Muerte en el Nilo

Suele decirse que en Egipto nada muere por completo. En la ribera occidental de Tebas se encuentra Deir Al-Medina, nombre árabe que significa el palacio en la ciudad. Allí nos encontramos con una de las mejores ciudades preservadas de Egipto que data del Nuevo Imperio (1539-1069 a. E.). En aquella época la habitaban talladores de piedra, albañiles, yeseros, escultores, grabadores… junto con sus familias. Se tratada del pueblo –Pa-demi, simplemente “la ciudad” para sus habitantes, o también Set Maa, el lugar de verdad– donde vivían, padecían, reían y morían los trabajadores del Valle de los Reyes.

Los habitantes de Deir Al-Medina, mitad artesanos mitad sacerdotes, eran familiares con la muerte, a la que consideraban natural. Si mientras los días laborales construían las tumbas de los faraones, en los festivos dedicaban sus esfuerzos a construir su propia morada eterna. Los egipcios, que evitaban usar la palabra morir y la sustituían por frases como “pasar a la otra orilla”, nos han dejado como legado artístico monumentos casi exclusivamente funerarios: pirámides, momias, tumbas y otros iconos de la otra vida determinan nuestras imagen del antiguo Egipto.

Pero no estaban obsesionados con ella. Ni tan siquiera los constructores de tumbas, los autodenominados “muertos” que no tenían necesidad de pasar a la otra orilla pues siempre estaban allí. Osiris, el dios de los muertos por excelencia, es nombrado con frecuencia “Señor del Occidente, dios de todos los vivientes”. Los trabajadores tenían un gusto por la vida. En unos poemas encontrados en la ciudad descubrimos versos sobre el amor, para recitarlos con música y que utilizan metáforas de la vida diaria: grano que crece, captura de pájaros, pescar en el Nilo…: “Bajaré al agua contigo/y saldré llevándote un pez rojo/que está justo en mis dedos”. Para Richard Parkinson, experto en poesía egipcia del Museo Británico, “los poemas nos proporcionan una arqueología de las emociones, y sentido de lo que era ser egipcio; el humor, la vivacidad que está detrás de los monumentos”.

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A 650 kilómetros al sur de El Cairo, entre las ciudades de Esna y Edfu, se encuentra Hierakonpolis, la “ciudad del halcón”, del periodo predinástico (4000-3100 a. E.). En su época de apogeo fue la mayor ciudad a lo largo del Nilo, lo que hace pensar que pudiera tratarse de una de las primeras capitales de Egipto. Las excavaciones, que llevan realizándose allí han revelado la casa preservada más vieja (3600 a. E.) –perteneció a un alfarero que accidentalmente la quemó– o la primera fábrica de cerveza (3600 a. E.), cuyas cubas proporcionaban más de 1.300 litros diarios del preciado líquido, lo que significaba aplacar la sed de 400 personas al día… o de 200, si eran más bebedores –algo que aparentemente sucedía, pues la ración estándar era de dos jarras diarias (alrededor de 6 litros).

En el cementerio de los trabajadores se han descubierto las primeras experiencias de momificación (3500 a. E.). Mientras, en el cementerio de la aristocracia se ha descubierto el primer y único elefante enterrado conocido. Semejante descubrimiento se añade a otros animales: babuinos, perros, gatos, conchas marinas, gatos y ganado, como la triple tumba de un toro, una vaca y un ternero. Más fascinante es el león encontrado en 2001 en la tumba de la nodriza de Tutanjamon, Maia. Esto nos muestra que los egipcios no sólo querían llevarse sus riquezas con ellos, sino todo su mundo.

Pero la momia más famosa del mundo es la de Tutanjamon. Desde su descubrimiento por Howard Carter en 1922 es el máximo representante de lo que significa la vida y la muerte de un faraón… y la leyenda del poder mágico de los egipcios, reflejado en su maldición. Un estudio realizado por Mark L. Nelson, del departamento de epidemiología de la Universidad Monash de Australia ha puesto de manifiesto que de las 25 personas “expuestas” a ella, la media de edad de muerte fue de 70 años. Una maldición de efecto lento… Lo que verdaderamente ha sido motivo de polémica desde hace años es cómo murió este faraón que reinó deprisa –unos 10 años– y murió joven –entre 18 y 25 años–. Los últimos años ha tenido mucho predicamento la hipótesis de que fue asesinado debido a que se encontró una fractura en dos pequeños huesos del cerebro.

El proyecto Momias Egipcias han zanjado la cuestión: tras hacerle un TAC completo descubrieron que los huesos se debieron romper cuando Carter realizó el segundo embalsamamiento después de inspeccionar la momia. Al parecer, Tutanjamon murió probablemente por una infección producida por una fractura en una pierna, aunque otros expertos del proyecto piensan que pudo morir debido a una hemorragia tras la fractura. En todo caso, el secretario general del Consejo de Antigüedades Egipcias, Zahi Hawass, ha afirmado que la tumba puede cerrarse para siempre; hay muchas momias que inventariar. Hasta el momento se han consignado cerca de 600 y el recuento sigue adelante.

Casi podría decirse que en Egipto das una patada a una piedra y sale una momia. De hecho, eso es lo que sucedió a una norteamericana que estaba montando a caballo al sureste de la Esfinge de Gizah en agosto de 1990. Su caballo tropezó con lo que parecía una pequeña pared de adobe. Esa estructura acabó siendo la primera de una larga serie de tumbas pertenecientes a los obreros que construyeron las pirámides y que se estima que es el cementerio más grande del Antiguo Egipto jamás encontrado. Ironías de la vida, el caballo encontró la tumba a tan sólo 9 metros de donde estaba excavando Zahi Hawass.
En otras ocasiones el hallazgo lo hace un burro. En particular, el de un vigilante del Templo de Alejandro el Grande, que mientras cruzaba el desierto metió la pata en un agujero. Así se descubrió en 1996 el llamado Valle de las Momias Doradas, en el oasis Bahariya, uno de los más hermosos de Egipto y situado a 380 kilómetros al este de El Cairo. Pero la Oficina de Antiguedades de Bahariya no tenía ni suficiente dinero ni conservadores preparados para preservar las momias, que llamaban la atención por lo hermosas que eran. Así que, con el beneplácito de Zahi Hawass, decidieron ocultar el descubrimiento por temor a los ladrones. Tres años más tarde, en marzo de 1999, Hawass preparó la expedición más grande jamás organizada en Egipto: arqueólogos, arquitectos, restauradores, conservadores, ingenieros un electricista y un artista trabajando durante un mes de seis y media de la mañana hasta el atardecer.

Semejante esfuerzo estaba justificado: un primer sondeo reveló que el cementerio se extendía a lo largo de 6 kilómetros cuadrados. La excavación comenzó en 4 tumbas y se encontraron 105 momias en ellas, algunas de las cuales están cubiertas con una delgada capa de oro. No había duda; se trataba trata del mayo complejo mortuorio de los periodos griego y romano, cuando Bahariya, habitado por gente acaudalada que hacía fortuna vendiendo vino, poseía una población de 30.000 habitantes. ¿Qué nos contarán esas momias? Innumerables historias pues Hawass espera encontrar al menos 10.000 momias.

Y si en el oasis de Bahariya se encuentran las momias doradas, en el complejo de Saqqara al sur de El Cairo se ha encontrado recientemente la que ha recibido el nombre de “la momia más hermosa” por la luminosidad de los colores con los que está pintada. Se desconoce a quién pertenece pero data de una de las últimas dinastías faraónicas, la XXX que gobernó entre el 378 y el 341 a. E. Los colores azul turquesa, amarillo dorado y rojo de la envoltura de lino y endurecida con yeso –destinados a iluminar las imágenes de los dioses Jeber, Horus, Maet, Anubis y Osiris– resaltan con la máscara de oro.

Los hallazgos casuales son moneda corriente en Egipto. Por ejemplo, lo que le sucedió a Howard Carter en 1899, antes de que encontrara la tumba de Tutanjamon y mientras excavaba en el Valle de los Reyes. Carter regresaba a su casa al final del día cuando de repente su caballo cayó y dejó al descubierto un agujero en el suelo. Era la entrada a un subterráneo perteneciente al complejo mortuorio de Mentuhotep II (c. 2050 a. E.) y que hoy se conoce como Bab al-Hisan, “la puerta del caballo”. A unos 17 metros encontró una habitación sellada que contenía un ataúd vacío sin ningún nombre escrito en él. Dentro de ella Carter encontró una estatua envuelta en lino y reposando junto al ataúd. Era una imagen en policromía de Mentuhotep hecha en arenisca. La función de esta estatua todavía no se conoce.

Algo parecido sucedió cuando se descubrieron las catacumbas de Kom ash Shuqqafa en Alejandría en 1900, pertenecientes a una familia romana del siglo II d. E. Esta vez el protagonista volvió a ser un burro. Al parecer, caballos y burros son buenos buscadores de restos arqueológicos.

Egipto es el país en el que mayor número de excavaciones se realizan y prácticamente casi todas las semanas alguna noticia de un nuevo descubrimiento surge en los medios de comunicación. Y sigue ocultando misterios, por ejemplo el llamado por los egipcios país de Punt y que puede encontrarse en Somalia o Eritrea. Con sus habitantes los egipcios hicieron tratos comerciales: no en vano se la denominaba las “terrazas del incienso” (khetiu anti), y también el “país del dios” (Ta-neter). Con el tiempo la tierra de Punt estuvo comunicada por una ruta marítima regular –que iba desde el mar Rojo, los canales del Nilo hasta el Mediterráneo- y más rápida con la ciudad fenicia de Biblos, uno de los más prósperos puertos comerciales del Mediterráneo oriental y verdadera puerta de entrada al mundo antiguo. Así lo dejó atestiguado un viajero en Asuán: “Habiendo partido con mis amos a Biblos y Punt, viajé por estos países once veces”. Su descubrimiento futuro es posible que dependa de algún vestigio escondido.

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