El diseño inteligente contra la ciencia

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El pasado primer fin de semana de septiembre el Papa Benedicto XVI se reunía en el Centro Mariapoli, cerca de Castelgandolfo, con sus antiguos estudiantes de doctorado en teología: era el encuentro anual del Ratzinger Schülerkreis o círculo de alumnos de Ratzinger. El tema, “Creación y Evolución”. ¿Es la teoría de la evolución compatible con la fe católica? ¿Se puede demostrar científicamente que ha existido un acto deliberado de creación? Éstas fueron algunas de las preguntas tratadas en esa reunión de teólogos.

La polémica estuvo avivada por el cese del director del Observatorio Astronómico Vaticano, el jesuita George V. Coyne, un crítico durísimo de las posiciones creacionistas. Muchos han visto en este despido una profecía de por dónde están soplando los vientos papales, sobre todo después de las palabras de Benedicto XVI ante 250.000 personas en Ratisbona el 11 de septiembre: la teoría de la evolución, sin un propósito último, es inaceptable para los católicos. “…la Irracionalidad que, carente de toda razón, produce extrañamente un cosmos ordenado matemáticamente, al igual que el hombre y su razón. Esta última, sin embargo, no sería más que un resultado casual de la evolución y por lo tanto también irrazonable”. Sin embargo, según la opinión, publicada en Nature, del biólogo molecular Peter Schuster, invitado como experto a la Ratzinger Schülerkreis, “me dio la impresión de que había un acuerdo general según el cual la biología evolutiva es una ciencia innegable, y no una hipótesis”.

Cuando en 1859 apareció el libro de Charles Darwin éste sabía de la fuerte reacción en contra que habría por parte de las distintas iglesias. Es posible que su retraso de 15 años en poner por escrito sus descubrimientos fuera debido al efecto devastador que tendría en su esposa Emma, devota cristiana. En una carta que ella le escribió antes de casarse, le suplicaba que abandonase su manía de “no creerse nada hasta que esté demostrado”. Darwin contestó que era una carta preciosa y escribió en el sobre: “Cuando esté muerto quiero que sepas cuántas veces la he besado y he llorado sobre ella”.
Los 1.250 ejemplares que compusieron la primera edición de El origen de la especies se agotaron el mismo día en que salió a la venta. Las críticas no se hicieron esperar. Entre los más vociferantes estaba el obispo anglicano de Oxford Samuel Wilberforce.

En un artículo publicado anónimamente en la revista London Quarterly Review en julio de 1860, Wilberforce denunció el libro de Darwin como “absolutamente incompatible con la Palabra de Dios”. Hoy, casi 150 años después, las barricadas de la fe siguen levantadas.

El problema fundamental que tiene la teoría sintética de la evolución –paradigma central de la biología moderna– no es que proponga un mecanismo por el cual explique la aparición de las diferentes especies de seres vivos. El problema es que se trata de un mecanismo naturalista y no sobrenatural. La supervivencia del mejor adaptado al entorno unido a que la aparición de nuevas especies llega por mutaciones azarosas que permiten esa supervivencia es una idea en nada compatible con una visión teleológica del universo. Ahora bien, la cosmología también propone un origen casual al universo –el cosmólogo Edward P. Tryon ha dicho que “el universo es una de esas cosas que sucede de vez en cuando”–. Aunque se encuentra en el ojo del huracán, los vientos reformistas filosóficos y religiosos no han soplado sobre ella con intensidad… aún. Que la biología ofrezca una explicación natural para el origen del ser humano es mucho más de lo que algunos están dispuestos a consentir.

Entre los herederos de Wilberforce se encuentra el cardenal de Viena y amigo del Papa Christoph Schönborn, para quien la evolución, entendida como un proceso aleatorio y no planeado, es incompatible con la fe católica. “Cualquier sistema de pensamiento que niegue o prescinda de la evidencia aplastante del diseño en la biología es ideología, no ciencia”, afirmó en un artículo de opinión publicado el 7 de julio de 2005 en The New York Times.

Para los científicos, esta postura representa un paso atrás después de que Juan Pablo II afirmara en 1996 que la evolución “es más que una mera hipótesis”. Uno de los primeros problemas es puramente semántico: ¿qué significa aleatorio? Para un científico es algo impredecible, pero para un teólogo puede significar no guiado. En 2004 la Comisión Teológica Internacional, el principal grupo asesor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hizo público el documento titulado Comunión y Administración , una reflexión teológica sobre la doctrina imago Dei, esto es, el ser humano creado a imagen de Dios. En el parágrafo 69 se refiere al hecho evolutivo y, apoyándose en la Suma Teológica de Santo Tomás –guía fundamental, junto con las obras de San Agustín, para entender la doctrina católica–, dice que la acción causal de Dios se puede expresar tanto como necesidad –diseño– como contigencia –algo que puede o no suceder–.

Sin embargo, admite que existe un “creciente grupo de científicos” que apunta a la existencia de un diseño en la naturaleza, que la idea central de la teoría evolutiva es incorrecta y que existe una complejidad específica inherente a los sistemas biológicos que no puede ser explicada por selección natural y mutación aleatoria.

En la oficina 808 de la Torre Melbourne en el centro de Seatle, sede del Discovery Institute, seguramente se descorcharon botellas de champán: los asesores de quienes dictan la dogmática de la Iglesia Católica hacían caso a lo que ellos llevan predicando durante años y utilizaban como argumento el expuesto en el libro La caja negra de Darwin de Michael J. Behe, bioquímico de la Lehigh University (curiosamente situada en la ciudad de Belén, Pennsylvania) y uno de los más prominentes miembros de su brazo armado contra la evolución, el Center for Science and Culture. El creacionismo, que campó a sus anchas por las escuelas norteamericanas hasta que en los años 80 fue defenestrado por el Tribunal Supremo, ahora se disfraza con una imagen más aséptica y menos cristiana bajo el nombre de “Diseño Inteligente” (DI). Con ellos la Biblia ha dejado de ser fuente de autoridad, pero no de inspiración. Los estrategas del Discovery Institute descubrieron que en lugar de enfrentarse a la ciencia desde la religión –naturalismo frente a sobrenaturalismo–, era mejor dinamitar sus fundamentos desde dentro de la propia ciencia.

Todo comenzó con el juicio Scopes, más conocido como el juicio del mono. El 10 de julio de 1925 se juzgó al entrenador del equipo de fútbol americano del Rhea County High School, John T. Scopes, por violar el Acta Butler del estado de Tennesee que prohibía explicar en las escuelas “cualquier teoría que niegue la historia de la Creación Divina del hombre como enseña la Biblia” –este Acta estuvo vigente hasta 1967–. Scopes, que solía sustituir a los profesores ausentes, se ocupaba entonces de las clases de ciencias. George Rappleyea, empresario minero, convenció a unos cuantos hombres de negocios de que un juicio sobre estas bases sería una excelente publicidad para la ciudad, habida cuenta que la Unión Americana de Libertades Civiles se ofrecía a pagar las costas de un juicio que tuviera de fondo el Acta Butler.

Rappleyea convenció a su amigo Scopes para que la enseñara usando el libro de biología que el gobierno recomendaba, Civic Biology de G. W. Hunter –que era, además, una esforzada defensa de la eugenesia–. La estrategia de llamar la atención mediática sobre Dayton funcionó. Lo irónico es que, según escribió Scopes en sus memorias, nunca enseñó la lección de evolución que aparecía en el libro de Hunter. Y nunca se lo preguntaron en el juicio porque no fue llamado a declarar.

El fiscal fue William Jennings Bryan, por tres ocasiones candidato demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos y líder de la cruzada que pretendía suprimir a Darwin de todas las escuelas del país. El juicio fue seguido por el más influyente de los periodistas de la época, el cáustico y cínico Henry Louis Mencken, que llegó a Dayton con una máquina de escribir y cuatro botellas de whisky. Mencken, que llamó a las gentes de Dayton “primates”, “retrasados mentales”, “palurdos”, “bobos” y “pueblerinos”, y a Bryan “burro redomado”, fue enviado por el Mercury y el Baltimore Sun, de los cuales éste último aceptó pagar parte del coste de la defensa, conducida por el más brillante abogado defensor de entonces, Clarence Darrow. No hizo falta: Scopes fue el único cliente al que representó gratuitamente sólo por el placer de enfrentarse con Bryan.

El juicio fue peculiar en todos los sentidos: fue el primero en ser emitido por una radio nacional; el juez Raulston –un hombre muy religioso que asistía todos los días a los sermones previos a la vista para escuchar los discursos de Bryan– no permitió el testimonio oral de 8 científicos que la defensa había convocado para demostrar que no hay discrepancias entre la teoría de la evolución y la Biblia; y sobre todo por lo que The New York Times calificó como “la escena más asombrosa en la historia de los tribunales anglosajones”: Darrow llamó como testigo de la defensa a Bryan en calidad de experto en la Biblia –el juez consideró, tras dos horas de interrogatorio, que el testimonio era irrelevante y mandó expurgarlo del registro–. Darrow cerró el caso sin el alegato final, lo que dejó a Bryan sin el suyo. Tras 8 días de juicio el jurado decidió en 9 minutos: Scopes fue declarado culpable y el juez estableció una multa de 100 dólares, que Bryan se ofreció a pagar.

El juicio del mono puso ante la opinión pública a los fundamentalistas cristianos que defienden la historicidad y literalidad de la Biblia: Dios creó el mundo en 6 días y, según las cuentas que el arzobispo anglicano y primado de Irlanda James Ussher hizo en su libro Anales del Antiguo Testamento (1650), la Tierra fue creada en el anochecer previo al 23 de octubre de 4000 a. C.

Conocidos como Creacionistas de la Tierra Joven, hoy se agrupan en torno al Institute for Creation Research fundado en 1970 por el ingeniero Henry M. Morris, el creacionista más influyente de la segunda mitad del siglo XX. La agenda de estos fundamentalistas religiosos es expulsar la evolución del sistema educativo, o al menos que se enseñe el creacionismo como una visión científica alternativa. El punto álgido de la batalla tuvo lugar cuando en el estado de Louisiana los creacionistas consiguieron que se aprobara una ley donde obligaba a enseñar en las escuelas el creacionismo si se hacía lo propio con la evolución.

Sin embargo, en 1987, el Tribunal Supremo de los EE UU dictó sentencia (7 contra 2) afirmando que la ley de Louisiana era inconstitucional pues contradecía el principio de separación de estado y religión recogido en la Primera Enmienda. Para reconocer que era así usó lo que en la jurisprudencia norteamericana se llama el test Lemon: la acción del Gobierno debe tener un propósito laico legítimo, no debe tener el efecto primario de promover o inhibir la religión y no debe conducir a una “excesiva unión” entre estado y religión. Si se incumple alguna de ellas, hay inconstitucionalidad.

En consecuencia, en 1989 aparecía el libro para la educación secundaria titulado Of Pandas and People. Fue editado por la Foundation for Thought and Ethics con base en Texas, una organización con el propósito de “impulsar y publicar libros de texto presentando una perspectiva cristiana”. Su objetivo no es enseñar biología, sino defenestrar el evolucionismo por ser culpable de socavar los valores morales y las creencias religiosas de los jóvenes, tal como se afirma en los principios rectores de esta fundación entre cuyos redactores está el químico Charles B. Thaxton, hoy miembro destacado del Center for Science and Culture –resulta curioso que bastantes Creacionistas de la Tierra Joven militen en el “aconfesional” Discovery Institute–. La lección aprendida del juicio es que, para tener éxito, no debían incluir ninguna referencia a Dios en las páginas del libro. Dicho y hecho. Partiendo por el título del primer borrador, Creation Biology (1983), eliminaron las palabras creacionismo y creacionista, que aparecían más 250 veces, sustituyéndolas por el nuevo término que definiría la carísima y agresiva campaña posterior dirigida a los consejos escolares de EE UU: Diseño Inteligente (DI).

En 1991 se publicaba Darwin on Trial, del abogado y cristiano evangélico Philip E. Johnson. Enfocado bajo los principios legales usados para evaluar el valor probatorio de los argumentos en un juicio, Johnson acusa a la teoría de la evolución de pseudociencia, pues ni está basada en la evidencia y ni tan siquiera es una hipótesis científica, sino una postura filosófica producto del materialismo ateo rampante. En el libro queda claro el objetivo último del Movimiento por el Diseño Inteligente; no es eliminar la evolución del paradigma científico actual sino algo de mucho más calado, un disparo a la línea de flotación de la ciencia moderna: la redefinición de lo que es la ciencia.

Tal como se practica hoy, es metodológicamente naturalista: busca explicaciones naturales al mundo natural. Johnson aboga por introducir un Diseñador Inteligente –eufemismo de Dios– como causa válida para explicar los fenómenos naturales. La línea argumental es sencilla y repite las mismas posiciones que los creacionistas han usado desde siempre: como la teoría evolutiva no da explicación convincente de diversos fenómenos, entonces han debido ser diseñados. Es el argumento del dedo de Dios, que confunde inexplicado con inexplicable.

Antes de la aparición del libro Johnson se reunió con el filósofo Stephen C. Meyer, actual vicepresidente del Discovery Institute, para delinear una política de actuación cuyo principal objetivo fuera sustituir la “ciencia materialista” por la “ciencia teísta”, y convertir el DI en “el punto de vista dominante en la ciencia”. Con esta terminología se abrió un paraguas bajo el cual todos aquellos teístas que tuvieran algún tipo de creencia creacionista podían cobijarse. En la reunión de 1999 Reclamando América para Cristo, Johnson dio una conferencia titulada Cómo ganar el debate sobre la evolución: “El DI es un movimiento ecuménico… nos permite tener un punto de apoyo en las revistas científicas y otra en las revistas de diferentes confesiones religiosas… la teoría darwiniana de la evolución contradice no sólo el Génesis, sino toda la Biblia de principio a fin”.

En 1993 el Movimiento por el Diseño Inteligente comenzó su andadura gracias a una beca del multimillonario Howard Ahmanson, Jr y 450.000 dólares de la fundación de la familia MacLellan, ambos cristianos fundamentalistas. Teniendo a Johnson como su padre fundador y principal ideólogo, el Discovery Institute esbozó lo que bautizó como la Estrategia Cuña, donde plantea una guerra cultural contra la concepción de la ciencia moderna y cuya punta de lanza es el Diseño Inteligente, difundiendo a los cuatro vientos la idea falaz de que la evolución es una teoría en crisis. El principal campo de batalla, los consejos escolares de EE UU.

Es una operación política en toda regla: el brazo legal del Discovery Institute, el Thomas More Law Center, proporciona apoyo y asesoramiento a todos aquellos consejos o asociaciones que quieran introducir el DI en el currículum educativo; las universidades asociadas a las iglesias evangélicas ofrecen cursos con su asesoramiento y el programa dirigido a estudiantes universitarios, IDEA, ha conseguido “colocar” conferencias en universidades como la de Yale. Gracias a una estudiada campaña, diseñada por potentes empresas publicitarias norteamericanas, han llamado la atención de medios de comunicación y periodistas, cuyas entrevistas a los miembros más prominentes del Instituto están controladas por los asesores de prensa. Así, cuando un periodista de la cadena ABC preguntó a Stephen Meyer si entre sus principales patrocinadores estaban los cristianos evangélicos, el relaciones públicas le detuvo y comentó: “No creo que queramos ir por ese camino”.

Esta exitosa y bien diseñada operación publicitaria está dirigida a enmascarar con bioquímica el libro del Génesis, difundiendo la falacia de que la comunidad científica está dividida respecto a la validez de la teoría evolutiva. El asalto a los principales medios de comunicación, los movimientos entre los grupos de presión política neoconservadores –caracterizados por su defensa del libre comercio y una agresiva visión de la política exterior definida por la frase “exportar la democracia americana”– y el apoyo de las iglesias cristianas, ha dado sus frutos y la cuña ha entrado de lleno. Libros de creadores de opinión política neoconservadores como Tom Bethell (Guía políticamente incorrecta a la ciencia) y Ann Coulter (Godless: the church of liberalism) han dedicado muchas páginas a difundir la idea de que la ciencia actual funciona como una iglesia –y por ello los científicos deben ser controlados desde fuera– y que la evolución no es ciencia real, sino una de las piezas claves del sistema de creencias de la izquierda. Al politizar de este modo las teorías científicas consiguen quitarles fuerza, pues saben que en la sociedad, como ponen de manifiesto todas las encuestas, son los científicos el grupo de profesionales que goza de mayor credibilidad.

El Discovery Institute está empeñado en desligar el Diseño Inteligente del Creacionismo. Niega cualquier asociación con el Dios cristiano, pero sus miembros son fundamentalistas cristianos. Ante la pregunta de quién fue el diseñador, se encogen de hombros y dicen que científicamente no pueden decir nada; vale tanto un dios como los extraterrestres. Si así fuera, deberían tener en cuenta a la secta de los Raelianos, a la Iglesia de la Cienciología y a los seguidores de Zecharia Sitchin o Eric von Däniken: todos ellos defienden que el ser humano fue creado por extraterrestres. Pero no es así. Ellos saben que aludir a ellos conlleva una dificultad inherente pues ¿cómo surgieron los extraterrestres?. La forma de resolver la tremenda papeleta de quién diseñó al diseñador es tirar de la teología en un intento de vestir con ropaje científico la Suma Teológica de Tomás de Aquino; en particular su primera y segunda vías para demostrar la existencia de Dios: la necesidad de una primera causa y un primer motor.

El único argumento que esgrimen en favor de la existencia de un diseñador inteligente es el de la improbabilidad. Es un razonamiento antiguo –ya la usó Cicerón– y la versión moderna corresponde al apologético cristiano del siglo XVIII William Paley en el libro Natural Theology y su analogía del relojero: si encontramos un reloj de bolsillo en un brezal pensaremos que se le ha caído a alguien y no que ha aparecido ahí por el concurso de las fuerzas naturales. El bioquímico Michael Behe la ha refinado y puesto al día llamándola complejidad irreducible: en el mundo celular existen sistemas complejos donde la pérdida de una de las partes significa el colapso del sistema. Esto quiere decir que no puede haber aparecido por pura evolución, sino que ha debido ser diseñado ex profeso. En su caso, la analogía no es el reloj, sino la trampa para ratones: si quitamos cualquiera de sus elementos, ésta deja de funcionar. Los ejemplos que proporciona, y que los defensores del DI aventan siempre que pueden, son el flagelo de las bacterias, el sistema de transporte de las proteínas, la coagulación de la sangre, el sistema inmunológico y la síntesis de proteínas.

La argumentación de Behe es gratuita, pues es él quien decide qué sistema posee complejidad irreducible, esto es, que él no puede imaginar cómo pudo surgir por evolución. Para esquivar este inconveniente otro de los científicos estrella del DI, el matemático y teólogo William Dembski, ha contraatacado con lo que llama complejidad específica, término que toma prestado de Leslie Orgel, uno de los más importantes investigadores sobre el origen de la vida y que usa para diferenciar los seres vivos de los inertes. Para Dembski, director del Center for Science and Theology que se encuentra en el seminario que la Convención de los Baptistas del Sur tiene en Louisville (Kentucky), es la firma característica que deja en el universo una inteligencia: si un sistema contiene tal cantidad de información que la probabilidad de que haya surgido por azar es muy baja –él postula de 1 parte en 10150–, esto permite inferir diseño. Y propone un algoritmo capaz de detectarlo.

En esencia, los argumentos de Behe y Dembski se engloban dentro de la Teoría del Dedo de Dios: como no lo pueden explicar por efecto de la evolución y la selección natural, entonces se necesita un creador. Tiene dos debilidades obvias: una, aunque la evolución no lo consiga explicar nunca no implica la existencia de un creador; segundo, que apela al argumento de ignorancia, que ya ha demostrado su inutilidad a lo largo de la historia. Cuando Isaac Newton describió la fuerza de la gravedad no pudo explicar su causa. Si la ciencia funcionara como pretenden los del DI muy bien podría haber postulado la existencia de ángeles que invierten su tiempo en tirar de los objetos de forma conveniente. Y jamás hubiera aparecido una de las teorías más importantes de la física actual: la relatividad general de Einstein.

Uno de los ejemplos de complejidad irreducible de Behe, el flagelo de la bacteria, quedó reducido a nada cuando en 1998 C. J. Hueck publicó en Microbiology and Molecular Biology Reviews cómo un grupo de proteínas fundamentales para el funcionamiento del flagelo se utilizan en el sistema secretor de ciertas bacterias. Es más, el 5 de septiembre pasado se publicó en la prestigiosa Nature Reviews Microbiology un artículo de Mark J. Pallen y Nicholas J. Matzke donde se da cuenta de la existencia de vestigios y formas intermedias de flagelos y, más importante, que prácticamente todas la proteínas fundamentales de este apéndice tienen su homología en proteínas no flagelares. Su existencia previa demuestra que la evolución hizo uso de ellas para la aparición posterior del flagelo. Una lección debemos aprender de todo esto: la supuesta ciencia del DI cercena la investigación científica porque decide a priori qué ha sido producto del diseño. Amén.

El momento más embarazoso de la carrera de Behe, cuyos compañeros del departamento de bioquímica de la Universidad Lehigh han divulgado un comunicado donde dejan claro su rechazo al DI, sucedió durante el juicio Kitzmiller a finales de 2005, el particular Stalingrado del hasta entonces arrollador avance del Discovery Institute.

El 18 de octubre de 2004 el consejo escolar del área de Dover, Pennsylvania, decidió incluir el DI y el libro Of Pandas and People en el currículum de biología. Al poco tiempo, y con el apoyo de los profesores de ciencias, 11 padres acudieron a los tribunales para anular esta decisión. La ciudad de Harrisburg, famosa en 1979 por el más importante accidente nuclear del mundo occidental, volvió a las portadas de los periódicos en un nuevo juicio del mono. El límite norte de la Ruta 74 que lleva a Dover reflejaba las dos posturas en sendos carteles: “Contribuyentes. Vuestro Consejo Escolar hace a Dover independiente de la Unión Americana de Libertades Civiles. Votad republicano”. La otra, “Calidad educativa. Sentido común. Causa común”. El ambiente era copia de lo ocurrido en Dayton 80 años antes: a una de las demandantes su hija le dijo al volver de clase: “Mamá, la evolución es una mentira. ¿Qué clase de cristiana eres?”.

Durante seis semanas el juez de distrito John E. Jones III –republicano, cristiano practicante y nombrado directamente por el presidente George W. Bush– escuchó los alegatos y testigos de los demandantes y la defensa, que corrió a cargo del Thomas More Law Center, fundado por los católicos Tom Monaghan y Richard Thompson y dedicado a “defender la libertad religiosa de los cristianos… Ser la espada y el escudo para la gente de fe”.

El argumento de los demandantes era que el DI no es otra cosa que creacionismo disfrazado, por lo que sería aplicable la sentencia del Supremo de 1987. El empeño de la defensa era demostrar que se trataba de una ciencia en su infancia y que tras la decisión del consejo escolar no había ninguna agenda religiosa. Algo llamativo teniendo en cuenta que en el Documento Cuña, la agenda ideológica del movimiento por el Diseño Inteligente, declara sin ambages que hay que reemplazar la ciencia actual por otra “consonante con convicciones cristianas y teístas” y que comienza así: “Que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios es uno de los pilares básicos sobre los que se ha construido la civilización occidental”.

El momento crucial de todo el juicio fue la declaración del buque insignia del DI, Michael Behe. Tras afirmar que hay una abrumadora evidencia de diseño en la naturaleza, puso como ejemplo el sistema inmune, que los científicos han sido incapaces de explicar su origen por mutación aleatoria y selección natural. Cuando a Thomas Huxley, durante el primer gran debate sobre la evolución al año de aparecer el libro de Darwin, el obispo Wilberforce le preguntó si venía del mono por parte de padre o de madre, aquél masculló: “Dios lo ha puesto en mis manos”.

Algo parecido debió pensar el abogado Eric Rothschild; se levantó y puso ante Behe 58 artículos publicados en revistas del prestigio de Science, Nature, Proceedings of NAS… donde se describen investigaciones sobre la evolución del sistema inmune, al tiempo que preguntaba: “¿Cree que estos artículos no son lo suficientemente buenos?” Y siguió apilando diez libros de texto con títulos como Origen y evolución del sistema inmune en los vertebrados. Behe se defendió: “Lo que yo afirmo es que ninguno explica el problema de manera rigurosa”. Y añadió: “Aunque no los he leído todos”. Behe ha pagado un precio profesional muy alto por su testimonio y es de suponer que el Discovery Institute lo habrá cubierto con creces de algún modo.

Lo más llamativo de los tres días de declaración de Behe es que tuvo que admitir que si se aplicaba su definición de ciencia para englobar el DI, la astrología también lo sería. Es posible que los astrólogos brincaran de alegría y rezaran porque la defensa ganara el juicio. Steven Gey, experto en asuntos iglesia-estado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Florida, comentó: “Al final del día la defensa perdió claramente el caso porque al negar las definiciones habituales de ciencia, todo el mundo se dio cuenta de lo que estaba pasando”. Tras 40 días y 40 noches de juicio –como hizo notar uno de los abogados y a lo que el juez contestó, “es casualidad, no diseño”–, el caso quedó visto para sentencia. Se hizo pública el 20 de diciembre en un documento de 139 páginas. Y en ella el juez Jones determinó que había quedado demostrado que el Diseño Inteligente es Creacionismo disfrazado, es religión que se quiere hacer pasar por ciencia.

La guerra cultural sigue y ahora arrecia en busca de apoyos dentro de la Iglesia Católica, cuya postura oscila entre el feroz antievolucionista Schöbron y lo que Schuster creyó ver en la reunión de septiembre en Castelgandolfo: una forma de evolución teísta, donde la evolución biológica es válida pero puesta en marcha por Dios, rechazando el principio fundamental del DI. Esto es algo que choca a sus defensores. Hace un tiempo Stephen Meyer llamó al filósofo Michael W. Tkacz, director del Instituto de Filosofía Cristiana y Ciencias Naturales de la jesuita Universidad Gonzaga, Washington, para preguntarle por qué los seguidores de Tomás de Aquino no habían estado presentes en una conferencia internacional sobre DI. “Después de todo estamos en el mismo bando, ¿o no?”. Meyer, que se declara tomista, quería saber por qué no sólo no estuvieron presentes sino que tras hablar con varios de ellos descubrió, para su sorpresa, que estaban en franca animosidad contra DI.

“La Teoría del Diseño Inteligente –explica en un artículo Tkacz– está basada en la Falacia Cosmogónica. Muchos de los que se oponen a la explicación darwiniana de la evolución biológica identifican creación con intervención divina en la naturaleza… Esta insistencia en que la creación debe significar que Dios ha producido periódicamente nuevas y distintas formas de vida es confundir el acto de creación con la manera o modo de desarrollarse los seres naturales en el universo” .

Según el analista de asuntos vaticanos John L. Allen el debate sobre la evolución es la punta del iceberg de algo más profundo. “Lo que está acechando es el triunfo post-renacentista de la ciencia laica sobre la filosofía y la teología como el marco de referencia para construir la realidad”. El propio Benedicto XVI le ha dado la razón en la homilía de Ratisbona de septiembre pasado: “Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia se ha dedicado a buscar una explicación al mundo en la que Dios sería innecesario”. El Discovery Institute norteamericano y el Centre d’Etude et de Prospectives sur la Science europeo (compuesto por 700 pensadores católicos) son unas rudimentarias armas con las que recuperar la hegemonía, pero que convencen a cada vez más cristianos.

Una actitud totalmente diferente a la del Dalai Lama que en su último libro, The Universe in a Single Atom: The Convergence of Science and Spirituality , dice: “Entender la naturaleza de la realidad se consigue mediante la investigación crítica: si el análisis científico demuestra de manera concluyente que ciertas afirmaciones del Budismo son falsas, debemos aceptar los hallazgos de la ciencia y abandonar esas afirmaciones”.

11 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Una discusión que lleva más de un siglo en boca de “todos los que creen tener la verdad” no se va a solucionar de la noche a la mañana. Recordemos que el heliocentrismo no se admitió inmediatamente, estas ideas revolucionarias tienen una inercia para ser absorbidas por la sociedad. El problema de base es que algunos quieren explicar los fenómenos con las mismas herramientas de antaño, y eso no puede ser. Igual que se reinterpretó el pasaje de Josue en el que se “detenía el sol” pueden interpretar otros pasajes. La evolución está más que probada y discutir con quien dice lo contrario es perder el tiempo: quien no quiere escuchar no lo va a hacer. Las religiones que introducen un diseño en los pasos evolutivos quieren vivir todavía en el paraiso, ¿no nos expulsaron? Para qué discutir.
    Al menos la Iglesia Católica (en algunos círculos, no pretendo aquí hacer apología de nada) pone la mano de Dios allá donde la ciencia no llega, quiero decir que especula por el momento si pruebas concretas hablando de las condiciones de casualidad o de probailidad de un suceso, i. e., tiempo al tiempo que ocurrre todo. Es decir, hablan de los primeros pasos, o mejor dicho, del Primer Paso. Creo que es una forma inteligente de no interferir con la ciencia, ¿qué mas nos da que se diga eso si admiten el evolucionismo?

  2. Por cierto, felicidades por el artículo. Es una joya. Ven a verme cuando quieras, pasa sin llamar.

  3. El Judas. dice:

    .

    Da miedo esta historia, pero supongo que si la evolución es una realidad científica no podrá ser deribada, o se levantará las veces que haga falta si lo fuera.

    Recuerdo haber leído en algún sitio algo sobre la teoría de la caída inteligente, enfrentada a la de la gravedad, que incluía a esos ángeles que empujan las masas hacia donde la inteligencia de dios les indica. Era coña, pero era interesante. Se pueden encontrar bastantes referencias sobre el tema en google.

    .

  4. El Judas, me interesa esa chorradilla de “la caida inteligente”, ¿puedes pasar algún link?

  5. japa dice:

    Eugenio, los evangelistas no buscan explicaciones a la detención del sol en la Biblia: si dice que se detuvo, se detuvo. Cuando hablan de verdad “literal” de las Escrituras, no bromean. Es decir, que para ellos el sol se detuvo, el mar Rojo de abrió, el Arca está en el Ararat… Razonar con ellos carece de sentido, ya que se ciñen estrechamente a la alocución de cierto cortesano de Fernando VII, que inició uno de sus discursos diciendo “…Lejos de nosotros la nefanda costumbre de pensar…”

  6. El Judas. dice:

    .

    Buscando “caida inteligente” en google he encontrado bastantes sitios que lo mencionan, y creo que el artículo original estaba en The Onion, en inglés claro.

    .

  7. japa, estoy de acuerdo contigo. Yo no hablé para nada de evangelistas. Y si nos vamos a los calvinistas y hugonotes del siglo XVII la cosa todavía se pone más roja.

    Muchas gracias Judas por el link.

  8. japa dice:

    Tienes razón: en el caso de los creacionistas deberíamos decir “cristianos renacidos”, que es el término con el que se agrupa la “derecha evangélica” estadounidense.

  9. Alejandro dice:

    Muy buen artículo! Pienso que Eugenio Manuel está acertado con eso de “tiempo al tiempo”. Aún Asi, tambien pienso que la DI sí es cosa para refutar enérgicamente, ya que la educación es un Derecho Humano, y educar a un niño es darle, aunque no exclusivamente, herramientas de conocimiento. La teoría darwiniana, no es sólo conocimiento, sino una herramienta de conocimiento. Mi concordancia con Eugenio Manuel también trae consigo otra reflexión y consecuente postura: cómo “tiempo al tiempo”, entonces tolerancia (en el absoluto discenso) con los creacionistas. Muchos de ellos, viviendo de acuerdo al relato que consideran “verdad” son buena gente, y no necesariamente como muchos de los nombrados en el artículo.

  10. Gure dice:

    DI parece una adaptación de dios a una sociedad materialista, un intento, si queréis, de adaptación de ciertos sectores de la sociedad que han comprendido que la religión ya no vende (es importante el hecho que la “teoría” haya aparecido en EEUU). Por eso han camuflado ciertas expresiones consiguiendo que ni los católicos no se sientan cómodos con ésta nueva explicación del origen del universo (como se dice en el artículo, DI tanto vale para dios como para los extraterrestres) ni aquellos que creen en un origen evolucionista.

  11. QUIERO COMUNICARME CON JORGE COYNE, POR MEDIO DE CORREO, Y SABER SOBRE SU FAMILIA, SOY AMIGO DE ELLOS, POR FAVOR SI PUEDEN AYUDARME SE LOS AGRADECERIA–GRACIAS

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