El mal del curanderismo

Publicado 24 enero 2012 por masabadell
Categorías: Pseudociencia, Uncategorized

Creía que habían desaparecido, pero vuelven a la carga. La televisión vuelve a reunir a videntes y curanderos para que clamen al cielo, y a futuros clientes, sus poderes. Se puede decir más alto, pero no más claro: el curandero no cura.

La prueba más palpable es que en menos de 100 años la medicina ha elevado nuestra calidad y esperanza de vida. Los curanderos, con casi 6.000 años de historia, no la han ampliado ni un solo segundo. ¿Dónde estaban cuando la peste negra asoló Europa en la Edad Media? ¿O esos maravillosos chamanes suramericanos de dones sobrenaturales cuando la viruela llevada por los europeos diezmó a sus congéneres? La historia de la salud pública nos demuestra con luz y taquígrafos su absoluta incompetencia. ¿Es que alguien se cree que si fueran ciertos sus poderes los centros de investigación del mundo entero iban a permanecer indiferentes? Sin embargo aquí los tenemos, luciendo palmito y lanzando bravatas.

Si yo fuera médico, estaría mosqueado. No sólo debo estudiar una larga carrera, aprobar un duro examen de MIR para pasar tres, cuatro o cinco años más formándome en una especialidad, y no dejar nunca de estar al día en avances. Luego llega un curandero chiquilicuatre y sólo tiene que decir que cura porque Dios, la Virgen, los extraterrestres o unos cristales le han dado ese poder. Y la gente le cree. Para colmo, la tele da pábulo a las afirmaciones de estos mercaderes de esperanza.

Por ejemplo, combatir la tuberculosis ha exigido darnos cuenta de que ciertas enfermedades las producen organismos invisibles a nuestros ojos. Luego hemos tenido que identificarlos, estudiarlos y descubrir la mejor forma de destruirlos sin causarnos daño. Semejante hazaña no se ha logrado de un día para otro; nos ha costado casi un siglo gracias al trabajo y esfuerzo de muchos científicos. Y todo para que al rato aparezcan un curandero advenedizo y analfabeto científico proclamando que puede curarla sin saber siquiera qué es.

Raro, pero raro raro

Publicado 23 enero 2012 por masabadell
Categorías: Física, Meteorología

Julio de 1851. Condado de Washington, Maryland (EE UU). Un destello de luz sacudió un árbol donde estaba posado un petirrojo y debajo había una oveja, matando a ambos animales. Cuando se esquiló la oveja muerta se descubrió que sobre la piel e incluso en la misma carne debajo había quedado impresa la figura del petirrojo, incluso los bordes de las plumas de sus alas.

17 de agosto de 1876. Bahía de Ringstead. Inglaterra. Entre las 4 y 5 de la tarde dos mujeres paseando por el acantilado vieron cómo las rodeaban esferas de luz del tamaño de bolas de billar moviéndose arriba y abajo, siempre evitando ser cogidas. Su número cambiaba, llegando a miles y nunca menos de 20.

21 de enero de 1913. Barco RMS Balmoral Castle, ecuador atlántico. Lewis Evans observa un halo alrededor de la luna que no es esférico sino cuadrado.

1 de enero de 1953. Barco MV Glenbank, cerca de Seychelles. Los tripulantes ven un arco iris por la noche, con luna llena, y poco después otro arco de color blanco junto a ella, muy brillante.

9 de mayo de 1937. Barco MS Hauraki. Papeete, Bora Bora. Un espejismo hace aparecer la isla de Tahití a una distancia aparente de casi 70 km cuando en realidad estaba a más de 400.

22 de enero de 1943. Rapid City, Black Hills, Dakota del Sur. En 10 minutos la temperatura subió 16 grados, de -20º a – 4 ºC.

Enero de 1944. Cabeza de playa de Anzio, Italia. Durante y justamente después de un intenso fuego antiaéreo, en un cielo sin nubes y con el Sol a su espalda, V. S. Taylor vio las clásicas ondas concéntricas atravesando la zona cubierta por el humo de artillería. Eran las huellas de las ondas sonoras de las baterías.

2 de agosto de 1966. Greenfield, New Hampshire. Inglaterra. Llovió torrencialmente sobre la casa del meteorólogo R. H. Stanley durante dos horas y media. Y solo en un entorno de 300 metros.

(Ref.: Handbook of Unusual Natural Phenomena, W. R. Corliss, Random House, 1995)

¿Qué es el calor?

Publicado 18 enero 2012 por masabadell
Categorías: Física, Historia de la ciencia

Desde la noche de los tiempos los humanos nos hemos estado preguntando acerca del significado del calor y aún hoy en día muchos de nosotros nos sentimos incapaces de definirlo. Quizás veamos más fácil hacerlo si imaginamos la materia compuesta por innumerables y pequeñísimas pelotitas: los átomos. Entonces el calor no es otra cosa que el reflejo en el mundo que conocemos de los rapidísimos e imperceptibles movimientos atómicos. De hecho, cuanto más rápidos se mueven los átomos de un gas, mayor es la temperatura que podemos medir.

Esta interpretación del calor en términos de la constitución atómica de la materia viene desde tiempos del griego Demócrito. Pero el primer planteamiento razonablemente serio se lo debemos al inglés John James Waterson. En 1845 presentó un trabajo en la presitigiosa sociedad científica Royal Society, donde demostraba que la presión de un gas sobre las paredes de un recipiente se podía explicar en función de los choques de las moléculas del gas contra ellas. El trabajo fue rechazado y archivado porque para sus colegas de la Sociedad les era difícil creer que los átomos se pudieran mover libremente por el interior del recipiente, de pared a pared, y que las propiedades de los gases se redujeran a simple mecánica.

Waterson también actuó con poca previsión al olvidar mencionar que el gran Daniel Bernoulli había escrito algo parecido en su clásico tratado de 1738 Hidrodinámica. Quizá si lo hubiera mencionado sus colegas de la Royal Society se lo hubieran pensado un poco más antes de rechazarlo.

Pero las desgracias nunca llegan solas. Lo mismo sucedió con su ponencia ante la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia en su reunión anual de 1851. En ella dijo que dos gases tienen la misma presión y temperatura cuando tienen el mismo número de átomos por unidad de volumen y cuando la energía asociada al movimiento de los átomos, o sea, la energía cinética de cada átomo, es la misma.

Aunque ahora sabemos que esta sugerencia era esencialmente correcta, acababa de comparar dos magnitudes que, al parecer de sus honorables colegas, eran imposibles de comparar: la energía asociada al movimiento de las partículas con la temperatura del gas. De este modo daba respuesta a una incógnita planteada desde hacía 2.000 años: ¿qué es la temperatura?

Su trabajo durmió el sueño de los justos hasta que en 1892 John William Strutt, tercer barón Rayleigh, lo descubrió en los archivos y lo publicó en la revista de la Real Sociedad. Pero Waterson ya no estaba para verlo. Este ingeniero que marchó a la India en 1839 contratado por la Compañía de las Indias Orientales y que regresó a su natal Edimburgo en 1857 para dedicarse en cuerpo y alma a la ciencia del calor, desapareció sin dejar rastro el 18 de junio de 1883. Nunca más volvió a aparecer.

Los próximos 100 años… de hace 100 años

Publicado 16 enero 2012 por masabadell
Categorías: Especulación cientifica, Historia, Historia de la ciencia, Historia de la tecnología

¿Qué nos depararán los próximos cien años? Sinceramente, no tengo ni idea. De hecho, querer hacer futurología bien hecha, no como esa tan cutre de los videntes y adivinos, es prácticamente imposible. Y no hay que irse muy lejos en el tiempo. Por ejemplo, nadie, a mediados de los años 50, profetizó el impresionante avance del mundo de la informática, y mucho menos la aparición de internet. Resulta curioso echar la vista atrás y leer lo que otros escribieron sobre el nuevo siglo XX que entonces llegaba.

De este modo comenzaba el artículo del periodista Henry Litchfield West que los lectores del Washington Post pudieron leer, en su página 3, el 31 de diciembre de 1900: “El hombre que vivió en el año 1800 lo hacía en la apacible ignorancia de los maravillosos descubrimientos que han hecho del siglo que ahora termina algo memorable en los anales del mundo”. El artículo era una reflexión sobre los avances tecnológicos sucedidos en el siglo que entonces terminaba y una especulación sobre lo que nos depararía el siguiente. La visión de West incluía un transporte a cada vez mayores velocidades –quizá con el dominio de la gravedad–, un telégrafo y un teléfono –entonces en su niñez– completamente superados por novedosas técnicas y, como no podía ser de otra forma, con la electricidad como eje y fuente de inimaginables posibilidades.

Lo cierto es que el siglo XIX había sido una época de transformación económica sin precedentes, espoleada por la revolución industrial y el advenimiento de la comunicación instantánea gracias al telégrafo. La caída de la esclavitud vino a reforzar la idea de un progreso sin final. Ahora bien, también había sido una era de depresiones económicas recurrentes y violentos conflictos laborales y agrarios. ¿Podrían sobrevivir las instituciones democráticas enfrentadas a enormes desigualdades sociales? ¿El progreso y la pobreza debían estar por siempre indefectiblemente unidos?

En aquellos principios de siglo XX, con el espiritismo en pleno auge –tanto que ejerció una influencia nada despreciable en los ideólogos del socialismo utópico francés–, para muchos se esperaba la rápida confirmación de una existencia mejor y más plena tras la muerte.

Resulta curioso descubrir que las avalanchas de predicciones que se producen en momentos tan señalados como pueden ser los cambios de siglo no se dieran en los años 1700 y 1800. Sin embargo, a finales del siglo XIX sí sucedió. En Estados Unidos, las dos visiones del futuro más populares fueron los libros Mirando atrás (1888) de Edward Bellamy y La columna de César (1891) de Ignatius Donnelly. Ambos proyectaron hacia el futuro las tendencias de su época, pero con resultados totalmente diferentes. Bellamy era un esforzado propagandista y defensor de la nacionalización de los servicios públicos cuyos artículos inspiraron a muchos grupos políticos tanto en su país como en Europa. En su libro Mirando Atrás dibujó un Boston en el año 2000 bajo un sistema socialista ideal. Su protagonista cae dormido y despierta a finales del siglo XX en un mundo donde las desigualdades han desaparecido y se ha alcanzado la armonía social.
El proceso de concentración económica había culminado en la creación de un único Gran Trust controlado por toda la sociedad y para la cual trabajan todos los ciudadanos en una especie de Ejército Industrial. La igualdad de derechos para todos, tanto hombres como mujeres, es un hecho.

En oposición a esta utopía tecnocrática se encuentra el libro de Ignatius Donelly. Donelly fue el líder y creador del partido populista norteamericano que nació para luchar contra la reforma agraria de finales del siglo pasado. En La columna de César dibuja un mundo antiutópico, donde el progreso industrial ha creado una clase trabajadora degradada y empobrecida que se alza en una violenta revolución. La civilización perece bajo una enorme montaña de cuerpos muertos –la «columna» del título del libro– mientras que el héroe de la novela encuentra su santuario de libertad en Uganda.

Lejos ya de las utopías, otros pensadores y escritores fueron más realistas. Así, el defensor de los derechos civiles, William Edward Burghardt DuBois, comentó que el problema racial de Estados Unidos sería «el problema del siglo XX»; no anduvo en nada descaminado. Para los conocidos Herbert George Wells, Jules Verne y para el socialista alemán August Bebel, su visión del nuevo siglo era esencialmente pesimista: veían un mundo plagado de guerras mundiales conducidas por los productos más aberrantes de la tecnología. Justo al contrario, Andrew Carnegie y el economista y premio Nobel de la Paz Norman Angell intuyeron que la guerra se iría haciendo progresivamente obsoleta gracias al libre comercio y la democracia.

Irónicamente, todos ellos tuvieron parte de razón.

Vísteme despacio…

Publicado 13 enero 2012 por masabadell
Categorías: Ciencia cotidiana, Debate, Medicina, Psicología

“Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer [...]. Así pues, estaba pensando [...] cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados. No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!’”

Quizá no haya mejor descripción de estos tiempos tan veloces que esta escena del clásico de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas. Querámoslo o no, nuestra vida cotidiana se rige por el cadencioso golpeteo del segundero: nos ponemos nerviosos si al encender un ordenador tarda más de lo acostumbrado, aunque eso sólo signifique 20 segundos de más; o si un semáforo en rojo tarda un tiempo excesivo… que como mucho puede significar 60 segundos; en la caja del supermercado nos cabrea que la cajera sea “lenta”… Nos molesta la pérdida de tiempo más pequeña. Nuestra vida no tiene sentido sin nuestro reloj. Un ejemplo demoledor es que ya ni tan siquiera soportamos un simple catarro o la gripe, dos enfermedades que se curan solas. ¿Y los antibióticos? ¿Los preferimos de tomas de tres o siete días? “No me puedo permitir estar dos días de baja” es una de las excusas que más solemos poner.

Pensemos en lo que escribe el periodista canadiense Carl Honoré en el primer capítulo de su libro-manifiesto a favor de la lentitud In Praise of Slowness: A manifesto on deceleration: “¿Qué es lo primero que hace cuando se despierta por la mañana? ¿Descorrer las cortinas? ¿Girar y amorrarse a su pareja o a su almohada? [...] No, lo primero que hace, lo primero que todo el mundo hace, es mirar la hora”.

El problema no es nuevo. Ya en la antigua Roma Plauto anatemizaba a todos aquellos que se han afanado por buscar la mejor forma de cuantificar la velocidad con la que cambian las cosas: “¡Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas!” Durante siglos el transcurrir del tiempo fue marcado por la sombra del Sol. Los griegos perfeccionaron los relojes de sol y los romanos los popularizaron: con ellos fijaban las horas de las comidas.

Sin embargo, fue el agua quien permitió liberarnos de la tiranía del astro rey y contabilizar las ominosas horas de oscuridad. Pero como calibrarlos era bastante complicado, pues la duración de las horas dependía de la estación del año y del lugar donde nos encontráramos, griegos y romanos utilizaron el reloj de agua únicamente para controlar la duración de los alegatos en los tribunales.

Tras el reloj de agua vino el de arena. Los primeros de los que se tiene noticia datan del siglo VIII, cuando los vidrieros diseñaron recipientes herméticos que impedían la entrada de la humedad. Prácticos para medir cortos intervalos de tiempo, su uso se extendió en el siglo XVI a todos los ámbitos de la vida: los sacerdotes en la duración de sus sermones, los maestros en sus lecciones, los cocineros en sus recetas, los albañiles para calcular sus horas de trabajo… Y los primeros pasos hacia un reloj mecánico fueron dados por los monjes, que necesitaban conocer las horas para sus plegarias.

Lo que ha ido sucediendo es que a medida que la vida evolucionaba del mundo agrícola al industrial se necesitaban medidas más exactas y más pequeñas del tiempo. La Revolución Industrial dio el golpe de gracia a la vida poco precisa del campo: había que llegar a la hora al trabajo para no parar la producción.

Una vez establecida la esclavitud del reloj, el siguiente paso obvio ha sido la aceleración de nuestras vidas. Del mismo modo que los plusmarquistas mundiales luchan Olimpiada tras Olimpiada por rebajar sus tiempos, nuestra vida ha ido bajando sus propias marcas temporales; el tiempo es dinero, se dice. Nuestro sistema de producción económica decide que los “ganadores” son aquellos que producen una mayor cantidad de productos de alta calidad en un menor tiempo. Y esto es algo que se extiende al resto de los aspectos de nuestra vida; sólo hay que ver cómo se agolpan en grupos los centros de esparcimiento y de diversión: compras, bares, restaurantes y cines juntos bajo un mismo techo.

Ir corriendo de un lado para otro no es nada beneficioso para nuestra salud. Las prisas suelen derivar en estrés y es bien conocido que éste afecta sobremanera al sistema inmune. Que nos encontremos inmunodeprimidos implica que somos más sensibles a infecciones como la gripe. Y no sólo eso, también a enfermedades más terribles, como la esclerosis múltiple. De hecho, en los últimos años se ha incrementado el número de personas que la padecen.

También las prisas afectan a nuestro sistema digestivo. Alrededor del 50% de los españoles sufren alguna enfermedad relacionada con el estómago, colon, recto y ano, desde las habituales hemorroides hasta el más grave cáncer de colon. El principal problema de este tipo de males es evidente: la cantidad de casos que existen, sobretodo en los países desarrollados. Y más aún cuando los dos factores principales que originan enfermedades como el cáncer de colon son el estrés y la precariedad en la dieta, dos consecuencias de nuestra vida con prisas.

Morir como un filósofo

Publicado 12 enero 2012 por masabadell
Categorías: Historia

El ser humano se distingue del resto de los animales por su capacidad para pensar. Eso es, al menos, lo que uno podía leer en los libros de texto de cuando iba al colegio.

El sano ejercicio de la reflexión y la creación de ideas es algo peligroso si se enfrenta al lado oscuro de nuestra naturaleza: cuando unos pocos, que creen que sus ideas son las únicas buenas, pretenden imponerlas al resto.

Muchos las aceptamos no porque tengamos miedo o porque nos convenzan. Las aceptamos por pura y simple pereza, porque es muy cómodo que otros piensen por nosotros. Por eso, cuando alguien intenta ejercer su título de animal racional con ideas que no comparten quienes detentan el poder, empieza la persecución.

Y si no que se lo pregunten al pobre Lucilio Vanini, un italiano carmelita que fue juzgado y condenado a muerte en uno de los procesos franceses más célebres de principios del siglo XVII. Vanini fue un viajero infatigable. Colgó los hábitos para hacerlo y después de dar muchos tumbos acabó afincándose en Toulouse. Allí se dedicó a impartir lecciones privadas donde exponía sus osadas ideas, de claro corte panteísta. Lo hizo sin buscarse el apoyo y protección de algún poderoso personaje de la ciudad francesa. Consecuencia: fue acusado de ateísmo con el agravante de proclamar a los cuatro vientos que no existía el alma y que la Virgen había mantenido relaciones sexuales.

Con tales declaraciones Vanini había acaparado todos los boletos necesarios para convertirse en carne de cadalso. Y así fue. Dicen que al ser conducido a la hoguera gritó en italiano:

- ¡Sepamos morir alegremente como un filósofo!

Y allí apartó el crucifijo que le pusieron delante diciendo:

- ¡Cristo tembló de miedo en su última hora mientras que yo muero sin temor!

Como el querido lector puede comprender, palabras tan poco piadosas obligaron al verdugo a cortarle la lengua antes de quemarle.

Durante los dos siglos que siguieron a su muerte numerosos escritores le dedicaron diversas lindezas. En 1840 Victor Cousin, Ministro de Instrucción francés, lo señaló culpable ante Dios y ante la moralidad: Vanini era, además de ateo, depravado y homosexual.

El caucho

Publicado 6 enero 2012 por masabadell
Categorías: Ciencia cotidiana, Historia de la tecnología, Tecnología, Uncategorized

Cuando la segunda expedición de Colón llegó al Nuevo Continente y se detuvo en la isla de Haití ninguno de sus miembros podía imaginar la importancia de lo que vieron hacer a los indígenas del lugar: jugar a una especie de mezcla de fútbol y baloncesto. Pero lo llamativo no era el juego en sí, sino la pelota con la que lo hacían. Era un balón de caucho.

Tuvieron que pasar tres siglos para que este nuevo material llamara la atención a los europeos. Por un lado, los botánicos estaban muy interesados en encontrar otras plantas capaces de proporcionar una sustancia parecida a la de la savia de las hevea, mientras que otros investigaban activamente en busca de sus posibles aplicaciones. Una de las primeras fue la goma de borrar.

En 1819 Thomas Hancock descubrió que el caucho tiene una curiosa propiedad: se suelda a sí mismo. En aquel momento conoció a Charles Mackintosh quien, por su parte, no sabía qué hacer con el benzol que quedaba en su fábrica como subproducto de la elaboración de colorantes. Mackintosh descubrió que el benzol disolvía mejor el caucho que el aguarrás. De esta asociación nació el famoso impermeable Mackintosh obtenido al embadurnar una tela con este barniz de caucho y benzol.

Sin embargo, el caucho tenía una seria desventaja: era muy sensible al calor. Entonces apareció en escena un ferretero americano sin conocimientos científicos, Charles Goodyear, que enseguida vio los pingües beneficios económicos que podía obtener si conseguía descubrir un método para endurecerlo.

Después de probar y probar con diferentes sustancias, un día del año 1839, en un arrebato, arrojó a la estufa la última mezcla obtenida —un revoltijo de caucho, azufre y blanco de plomo—. Y sucedió el milagro. En lugar de fundirse, la mezcla se endureció. Los restos que no se carbonizaron eran resistentes al calor y seguían siendo elásticos. Sin embargo su ingenuidad lo perdió. Ofreció su descubrimiento a Mackintosh y le dijo que no podía revelarle la fórmula porque aún no la había patentado. El avispado Mackintosh se lo comentó a su socio Hancock y en poco tiempo llegaron al mismo resultado que Goodyear, aunque sumergiendo el caucho en un baño de azufre fundido. Hancock patentó el proceso con el nombre de vulcanización.

Un mundo sin hierro

Publicado 4 enero 2012 por masabadell
Categorías: Uncategorized

La nuestra es una civilización del hierro. Puentes, barcos, rascacielos… Prácticamente el 80% de todo lo que nos rodea posee, en mayor o menor medida, hierro. Es un material lo suficientemente maleable y resistente para que sea difícil encontrar un sustituto entre los metales de transición en la Tabla Periódica. ¿El titanio, quizá? ¿El aluminio o el níquel?

Hoy en día hemos podido encontrar distintos sustitutos en el mundo de las moléculas orgánicas gigantes –polímeros–, las fibras –de vidrio, de carbono o de aramida–, las cerámicas… ¿pero qué hubiera sido de la Revolución Industrial? ¿Dónde hubiera quedado la máquina de vapor o la locomotora Rocket? Su importancia queda puesta de manifiesto en la figura de John Wilkinson –cuyo diseño de una barrena cilíndrica de una precisión sin precedentes permitió a James Watt construir su máquina–, un hombre obsesionado con este metal: construyó una iglesia enteramente de hierro, pagaba a sus obreros con monedas de hierro y se hizo enterrar en un ataúd de hierro.

Un mundo sin hierro hubiera impuesto a la raza humana una dirección tecnológica completamente distinta aunque hubiéramos encontrado un metal sustitutivo. Porque la bondad de hierro no sólo reside en sus propiedades metalúrgicas, sino también en su abundancia: junto con el magnesio y el silicio es el tercer elemento más abundante del planeta. Evidentemente, no todo se encuentra a nuestro alcance. El hierro que ha usado la civilización durante toda su historia, y que todavía usamos, proviene de una época lejana, de hace 2.500 millones de años.

Fue entonces cuando el producto de deshecho estrella de los primeros organismos fotosintéticos, el oxígeno, reaccionó con las grandes cantidades de hierro existentes formando enormes acúmulos de óxido de hierro en el fondo marino llamados formaciones de hierro bandeado. Es de estos lugares donde obtenemos el que necesitamos para edificar y mantener nuestra civilización. Para hacernos una idea: todavía existen 600 billones de toneladas de esos óxidos de hierro depositados en estas formaciones. De ningún otro material estratégico poseemos tantas reservas.

El hierro, además, es el componente esencial de la hemoglobina, que fija el oxígeno en los glóbulos rojos y da a la sangre su color característico –igual que sucede en la superficie marciana–. Es posible que pudiéramos haberlo sustituido por cobre, como el Dr. Spock en la serie de televisión Star Trek, y nuestra sangre sería verde… Pero quizá en un mundo sin hierro ni siquiera existiríamos.

La vida marina depende del fitoplancton, nuestra principal fuente de oxígeno y que necesita hierro para vivir. Si sembráramos el océano de hierro resultaría una explosión de fitoplancton, algo que pudo pasar tras el primer evento de Snowball Earth, cuando la Tierra entera se congeló hace 2.300 millones de años. Al fundirse los hielos, el fino polvillo de hierro y magnesio que recubría su superficie actuó como fertilizante. Un hecho que cambió la faz de la Tierra.

(Original del publicado en Tercer Milenio de Heraldo de Aragón)

Feliz año

Publicado 3 enero 2012 por masabadell
Categorías: Uncategorized

La estrella de Belén no existió

Publicado 28 diciembre 2011 por masabadell
Categorías: Astronomía, Ciencia cotidiana, Debate, Uncategorized

Llegadas estas fechas los medios de comunicación desempolvan la agenda navideña en busca de algún astrónomo que le diga unas cuantas palabras sobre la explicación astronómica de la estrella que guió a los Reyes Magos al portal de Belén. Y, como todos los años, aparecen las mismas “explicaciones”: que si un cometa, que si una nova (la de febrero del 5 a. C. tiene bastante predicamento), que una conjunción de planetas (como la de Júpiter y Saturno del 7 a. C. en la constelación de Piscis) o la doble ocultación de Júpiter por la Luna en 6 a. C. en Aries. Y si el periodista quiere un poco de polémica solo tiene que llamar a un ufólogo para que le diga que fue una nave extraterrestre.

Pues bien, se puede decir más alto pero no más claro: la estrella de Belén no existió, es una invención de Mateo, el único evangelista canónico que la menciona. Marcos, el más antiguo de los cuatro evangelios, pasa del tema y empieza su relato con Jesús como discípulo de Juan el Bautista. De hecho, no menciona nada de la infancia de Jesús, al igual que Juan. Los primeros años de la vida del fundador del cristianismo únicamente le interesan a Mateo y Lucas, y ambos son contradictorios hasta tal punto que son irreconciliables salvo en la mente de los cristianos más fundamentalistas.

Mateo dice que Jesús nació en Belén de Judea, en su casa. Nada de cuevas, pesebres y pastores como Lucas. Pero como debe justificar que la famlia acabara viviendo en Nazaret, hace viajar a la familia por el desierto -huyendo nada menos que a Egipto- por miedo a Herodes y siguendo las instrucciones de un ángel guardaespaldas. El pobre debe multiplicar su trabajo pues debe avisar en sueños a los magos que adoraron al niño que eviten regresar al castillo de Herodes y comunicarle la posición exacta del infante. Entonces éste se enrrabieta y manda asesinar a todos los niños menores de dos años. Mientras, Mateo lanza a dos padres con un niño de menos de dos años a cruzar el durísimo desierto del Sinaí como quien pasea por una huerta. Ahí es nada. A la muerte de Herodes deciden regresar e instalarse en Nazaret, en Galilea. ¿Por qué no vuelven a su casa en Belén? Porque el hijo de Herodes, Arquelao, reinaba en Judea y “tuvo miedo de ir allá”. Eso sí, José no tuvo miedo de instalarse en Galilea, gobernada por otro hijo de Herodes, Herodes Antipas, y futuro asesino de Juan el Bautista.

Ya ven, la historia de Mateo lo tiene todo: fenómenos sobrenaturales, misteriosos personajes orientales, crueles matanzas, persecuciones y huídas…

Pero Lucas no tiene tiempo para tanta monserga. Según él la familia vive en Nazaret y viaja a Belén a causa de un insensato censo romano que obliga a sus ciudadanos a registrarse en su ciudad de nacimiento y no en la de residencia. ¿Se imaginan a los judíos de la diáspora cruzando todo el Mediterráneo para censarse en su ciudad de origen?. Y a José no se le ocurre mejor momento para echarse al camino y viajar 130 km bajo la amenaza de ladrones y salteadores que cuando su mujer está a punto de salir de cuentas. Debemos comprenderlo: el emperador romano tenía prisa por hacer un censo que normalmente toma años.Y lo mejor es que en Belén, una población cercana a Jerusalén y que cuenta con multitud de posadas dedicadas a albergar a los miles de judíos que bajan cada año a la ciudad santa para celebrar la Pascua, están todas al completo.

Por cierto, en la leyenda lucana se obvia un pequeño detalle, casi sin importancia: José no tenía por qué salir de su casa en Nazaret porque un censo de César no tenía aplicación en la Galilea gobernada por el tetrarca Herodes Antipas.

En resumen: los llamados relatos de la infancia del Nuevo Testamento no son más que creaciones artísticas salidas de la pluma de sus autores, y ya se sabe que la imaginación es libre y el papel aguanta lo que escribas. Lo único seguro es lo que los evangelistas tratan de evitar decir en todo momento: que Jesús nació en Nazaret, no en Belén.

Ante semejante despliegue de pirotecnia narrativa, ¿cómo es que aún le damos vueltas a lo de la estrella guiando a unos magos-astrólogos? Porque sería bueno que alguien explicara cómo  cualquiera de los fenómenos astronómicos propuestos pudo hacer lo escrito por Mateo: “Y la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño”. Ningún fenómeno astronómico es capaz de aparecer en el cielo, dedicarse a guiar a unas personas a paso de camello y, encima, pararse sobre una casa -recordemos que, según Mateo, Jesús nació en su casa no en una cuadra- por tiempo indefinido.

Salvo que pensemos en una nave extraterrestre, claro.

Para algunos astrónomos la cosa es fácil: solo hay que empezar a interpretar y quitarle las características que molestan y poner otras más consonantes a nuestra idea. Utilizando esa misma técnica podemos afirmar convencidos que Arturo era la reina Ginebra: si le quitamos la barba, la armadura y el pene y le añadimos atributos femeninos… Cualquier explicación astronómica que quiera darse es tan alocada como la de los fundamentalistas cristianos, que dicen que fue una luz “temporal y sobrenatural”.

Pues ninguno de los dos. La estrella de Belén fue un invento de Mateo.

Por supuesto, todo esto no quita que creyentes y no creyentes celebren estos bonitos cuentos que forman parte de nuestro folclore social y disfruten de una feliz Navidad… o fiestas del solsticio, según se mire.


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