Dinero, ciencia y política

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Según una encuesta reciente, cerca del 40% de los investigadores de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) están buscando otro trabajo para evitar las nuevas reglas éticas dictadas por la dirección de esta agencia. No tienen nada que ver con manipulaciones genéticas ni otros dilemas morales; simplemente, los NIH prohíben a sus científicos asesorar a empresas biotecnológicas y, por ende, ganar un jugoso sobresueldo. ¿Y qué decir de los escasamente aireados sueldos millonarios que se pagan a científicos estrella para que regresen a nuestro país? El dinero es, y siempre ha sido, una de las fuerzas directoras de la ciencia.

La imagen que la sociedad tiene del científico es la de un hombre entregado a su trabajo, investigando en el silencio de su laboratorio sin la más mínima intención de salir de su reducido mundo, fuera de su particular pasión por el conocimiento. Ahora bien, aunque los científicos tienen devoción por su trabajo, también pueden tener otras pasiones más mundanas, como los Ferrari. O las del padre de la informática, John Von Neumann, que sentía debilidad por los buenos vinos, los coches rápidos y las mujeres jóvenes. Sin embargo, la tentación más extendida es ser reconocido por los colegas, convertirse en uno de los top ten de su especialidad. Resulta innegable que semejante motivación es una excelente fuerza motriz para realizar trabajo de calidad, pero también es causa de comportamientos patológicos: falsificación de resultados, fraudes, puñaladas por la espalda… Todo lo que podemos ver en cualquier empresa humana.

La investigación científico-tecnológica es fundamental en la sociedad actual y eso implica que si un país quiere tener científicos-estrella debe pagarlos. El gobierno español lleva unos años recuperando cerebros relacionados con las biociencias: el biofísico Bernat Soria (hoy Ministro de Sanidad), el cardiólogo Valentín Fuster, el genetista Juan Carlos Izpisúa, el oncólogo Mariano Barbacid, el bioquímico Joan Massagué… Lo curioso es ese silencio, casi ocultación, de lo que se gasta en estos supercontratos. Es como si se sintiera vergüenza por ello hasta el punto de que para parecer menos abultados se fraccionan en distintos minisueldos.

Los medios de comunicación también colaboran en esta estrategia. Quizá la siguiente analogía resulte ilustrativa. A nadie le parece fuera de lugar este titular: “Zidane ficha por 5 millones de euros”. ¿Alguien se plantea que no vaya a jugar bien al fútbol o que no los valga? Pero al tratarse de un científico, el titular se reescribiría así: “Zidane viene a España”, dando a entender que lo hace por algún sentido patriótico que le lleva a impulsar la ciencia española. Por supuesto, fichar un futbolista es más barato que hacer lo propio con un científico, pues además de su sueldo exigirá dinero para investigar. Si éste no es el caso, al político sólo le queda una alternativa: pagar la marca, esto es, convertirlo en asesor, director adjunto o cualquier otro cargo que deje claro ante la opinión pública que ese científico, cuyo trabajo principal lo sigue realizando fuera de España, “guía” las investigaciones aquí. ¿Cómo darse cuenta de esta pequeña trampa? Viendo la afiliación que aparece debajo de la firma en sus artículos científicos.

¿Por qué se evita toda mención económica a un fichaje estrella? Quizá tenga que ver con que esa visión mitológica del científico de pelo revuelto y chaquetas raídas trabajando en la soledad de su casa. Además, ¿cómo justificarse ante la legión de científicos jóvenes que han subsistido con becas malpagadas? ¿Qué responder a quienes han tenido que escuchar de labios de sus superiores la cantinela “no sé por qué te quejas si estás haciendo lo que te gusta” cada vez que protestaban por sus condiciones laborales?

“La ciencia está entrando en la política no de manera estructural, como debería ser, sino coyuntural”, comenta Jorge Barrero, secretario general de ASEBIO, la Asociación de Empresas de Biotecnología. “La ciencia –añade– no puede estar sujeta a los ciclos de cuatro años de los políticos: exige un gran pacto de Estado, al igual que la educación”. Esta visión pesimista es compartida por muchos que ven cómo los políticos usan la ciencia para sus fines. Al estar muy bien valorada y ser los científicos los profesionales que más credibilidad tienen, hacerse la foto junto a ellos se traduce en votos. Y los investigadores lo saben.

También saben que una cosa es el dinero y otra muy distinta es controlarlo. La financiación es limitada y los proyectos compiten duramente entre sí. La selección, realizada por comités de expertos, suele basarse en criterios puramente técnicos y en temas definidos por los llamados programas-marco. Los vaivenes políticos han hecho aparecer un curioso tropismo entre los científicos, que se orientan en función de las modas de financiación, ya sea el cáncer, la nanociencia o la biomedicina. La propia supervivencia les ha enseñado a redefinir su trabajo para que encaje en los temas más “financiables” y poder continuar con su línea de investigación.

Entre los científicos existe el sentimiento de que hay que acercar la ciencia al gran público –“si son ellos quienes pagan deben saber en qué se gasta su dinero”–, pero también es cierto que eso sólo se traduce en divulgar, no en que participe a la hora de definir qué líneas de investigación deben ser financiables. Esta reticencia es comprensible por lo complejo del tema, pero acaba traduciéndose en que todo el sistema científico se convierte en una caja negra donde por una puerta entra el dinero de los impuestos y por otra salen resultados. Así el control de todo el proceso está en manos de los propios científicos, que ejercen un despotismo ilustrado (todo para el pueblo pero sin el pueblo).

Este hecho resultó sintomático a mediados de 2006 en Bruselas, en una cena que se celebró con motivo del Premio Europeo de comunicación científica. La propuesta de que fuera un jurado mixto de científicos y personas de la calle fue desestimado con vehemencia en el turno de preguntas, donde se insistió que los únicos preparados para evaluar son los científicos. “La ciencia es demasiado importante para alejarla de la mano de los científicos”. ¿Seguro? ¿Es que sus decisiones son totalmente objetivas, sin que les influyan sentimientos personales? ¿No sería aceptable que los ciudadanos decidieran parte de la financiación en proyectos que les parezcan interesantes per se? A lo mejor resulta que Venus es más atractivo que Marte.

En los últimos años va permeando en la política científica un sentimiento utilitarista donde justificar las investigaciones por su “claro valor social” resulta fundamental. Esta idea es central en la Unión Europea: “la ciencia debe estar orientada a las aplicaciones prácticas”. En EE UU, la Fundación Nacional de Ciencia (NSF) –canalizadora del esfuerzo investigador norteamericano– ha introducido un segundo criterio de revisión de proyectos que se centra en su impacto social. Además, empieza a dar más peso a la opinión de consejos asesores y la valoración científica de ciertos grupos escogidos.

Es aquí donde los políticos han encontrado una brecha para colocar a sus hombres: el comité científico asesor sobre bioética de Bush es un reflejo de su ideología, donde sólo 7 miembros provienen de la investigación biomédica. El presidente estadounidense ha politizado los comités científicos que deben asesorar a los legisladores sobre aspectos técnicos tan problemáticos como el cambio climático, la experimentación en células madre o el sida, hasta el punto de que existe una especie de veto político parecido al que ejerce en el Comité de Seguridad de la ONU: en 2002 un profesor de la Universidad de Nuevo México afirmó que se le había retirado la invitación a participar en el consejo Asesor sobre Abuso de Drogas porque se negó a expresar su apoyo a George Bush.

Lo preocupante es que cualquier político va a poder encontrar “expertos” que justifique lo que él ya ha decidido de antemano. ¿Es creíble que un político reúna un grupo de expertos que acabe fallando en su contra? ¿Alguien imaginó que el comité de los papeles de Salamanca dictaminaría en contra de lo decidido previamente por el gobierno? Esto representa una grave enfermedad del sistema científico, pues va perdiendo su credibilidad.

Otra excelente manera de obtener dinero extra de investigación es provocando el pánico en la sociedad, sobre todo en temas de salud. El necesario adagio “más vale prevenir” puede llegar a extremos que rozan la hipocondría: véase las ingentes sumas de dinero gastadas en la encefalopatía espongiforme bovina o mal de las vacas locas, que se cree que actúa como disparador de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob de nueva variante. Desde 1996, en Europa se han diagnosticado 192 casos (recordemos que todavía no se sabe qué alimentos específicos, si existen, son los responsables de la transmisión de la enfermedad del ganado a los humanos).

Hoy, la famosa gripe aviaria, que tantos titulares y revuelo provoca, camina por la misma senda: desde 2003 sólo ha causado 219 casos en todo el mundo. Jeremy Farrak, director de la Unidad de Investigación de la Universidad de Oxford en el Hospital de Enfermedades Tropicales de Ho Chi Minh, en Vietnam, y uno de los médicos con mayor experiencia clínica en el tema (este país es el que más casos ha sufrido) es categórico: Miles de millones de pollos en Asia se han infectado y millones de personas viven con ellos, y menos de 200 personas se han infectado”. ¿Dónde está esa pandemia tan cacareada en algunos medios? ¿Quién gana metiendo miedo en el cuerpo? No es de extrañar que el veterinario Juan José Badiola, referencia mediática para ambos temas, se haya ganado el título de experto en enfermedades (prácticamente) inexistentes.

En la transferencia de ciencia a la empresa Europa está dominada por el gigante norteamericano y las potencias asiáticas, que están barriendo en biomedicina. La Unión Europea y los distintos gobiernos quieren reducir esa ventaja, que se traduce en ayudas y subvenciones. Un ejemplo de que “aquí hay dinero” es la explosión de parques científicos y tecnológicos en nuestro país en los últimos 5 años, con un aumento superior al 50%. En la actualidad la Asociación de Parques Científicos y Tecnológicos cuenta con 72 socios, de los cuales sólo 24 se encuentran en funcionamiento y el resto –más del 66%– están en diseño o construcción. ¿Tenemos tanto producción científica para llenarlos con empresas de I+D?

Prácticamente tenemos la misma cantidad de parques que Gran Bretaña pero nuestra producción científica no está a su altura: ellos generan el 26% del total de la Unión Europea; nosotros, el 7%. Teniendo en cuenta que, entre públicas y privadas, hay 73 universidades, se está hablando de un parque por universidad. Por sectores de actividad, los centros I+D constituyen el 11% de la ocupación de los parques españoles y la biotecnología, punta de lanza de la ciencia actual, el 3,5%. Según datos de 2005, de los de más de 51.000 puestos de trabajo sólo 10.000 están catalogados como I+D. El hecho de que gran parte de la ocupación corresponda a empresas normales (¿es la consultoría de recursos humanos un tipo de empresa adecuada para estos parques?) hace pensar en un modelo de negocio alejado de la filosofía original para la que fue creado.

Un ejemplo llamativo es el Parque Cartuja 93 de Sevilla: de las poco más de 300 empresas de toda índole (como el periódico ABC o una Escuela de Pilotos), sólo 36 se dedican a la I+D, lo que representa el 11% de la ocupación empresarial del Parque, así como que el 21% del total de trabajadores. Algunos analistas apuntan a un nuevo perfil de negocio, subvencionado por el estado: suelo barato, recalificaciones de los terrenos en los alrededores… un negocio inmobiliario interesante, tanto para los propietarios de los terrenos como para las empresas que se instalan allí.

Otros auguran nubarrones en el futuro de la I+D. Con el ingreso en la UE de los países del Este habrá menos dinero para infraestructuras, subvenciones a empresas, agricultura… La única manera de obtener dinero europeo será a través de I+D e intuyen que el Estado empleará este paraguas para financiaciones espurias, redirigiendo este dinero hacia otros lugares. Incluso se atreven a hacer una predicción: esté atento a qué empresas amenazan con marcharse y a los seis meses busque aquellas que se llevan una importante tajada del pastel de I+D…

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