La guerra del cambio climático

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En marzo de 2007 se celebró en Madrid la conferencia internacional auspiciada por la Organización Meteorológica Mundial “Condiciones de vida seguras y sostenibles: Beneficios sociales y económicos de los servicios meteorológicos, climáticos e hidrológicos”. Aunque dedicada a la predicción meteorológica, sobre ella planeó el tan cacareado cambio climático. Un mes antes, la ministra de medioambiente Cristina Narbona presentaba la Estrategia Nacional contra el Cambio Climático, compuesta de 170 medidas para fomentar el ahorro energético y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Las predicciones del Instituto Nacional de Meteorología son, cuando menos, alarmantes: las temperaturas máximas en España subirán entre 5 y 8 grados centígrados entre 2070 y 2100 y las precipitaciones disminuirán un 40% de media, especialmente en Andalucía. El 2 de febrero de 2007 se hizo público en París el informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, que aglutina a 2.500 climatólogos de todo el mundo. En él se dejan, por primera vez, las cosas bien claras: el calentamiento climático es inequívoco y en un 95% de probabilidad por culpa del ser humano, la temperatura aumentará entre 1,1 y 6,4 ºC y el nivel del mar subirá de 18 a 59 cm. Por no hablar de olas de calor e intensas lluvias.

Semejante pronóstico ha hecho que en los medios de comunicación se repitiera insistentemente que nos enfrentamos a una catástrofe planetaria sin precedentes. James Lovelock, el creador de la controvertida hipótesis Gaia, es especialmente pesimista: “Nos enfrentamos a un peligro inminente… Confiar en el desarrollo sostenible es como esperar que un enfermo de cáncer de pulmón se cure simplemente dejado de fumar… Sospechamos que existe un umbral más allá del cual nada de lo que hagan las naciones del mundo servirá para nada ni podrá evitar que la Tierra llegue irreversiblemente a un nuevo estado de calentamiento”.

Sin embargo, algunas voces se alzan contra este futuro que predice un colapso de la civilización y un “regreso a la Edad de Piedra en un planeta enfermo”. Quizá la más popular de todas sea la del escritor Michael Crichton, donde en su novela Estado de miedo quedan bien definidas las ideas básicas de los llamados “escépticos del cambio climático”: no se puede decir que la tendencia al calentamiento de la Tierra se deba a la actividad humana; no está claro que ese calentamiento sea negativo y estamos sumergidos en un estado de miedo histérico generalizado en torno al cambio climático. Y la primera línea de ataque es el manido consenso que ha alcanzado la comunidad científica en relación a que el cambio climático es provocado en gran medida por la actividad humana: “Históricamente -comentó Crichton en una conferencia en el famoso Caltech de California- la reivindicación del consenso ha sido el primer refugio de los granujas; es una forma de evitar el debate, afirmando que el asunto ya está acordado”.

Pero el “asunto” no se ha decidido en torno a una mesa de café un miércoles por la mañana. Hace medio siglo casi todos los científicos creían que el efecto invernadero apenas podía llegar a convertirse en un problema. Tras décadas de acumular evidencias y muchos y muy duros debates se convencieron de que estaban equivocados. De hecho, el libro de 1978 del climatólogo Hubert Lamb titulado Clima: presente, pasado y futuro sólo dedicaba una de las más de 600 páginas de texto al efecto invernadero. A principios de los 80 empezaba a calar la idea que podría tratarse de un verdadero problema y es hoy cuando se piensa que se trata de algo muy serio que debe resolverse pronto.

Entonces las dudas empezaron a surgir desde la clase política, dividida entre asustados y descreídos de lo que los climatólogos como Jim Hansen, del Instituto de Estudios Espaciales Goddard de NASA, decían. Éste informó en febrero de 1988 al Senado de los Estados Unidos que la Tierra estaba más caliente que en ningún otro momento de la historia del que existen registros. Numerosos políticos empezaron a pensar que lo que realmente buscaban los científicos con semejantes palabras era una mayor financiación para sus proyectos. Y no era del todo falso, pues entender las complejidades que encierra la variabilidad del clima exige una gran cantidad de dinero. Por otro lado, los grupos ecologistas, muchos de ellos con un marcado cariz panteísta hacia la Madre Naturaleza y lanzando consignas contra el sistema de mercado, hicieron bandera común, lo que amedrantó aún más a los políticos conservadores. Para entonces el cambio climático se convirtió en el tema medioambiental más famoso.

Estos temores, y sobre todo que cualquier autodenominado grupo de expertos se lanzara a inundar las páginas de los periódicos con afirmaciones alarmistas, “llevó a la administración Reagan a anticiparse promoviendo una compleja estructura de asesores internacionales liderada por gente elegida por los gobiernos en lugar de por la comunidad científica”, afirma Spencer Weart, director del Centro de Historia de la Física del American Institute of Physics. Para impedir salidas de tono, se exigió que todas las conclusiones del grupo asesor fueran consensuadas por los representantes de todos los gobiernos del mundo. El resultado fue la creación en marzo de 1988 del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático o IPCC. En contra de lo esperado, empezó a realizar un asesoramiento útil y las revisiones de la literatura existente llevó a que concluyera –incluso los representantes enviados por los países ricos en petróleo- que la causa más probable para el calentamiento planetario fuera la actividad humana. Que los escépticos del cambio climático, herederos del pensamiento de la era Reagan, critiquen al IPCC de estar politizado no deja de encerrar cierta ironía.

¿Hasta qué punto podemos estar seguros de las predicciones del IPCC? Las compañías cuyos intereses se verían afectados por una reducción en la emisión de dióxido de carbono -petroleras, automovilísticas, mineras- inciden en la incertidumbre tanto de los datos como de los modelos climáticos. Propugnan que es de locos imponer unas medidas que ocasionarían un coste económico importantísimo sin estar seguros de que realmente esos escenarios catastrofistas de aumento del nivel del mar, fusión de los polos, hambrunas y enfermedades vayan realmente a ocurrir.

En un problema tan complejo no se puede tener certeza y, por supuesto, ni el IPCC ni las academias y sociedades científicas de todo el mundo afirman que el desastre sea seguro. Eso sí, todas ellas consideran que es más probable un calentamiento global a que no lo haya. “Después de todo, -añade Spencer Weart- nada de lo relacionado con la política o la economía es seguro al 100%. La evidencia de un serio riesgo climático es más fuerte que el tipo de evidencia que normalmente se utiliza para decidir la política de impuestos o la inversión en costosas autopistas”.

Porque no nos debemos llevar a engaño: el debate fundamental no es científico, sino económico. Hay demasiados intereses en juego, sobre todo por parte de las empresas relacionadas con los combustibles fósiles, que han financiado a los escépticos del cambio climático para dar a conocer su postura a la opinión pública. En los 90 el lobby industrial Global Climate Coalition, fundado por 50 compañías petroleras, de gas, carbón, automovilísticas y químicas, hizo mucho daño con su estudiada propaganda, sobre todo metiendo miedo al decir que el precio de la gasolina subiría drásticamente en EE UU. “Su mayor éxito fue impedir que se adoptaran medidas contundentes en la cumbre de Río de 1992”, comenta el paleontólogo y activista medioambiental Tim Flannery. La Coalición se desmoronó en 2002 tras la salida de ella de numerosas empresas debido al informe de 2001 del IPCC. Sólo quedaron hasta el final General Motors y las petroleras Chevron y ExxonMobil. Esta ha insuflado 14 millones de dólares durante los años 1998 a 2005 a 43 organizaciones con el objetivo de confundir al público sobre el calentamiento global.

Algo que sigue haciéndose, pues el periódico The Guardian revelaba el 2 de febrero de2007 que Keneth Green, del American Entreprise Institute (un think tank conservador), había enviado una carta a científicos de EE UU y el Reino Unido ofreciéndoles 10.000 dólares más gastos por artículos donde se detallaran las fuerzas y debilidades del informe de 2007 del IPCC. Por su parte, escépticos como el periodista español Luis Carlos Campos acusan a la industria climática de gastarse al año “5.000 millones de dólares en estudios sobre el clima. Unos 2.000 científicos estadounidenses reciben desde 1997 un millón de dólares al año para estudiar el cambio climático. Kyoto mueve un mercado vergonzoso de 200.000 millones de euros sólo hasta el 2012”.

El cruce de acusaciones y el escaso “fair play” ha sido constante. Siguiendo la política del “todo vale” en 1998 salió a la luz pública el Global Warming Petititon Project, un manifiesto firmado por 17.000 científicos y donde se afirmaba que no existía realmente un consenso acerca del calentamiento global y que «existen buenas evidencias para pensar que el incremento atmosférico del dióxido de carbono es medioambientalmente bueno». Fue promovido en vísperas de la cumbre de Kyoto por una oscura organización llamada Oregon Institute of Science and Medicine. Había enviado un paquete postal a prácticamente la mayoría de los científicos estadounidenses que incluía la declaración, una copia de un artículo aparecido en el Wall Street Journal titulado “La Ciencia ha hablado: el calentamiento global es un mito”, una carta del ex-presidente de la Academia Nacional de Ciencias (NAS) y conocido escéptico Frederick Seitz y lo que parecía ser un artículo publicado en la revista Proceedings of the NAS donde se cuestionaba el efecto dañino del dióxido de carbono.

Todo había sido minuciosamente preparado para inducir a pensar que se trataba de una campaña realizada con el beneplácito de la prestigiosa NAS. Los críticos también han sufrido las consecuencias: sus investigaciones no reciben dinero público, o se les recorta, como le sucedió al profesor de meteorología del MIT Reginald Newell con una beca de la National Science Foundation en 1989, porque no lograba demostrar un calentamiento neto durante el pasado siglo. Ese mismo año la revista Science -propiedad de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia– rechazó sin revisar un artículo del conocido escéptico (y prestigioso climatólogo) Richard Lindzen, donde criticaba el calentamiento global, por considerarlo “de ningún interés para el lector” de esa revista. ¿Estamos ante una política de silenciamiento de legítimas investigaciones científicas?

No es extraño que frente a este tipo de comportamientos algunos apunten a una conspiración para acallar las voces disidentes. Y al contrario, la Union of Concerned Scientists hizo pública en enero de 2007 una encuesta donde se pone de manifiesto que “los climatólogos de 7 agencias gubernamentales dicen haber sido presionados políticamente para rebajar la amenaza del calentamiento global” y que a casi la mitad de los 279 entrevistados ”se les había pedido eliminar las referencias al calentamiento global y cambio climático de sus informes”.

La marrullería es constante, incluso con acusaciones de libelo. El escéptico Patrick Michaels, profesor de ciencias medioambientales de la Universidad de Virginia, amenazó con llevar a los tribunales a Peter Gleick, un ecólogo del Pacific Institute, California, por decir en un periódico de Indiana que Michaels “no es uno de los más importantes investigadores en cambio climático” y que “es a la ciencia del cambio climático lo que la Sociedad de la Tierra Plana lo es para la ciencia de las formas planetarias”. Pero los defensores del cambio climático no se quedan atrás: los llaman herejes y “negacionistas”, con lo que se les compara, nada sibilinamente, con los revisionistas del holocausto judío. Por contra, Al Gore ha llamado nuevos Galileos a los climatólogos cercanos a su postura.

Lo cierto es que escépticos como Patrick Michaels o el físico Fred Singer son acusados de escoger los datos que les interesan para llegar a las conclusiones que desean. La revista Nature incidía en este punto en su editorial del 12 de julio de 2001. Titulado “Disparar al mensajero”, hacía una durísima crítica a los escépticos del IPCC: “Han defendido engañosos descubrimientos científicos y trabajado para establecer un falso debate científico entre sus propios ‘expertos’ -muchos de los cuales no son ni siquiera científicos atmosféricos- y el consenso de los investigadores climáticos”.

“Agitan sus credenciales académicas y lanzan sus acusaciones sensacionalistas sin haberlas pasado por el tamiz de la revisión por pares”, comenta un climatólogo. Éste es el punto clave. Para aceptar un trabajo debe haber pasado por lo que puede llamarse el control de calidad de la ciencia: publicar en una revista donde previamente la investigación haya sido evaluada por un grupo de científicos del mismo campo. Asimismo, una de las críticas más fuertes es que, salvo honrosas excepciones como la del profesor de meteorología del MIT Richard Lindzen, ninguno de los más vociferantes escépticos realizan investigaciones originales en el campo: Fred Singer, por ejemplo, no ha publicado ni una sola investigación sobre cambio climático en 20 años.

Claro que la Union of Concerned Scientists, una organización que nació con el objetivo de conseguir el desarme nuclear y que al finalizar la guerra fría volvió sus ojos contra la industria nuclear, promovió una petición urgiendo el reconocimiento del calentamiento global como potencialmente peligroso para la humanidad. Fue firmada por 700 científicos, entre ellos varios premios Nobel. “Sólo cuatro eran climatólogos”, añade con socarronería Lindzen.

En 2004 Naomi Oreskes publicó una revisión en Science sobre los artículos científicos publicados en revistas de prestigio que apoyaban la interpretación antropogénica, publicados entre 1993 y 2003. El estudio concluía que existe un consenso científico sobre el tema. Sin embargo, una encuesta llevada a cabo en 2003 por Dennis Bray y el climatólogo Hans von Storch (convencido de que el cambio climático es antropogénico) reveló que entre las 530 respuestas recibidas, un 56% estaba de acuerdo con el “consenso científico” pero no lo estaba un todavía importante 29%. Realizada vía web, se envió a las listas de correo de climatología con el propósito de que respondieran los propios climatólogos. Sin embargo, la encuesta se filtró a una lista de correo abierta de escépticos del cambio climático, luego para muchos es totalmente inservible.

Como el debate es político, el campo de batalla son los medios de comunicación. El punto de inflexión sucedió en vísperas de la reunión de Kyoto de 1997. Muchos vieron cómo los críticos ganaban la batalla de los medios, “especialmente si consideramos que su número es quizá una docena comparado con los 2.000 científicos del IPCC”, escribía el periodista Scott Allen en el Boston Globe. Así, el excelente polemista Patrick Michaels fue mencionado en los medios de comunicación 190 veces más que Stephen Schneider, pionero en la investigación del cambio climático. La película-documental Una verdad incómoda, protagonizada por el demócrata Al Gore, vio su contrarréplica en el Canal 4 británico cuando el 8 de marzo de 2007 se emitió La gran estafa del calentamiento global.

En él se acusa de fabricar una mentira tanto a quienes su postura ideológica los enfrenta con el capitalismo, la globalización y los Estados Unidos como a la “industria del calentamiento global”, definida por las becas, el dinero para proyectos de investigación que compartan su idea, y los nuevos empleos creados a tal efecto en instituciones científicas y administraciones públicas. Algo que empequeñece al dinero aportado por las compañías petrolíferas, dice el documental. Aunque es de suponer que a Patrick Michaels no le parecerían escasos los 100.000 dólares que recibió en 2006 de una cooperativa energética de Colorado por defender lo contrario. Muy delgada es la línea que separa una investigación legítima pagada por un mecenas a convertirse en mercenario de quien te da de comer. La diferencia más importante entre ambas situaciones de mecenazgo no es, obviamente, el pago de emolumentos, sino que el dinero de las petroleras no se destina a financiar investigaciones originales sino a realizar brillantes campañas publicitarias.

Curiosamente, en estos últimos años la posición escéptica ha visto modificada sus posición a la luz de los nuevos e incontestables datos obtenidos. Por eso, los escépticos han ido mudando su posición: ya no dicen que el cambio climático no esté demostrado sino que debemos invertir el dinero en adaptarnos al clima futuro en lugar de mitigar sus efectos: “el análisis económico muestra claramente que será más costoso cortar radicalmente las emisiones de dióxido de carbono que pagar por adaptarnos al incremento de temperaturas”, dice el estadístico Bjorn Lomborg. El economista William Lash estima que cumplir Kioto provocará en EE UU una caída de salarios entre un 5 y un 10% y aumentaría la factura eléctrica en un 85%.

Sin embargo, Eban Goodstein ha estudiado en detalle las previsiones de los economistas frente a los costes reales que supuso la eliminación, por ejemplo, del vinilo o del amianto: en la inmensa mayoría la estimación era el doble de la real. “A los economistas les resulta difícil prever cómo va a evolucionar la industria ante un cambio de normativa”, explica.

El debate sobre el cambio climático no es un debate científico al uso. Se trata de la primera vez en la historia en que se deben tomar decisiones políticas y económicas de envergadura basadas en predicciones científicas. Es aquí donde comienza el problema. La ciencia no proporciona respuestas correctas, sino aproximaciones. La dificultad reside en valorarlas y decidir racionalmente en función de los mejores datos disponibles. El verdadero problema del cambio climático es que los árboles no nos van a dejar ver el bosque.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ness dice:

    un gran resumen de la situación actual con respecto al cambio climático. Gracias!

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  2. Si. He de felicitarte porque has sido capaz de sintetizar practicamente toda la información sobre el fenómeno del cambio climático en tu exposición. Puedo aportar algo más en cuanto a datos, pero considero más apropiado introducir mi postura, que creo que es la de muchos en este asunto.
    Queramos o no verlo, el sistema energético y el modelo económico que venimos arrastrando, es incompleto. El cambio climático, nos brinda una gran y única oportunidad para plantearnos otro modelo. Un modelo general más respetuoso con el planeta, los animales y con nosotros mismos. En este sentido, si profundizamos un poco, nos daremos cuenta de que tenemos la capacidad, la tecnología y la oportunidad de mejorar. Falta, quizá (lo veremos) la audacia y la valentía.
    Si mostramos el suficiente coraje, los avances que hemos logrado en el mundo desarrollado nos permitirán equilibrar las desigualdades de todo tipo.
    El cambio climático se acerca inexorable. El hombre tiene la responsabilidad de hacerle frente. Pero no sólo en su nombre, sino en el del conjunto del planeta.
    Enhorabuena por tu blog (aunque no sé tu nombre)
    Ignacio Bernabeu
    movimientofresh@gmail.com

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  3. claudia dice:

    esta muy bueno meinteresaria saber mas

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  4. Desiree dice:

    estaria vastante bien.. q en la tele i en algunos programas i cosas asi.. dijeran la verdad de todo lo que pasara en un futuro, i q agan un programa algun dia..para q la jente se de cuenta d lo q estamos contaminando, i asi alomijor entre rodos basmos a mas..=)..pero q lo agan en antena 3 o tele 5 ,xq son los programas q mas se be..i q yame la atencion 😉

    un beso desde..valencia(españa)

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  5. Verónica Cabrera dice:

    hola, antes que nada considero que todas las personas que exponen sus comentarios en este blog son personas que les tengo mucho respeto y que gratificante es pensar que las personas nos preocupamos or el planeta en el que vivimos, ya que como dice un dicho no hay mayor depredador que el ser humano que con el afan de seguir creciendo pues a desafiado a la naturaleza misma y poner en riesgo la vida de toda persona en el mundo, es claro pensar que hay un fin pero, ese no esta escrito por nosotros y creo k haci lo hemos hecho escribirlo y no aprender de los errores del pasado, a mi en lo particular me da pena ver que las siguientes generaciones no tendran todo lo que nosotros disfrutamos, que el agua se esta terminando, que cada vez las temperaturas cambiaran drasticamente, todo viene en conjunto , espero que todos tomemos conciencia y pensemos que el poco oxigeno que nos queda ay k cuidarlo y que no se vale destruir un planeta de esta manera. Espero que haya una esperanza y que deverdad se pueda sobrellevar por lo menos este problema por k remediarlo no si no se tomo conciencia hace años por lo menos que consideren sobrellevarlo

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