapartida nórdica son las Nornas, tres viejas brujas malévolas que deciden el futuro de los hombres con las runas y que viven bajo las raíces del Yggdrasil, un fresno cuyas ramas y raíces mantienen unidos los diferentes mundos que componen la mitología escandinava. El porvenir es tremendamente sombrío. Acorde a la mentalidad guerrera de la sociedad vikinga, donde morir en la batalla era un destino digno de admiración, el fin del mundo estaba predeterminado por una gran y última batalla: Ragnarok. De ella se sabía qué iba a suceder, quién iba a luchar y el destino de cada uno de los participantes en la batalla. En el Völuspá (La profecías de la adivina), se narra la historia del mundo, desde su creación hasta su destrucción.

Conocemos nuestro destino pero no podemos evitarlo: esta creencia está perfectamente reflejada en las brujas de MacBeth, en la ópera de Verdi La forza del destino –basada en la obra que marcó el comienzo del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas– o El puente de San Luis Rey, del norteamericano Thornton Wilder: cinco viajeros se encuentran con un mismo destino, cinco personas diferentes, en viajes motivados por razones diferentes, cruzan el puente más bonito del Perú al mediodía del fatídico 20 de Julio de 1714 en que se vino abajo. ¿Casualidad? ¿Fue el azar quien juntó a esas 5 personas en el puente? ¿O fue Dios?

El destino, a veces, lo invocamos porque necesitamos de Justicia. Si miramos a nuestro alrededor descubrimos que el mundo lo es todo menos justo: Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Pero en nuestro fuero interno necesitamos que al final exista algún tipo de justicia divina que ponga las cosas en su sitio y que nos recompense el esfuerzo. Este mensaje es habitual en la psicología pop y en vendedores de felicidad como Andrew Matthews: “La Creación es justa. Lo que sembramos es lo que cosechamos”. Deseosos como estamos de recompensa, no es de extrañar que esos mensajes se conviertan en superventas.

En cuestiones del destino estamos muy influidos por la cultura griega, cuyo paradigma es Edipo. Si miramos hacia otras culturas podemos encontrarnos con una variedad de planteamientos: los judíos no creen en la predestinación. Yaveh ha creado al hombre libre de elegir su propio destino, es la única criatura del universo que goza de libro albedrío, para escoger seguir –o no– el camino de Dios. Totalmente diferente sucede entre los musulmanes. El sexto y último pilar de la fe es la creencia en el destino (Al-Qadr): “creer en el destino significa creer en Dios; es el que decide y crea los acontecimientos y las criaturas de acuerdo con su conocimiento previo y absoluto”.

La creencia en un destino tampoco se puede separar de la psicología. Así, uno de los sesgos cognitivos de la depresión es el fatalismo: la indefensión ante los sucesos se interpreta en función de que ése es el destino. De hecho, una de las técnicas terapéuticas usadas en su tratamiento es combatir esa idea haciendo ver al paciente que cierto problema ha sido debido a cierto conjunto particular de situaciones. Un ejemplo han sido los trabajos de la psicóloga Susan Blackmore sobre coincidencias entre creyentes y escépticos en fenómenos paranormales. En ellos Blackmore ha puesto de manifiesto que los creyentes estiman la probabilidad de las coincidencias más bajas de lo que en realidad son, lo que les permite interpretarlas como señales del destino.

Exista o no, quizá lo mejor sea aplicar a la propia vida este dicho que se atribuye al filósofo Betrand Russell: “Para ser feliz hay que tener la fuerza suficiente para cambiar las cosas que puedes cambiar, resignación para aceptar las que no vas a poder cambiar y sabiduría para distinguirlas”.

(Aparecido en Muy Interesante)

¡Devolvedme el cielo!

Posted 8 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Astronomía, Debate, Pseudociencia

El pasado verano, como cada verano, por la noche, me han asaltado dos sentimientos contradictorios: uno de asombro infantil y el otro de profunda tristeza.

Lejos de las luces de las ciudades y las zonas de veraneo, uno puede levantar la vista al cielo y sentir el vértigo arrebatador de miles de estrellas, la fascinante y cautivadora visión de la Vía Láctea, esa banda lechosa que nos proporciona una hermosa y única visión de nuestra galaxia.

Hoy Van Gogh sería incapaz de pintar su famoso cuadro de un café de Arlés bajo el cielo estrellado. Hoy nadie es consciente de las fases de la Luna o de que puede observar los planetas en el cielo. Recuerdo que una vez alguien me preguntó con verdadera sorpresa: ¿Es que se pueden ver? Venus, Mercurio, Marte, Júpiter o Saturno son simplemente nombre de objetos que se aprenden en la escuela. El Sistema Solar, el Universo, no son otra cosa que un concepto que nos enseñó el profesor de Ciencias Naturales. No es real, casi es una ficción. ¿Cuántas mujeres enamoradas podrían exclamar con Julieta “No jures por la Luna, por la inconstante Luna, que cada mes cambia en su órbita circular”?

Hoy nadie ve, de noche en noche, de mes en mes, cómo cambia el aspecto del cielo, cómo desaparecen unas constelaciones mientras aparecen otras. Nadie se da cuenta de que unos brillantes puntitos muy luminosos, fácilmente discernibles porque su luz no parpadea, van mutando su posición en el cielo. Son los planetas. A ellos les debemos mucho, pues al querer explicar por qué se mueven de ese modo descubrimos que no estamos en el centro del cosmos, que no somos el ombligo del universo.

Una simple mirada al cielo nos revela lo que siempre hemos sido sin saberlo: ciudadanos del cosmos. Y nos envuelve con un sentimiento de humildad, de lo poco que somos ante la oscura inmensidad que nos rodea, habitantes de una mota de polvo insignificante que gira alrededor de una pequeña estrella arrabalera en una de las miles de millones de galaxias que pueblan el universo. Pero no debemos olvidar tampoco lo importantes que somos pues, hasta donde sabemos, somos la única especie capaz de anunciar su existencia en el espacio. Construidos con los mismos átomos que los planetas, las estrellas y las nebulosas, somos una parte del universo que se ha hecho consciente.

Ante todo esto, causa risa y estupor que aún sobrevivan creencias infantiles, residuos de viejas religiones, como la astrología, producto de un tiempo cuando se creía que el universo estaba diseñado por y para el ser humano y que todo estaba gobernado por unos dioses ininteligibles e inaccesibles. Decía Montesquieu que pensar que nuestros actos están escritos en el gran libro del cielo es una orgullosa extravagancia. ¿De verdad podemos creer que los planetas giran para decidir la forma de vivir nuestras vidas?

Nuestra sociedad ha eliminado el cielo del vivir cotidiano. Por eso, si tiene la oportunidad de alejarse de las luces de la ciudad, o si al viajar de noche necesita parar para descansar, hágalo en un lugar oscuro y despejado y levante la mirada al cielo. Sentirán ese cosquilleo que recorre el espinazo al saber que están contemplando su hogar, su verdadero hogar.

Conócete a ti mismo… ¡Menuda patochada!

Posted 8 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Debate, Psicología

Una de los aforismos más sobrevalorados y al que se agarran todos esos libros de auto-ayuda escritos para europeos que no saben qué hacer con sus cómodas vidas (ya me dirán cuántos libros de Bucay o Coelho se venden en Chad o Etiopía) es el que se dice que aparecía en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, «conócete a ti mismo». Todos sabemos que no es fácil, pero que si uno lleva a cabo una poderosa labor de introspección acabará haciéndolo. Y como premio para intentarlo, seremos más felices.

Por suerte, la moderna psicología ha descubierto que esto no es así. No sólo no es cierto que se es más feliz si uno se conoce sino que hacerse una imagen embellecida de uno mismo es fundamental para poseer una cierta salud mental. Sabemos que tenemos nuestras cosas buenas y nuestras cosas malas, pero cuando nos miramos al espejo preferimos ver nuestra cara más agradable. En diferentes experimentos, los sujetos psíquicamente sanos se consideran mejor descritos con adjetivos con connotaciones positivas que negativas, de igual modo que a lo largo de la vida recuerdan los éxitos mientras que los fracasos se olvidan con extremada facilidad –de ahí, quizá, venga lo de tropezar dos veces en la misma piedra-. Otra tendencia bastante común es la de considerarse responsable de las acciones que han salido bien, mientras que las que han salido mal la culpa la han tenido un cúmulo de circunstancias.

Por si esto no fuera poco, las personas psíquicamente normales viven convencidas de que en una serie de aspectos son superiores al resto. Un ejemplo claro lo tenemos en los conductores. En diferentes encuestas, nueve de cada diez conductores se consideran mejores que la media. O cuando se propone que estimen su inteligencia. Invariablemente nos creemos más inteligentes de lo que somos. Un dato curioso. El psicólogo David A. Dunning de la universidad de Cornell ha descubierto que los incompetentes, además de no estar a la altura de lo que exige su profesión, ni siquiera saben lo incompetentes que son. En una serie de juegos de lógica encontró que quienes más dudaban de sus aciertos o que se infravaloraban sacaban mejor puntuación que quienes se creían los mejores del grupo.

Y es que, en general, como dice el psicólogo alemán Rolf Degen,”la necesidad de controlar las condiciones de la propia existencia está muy arraigada en el espíritu humano. Hasta el punto de que es capaz de engañar a la razón y hacerle creer que controla situaciones donde sólo existe azar o que realmente están controladas por fuerzas que no puede dominar”.

Nos gusta ver las cosas no como son, sino como nos gustaría que fueran.

Recorte a la ciencia

Posted 7 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Ciencia y política

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Hoy es el día en que desde los blogs de divulgación científica se protesta por el recorte-que-no-es-recorte (todo depende del punto de vista que uno defienda) de un 15% de media en el presupuesto de los organismos públicos de investigación dependientes del Ministerio de Ciencia e Innovación -porque recordemos que no son todos: el Instituto Nacional de Técnica Aerospacial depende, sorprendentemente, de Defensa-. Este ministerio es el que se lleva el mayor tajo -450 millones de euros- en unas medidas que, dicen, son una apuesta por un “nuevo modelo productivo”.

Por supuesto, los científicos han puesto el grito en el cielo y Joan Guinovart ha señalado que el recorte equivale a la ficha de 6 Cristiano Ronaldos -el recorte parece ser menor al que manejaba este científico y se queda en 4,7 Ronaldos- . Y 5 veces las ayudas al cine español en 2009, añado. Por cierto, que mientras las ayudas del Ministerio de Cultura al cine aumentaban un 14% del 2008 al 2009, las destinadas a proyectos de conservación de bienes declarados Patrimonio Mundial o estudios arqueológicos en el exterior -ciencia a fin de cuentas- caían más de un 200%.
Esto nos permite hacer unas pequeñas comparaciones: reducir el sueldo a 5 científicos equivale a hacer la misma reducción a un futbolista de éxito, y lo que deja de ingresar un centro de investigación es como si no se financiaran cinco películas españolas. Aún hay más. El recorte total a la ciencia vale lo que las pensiones de 10 máximos ejecutivos del BBVA y el Banco Santander y entre 2 y 3,5 veces lo que las entidades gestoras de propiedad intelectual han ingresado este año.

Y no entro en los sueldos comparados porque ya sería de risa. ¿Es la ciencia importante para un país? Seguro que no hay nadie que diga que no, pero lo que nadie acaba por matizar es cuán importante consideran que es. Ahora se ha visto. Y después queremos que los jóvenes se sientan motivados para lanzarse, cuesta abajo, a una carrera científica malpagada la mayor parte de su vida.

(publicado en 20minutos)

La pulsera curalotodo rediviva

Posted 6 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Pseudociencia

¿Recuerdan aquellas pulseritas con bolitas de cuarzo que servían para todas las enfermedades existentes? Un impresionante ejemplo de I+D balear. ¡Bien por Rayma!
Pues bien, siguiendo la estela del joyero mallorquín al que se le ocurrió el invento tenemos la pulsera Power Balance, creada en la soleada California en 2007 por “un grupo de atletas con un fuerte bagaje en salud holística”. Este sacacuartos consiste en un holograma en mylar (vamos, plástico) como el de la Visa pegado a una pulsera de silicona (o neopreno). Al menos la de Rayma estaba bañada en oro.

Si en la pulsera española el quid de la cuestión estaba en las bolitas de marras, que actuaban como “resonadores de energía pasiva “, en la californiana está el holograma porque “se han incrustado frecuencias naturales halladas en la naturaleza”. ¿Si son naturales dónde si no se van a hallar? Dejemos que se expliquen. “Cada objeto de este planeta, animado o inanimado, tiene una frecuencia que puede calcularse con exactitud. Albert Einstein sabía que todo en el universo emite una frecuencia única “. Si se pudiera denunciar por poner en tu boca lo que no has dicho los herederos de Einstein estarían forrados. No se dejen lo mejor: ” Se ha descubierto que la frecuencia general de una persona sana está entre 6,2 a 7,2 Hz, y cuando baja de estos niveles los resfriados y gripes aparecen más fácilmente”. ¡Ya tenemos la solución para la gripe A!

La verdad es que su publicidad es digna del Club de la Comedia. Les dejo esta perla: “PB no contiene ninguna fuente de energía por sí solo, las energías bioeléctricas de cada uno cargan el holograma quantum, sintonizando con el biocampo, armonizado con tu chi interior”.

Vale 35 euros y se vende por internet o al estilo Avon. Una simple búsqueda de precios (al alza) nos da su coste máximo: los dos hologramas un euro y la pulsera de silicona otro euro. Aun siendo generosos y poniendo un coste total de 3 euros nos queda un margen de beneficio del 91%. Seamos condescendientes: la inversión en I+D para desarrollar el holograma -cutre donde los haya y que es el logo del producto- ha tenido que ser de órdago.

(Aparecido en Público)