A la hoguera por blasfemo

Estos días he vuelto a ver la divertidísima película La vida de Brian de los inclasificables Monty Python. Estrenada en 1979, fue prohibida en Noruega e Irlanda y tuvo graves problemas en Estados Unidos y Gran Bretaña. La película pudo realizarse gracias al ex-beatle George Harrison, que hipotecó su casa y un estudio de grabación. Curiosamente, muchos de los ofendidos que se manifestaron contra ella se comportaron prácticamente igual que sus alter ego en la propia cinta.

Poco ha cambiado el mundo desde entonces. En 2006 Rachel Bevilacqua perdía la custodia de su hijo porque un juez de distrito de Georgia consideró ofensiva su pertenencia a la Iglesia de los Subgenios, una parodia de religiones modernas como la cientología (en 2009 recuperó la custodia gracias a Dios y a los 140.000 dólares que le costaron los litigios). La embajadora de Pakistán en Estados Unidos ha sido acusada de blasfema en su país por pedir modificar la ley de la blasfemia, que ha condenado a muerte a la cristiana Asia Bibi al no querer renegar de su fe.

El escarnio de la religión, versión secularizada de la blasfemia, está penado en casi todos los países de la Unión Europea. En 2012 en España, el Centro Jurídico Tomás Moro -adalid de las causas por blasfemia en nuestro país- llevó a los tribunales al cantante Javier Krahe por un vídeo casero que realizó en 1977 y que fue emitido en un documental sobre su vida. Hace unos meses el secretario general de la Liga Árabe, Nabil el Arabi, presentó en la ONU una propuesta para que la blasfemia fuera considerada delito porque, según él, ofender los sentimientos de los creyentes supone una amenaza para la paz del mundo.

Lo curioso es que la amenaza para la paz siempre ha venido de la intolerancia religiosa que ellos profesan, precisamente por sus reacciones criminales ante la “ofensa”. Y todos sabemos que los fundamentalistas necesitan muy poco para sentirse agraviados.

Hacer sátira o parodia de la religión siempre ha resultado caro: El Tartufo de Molière fue prohibido en 1667 y el arzobispo de París amenazó con la excomunión a cualquier que la viese o la representase. Quienes defienden la necesidad de esta ley dicen que con ella se protege los “sentimientos religiosos de los ciudadanos”. Como si fueran esos los únicos dignos de proteger: ¿Por qué no los sentimientos deportivos o los políticos? ¿Por qué no se puede juzgar a David Irving y a todos los negacionistas del holocausto por atentar contra los sentimientos de los supervivientes, sus familias y de todo aquel que se considere ser humano? ¿Por qué gays y lesbianas no pueden denunciar a quienes les insultan en su condición humana, muchos de los cuales pertenecen a ese grupo que quiere que las leyes protejan sus sentimientos religiosos?

Es sabido cómo han reaccionado todas las religiones a lo largo de la historia: con el asesinato del blasfemo. Hoy se sustituye la pira por manifestaciones, insultos y bombas, como la que dejó en el camerino de Leo Bassi un católito ofendido por un espectáculo que no había visto. Al parecer para el artista no era aplicable aquello de “perdonar a los que nos ofenden”.

(Publicado en Muy Interesante)

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Para un religioso por lo general “respetar sus creencias” implica callar y no hacer ninguna manifestación de las de uno, si no son las mismas. Ellos si pueden gritar al mundo lo religiosos que son y todo en lo que creen, sin importar las creencias de quienes les oigan, pero quien tiene otro punto de vista debe callarse o estará ofendiéndolos.

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