¿Está escrito en las estrellas? (II)

Publicado 20 mayo 2013 por masabadell
Categorías: Astronomía, Historia de la ciencia, Pseudociencia


Elementos de un horóscopo

Es ilógico que tal planeta, al ver a otro se alegre. Mientras que tal otro, al ver al primero, le sucede lo contrario. Porque, ¿qué hostilidad cabe entre ellos o sobre qué?
Plotino

Los griegos, como matemáticos que eran, sistematizaron y geometrizaron la astrología. Dividieron el círculo zodiacal en doce partes iguales reemplazando los irregulares signos babilonios. ¿Por qué doce? Sin duda fue por razones estéticas: el once es un número primo y no divide exactamente los 360º de una circunferencia.

Como enamorados de la geometría, la introdujeron en la astrología. Unieron los distintos signos con triángulos y cuadrados. Los cuatro triángulos que así se obtienen los identificaron con los cuatro elementos clásicos o humores: tierra, aire, agua y fuego. Los tres cuadrados dan origen a la clasificación ternaria o cualidades, que divide a los signos en cardinales, fijos y mutables. Finalmente introdujeron las polaridades (negativa y positiva, o femenino y masculino) de manera alternada en todo el espectro zodiacal. Las relaciones entre las posiciones angulares de los planetas (aspectos y su influencia reside en el concepto místico-geométrico de ángulos armónicos (60º, 120º), disarmónicos (90º, 180º) o neutros (0º).

Aún se introdujo una complicación más. Se subdividió la superficie terrestre en doce husos horarios (casas terrenales) que proyectados sobre la esfera celeste dieron origen a doce sectores de 30 grados llamados casas celestes. Tenemos pues a los signos recorriendo las casas, inmóviles en el cielo astrológico, y cada signo tiene una influencia determinada dependiendo de la casa en que se encuentre. A los arcos que dividen las casas se les llama cúspides. La cúspide de la primera casa, que coincide con el horizonte Este se denomina ascendente. La cúspide en el horizonte Oeste se llama descendente. Ambas son de una importancia crucial a la hora de realizar un horóscopo. A todo esto deberíamos añadir que los planetas tienen influencias especiales según los signos con los que tienen una relación particular: éstas son las dignidades. Tendremos entonces el domicilio, el exilio o detrimento, la exaltación y la caída. Con todo esto se construye una carta natal o estudio astrológico.

Ptolomeo, el gran astrónomo alejandrino del siglo 2 d.C. recogió todas estas reglas y las escribió en el libro que es base de toda la astrología moderna: el Tetrabiblos. Nada sustancial ha cambiado casi dos milenios. Dicen muchos de sus defensores actuales que la astrología es una ciencia: ¿Qué ciencia no ha cambiado lo más mínimo en 2 milenios?

¿Está escrito en las estrellas? (I)

Publicado 17 abril 2013 por masabadell
Categorías: Astronomía, Pseudociencia

En el otoño de 1993 publiqué un artículo sobre la astrología en el número 30 de la revista LAR (La Alternativa Racional), editada por la entonces llamada Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP). No ha perdido nada de actualidad a pesar de haberlo escrito hace 20 años, así que he decidido recuperarlo para este blog con correcciones menores.

Este artículo contiene mi crítica fundamental a esta superstición: nada más puedo añadir.

“El hombre dejará de cometer barbaridades, cuando deje de creer en absurdidades”
Voltaire (1694-1778)

Para aquellos que nos dedicamos a la astronomía, es bastante frecuente que nos pregunten acerca de la influencia de los cometas en el destino de los países, o si sabemos hacer cartas astrales, o si durante la carrera nos enseñan a hacer horóscopos. Muy pocos conocen la diferencia entre astronomía y astrología

Así, el presidente francés François Mitterrand alabó los descubrimientos de la astrología en un congreso de astrónomos celebrado en Francia hace algunos años. Esta confusión entre ciencia y pseudociencia se ha venido extendiendo debido al auge que ha experimentado todo lo relacionado con el ocultismo, la parapsicología y los extraterrestres en los últimos años. La diferencia entre ambas es notable. Según la definen los propios astrólogos, “La astrología es la ciencia que estudia la acción de los cuerpos celestes sobre los objetos animados e inanimados y la reacción de éstos ante esas influencias. Estudia también los ángulos entre planetas y sus efectos visibles sobre la humanidad.” (M D. March y J. McEvers, Aprenda Astrología (tomo 1), 1989)

La astronomía no tiene tales pretensiones. Se ‘conforma’ con describir el Universo, intentar determinar su origen y su final y el de los objetos que en él existen: planetas, estrellas, galaxias… Difícilmente se podría encontrar a un astrónomo profesional o aficionado que crea que las posiciones relativas de los planetas determinan el carácter y el destino de las personas (astrología natal), o que influyan sobre la economía (astroeconomía) o la política de un país (astrología mundial). Por algo muy sencillo. El mayor logro de la ciencia, y en particular de la astronomía, es el haber descubierto que todo el universo se rige por las mismas leyes y está hecho con los mismos elementos químicos que los encontrados en la Tierra. La caída de una hoja, el movimiento de los planetas y el de las galaxias están recogidos por una única ley. El hidrógeno del Sol, la limonita de Marte o el anhídrido carbónico de Venus son idénticos a los encontrados aquí. Así que, ¿por qué el amoniaco de Júpiter puede influir en nuestro carácter y el que tenemos guardado en el armario de la cocina no?

La astrología se basa en opiniones y en creencias más que en evidencias. Es consecuencia del pensamiento mitológico de las primeras culturas. Es consecuencia de una forma de ver el mundo, de una cosmología completamente diferente a la real. Resulta edificante repasar la historia de la astronomía, pues en ella encontraremos las razones por las cuales la astrología es indefendible.

El origen de la astrología

“Ahora que hemos tratado de la ciencia de los números, de la constitución de los cielos, pasamos a la astrología; y es una ciencia a los ojos de la mayoría de las personas, por más que nuestra opinión nos sitúe dentro de la minoría”
Al Biruni, astrónomo persa (973-1048)

Desde el comienzo de la civilización los hombres han mirado hacia el cielo. Descubrieron la existencia de determinados ciclos celestes que se superponían a otros ya conocidos como las estaciones, el día y la noche, la siembra y la cosecha, los movimientos migratorios de los animales… Por tanto, usaron esos ciclos celestes como vehículo para predecir, entre otras cosas, las épocas en las cuales debían cazar y recolectar. La existencia de muescas en huesos de animales del Paleolítico Superior revelan que los antiguos pobladores llevaban un registro de observaciones lunares que usaban para preparar la caza (ver Marshack, Lunar notations on Upper Paleolithic Remains, Science, 6 de noviembre de 1964). Idéntico uso de las fases lunares se han encontrado en China, India, Egipto, Babilonia, América Central… Junto con otros, este hecho invalida el conocido argumento, repetido hasta el aburrimiento, de que la astronomía es hija de la astrología. El prestigioso historiador de la ciencia O. Neugebauer (The Exact Sciences in Antiquity, 1957) afirma: “Normalmente se dice que la astronomía se originó de la astrología. No he encontrado ninguna evidencia para esta teoría”.

El origen de la astrología occidental debemos buscarlo en Mesopotamia, en la Babilonia y Asiria de hace 4000 años. Era ésta una civilización floreciente, y como todo pueblo que ha desarrollado un grado cultural suficiente, creó una mitología para explicar el mundo intentando dar respuesta a las eternas preguntas ¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Inventaron dioses como Marduk para explicar tanto la caída de una hoja como el movimiento del Sol y las estrellas alrededor de la Tierra, centro del Universo. Residían en el único lugar para ellos inalcanzable: el cielo. Así que trasladaron toda su religión a la bóveda celeste. En ella encontraron ciertos cuerpos, los planetas (del griego ‘errantes’), que se movían por el firmamento. Identificaron al Sol, la Luna, Mercurio, Venus. Marte, Júpiter y Saturno con sus dioses y les atribuyeron características en función de su aspecto. Es el conocido razonamiento por analogía clásico del pensamiento mágico y mitológico. Marte (Nergal), de color rojo brillante, era el dios de la guerra; Venus (Ishtar), luminaria del atardecer y del amanecer, era la diosa de la fertilidad; Júpiter (Marduk), de color blanco, era el padre de los dioses. Que los planetas influyeran en los acontecimientos terrestres era algo evidente pues ¿no estaba acaso la Tierra en el centro del Universo? ¿No influye el Sol en todos nosotros, marcando cuándo debemos levantarnos, cuándo debemos sembrar?

Los registros más antiguos que se conservan sobre los conocimientos matemáticos y astronómicos de los babilonios corresponden al reinado de la dinastía Hammurabi (del 1800 al 1600 a.E.). Los sacerdotes caldeos, depositarios de estos saberes, observaban cuidadosamente el cielo anotando las posiciones relativas de los planetas y la Luna, necesarias para el establecimiento del calendario lunisolar, base de su cultura. Después de siglos de paciente observación, registrando minuciosamente todos los sucesos acaecidos en el reino, las posiciones de los planetas y la Luna, y de todos los fenómenos meteorológicos destacados (como puede ser la presencia de un halo alrededor del Sol) comenzaron a dar las primeras predicciones. Curiosamente, no estaban referidas al carácter o el comportamiento de las personas, sino que los primitivos informes se referían a predicciones sobre el tiempo meteorológico, inundaciones, cosechas y el futuro del reino:

“Si el Sol poniente parece el doble de grande que de costumbre y tres de sus rayos son azulados, el rey del país está perdido”

“Si la Luna es visible el décimo día, hay buenas noticias para la tierra de Akkad, malas noticias para Siria” (predicciones de Sargón el Viejo hacia el 2400 a.E.).

Para los sacerdotes babilonios el arte de la predicción era una parte fundamental de su quehacer diario. Usaban todos los métodos imaginables para ello: la interpretación de los sueños, el análisis de las vísceras de los animales sacrificados, el vuelo de las aves, los nacimientos anormales… Sin embargo, los sucesos realmente importantes sólo podían predecirse mirando al cielo. Únicamente el destino de los países y sus gobernantes podía ser obtenido interpretando los fenómenos astronómicos y meteorológicos (los caldeos no hacían distinción alguna entre ellos).

Esta primitiva astrología no daba importancia a las constelaciones en que se encontraban los planetas, sino únicamente al brillo y posiciones relativas de éstos, a los eclipses de Luna y de Sol, a la aparición de estrellas fugaces… Fue hacia el 700 a.E. cuando nació la idea del Zodiaco. Como alguien dijo una vez, ‘si los planetas son las agujas del reloj, el Zodiaco proporciona los doce números de la esfera’. La primera tablilla de una serie llamada Mul Apin menciona ‘las constelaciones del camino de la Luna’ que, traducidos a nuestros propios grupos de estrellas, son: Pléyades, Tauro, Orión, Perseo, Cochero, Géminis, Cáncer, Leo, Spica, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis, Pegaso, Piscis más la parte media de Andrómeda y Aries. 18 signos en total. Los doce signos aparecieron hacia el 400 a.E., después de un periodo donde su número había sido reducido a once. La constelación faltante era Libra, que se construyó a expensas de las pinzas del vecino Escorpión.

Por qué a un conjunto de estrellas se la llamó Capricornio o Sagitario tiene su origen en diversos motivos: la muy vaga apariencia con algún animal (Tauro o Leo), las características climáticas de la región cuando el Sol se encontraba en esa constelación (Acuario, cuyo significado es el portador del agua porque Enero era el mes más húmedo en Mesopotamia) o algún otro tipo de razonamiento lógico.

Es evidente que los sacerdotes caldeos encontrasen ‘correlaciones’ entre los eclipses lunares (objetivo prioritario de sus observaciones) y otros sucesos astronómicos con momentos relevantes de su historia. Igualmente las podrían haber hallado con el ciclo reproductor del escarabajo pelotero o con el de la metamorfosis de la rana. Hoy sabemos que esas relaciones aparentes son absolutamente casuales y conllevan un alto grado de componente psicológico (eliminar los errores y ensalzar los aciertos). Sin embargo, para ellos era una clara consecuencia de su propia cultura. Los dioses vivían en el cielo y, conocedores del futuro de los hombres enviaban a sus representantes (los sacerdotes) señales sobre los próximos acontecimientos que debían interpretar. Esta filosofía se encontraba sumergida en la idea de un tiempo cíclico, donde la historia siempre se repite. El pastel resultante es obvio: la predicción del futuro mirando las estrellas.

A partir del año 300 a.E. empiezan a aparecer algún tipo de predicciones particulares. El deseo que cada persona tiene de conocer su futuro hace que el negocio se amplíe. Todavía los horóscopos babilónicos no son como los que conocemos actualmente ni como los que conocían los griegos y romanos. La colección de predicciones astrológicas babilónicas traducidas por A. Sachs (Babylonian Horoscopes, Journal of Cuneiform Studies, 2, 49, 1952) no mencionan ni el signo ni las posiciones planetarias secundarias de tanta importancia en el horóscopo grecorromano, aunque su estructura sigue siendo la misma (incluidas las clásicas afirmaciones banales y generales):

“Júpiter en 18º Sagitario. El lugar de Júpiter significa: su vida será regular, buena; será rico, llegará a viejo”.

“Venus en 4º Tauro. El lugar de Venus significa: dondequiera que esté todo le irá bien; tendrá hijos e hijos.” (Horóscopo de un nacido el 3 de Junio del 234 a.E.)

Con las conquistas de Alejandro Magno toda esta tradición astrológica pasa al mundo griego. El camino había sido preparado por las ideas de Platón y Pitágoras. Ambos habían unido matemáticas y misticismo, habían hecho una religión de las matemáticas. Enseñaban la unicidad entre el cielo y la tierra, la perfección de los cuerpos celestes, con los planetas moviéndose en esferas de cristal perfectamente transparentes (‘la música de las esferas’). Con semejante bagaje filosófico no es difícil entender la rápida aceptación de la astrología: era la prueba palpable de esa unión mística con el universo.

La astrología llegó a Grecia por dos caminos: Babilonia y Egipto. Desde Babilonia gracias al sacerdote Beroso que la enseñaba en la isla griega de Cos hacia el año 280 a.E. Allí escribió su monumental Babyloniaca, obra en tres volúmenes donde expone sus conocimientos y la información traída de su país. Beroso, muy interesado en los trabajos del médico griego Hipocrates, se cree que fue el fundador de la medicina astrológica, práctica perniciosa que relaciona cada parte del cuerpo con un signo astrológico. En pocas palabras, la culpa de las enfermedades la tienen los planetas.

La astrología egipcia tiene su base en los llamados decanos, periodos de 10 días, cada uno de los cuales se hallaba bajo la protección de un dios representado por una estrella o grupo de estrellas. En total había 36 decanos y se usaban esencialmente para seguir el ciclo de Sirio (Sothis), cuyo levantamiento helíaco daba comienzo al año egipcio. El levantamiento helíaco del resto daba comienzo a distintas partes del año, las décadas. Como es natural, lo que comenzó siendo una forma de medir el tiempo se tornó en un sistema predictivo relacionado, además, con otros campos como la alquimia, las piedras y plantas mágicas… Esta escuela culminó en un libro escrito por dos personajes llamados Petosiris y Nequepso (probablemente legendarios) sobre el año 160 a.E. Sin embargo, los griegos las adoptaron a sus propias creencias.

Definitivamente es entonces cuando la influencia de los astros se extiende a todos los seres humanos sin excepción (¿quizá porque no había reyes en Grecia y veían peligrar el negocio?); las acciones atribuidas a los planetas se hacen más humanas, pues los mismos dioses griegos tenían atributos humanos: cobraron importancia las constelaciones del Zodiaco pues no era lógico que la esfera de las estrellas fijas no sirviera para nada cuando el resto tenían un significado preciso.

La trastienda del Nobel (y III): Un historia de mujeres

Publicado 4 abril 2013 por masabadell
Categorías: Historia de la ciencia

Lise Meitner

Las mujeres han sufrido la discriminación de los Nobel. Mucho suele mencionarse a Marie Curie, la única persona que ha recibido dos Nobel en dos disciplinas diferentes. Pero pocos saben que a punto estuvo de no recibir ni el primero. En 1901 la Academia Francesa de Ciencias nominó a Henry Becquerel y a Pierre Curie para el Nobel. Y así hubiera sido si no llega a intervenir un matemático sueco miembro del Comité y defensor de las mujeres científicas, Magnus Goesta Mittag-Leffler, que avisó a Pierre de la situación. Él, indignado, exigió la inclusión de su colaboradora y esposa. Al final, tras mover unos cuantos hilos, se aceptó su nominación.

Pero el caso de Marie Curie ha sido más la excepción que la norma en el curso de los premios. El descubrimiento de la violación de la paridad en las partículas elementales -esto es, que pueden distinguir entre izquierda y derecha- realizado por Chien-Shiung Wu, Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang fue recompensado con el premio para Lee y Yang (hombres) pero no para Wu (mujer). Lo mismo sucedió con Lise Meitner, en uno de los olvidos más sangrantes de la historia de los premios. En 1944 Otto Hahn recibía en solitario el Nobel de Química por el descubrimiento de la fisión nuclear. Consciente o inconscientemente dejaron fuera a Meitner, que colaboró con Hahn en el descubrimiento de la fisión y, más importante aún, dio la primera interpretación teórica de lo que allí sucedía. ¿Machismo por parte del comité? Quién sabe, pero no está de más recordar que cuando Meitner huyó de Alemania y se instaló en Estocolmo, el instituto de investigación Manne Siegbahn donde fue admitida mantenía una animadversión institucional hacia las mujeres científicas. Allí lo único que recibió fue un lugar donde sentarse: ni colaboradores, ni equipo, ni siquiera un juego de llaves.

¿Y qué decir del descubrimiento de los púlsares? Estas estrellas tremendamente compactas (imaginemos dos soles metidos dentro de una esfera del tamaño de una ciudad media y rotando sobre su eje mil veces por segundo) fue hecho en 1967 por una estudiante de doctorado, Jocelyn Bell. Su director de tesis, Anthony Hewish y ella determinaron que lo que había descubierto era una estrella de neutrones, cuya existencia había sido predicha teóricamente hacía casi 30 años. Era un descubrimiento importante, merecedor del premio Nobel. Y se lo dieron. Pero no a la descubridora, sino a su director. Quizá los del comité consideraron que era un desprestigio dárselo a una estudiante de doctorado.

Este hecho provocó que uno de los grandes astrofísicos del momento, Fred Hoyle, criticara duramente esta decisión. Posiblemente, esto hizo que se quedara sin el premio. Hoyle, junto con el matrimonio Burbridge y William Fowler, publicaron en 1957 uno de los artículos más importantes de la física del siglo XX: el origen de los elementos químicos. En él determinaban que todos los elementos químicos, salvo el hidrógeno y parte del helio, se creaban en el interior de las estrellas. Hoyle había tenido la idea original y había hecho la mayoría de los cálculos, así que él era el mejor candidato al Nobel. Pero no se lo dieron. Ni a él ni al matrimonio Burbridge: únicamente Fowler fue galardonado.

(Publiado en Muy Interesante)

La trastienda del Nobel (II): Suecia contra el doctor NO

Publicado 5 marzo 2013 por masabadell
Categorías: Bioquímica, Historia de la ciencia, Medicina

El Instituto Karolinska ha tenido su más importante desliz, por decirlo de manera suave, con el hondureño Salvador Moncada.

Este científico hispanoamericano comenzó en 1971 una ingente producción investigadora en el campo de la fisiología cardiovascular. Fruto de sus primeros descubrimientos está el que hoy usemos la aspirina como fármaco fundamental para prevenir la trombosis y en el tratamiento de las formas agudas de enfermedad coronaria, el infarto y la angina de pecho, donde se ha demostrado que la aspirina reduce su tasa de mortalidad. Solamente con esta aportación, de la que se han beneficiado millones de personas en todo el mundo, basta para que Salvador Moncada pase a la historia de la medicina.

Cuando en 1982 se concedió el premio Nobel de Medicina a los investigadores que hicieron posible el descubrimiento, Moncada quedó fuera.

Pero el hondureño no tiró la toalla. Inició una nueva línea de investigación que culminó con el descubrimiento del papel fisiológico del óxido nítrico en 1986, un hallazgo que le ha llevado a convertirse en uno de los científicos más citado de los últimos tiempos. A pesar del enorme peso de su trabajo, de nuevo el Instituto Karolinska le apartó en 1998 del premio Nobel de Medicina, otorgado a tres científicos cuya aportaciones sobre el oxido nítrico fueron de igual o menor calibre que las del centroamericano.

En 2032, cuando se abran los archivos de 1982, es posible que sepamos porqué los miembros del comité le tuvieron tanta tirria a Moncada.

Curiosamente, este caso ha sido el único en el que la comunidad científica en pleno ha criticado el fallo del comité Nobel. Cientos de cartas fueron publicadas en las revistas más prestigiosas y, por primera vez en 100 años de historia de los premios, la protesta no surgió del excluido, sino de sus colegas e incluso de los científicos galardonados, que reconocieron públicamente la injusticia cometida por segunda vez con Salvador Moncada.

(Publoicado en Muy Interesante)

La trastienda del Nobel (I)

Publicado 17 febrero 2013 por masabadell
Categorías: Debate, Historia de la ciencia

Albert Einstein fue nominado para el premio Nobel 62 veces en 12 años. Y no ha sido el que más nominaciones ha recibido. Arnold Sommerfeld, uno de los padres de la teoría cuántica, fue nominado 81 veces y nunca consiguió la preciada medalla.

Ganar un premio Nobel no implica ser el mejor científico de su campo: el premio recompensa a quien ha hecho un gran descubrimiento, aunque sea de chiripa. Mejor dicho, un gran descubrimiento según lo juzgan los miembros de la Academia de Ciencias Sueca, en el caso de Física y Química, o el Instituto Karolinska, en el caso de Medicina o Fisiología.

Ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito y los miembros del Comité Nobel tienen los suyos. Por ejemplo, en física. Para ellos es más importante entender el funcionamiento del interior de las estrellas que el de nuestro planeta. Por eso la geofísica Inge Lehmann, que determinó la estructura del núcleo de la Tierra en 1936, se quedó sin él. Más clamoroso fue el arrinconamiento de quienes formularon la tectónica de placas: los norteamericanos Jason Morgan, Dan McKenzie y el francés Xavier Le Pichon. La teoría central de la geofísica moderna no es merecedora del Nobel.

Estos premios también son famosos por sus retrasos a la hora de conceder el preciado galardón. Barbara McClintock descubrió la existencia de los transposones, unos genes que saltan de un lado a otro del genoma, en 1948. No la recompensaron hasta 35 años más tarde, cuando tenía 81 años. En 1986 Ernest Ruska fue galardonado por diseñar el primer microscopio electrónico realmente eficaz 53 años después de construirlo. Tuvo suerte y murió dos años más tarde de acudir a Estocolmo, pues los Nobel no se otorgan póstumamente. En 1983 le concedieron el Nobel de Física al hindú Subrahmanyan Chandrasekhar por un trabajo que había realizado cuando viajaba de la India a Gran Bretaña, en julio de 1930.

Este retraso puede entenderse porque, a pesar de que el propósito de Alfred Nobel era que cada año se honrase a aquellos científicos que hubie¬sen hecho un descubrimiento importante el año anterior, es difícil saberlo. Incluso a veces algo que parece magnífico se revela después totalmente inservible. Por ejemplo, en 1903 un médico danés de nombre Miels Finsen recibió el premio Nobel por un tratamiento con luz para enfermedades de la piel: resultó que no servía para mucho. Lo mismo ocurrió en 1908 con el premio Nobel de Física a Gabriel Lippmann por un nuevo procedimiento de fotografía en color.

Claro que el retraso no evita meter la pata, como en 1926 cuando el médico danés Johannes Fibiger fue premiado por descubrir en 1913 que ciertos tipos de cáncer podían estar causados por un gusano parásito. Más tarde se comprobó que el pobre gusano no era la verdadera causa de la enfermedad. Quien sí probó que las influencias externas pueden provocar el cáncer fue el japonés Katsusaburo Yamagiwa. En 1915 había demostrado empíricamente que el alquitrán de hulla podía inducir el cáncer en conejos y el comité Nobel se hizo, literalmente, el sueco. De hecho, el trabajo de Yamagiwa es citado como verdaderamente pionero en oncología y el de Fibiger duerme el sueño de los (in)justos. ¿Quizá el Instituto Karolinska tenía más aprecio por la vecina Dinamarca que por el lejano Japón? Eurovisión no es la única prueba de las amistades entre países.

Ciertamente los miembros del Comité Nobel no han sido un dechado de objetividad. Quien más lo sufrió fue el gran Albert Einstein. Durante el eclipse de Sol de noviembre de 1919 el astrofísico Arthur Eddington confirmó experimentalmente la relatividad general de Einstein, dando el espaldarazo definitivo a la segunda teoría más importante de la historia de la física. Cualquiera hubiera apostado por Einstein en los Nobel de 1920. Pero no se le concedió. Al año siguiente fue peor. Quien informó a la Academia de Ciencias Sueca sobre la relatividad fue Allvar Gullstrand, un profesor de óptica en la universidad de Uppsala que, sin entenderla, se vio en la obligación de negar el premio al alemán. La Academia Sueca aceptó su dictamen: no tenían en demasiada estima a Einstein y ninguna intención de desairar a uno de sus más respetados miembros. Así que 1921 quedó “desierto” porque, según los científicos suecos, ningún candidato cumplía los criterios para recibirlo. Fue al año siguiente, cuando se incorporó un profesor de física teórica llamado Carl Wilhelm Oseen –un hombre arrogante y pretencioso que desde entonces dominaría el comité durante más de dos décadas–, que se decidió concederle el premio con carácter retroactivo. Pero Oseen no se creía la relatividad y quiso dar un tirón de orejas al genio premiando otro de sus grandes trabajos (pero inferior alcance): la explicación del efecto fotoeléctrico. La ceremonia se celebró en 1922 y Einstein no pudo, o no quiso, asistir.

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (II)

Publicado 12 febrero 2013 por masabadell
Categorías: Uncategorized

No todos los científicos creen que esta hipótesis de la mente modular sea correcta. De hecho, no hay ninguna prueba de que tales estructuras  existan en un sentido biológico, lo que nos retrotraería a la frenología del siglo XIX, cuando se postuló que las facultades mentales se correspondían de manera unívoca con zonas específicas del cerebro. En 1983 el filósofo norteamericano Jerry Fodor le lavó la cara a la frenología y supuso que esta modularidad no implica que se encuentre asociada a determinadas estructuras biológicas –y, de paso, proporciona una excelente cobertura para cualquier intento de corroboración empírica de la teoría-. Ahora bien, y según el neurocientífico Terrence Deacon, si estos módulos son “definidos” por un determinado complejo de genes, deberíamos esperar una correlación positiva entre la complejidad del cerebro y el número de genes del genoma que no aparece. Lo único cierto es que la psicología evolucionista necesita de estos “genes del comportamiento” para tener consistencia interna.

Por otro lado, que nuestra mente se haya fosilizado en las épocas que éramos cazadores-recolectores es algo que contradice el cúmulo de pruebas que apuntan a una evolución acelerada del ser humano desde el tiempo en que nos volvimos sedentarios. Además, ¿cómo saben cuál era el comportamiento de nuestros antepasados hace 10.000 años? El psicólogo evolucionista David J. Buller, que también es uno de los críticos más consistentes de esta disciplina, señala “si ni siquiera sabemos el número de especies que había del género Homo, como para plantearnos conocer sus estilos de vida”. Aunque la paleontología nos proporciona información sobre su alimentación, tamaño del grupo y otros detalles ecológicos, el salto a su comportamiento social queda en la mera especulación. Por este motivo suele hacerse referencia a los estudios de etología de los primates y de aquellos pueblos que viven en similares condiciones a las que creemos que vivían nuestros antepasados hace miles de años. Curiosamente, cuando se hace eso, algunas de las ideas más conocidas de la psicología evolucionista hacen aguas. Por ejemplo, que los hombres tienen un módulo mental que hace que prefieran mujeres con una relación cintura-cadera de 0,7.

Para llegar a esa conclusión se usaron los conejillos de indias preferidos de los psicólogos: los estudiantes universitarios. Encontraron que de los distintos tipos de cuerpos de mujer que les mostraban preferían el conocido reloj de arena que tanto popularizó la actriz Liz Taylor. La interpretación evolutiva es obvia: esta figura transmite al hombre que su futura pareja dará a luz hijos sin problemas y que, además, se encuentra en época reproductiva: las mujeres de edad tienden a tener su cintura menos pronunciada debido a que comienza a acumular grasa alrededor del estómago, lo que coincide con la pérdida de fertilidad.

Sin embargo hay diversos estudios que cuestionan este resultado. En particular se ha encontrado que en poblaciones aisladas de Perú y Tanzania los hombres consideran que el talle de reloj de arena es síntoma de enfermedad: prefieren mujeres rellenitas, con una relación de 0,9. En 2008 la antropóloga Elizabeth Cashdan de la Universidad de Utah publicaba un sorprendente resultado en la revista Current Anthropology: los hombres prefieren una figura alejada del 90-60-90 en países donde las mujeres tienden a ser económicamente independientes (como Gran Bretaña y Dinamarca) y en aquellas sociedades donde las mujeres comparten la responsabilidad de encontrar comida. Solo en países donde son económicamente independientes (como Japón, Grecia y Portugal y con EE UU en un punto medio) los hombres prefieren las tipo Barbie. Un detalle más: ¿cómo saben los psicólogos evolucionistas que las preferencias de los Homo Sapiens machos de hace 20.000 años era realmente esa relación de 0,7? Quizá más de uno se imagine a las mujeres de entonces como a Raquel Welch en la película Hace un millón de años.

(Publicado en Muy Interesante)

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (I)

Publicado 6 febrero 2013 por masabadell
Categorías: Antropología, Debate, Psicología

La publicación de El Origen de las Especies en 1859 nos arrebató nuestra posición privilegiada en la naturaleza y nos bajó del pedestal celestial al demostrar que tenemos el mismo antepasado que el mono, el perro o la rata. Que el ser humano esté sometido a las mismas fuerzas que el resto de los seres vivos del planeta -en particular a la selección natural- es un sapo que a muchos les es difícil tragar. Para ellos somos más que simple materia; hay en nuestro interior algo que nos hace diferentes de los animales, divinos incluso. Uno de los científicos que se negó a aceptar que las fuerzas de la evolución actuaran sobre el ser humano fue, sorprendentemente, uno de sus descubridores, Alfred Russel Wallace. Según el historiador de la ciencia (y cantante, que protagoniza el musical Charles Darwin: Live & in Concert) Richard Milner “con los insectos o las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia en los humanos”. Para Wallace el ser humano tiene “algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu”.

En la actualidad, y salvo algunos que viven inmersos en el submundo del fundamentalismo religioso, ningún científico está de acuerdo con Wallace. Al menos en lo que a la evolución biológica se refiere. ¿Pero y nuestro comportamiento? ¿Están nuestros actos guiados por mecanismos similares a los de la evolución biológica? El propio Darwin apuntó el camino en su revolucionario libro. Lo llamó selección sexual, la cual “depende, no de la lucha por la existencia, sino de una lucha entre los machos por la posesión de las hembras; el resultado no es la muerte del perdedor, sino que éste deja muy poca o ninguna descendencia”. De aquí a entender nuestra forma de ser y actuar está basada en las relaciones con el otro sexo solo hay un paso.

El psicólogo Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México ha recorrido ese camino y en su libro The mating mind propone la hipótesis de que muchos de los comportamientos humanos no reportan ningún beneficio en la lucha por la supervivencia. El humor, la música, la literatura, el arte… son, en realidad, adaptaciones favorecidas por la selección sexual. Dicho de otro modo, existen porque queremos llamar la atención y obtener los favores del sexo opuesto: son nuestra particular cola del pavo real.

Y no sólo eso. En una nueva vuelta de tuerca Miller propone que incluso el acto de ir de compras tiene una componente evolutiva: en una serie de experimentos encontró que la gente era más proclive a invertir dinero y esfuerzo en productos como gafas de sol de diseño o relojes caros, y en actividades como irse de vacaciones a Europa, si antes se les había incentivado mostrándoles fotografías del sexo opuesto o narrándoles historias sobre citas amorosas. Por el contrario, las mujeres se volcaban en el voluntariado y otras actividades caritativas “que proporcionan a los hombres una señal de alta conciencia moral, como si demostraras tu preocupación por los agricultores del tercer mundo gastándote un poco más de dinero en café de comercio justo en el Starbucks”, añade socarronamente.

Según Miller, la lección a aprender de este enfoque evolutivo es que no sirve para nada que te hayas gastado el dinero en ese reloj o en ese bolso. “El espejismo fundamental del consumista es creer que sus compras influyen en cómo le tratamos”. El edificio de las marcas descansa en la fantasía de que a todos los demás les importa lo que compramos: no es casualidad que los adolescentes narcisistas sean los más obsesionados por las marcas.

El discurso de Miller se enmarca en lo que se conoce como psicología evolucionista. En palabras de dos de sus máximos representantes, Leda Cosmides y John Tooby, directores del Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California en Santa Bárbara, su objetivo es “descubrir y entender el diseño de la mente humana… es una aproximación a la psicología en el cual los principios de la biología evolutiva se utilizan para investigar la estructura de la mente humana”. Dicho de otro modo, es una forma de atacar el problema del comportamiento humano.

Para los psicólogos evolucionistas “todo lo que evoluciona requiere dos explicaciones: una basada en la supervivencia y la reproducción (la causa última) y otra basada en los mecanismos que causan que ese rasgo se exprese (la causa próxima)”, afirma David Sloan Wilson de la Universidad de Nueva York en Binghamton. Esta postura exige cierta explicación pues a veces es malentendida. Es obvio que ningún organismo se comporta de modo que quiera maximizar sus posibilidades de supervivencia; lo que le motiva es la búsqueda de comida, evitar el peligro o el cuidado de su prole. “Y son estos mecanismos próximos que le funcionan tan bien en un determinado ambiente los que pueden hacerlo espectacularmente mal en otro diferente”, añade Wilson. De este modo, y esta es una idea central de la psicología evolucionista, “no debemos esperar que nuestros comportamientos adaptativos funcionen bien en ambientes modernos”.

Para desarrollar sus ideas los psicólogos evolucionistas parten de un modelo de funcionamiento de la mente de tipo modular. Como explica Steven Pinker, “la mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que lo convierte en experto en una determinada área de interacción con el mundo”. Luego nuestra mente es un conjunto de miles de “miniordenadores” genéticamente preprogramados para resolver un aspecto particular relacionado con la supervivencia o la reproducción. Estos módulos o “circuitos cerebrales” aparecieron en nuestra mente en un determinado momento de la evolución y allí se quedaron: son como los “genes del comportamiento”. Desde entonces han sido modelados por la selección natural, y al ser hereditarios componen lo que podríamos definir como la naturaleza humana universal. Ahora bien, estos módulos evolucionaron entre hace 1,8 millones de años y 10.000 años, durante el Pleistoceno, y es justo entonces donde nos hemos quedado anclados. Quienes mejor lo han expresado han sido Cosmides y Tooby: somos una mente de la Edad de Piedra encerrada en un cráneo moderno.

(Publicado en Muy Interesante)


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