Roma, año 1500

Publicado 21 marzo 2014 por masabadell
Categorías: Historia

Un peregrino que hubiera llegado a Roma en el año del jubileo de 1500 se habría sorprendido por el aspecto de la ciudad. En lugar de encontrarse con una ciudad de calles estrechas y casas de piedra rodeadas por una poderosa muralla descubriría campos de labranza, viñedos, jardines, pantanos y charcas. Las casas, de madera, con escaleras exteriores y balcones, se encuentran en el interior de los restos de una muralla que hasta un niño puede brincar por encima. Es lo que queda de la imponente pared hecha construir tiempo atrás por Aureliano para proteger a una ciudad de un millón de habitantes.

En 1500 Roma sólo tiene 40.000, menos que Florencia, Venecia o Nápoles. El ganado pasta a sus anchas entre las cuatro columnas del Foro que aún permanecen en pie. Los acueductos han sido tan asolados por los diferentes invasores que han cruzado sus puertas que hasta se ha perdido el motivo por el cual fueron construidos. A un peregrino, pañero de la ciudad de Douai, le contaron que se habían usado para traer aceite, vino y agua de Nápoles.

Esta ciudad entre los campos no ofrece ninguna seña de identidad clara: ninguna catedral, ayuntamiento o palacio. San Pedro no es más que una iglesia como cualquiera de las otras 280 que el peregrino puede visitar. Sus exteriores, pobres y algunas casi desmoronadas, no hace intuir los hermosos mosaicos que alberga su interior. Siete de ellas, las iglesias estacionales, son de obligada visita para el peregrino que pretende obtener la indulgencia plena. Según Dom Edme, el abad de Clairvaux, la visita cuesta 8 horas, andando por caminos penosos y a veces cruzando pantanos donde las mulas se hunden hasta sus rabos.

Roma no produce nada. No tiene industria, ni exporta materias primas. Su negocio son los peregrinos. La ciudad donde dice la tradición que San Pedro fue crucificado y San Pablo decapitado recibe del orden de 50.000 peregrinos al año. Según un censo de 1527 Roma tenía 236 posadas, casas de huéspedes y tabernas, una por cada 288 habitantes. Algo enorme si lo comparamos con Florencia, que tenía una por cada 1488 habitantes.

Las mejores, el Oso, el Sol, el Barco, la Corona, el Camello y el Ángel, se encuentran cerca del Panteón y sus propietarios mandan chicos a las puertas de la ciudad en busca de clientes. La temporada alta es en Cuaresma y para ganar la indulgencia plenaria los italianos deben pasar 15 días en Roma; quienes llegan de otras partes de Europa sólo necesitan estar 8.

Como en nuestras vacaciones, los peregrinos viven a todo tren: el gasto de carne es elevado y los turistas de entonces, como los de ahora, compran guías y recuerdos. Lo que no ha perdido con el paso de los siglos es su espíritu cosmopolita. Los romanos nacidos en Roma sólo son el 16% del total. Un 20% se reparte entre españoles y alemanes y el resto son emigrantes llegados de diferentes puntos de la península italiana.

A pesar de todo, y como dice Astérix, Roma sigue siendo la ciudad más prodigiosa del universo.

Adulterio y la enfermedad de Huntington

Publicado 11 marzo 2014 por masabadell
Categorías: Ciencia cotidiana, Medicina

Una señora que rondaba los cincuenta, llamémosla Cooper, fue a visitar al neurólogo norteamericano Harold Klawans. Estaba preocupada por su segundo hijo, Walter. En cuanto le dijo que a sus 28 años Walter se tambaleaba y sufría de convulsiones y sacudidas, que había dejado de leer y sólo veía los programas infantiles de la televisión, Klawans sospechó el diagnóstico. Incluso durante la consulta Walter fue incapaz de mantenerse quieto. El escáner confirmó las sospechas del neurólogo: Walter sufría de corea de Huntington, una enfermedad genética inevitable que aparece en la edad adulta.
Para confirmar el diagnóstico, Klawans buscó en el árbol familiar otros casos pues la mayoría de los enfermos de Huntington lo son porque lo han heredado de sus padres. La madre de Walter estaba bien, al igual que sus padres. Su padre había vivido hasta los 77 años y su madre tenía 83. Quizá la enfermedad viniera de la familia de su marido. Éste había muerto a los 43 años en un accidente de caza, algo consistente con la enfermedad pues el suicidio y la muerte prematura son habituales entre quienes padecen la enfermedad. Pero el difunto señor Cooper no había tenido convulsiones, depresiones, ni la pérdida de memoria ni los cambios de personalidad asociados a la enfermedad de Huntington.
La ansiedad de la señora Cooper era evidente: tenía otro hijo y dos hijas. ¿Corrían ellos el mismo riesgo? Klawans le dijo que sí. Meses después la señora Cooper regresó a la consulta del neurólogo visiblemente afectada. Había consultado a un genetista y le dijo que el Huntington era una mutación espontánea y que tales mutaciones sucedían a un tercio del total de los que sufren la enfermedad. Casi histérica, la señora Cooper gritaba sin compasión a Klawans. El médico, muy sensatamente, no le dijo que esa mutación espontánea se daba una vez entre un millón y que, por supuesto, el adulterio era bastante más común.
El neurólogo pensaba que el padre de Walter era ilegítimo. Como muchos otros, se deprimió por efecto de la enfermedad o por reacción a ella. Entonces marchó de caza y se mató. Lo peor que pudo hacer Klawans es comentarle estos pensamientos a la señora Cooper; le llamó bastardo. Dos días después recibió una carta de la enfadada madre: era una disculpa. El neurólogo tenía razón, pero se había equivocado en una generación. El difunto señor Cooper no era el padre de Walter. Era cierto que él se había suicidado pero no por culpa del Huntington. Durante una discusión ella le había confesado que él no era el padre de su hijo, sino un vecino que había muerto atado a la cama de un hospital. Ahora se enfrentaba a un importante dilema: confesar a sus hijos su adulterio o dejar que vivieran bajo el temor de una terrible enfermedad.
Harold Klawans se compadeció de la pobre mujer y escribió una carta donde afirmaba que la enfermedad de Walter había sido debida a una mutación espontánea.

Sentineleses: la última tribu no “occidentalizada”

Publicado 28 enero 2014 por masabadell
Categorías: Antropología, Biologia

“Todos los hombres de la isla de Angamanain tiene cabeza de perro… son violentos y crueles y se comen a todo aquél que capturan”. Así describió Marco Polo a uno de los pueblos que encontró en sus viajes, aunque lo más seguro es que el famoso viajero veneciano nunca se acercara a la isla que menciona y las pocas líneas que les dedicó las escribiera de oídas.
En realidad se trata de un grupo de islas cuyo nombre actual es Andamán, una palabra que quizá provenga de la palabra sánscrita nagnamanaba (hombre desnudo). Junto con las Nicobar conforman un archipiélago de 572 islas a 1.000 km de la costa este de la India y están agrupadas a lo largo de un arco con una longitud de más de 800 km. Los antropólogos han determinado que las cuatro tribus supervivientes de las Andamán, Gran Andamaneses, Onge, Jarawa y Sentineleses, se originaron en África.

Según un estudio realizado entre estas tribus (las que se dejaron, obviamente) por científicos del Centro de Biología Celular y Molecular de Hyderabad en el sur de la India y publicado en la revista BMC Genomics, son los descendientes directos de una primera oleada que salió de África y llegó a aquellas costas hace 60.000 años. Su perenne aislamiento hace que su genoma sea uno de los más antiguos del mundo. Por su parte, investigadores de la Universidad de Oslo publicaron en la revista Current Biology el descubrimiento de una mutación en el cromosoma Y -llamada Marcador 174-, característica de las poblaciones de la periferia de Asia y que se ha encontrado en muchos japoneses, tibetanos y pueblos aislados del sureste asiático como los Hmong, de las montañas del sur de China. Curiosamente, su cromosoma Y no lleva el marcador RPS4Y, común entre los aborígenes australianos. Esto significa que al menos hubo dos emigraciones distintas desde África: una se dispersó rápidamente al interior de Asia y la otra viajó hacia Australia. Claro que un enigma planea sobre toda esta historia: ¿Cómo llegaron a esas islas, que son invisibles desde el continente? Algunos piensan que recorrieron por mar toda la costa asiática. Que no se hayan encontrado restos de semejantes migraciones podría deberse a que el nivel del mar se encontraba 150 metros más abajo debido a la última edad de hielo.

Los primeros contactos de los andamaneses con extranjeros se dieron hace 1.000 años, cuando arribaron a sus playas navegantes chinos y árabes. La respuesta de aquellos isleños fue una lluvia de flechas. Incluso los misioneros lo intentaron sin éxito. Los británicos rompieron el cerco y en 1858 crearon una colonia penal e intentaron civilizar a los nativos haciéndoles vestir al modo europeo, enseñándoles a leer, escribir y, es de esperar, a tomar el té. No pudo ser más desastroso: al igual que ocurrió en Sudamérica con la llegada de los españoles, la mayoría de los indígenas sucumbieron a la neumonía, la gripe, el sarampión… Su sistema inmunitario no respondió ante nuestros microorganismos patógenos. Es la consecuencia real de la lección que nos enseñó H. G. Wells en La Guerra de los mundos. Por supuesto, a semejante aniquilación también colaboraron con entusiasmo los japoneses durante la II Guerra Mundial y las ínfulas expansionistas del primer presidente indio Jawaharlal Nehru.

La vida de los nativos andamaneses ha cambiado muy poco en todos estos milenios. Siguen viviendo en la edad de piedra, cazan cerdos salvajes y peces con lanzas, creen que los pájaros hablan con los espíritus, muchos desconocen el fuego y no saben contar más allá de dos. Eso sí, no hay evidencia de canibalismo. De todas ellas la tribu más misteriosa es la que habita la isla Sentinel Norte, de tan solo 72 km2, cuyos miembros reciben el nombre, a la sazón, de Sentineleses. Se trata de una de las tribus más aisladas y desconocidas del planeta. Y no es por desinterés nuestro; son ellos los que no quieren saber nada del resto. Han sobrevivido a los birmanos, británicos, japoneses, indios y al espantoso tsunami de 2004.

El 27 de enero de 2006 dos pescadores indios que vivían en la capital del archipiélago, Port Blair, fueron asesinados por guerreros de esta tribu cuando su bote fue arrastrados a las playas de la isla. Otros pescadores que se encontraban en la zona describieron cómo los dos indios, que parecían borrachos (posiblemente gracia a una generosa ingesta de vino de palma) fueron atacados por hombres casi desnudos que blandían unas hachas. Un helicóptero de la guardia costera, enviado para investigar, fue recibido sin contemplaciones con una lluvia de flechas, dejando claro al piloto que más le valía no aterrizar. Los familiares clamaron justicia; las autoridades locales miraron para otro lado temiendo la reacción de grupos de presión como Survival Internacional, dedicados a la defensa de culturas tribales. Las familias no pudieron recuperar los cuerpos para quemarlos, según su costumbre; debía seguir cumpliéndose la zona de exclusión de 5 kilómetros alrededor de la isla. Pero los andamaneses indios comprenden a este pueblo: “solo se defienden; los pescadores furtivos que van armados hasta los dientes les tienen aterrorizados”, comentó un anciano de 74 años.

Nadie conoce su idioma. En dos ocasiones se ha intentado entablar comunicación con habitantes de otras islas, con la esperanza de que se pareciera a alguna de las demás lenguas del archipiélago. El breve intercambio, además de hostil, no sirvió de nada.

La habitual lluvia de flechas y lanzas con que reciben a los extranjeros manda un claro mensaje: no quieren que se les moleste. Por no saber ni tan siquiera saben el tamaño de esta tribu. Según un censo de 2001 consistente en observar la playa en la distancia, se pudieron identificar 39 individuos, aunque se cree que puede haber del orden de 250. Calcular su número es necesario: para que este grupo sobreviva al impacto de la deriva genética –que tiende a eliminar la variabilidad de los genes de una población- debe estar compuesto por un número mínimo de individuos. Calcular este valor es muy complicado, pero se cree que una supervivencia a corto plazo requiere del orden de 50 y a largo plazo, 500. Es posible que los sentineleses acaben desapareciendo. De hecho, un estudio realizado entre otra tribu andamanesa, los Jarawa, y publicado en 2004 en la revista Science revelaba que estos poseían una baja variabilidad genética.
“Cuanto menos contacto tengamos, mejor será para ellos”, dice el médico Ratan Chandra Kar, que ayudó a los Jarawa a salvarse de una epidemia de sarampión en 1998 (una nueva epidemia se repitió en 2006). El contacto con el mundo civilizado ha sido catastrófico: hace un siglo el número de aborígenes en todas las islas era 10.000; hoy quedan poco más de 900. Hace medio siglo los Gran Andamaneses eran 5.000 frente a los 40 que sobreviven en la actualidad, la mayoría alcohólicos. La hostilidad de los Sentineleses les ha salvado de la aniquilación.

(Publicado en Muy Interesante)

El origen del imaginario continente de Lemuria

Publicado 16 enero 2014 por masabadell
Categorías: Historia, Pseudociencia

La segunda mitad del siglo XIX fue la época de creación de continentes y masas de tierra desaparecidas. Una de las razones para ello era explicar las similitudes entre las especies biológicas existentes en zonas separadas por los océanos. El zoólogo Philip Sclater, al que debemos la definición de las regiones zoogeográficas del planeta, propuso la existencia de masas de tierra sumergida en el océano Índico para explicar porqué había encontrado fósiles de lemures en Madagascar y en la India pero no en Oriente Próximo o en África.

Así nació el mito del continente Lemuria, que fue adoptado por la taimada ocultista Helena Blatvasky para instalar en él sus propios desvaríos: allí había habitado una raza de humanos de dos metros de alto y hermafroditas. En el siglo XX el escritor Devaneya Pavanar recicló Lemuria para situar la isla perdida Kumari Kandam que según la leyenda tamil es el origen a su cultura. Y en 1991 el editor-jefe del Proyecto del Diccionario Etimológico Tamil de la región Tamil Nadu en la India, R. Mathivanan, afirmó haber descifrado un antiguo texto de la cultura del valle del Indo -del III mileno a. C.- y del que extrajo, no sólo que la civilización Kumari Kandam floreció en el 50.000 a. C., sino que hubo una avanzada civilización tamil hacia el 20.000 a. C. en la isla de Pascua. La pseudoarqueología al servicio de la ideología nacionalista.

(publicado en Muy Interesante)

La primera Navidad

Publicado 17 diciembre 2013 por masabadell
Categorías: Historia, Religión

En la antigua Roma, un aristócrata cristiano llamado Valentino recibía un códice finamente ilustrado que contenía un calendario para el año 354 además de otros documentos, como la lista de cónsules, prefectos y obispos de la ciudad. De trazo sobresaliente, era el trabajo del que se convertiría en el calígrafo del papa Dámaso I, Furio Dionisio Filocalo.

El códice proporcionaba una información utilísima para cualquier aristócrata que viviese en Roma: señalaba los principales eventos de la ciudad en ese año, incluyendo las celebraciones no cristianas, aniversarios imperiales, conmemoraciones históricas y fenómenos astrológicos. Era, en esencia, el calendario público de Roma.

Es aquí donde aparece la primera mención escrita conocida de la fecha de celebración de la Navidad (Parte 12: Conmemoraciones de los mártires. MGH Chronica Minora I (1892), pp.71-2): “VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae”, el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea.

MENSIS DECEMBER habet dies XXXI

MENSIS DECEMBER
habet dies XXXI

De los bombones a la Luna

Publicado 25 noviembre 2013 por masabadell
Categorías: Ciencia cotidiana, Historia de la ciencia, Química

El aluminio es uno de los materiales más utilizados y más conocidos, pero nadie recuerda la tremenda lucha que los científicos mantuvieron para encontrar un método eficaz que lo extrajera de la bauxita, el mineral donde se encuentra.

Este problema llamó la atención de un estudiante de química llamado Charles Martin Hall, que lo sumió como un reto personal y se entregó a él en cuerpo y alma en su último año en la universidad de Oberlin.

Hall estaba convencido de que para extraer el aluminio tenía que utilizarse la electricidad. Algo nada descabellado, pues durante años los químicos la habían utilizado para identificar elementos químicos. Construyó una batería improvisada y un horno en la leñera, justo detrás de su casa, y allí fundió un material llamado criolita al que añadió la bauxita. Hall descubrió que en el horno la bauxita se disolvía en la criolita. Fue entonces cuando decidió hacer pasar una corriente eléctrica por la mezcla y, para su eterno regocijo, descubrió que se producían unos glóbulos plateados. ¡Era aluminio! En cuanto las bolitas del preciado metal se enfriaron lo suficiente para poder cogerlas con la mano, Hall se las llevó triunfante a su profesor. Era el 23 de febrero de 1886.
Unos pocos meses más tarde, un francés de nombre Heroult concibió la misma idea, pero Hall ya había patentado el proceso. La Compañía de Aluminio Americana convirtió en proceso industrial el descubrimiento de Hall convirtiéndolo en un hombre rico. Parte de su fortuna la legó a su alma mater, el Oberlin College, donde hizo su descubrimiento. Y allí se encuentra una estatua suya en el edifico de química, por supuesto de aluminio, como recuerdo imperecedero a quien fue capaz de extraer de la roca uno de los materiales necesarios para nuestro mundo tecnológico.

Pero la historia no termina aquí. En 1903 otro joven llamado Richard S. Reynolds empezaba a trabajar para su tío, el rey del tabaco R. R. Reynolds. Por entonces los cigarrillos y la picadura se protegían de la humedad con láminas finísimas de estaño. Richard vio claramente una oportunidad de negocio y, tras aprender todos los vericuetos de esa tecnología, se estableció 16 años más tarde en Kentucky, la patria del bourbon. Allí creó una empresa que suministraba papel de estaño tanto a la industria tabaquera como a la confitera, que también lo usaba porque creía que protegía mejor sus productos que el papel de parafina.

Entonces Reynolds se fijó en el aluminio. Cuando a finales de los años 20 el precio del aluminio cayó en picado, Reynolds decidió adoptarlo como envoltorio para los dos productos que más placer provocan a gran parte de la humanidad: el tabaco y los bombones.

Ligero y anticorrosivo, Reynolds vio en el aluminio el metal del futuro y muy pronto ofreció al mercado una larga lista de productos: estructuras de aluminio para puertas y ventanas, embarcaciones y hasta una batería de cocina. No obstante, el producto estrella de Reynolds apareció en 1947 y desde entonces no falta en ninguna cocina: una lámina de aluminio de una o dos centésimas de milímetro de grosor, el papel de plata. Fino, inoxidable e inofensivo, como metal permite el paso del calor pero no deja pasar la luz, impidiendo sus efectos perniciosos en los alimentos.

El aluminio saltó el límite de la cocina y se instaló en prácticamente todos los campos de la sociedad: la industria espacial, la construcción, las comunicaciones, el envasado o la medicina son buenos ejemplos de la versatilidad de un metal que pudimos extraer de su entorno natural gracias a un estudiante que experimentó con un trozo de bauxita, una batería improvisada y un horno en la leñera justo detrás de su casa.

¿Los remedios de la abuela?

Publicado 24 octubre 2013 por masabadell
Categorías: Medicina, Pseudociencia

Lo “natural” está de moda. Los remedios de la abuela, sobretodo de la mano de Txumari Alfaro, también. Y eso no estaría mal, si no fuera porque ni sabemos si son realmente remedios de la abuela o si esos remedios funcionan. Un ejemplo: uno de los que usaban en mi pueblo cuando una vaca se ponía mala era recoger unas plantas del regato, ponerlas en un saquito y colgarlo en el casillo adyacente al que se encontraba la susodicha. Claro que en mi pueblo no son tontos y también llamaban al veterinario. Eso sí, al final la vaca se curaba por los efluvios del saquito.

Exactamente el mismo razonamiento que escuché en un programa de televisión de boca de una madre cuya hija sufría terribles ataques epilépticos y los medicamentos que tomaba no parecían surtir efecto. Desesperada fue a un curandero y a las pocas semanas dejó de padecerlos. ¿Dejó la medicación? No. Siguió tomándola mientras iba al curandero, pero fue él quien la curó. Esta historia la suelo plantear como test cuando me invitan a dar una charla sobre ciencia y pseudociencia. Cuando muy poca gente de la audiencia se da cuenta del error en el razonamiento de esa madre comprendo la importancia de la divulgación científica.

Todo esto viene a cuento porque los famosos remedios de hierbas en muchas ocasiones tienen muy poco de remedios… y de hierbas. Por ejemplo, en 1998 investigadores californianos descubrieron que un tercio de 260 compuestos herbales que se vendían en las tiendas contenían drogas no mencionadas en la etiqueta y, algunos, elementos tan poco beneficiosos como plomo, arsénico o mercurio. O el adelgazante prohibido Bio Menat, “jarabe de extractos vegetales” que además contiene estimulantes, ansiolíticos, anestésicos locales y productos con efecto dopante, como la efedrina.

En Estados Unidos son comunes las denuncias contra compuestos que contienen Ma Huang o efedra y sus derivados, que producen desde temblores, insomnio, dolor de pecho hasta adicción, ataques cardíacos y la muerte. Esto tiene mucho que ver con ese mito que dice que las plantas son buenas y no tienen efectos secundarios. ¿Alguien puede decirme de dónde salen las drogas?

Pero la coña marinera está en que llamen producto natural a… ¡unas píldoras! Porque en la parafarmacia no compras una hierba, sino una píldora que contiene un extracto de una hierba. ¿Sabrán los defensores de lo “natural” la cantidad de “química” que hay detrás de la preparación de un pildorita de esas?


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