La verdadera historia del ébola

En 1976, en la pequeña ciudad de Yambuku, situada al norte de lo que hoy es la República Democrática del Congo, se detectó una nueva y misteriosa enfermedad: algo ocasionaba unas fiebres hemorrágicas que producían dolores musculares y de cabeza, vómitos y diarreas. Después los riñones e hígado empezaban a fallar hasta que en las fases finales aparecía un profuso sangrado, tanto interno como externo: algunos enfermos llegaban a sangrar por los ojos y otros parecían que sudaban sangre. La muerte era casi inevitable: el 88% de los que enfermaron, murieron. Al año siguiente la revista médica Lancet publicaba tres artículos que describían al causante de esta enfermedad. Dos de ellos apuntaban a que podía tratarse de una nueva especie de uno ya conocido, el virus de Marburgo, nombrado así por la ciudad en la que se descubrió por primera vez en 1967, y que también provocó fiebres hemorrágicas. El tercer artículo, escrito por investigadores del Centro de Control de Enfemedades de Estados Unidos, defendían que se trataba de un nuevo tipo de virus y lo bautizaron con el nombre del río que cruza la zona del estallido epidémico: ébola. Hasta diciembre de 2013 se tenía constancia de que las cuatro especies conocidas de ébola habían matado a 1.582 personas. La epidemia más mortal fue la de 1976, con 280 muertos. Hoy, ese mismo virus descubierto hace casi 40 años ha matado cerca de 4.000 personas, con una tasa de mortalidad del 71%.

Del virus sabemos muy poco: no se conoce cuál es el portador, aunque se sospecha de que puede tratarse del murciélago de la fruta; tampoco se sabe qué otros animales pueden transportarlo sin quedar infectados, aunque murciélagos, ratones y cobayas son inmunes a sus efectos; el contagio se produce por contacto con fluidos corporales infectados, como la sangre, los vómitos o las heces, aunque también la saliva, la leche materna y el semen (de hecho, se sospecha que el virus puede mantenerse latente en el semen hasta 90 días después de la infección); y lo peor de todo: no hay un tratamiento válido. A pesar de ser una enfermedad contagiosa con el mayor índice de mortalidad (puede alcanzar el 90%), como se encuentra localizada en África a pocos de los gobiernos y empresas farmacéuticas del primer mundo le resulta imperioso buscar una cura. Desde hace décadas los expertos han venido avisando que la ruptura de las fronteras causada por la globalización de las comunicaciones permitía que virus antes perfectamente localizados y contenidos en regiones remotas podían llegar a cualquier punto del planeta. El sida es un buen ejemplo de ello: solo fue necesario un grupo de personas muy viajeras y activas sexualmente para provocar la pandemia que asola nuestro planeta desde los años 80.

Los optimistas a ultranza decían que el ébola no podría llegar a Europa porque mataba demasiado deprisa y estaba geográficamente contenido. Al parecer semejante confianza no se ha resquebrajado nunca, ni siquiera con el susto que se dio norteamérica en el ahora lejano noviembre de 1989. Entonces, en el Laboratorio de Productos de Investigación Hazleton en Estados Unidos, 200 monos del género Cynomolgus, unos pequeños macacos de cola larga llegados desde las Filipinas vía Amsterdam, comenzaron a morir en sus jaulas. Estos animales, muy apreciados en la investigación médica, estaban muriendo de manera imprevista. Los especialistas de los centros de control de enfermedades estaban muy preocupados: ese año habían entrado a los Estados Unidos sólo por el aeropuerto John F. Kennedy 16.000 de esos monos y daba miedo pensar que “algo” hubiera llegado con ellos. Se tomaron muestras de los tejidos de los monos muertos. Observándolas al microscopio descubrieron ese “algo”, que hizo pensar lo peor: unas clarísimas estructuras alargadas, filamentosas, extremadamente parecidas al ébola.

Por ello, todos los monos de Hazleton fueron preventivamente sacrificados. Pero a los pocos meses, unos monos que estaban en cuarentena en un laboratorio de Texas comenzaron a enfermar. En abril de 1990 sucedió lo que muchos temían: una persona quedó infectada a través de una herida en el dedo ocurrida durante una autopsia a un mono. Lo único que pudieron hacer los médicos fue aislar al enfermo y esperar. A las tres semanas el hombre se encontraba invadido por los anticuerpos contra el virus. En los días siguientes otras tres personas se infectaron debido al contacto con los monos. Afortunadamente, ninguno de ellos enfermó. El virus no era idéntico al ébola, sino una mutación, por fortuna, no letal para los seres humanos. Fue bautizada como virus Reston, por la ciudad de Virginia donde está el laboratorio en que apareció. Y la fortuna entonces fue doble porque se sospecha que el virus Reston puede contagiarse por vía aérea: ¿podemos imaginarnos lo que hubiera sucedido en el caso de una mutación letal?

¿Y cómo unos macacos de Filipinas pudieron contraer una enfermedad típicamente africana? La pregunta no tiene respuesta, y al principio se sospechó que se contagiaron durante el viaje a Reston abordo del avión de KLM donde viajaban: otro ejemplo de la globalización del transporte al servicio de los virus. Hoy el virus Reston, una nueva cepa del ébola, sigue activo en Filipinas. En diciembre de 2008 diversas granjas de cerdos del norte de la isla dieron positivo al virus y se produjo el primer contagio al hombre, uno de sus cuidadores. Por suerte, el virus sigue sin afectar a los humanos, pero que pueda transmitirse desde el cerdo añade un nuevo riesgo, pues este animal es uno de nuestros principales proveedores de enfermedades.

Lo llamativo de este asunto es que ningún gobierno occidental se planteó el riesgo que suponía un evento similar al de Reston pero mucho más peligroso. Tampoco han reaccionado con la pandemia de ébola que está asolando África Occidental desde diciembre de 2013, a pesar de las advertencias de la Organización Mundial de la Salud. Los estudio de la OMS señalan que para enero de 2015 en Sierra Leona y Liberia podrían alcanzar los 1,4 millones de infectados. Con una tasa de mortalidad del 70% implica un millón de muertos en esos dos países.

Creíamos que estábamos a salvo, que mientras siguiera matando africanos poco podía importarnos; Liberia está muy lejos. ¿Para qué dedicar recursos a tratar una enfermedad de ese continente-favela? Mientras siga proporcionándonos lo que necesitamos para vivir nuestras cómodas vidas y siga siendo nuestro particular basurero tecnológico, donde enviar nuestros móviles y ordenadores viejos…
Por pura cuestión de ética habría que haber actuado; por prevención, habría que haber actuado. Nadie respondió a las llamadas de la OMS, que se veía desbordada ya a principios de este año. Hemos tenido que esperar a septiembre para que la ONU declarara esta epidemia una amenaza a la seguridad y salud mundial. Mientras, el escaso personal sanitario de los países azotados por el virus, esos hombres y mujeres africanos que arriesgan sus vidas y que, debido a la total falta de medios, se infectan y mueren por cuidar a los enfermos, son los verdaderos héroes. Lo más triste es que nadie los recordará, ni se erigirán monumentos en su memoria.

De aquellos barros tenemos estos lodos. Hoy, España, ha entrado en la historia de la medicina al convertirse en el primer país no africano donde se ha producido un contagio.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Esther Marin dice:

    Hola
    Como siempre un excelente blog. La pregunta es: Que podemos hacer ante la amenaza latente? En realidad como ciudadanos estamos a expensas del gobierno y aunque unos cuantos nos demos cuenta, no somos los suficientes como para hacer una diferencia. Realmente es triste saber que muchos que están tratando de ayudar mueren como heroes anónimos. En realidad debemos crear conciencia para que se destinen recursos para la investigación.

  2. Jorge dice:

    Reblogueó esto en El GINESTRALy comentado:
    Destaco un genial artículo del Blog de Miguel Ángel Sabadell. Cuando estamos esperando el próximo capítulo del Apocalipsis Zombie de moda seguramente una gran pandemia nos espera en estado latente escondida en algún lugar del planeta.

  3. Parece ser que el paciente cero del brote hemorrágico por Ébola fue una persona llamada Mabalo, que acudió al Hospital de la Misión de Yambuku con fiebre muy alta el día 1 de septiembre. Mabalo acababa de regresar de un viaje por el norte de Zaire como misionero, por lo que se asumió que había contraído la malaria. Una monja belga de la misión católica, sin la preparación médica adecuada, le inyectó cloroquina y le mandó de regreso a casa para descansar. Como el hospital carecía de suministros, la aguja usada en la inyección de Mabalo se reutilizó con otros pacientes.

    http://www.medicinahogar.com/ebola-historia.php

  4. arcoiris sz dice:

    es increíble lo mal informados que estamos en cuanto a la situación de esta enfermedad y como comentaban anteriormente la situación del gobierno para con las instituciones de investigación y ciudadanía en cuanto a iniciativas de prevención, que es lo que esperamos a tener que afrontar un caso de esa enfermedad para estar atentos a la situación de África y el mundo?

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