¿Ciencia es nombre de mujer?

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La ciencia no es un sistema de pensamiento idílico donde se debaten libremente las ideas. Como toda actividad humana, también tiene sus vicios. Y uno de ellos es que el sexo sí importa, como bien titulaba el artículo que el neurobiólogo Ben A. Barres publicó en Nature en julio de 2006. Él mismo escuchó cómo alguien decía: “Barres ha dado un gran seminario hoy. Su trabajo es incluso mejor que el de su hermana Barbara”. Lo que su colega desconocía es que, diez años antes, Ben se llamaba Barbara.

La Academia Nacional de Ciencias de EE UU hacía público ese mismo año un estudio sobre la situación de las científicas norteamericanas, Beyond Bias and Barriers. Conclusiones: ellas tienen peores condiciones laborales, se promocionan más despacio, reciben menos honores y ocupan menos posiciones de liderazgo. Otros estudios muestran que las mujeres tienen que ser 2,2 veces más productivas que los hombres para acceder a puestos similares.

En España, el 13% de las cátedras están ocupadas por mujeres; sólo hay 5 rectoras para un total de 71 universidades; y tan sólo un Organismo Público de Investigación –el Instituto de Salud Carlos III– está dirigido por una mujer, Flora de Pablo. En el CSIC, sólo el 11% de las investigadoras alcanzan el mayor grado –profesor de investigación–, mientras que entre los hombres esta cifra llega al 26%. Según Flora de Pablo, que también preside la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), en la convocatoria 2005 de las becas Ramón y Cajal –un contrato de reincorporación para jóvenes investigadores– a ellas les fue dos veces más difícil conseguirlas que a ellos.

Un reciente informe de la Organización Europea de Biología Molecular revela que el éxito profesional de las mujeres en este campo se sitúa un 20% por debajo del de los hombres, a pesar de que el número de candidaturas masculinas y femeninas suele ser parecido. ¿Se trata de un caso de sexismo? En las dos rondas de solicitudes de 2006 se suprimió cualquier referencia al sexo de los candidatos en la información que se entregaba a la comisión evaluadora, pero la diferencia se mantuvo.

El motivo era que ellas publicaban menos artículos de investigación; su currículum, por tanto, era más pobre. Los condicionantes sociales juegan en su contra: en una pareja, quien suele trasladarse por el trabajo del cónyuge es la mujer, lo que hace que le sea difícil encontrar laboratorios acordes a su preparación, y dispone de menos tiempo laboral porque tiene más obligaciones fuera del laboratorio. Esto se ve agravado por el hecho de que sólo el 32% tiene un mentor –decisivo en el mundo científico– frente al 49% de los hombres. Es más, muchas mujeres, al tener hijos, pierden su apoyo.

Pero lo peor es que el 34% de las científicas encuestadas se han sentido discriminadas negativamente como líderes de grupo, y el 8% de los hombres encuestados declararon haber sido testigos.

Viene a la memoria la famosa frase de Felipe II, (apócrifa, por cierto): “No mandé mis naves a luchar contra los elementos”.

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