«Cherchez la femme» en la prehistoria… si pueden

Imagine que en la cueva de Altamira alguien está dando los últimos toques a una de las pinturas. ¿Qué sexo tiene quien pinta? ¿Hombre? ¿Alguien ha demostrado que los pintores fueran hombres? Nadie. Imagine ahora la clásica escena de caza de un mamut, como la que pudo tener lugar no muy lejos de un promontorio entre los ríos Ros y Rossava, en Ucrania. Allí los los arqueólogos han descubierto restos de 150 mamuts y un poblado bautizado como Mezhirich. Seguramente haya aparecido en su cabeza algo muy parecido a los dioramas que representan poblados de caza de hace 14.000 años en el Museo de Historia Natural de Nueva York, en Le Thot de la Dordoña (Francia) o en el Museo de Paleontología de Kiev. Los hombres llevan el peso de la escena mientras que las mujeres no desempeñan ningún papel, salvo el de consumidores pasivos.

Para cualquiera de nosotros, de manera inconsciente, la prehistoria es un territorio exclusivamente masculino. El prehistoriador James M. Adovasio y la antropóloga Olga Soffer son de los pocos que han estudiado esa desaparición de la mujer en la reconstrucción de nuestro pasado remoto. Hasta en la propia nomenclatura se hace evidente: somos Homo, hombres. La mujer es, como dicen estos dos científicos, el sexo invisible.

En los últimos dos siglos la comunidad paleoantropológica ha transmitido una imagen uniforme de nuestro pasado como especie que parece responder más a una idealización que a la realidad. Una imagen que quedó perfectamente definida en el congreso Man the Hunter celebrado en Chicago en 1966. Esta reunión científica ha sido origen de ideas que, con escaso soporte empírico, han permeado a nuestra sociedad: nuestros antepasados cazaban lo que necesitaban, trabajaban más bien poco (de 2 a 4 horas al día) y constituían una “sociedad afluente”: eran más felices que las sociedades agrícolas posteriores porque tenían todo lo que querían; más que nada porque no se planteaban grandes necesidades.

La evidencia etnográfica apunta a que la imagen del hombre-cazador y la mujer-recolectora es cierta en muchas culturas, pero dista bastante de ser considerada algo universal. Entre los los Agta de Luzón el 85% de las mujeres cazan y tienen más éxito que los hombres en sus partidas: un 31% frente al 17% masculino. Eso sí, en los grupos mixtos el porcentaje de éxito sube hasta el 41%. También cazan las mujeres en diferentes sociedades del Ártico, Japón y América del Norte, y las Anmatyerre del norte de Australia. Si afinamos un poco más, debemos replantearnos hasta la idea de la caza como una actividad grupal: no es necesaria una partida de diez hombres para cazar un conejo.

Puestos a revisar nuestras ideas preconcebidas deberíamos empezar por la de que los primeros Homo fueron implacables cazadores porque lo llevaban en la sangre: se supone que los homínidos ya lo fueron. Pero el homínido-cazador-despiadado no es algo que pueda sostenerse tras los trabajos de dos científicos que poco tenían que ver con el tema. Charles K. Brain y Lewis Binford eran expertos en el modo en que los depredadores dejaban los huesos tras el festín. Su trabajo sobre los restos abandonados por los homínidos apunta a que la mayoría de los huesos pertenecían a una presa cazada por un león y posteriormente “trabajada” por hienas y otros carroñeros; solo después llegaban los homínidos. Como suele pasar, este portentoso descubrimiento residió en un insignificante detalle: la marca dejada por una herramienta que, curiosamente, siempre se encontraba a medio camino a lo largo del hueso. Esto daba a entender que los homínidos obtenían los últimos pedazos de carne de los huesos donde los dientes de las hienas no habían podido hacerse con ellos. Dicho más claramente: los protohumanos no eran mortales asesinos sino carroñeros oportunistas. Estudios recientes apuntan a que nuestros más remotos antepasados eran una mezcla de ambas cosas. En qué proporción es todavía motivo de debate.

Un efecto de la imagen de los cazadores volviendo con el mamut -“el animal-tótem de la prehistoria humana” lo llama la historiadora de la ciencia Claudine Cohen– es que se ha reducido a la mínima expresión el papel desempeñado por las mujeres: únicamente se dedicaban al cuidado de la chavalería y a la recolección de bayas y frutos. Este sesgo pudo verse con toda claridad en un diorama del Museo de Historia Natural de Nueva York, donde se sugería la escena que legó para la posteridad el rastro dejado hace 3,5 millones de años por una pareja de homínidos bípedos.

Según los científicos del museo, como una de las huellas era mayor que la otra nos encontramos ante una pareja macho-hembra (¿por qué no una madre y su cría?). En el diorama ella mira con expresión preocupada hacia atrás, al volcán humeante cuyas cenizas iban a ser las responsables de que sus huellas se conservasen en perfecto estado hasta que Mary Leakey las descubriera en 1977. Por el contrario, el macho mira con decisión al horizonte mientras su brazo reposa sobre los hombros de ella. ¿Los homínidos se comportaban como una pareja occidental que sale de paseo? La carga ideológica subyacente es llamativa, y muy grave si consideramos que ha surgido de una institución científica que pretende dar una visión ajustada de la vida en la Tierra.

Un comentario Agrega el tuyo

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s