¿Está escrito en las estrellas? (I)

En el otoño de 1993 publiqué un artículo sobre la astrología en el número 30 de la revista LAR (La Alternativa Racional), editada por la entonces llamada Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP). No ha perdido nada de actualidad a pesar de haberlo escrito hace 20 años, así que he decidido recuperarlo para este blog con correcciones menores.

Este artículo contiene mi crítica fundamental a esta superstición: nada más puedo añadir.

“El hombre dejará de cometer barbaridades, cuando deje de creer en absurdidades”
Voltaire (1694-1778)

Para aquellos que nos dedicamos a la astronomía, es bastante frecuente que nos pregunten acerca de la influencia de los cometas en el destino de los países, o si sabemos hacer cartas astrales, o si durante la carrera nos enseñan a hacer horóscopos. Muy pocos conocen la diferencia entre astronomía y astrología

Así, el presidente francés François Mitterrand alabó los descubrimientos de la astrología en un congreso de astrónomos celebrado en Francia hace algunos años. Esta confusión entre ciencia y pseudociencia se ha venido extendiendo debido al auge que ha experimentado todo lo relacionado con el ocultismo, la parapsicología y los extraterrestres en los últimos años. La diferencia entre ambas es notable. Según la definen los propios astrólogos, “La astrología es la ciencia que estudia la acción de los cuerpos celestes sobre los objetos animados e inanimados y la reacción de éstos ante esas influencias. Estudia también los ángulos entre planetas y sus efectos visibles sobre la humanidad.” (M D. March y J. McEvers, Aprenda Astrología (tomo 1), 1989)

La astronomía no tiene tales pretensiones. Se ‘conforma’ con describir el Universo, intentar determinar su origen y su final y el de los objetos que en él existen: planetas, estrellas, galaxias… Difícilmente se podría encontrar a un astrónomo profesional o aficionado que crea que las posiciones relativas de los planetas determinan el carácter y el destino de las personas (astrología natal), o que influyan sobre la economía (astroeconomía) o la política de un país (astrología mundial). Por algo muy sencillo. El mayor logro de la ciencia, y en particular de la astronomía, es el haber descubierto que todo el universo se rige por las mismas leyes y está hecho con los mismos elementos químicos que los encontrados en la Tierra. La caída de una hoja, el movimiento de los planetas y el de las galaxias están recogidos por una única ley. El hidrógeno del Sol, la limonita de Marte o el anhídrido carbónico de Venus son idénticos a los encontrados aquí. Así que, ¿por qué el amoniaco de Júpiter puede influir en nuestro carácter y el que tenemos guardado en el armario de la cocina no?

La astrología se basa en opiniones y en creencias más que en evidencias. Es consecuencia del pensamiento mitológico de las primeras culturas. Es consecuencia de una forma de ver el mundo, de una cosmología completamente diferente a la real. Resulta edificante repasar la historia de la astronomía, pues en ella encontraremos las razones por las cuales la astrología es indefendible.

El origen de la astrología

“Ahora que hemos tratado de la ciencia de los números, de la constitución de los cielos, pasamos a la astrología; y es una ciencia a los ojos de la mayoría de las personas, por más que nuestra opinión nos sitúe dentro de la minoría”
Al Biruni, astrónomo persa (973-1048)

Desde el comienzo de la civilización los hombres han mirado hacia el cielo. Descubrieron la existencia de determinados ciclos celestes que se superponían a otros ya conocidos como las estaciones, el día y la noche, la siembra y la cosecha, los movimientos migratorios de los animales… Por tanto, usaron esos ciclos celestes como vehículo para predecir, entre otras cosas, las épocas en las cuales debían cazar y recolectar. La existencia de muescas en huesos de animales del Paleolítico Superior revelan que los antiguos pobladores llevaban un registro de observaciones lunares que usaban para preparar la caza (ver Marshack, Lunar notations on Upper Paleolithic Remains, Science, 6 de noviembre de 1964). Idéntico uso de las fases lunares se han encontrado en China, India, Egipto, Babilonia, América Central… Junto con otros, este hecho invalida el conocido argumento, repetido hasta el aburrimiento, de que la astronomía es hija de la astrología. El prestigioso historiador de la ciencia O. Neugebauer (The Exact Sciences in Antiquity, 1957) afirma: “Normalmente se dice que la astronomía se originó de la astrología. No he encontrado ninguna evidencia para esta teoría”.

El origen de la astrología occidental debemos buscarlo en Mesopotamia, en la Babilonia y Asiria de hace 4000 años. Era ésta una civilización floreciente, y como todo pueblo que ha desarrollado un grado cultural suficiente, creó una mitología para explicar el mundo intentando dar respuesta a las eternas preguntas ¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Inventaron dioses como Marduk para explicar tanto la caída de una hoja como el movimiento del Sol y las estrellas alrededor de la Tierra, centro del Universo. Residían en el único lugar para ellos inalcanzable: el cielo. Así que trasladaron toda su religión a la bóveda celeste. En ella encontraron ciertos cuerpos, los planetas (del griego ‘errantes’), que se movían por el firmamento. Identificaron al Sol, la Luna, Mercurio, Venus. Marte, Júpiter y Saturno con sus dioses y les atribuyeron características en función de su aspecto. Es el conocido razonamiento por analogía clásico del pensamiento mágico y mitológico. Marte (Nergal), de color rojo brillante, era el dios de la guerra; Venus (Ishtar), luminaria del atardecer y del amanecer, era la diosa de la fertilidad; Júpiter (Marduk), de color blanco, era el padre de los dioses. Que los planetas influyeran en los acontecimientos terrestres era algo evidente pues ¿no estaba acaso la Tierra en el centro del Universo? ¿No influye el Sol en todos nosotros, marcando cuándo debemos levantarnos, cuándo debemos sembrar?

Los registros más antiguos que se conservan sobre los conocimientos matemáticos y astronómicos de los babilonios corresponden al reinado de la dinastía Hammurabi (del 1800 al 1600 a.E.). Los sacerdotes caldeos, depositarios de estos saberes, observaban cuidadosamente el cielo anotando las posiciones relativas de los planetas y la Luna, necesarias para el establecimiento del calendario lunisolar, base de su cultura. Después de siglos de paciente observación, registrando minuciosamente todos los sucesos acaecidos en el reino, las posiciones de los planetas y la Luna, y de todos los fenómenos meteorológicos destacados (como puede ser la presencia de un halo alrededor del Sol) comenzaron a dar las primeras predicciones. Curiosamente, no estaban referidas al carácter o el comportamiento de las personas, sino que los primitivos informes se referían a predicciones sobre el tiempo meteorológico, inundaciones, cosechas y el futuro del reino:

“Si el Sol poniente parece el doble de grande que de costumbre y tres de sus rayos son azulados, el rey del país está perdido”

“Si la Luna es visible el décimo día, hay buenas noticias para la tierra de Akkad, malas noticias para Siria” (predicciones de Sargón el Viejo hacia el 2400 a.E.).

Para los sacerdotes babilonios el arte de la predicción era una parte fundamental de su quehacer diario. Usaban todos los métodos imaginables para ello: la interpretación de los sueños, el análisis de las vísceras de los animales sacrificados, el vuelo de las aves, los nacimientos anormales… Sin embargo, los sucesos realmente importantes sólo podían predecirse mirando al cielo. Únicamente el destino de los países y sus gobernantes podía ser obtenido interpretando los fenómenos astronómicos y meteorológicos (los caldeos no hacían distinción alguna entre ellos).

Esta primitiva astrología no daba importancia a las constelaciones en que se encontraban los planetas, sino únicamente al brillo y posiciones relativas de éstos, a los eclipses de Luna y de Sol, a la aparición de estrellas fugaces… Fue hacia el 700 a.E. cuando nació la idea del Zodiaco. Como alguien dijo una vez, ‘si los planetas son las agujas del reloj, el Zodiaco proporciona los doce números de la esfera’. La primera tablilla de una serie llamada Mul Apin menciona ‘las constelaciones del camino de la Luna’ que, traducidos a nuestros propios grupos de estrellas, son: Pléyades, Tauro, Orión, Perseo, Cochero, Géminis, Cáncer, Leo, Spica, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis, Pegaso, Piscis más la parte media de Andrómeda y Aries. 18 signos en total. Los doce signos aparecieron hacia el 400 a.E., después de un periodo donde su número había sido reducido a once. La constelación faltante era Libra, que se construyó a expensas de las pinzas del vecino Escorpión.

Por qué a un conjunto de estrellas se la llamó Capricornio o Sagitario tiene su origen en diversos motivos: la muy vaga apariencia con algún animal (Tauro o Leo), las características climáticas de la región cuando el Sol se encontraba en esa constelación (Acuario, cuyo significado es el portador del agua porque Enero era el mes más húmedo en Mesopotamia) o algún otro tipo de razonamiento lógico.

Es evidente que los sacerdotes caldeos encontrasen ‘correlaciones’ entre los eclipses lunares (objetivo prioritario de sus observaciones) y otros sucesos astronómicos con momentos relevantes de su historia. Igualmente las podrían haber hallado con el ciclo reproductor del escarabajo pelotero o con el de la metamorfosis de la rana. Hoy sabemos que esas relaciones aparentes son absolutamente casuales y conllevan un alto grado de componente psicológico (eliminar los errores y ensalzar los aciertos). Sin embargo, para ellos era una clara consecuencia de su propia cultura. Los dioses vivían en el cielo y, conocedores del futuro de los hombres enviaban a sus representantes (los sacerdotes) señales sobre los próximos acontecimientos que debían interpretar. Esta filosofía se encontraba sumergida en la idea de un tiempo cíclico, donde la historia siempre se repite. El pastel resultante es obvio: la predicción del futuro mirando las estrellas.

A partir del año 300 a.E. empiezan a aparecer algún tipo de predicciones particulares. El deseo que cada persona tiene de conocer su futuro hace que el negocio se amplíe. Todavía los horóscopos babilónicos no son como los que conocemos actualmente ni como los que conocían los griegos y romanos. La colección de predicciones astrológicas babilónicas traducidas por A. Sachs (Babylonian Horoscopes, Journal of Cuneiform Studies, 2, 49, 1952) no mencionan ni el signo ni las posiciones planetarias secundarias de tanta importancia en el horóscopo grecorromano, aunque su estructura sigue siendo la misma (incluidas las clásicas afirmaciones banales y generales):

“Júpiter en 18º Sagitario. El lugar de Júpiter significa: su vida será regular, buena; será rico, llegará a viejo”.

“Venus en 4º Tauro. El lugar de Venus significa: dondequiera que esté todo le irá bien; tendrá hijos e hijos.” (Horóscopo de un nacido el 3 de Junio del 234 a.E.)

Con las conquistas de Alejandro Magno toda esta tradición astrológica pasa al mundo griego. El camino había sido preparado por las ideas de Platón y Pitágoras. Ambos habían unido matemáticas y misticismo, habían hecho una religión de las matemáticas. Enseñaban la unicidad entre el cielo y la tierra, la perfección de los cuerpos celestes, con los planetas moviéndose en esferas de cristal perfectamente transparentes (‘la música de las esferas’). Con semejante bagaje filosófico no es difícil entender la rápida aceptación de la astrología: era la prueba palpable de esa unión mística con el universo.

La astrología llegó a Grecia por dos caminos: Babilonia y Egipto. Desde Babilonia gracias al sacerdote Beroso que la enseñaba en la isla griega de Cos hacia el año 280 a.E. Allí escribió su monumental Babyloniaca, obra en tres volúmenes donde expone sus conocimientos y la información traída de su país. Beroso, muy interesado en los trabajos del médico griego Hipocrates, se cree que fue el fundador de la medicina astrológica, práctica perniciosa que relaciona cada parte del cuerpo con un signo astrológico. En pocas palabras, la culpa de las enfermedades la tienen los planetas.

La astrología egipcia tiene su base en los llamados decanos, periodos de 10 días, cada uno de los cuales se hallaba bajo la protección de un dios representado por una estrella o grupo de estrellas. En total había 36 decanos y se usaban esencialmente para seguir el ciclo de Sirio (Sothis), cuyo levantamiento helíaco daba comienzo al año egipcio. El levantamiento helíaco del resto daba comienzo a distintas partes del año, las décadas. Como es natural, lo que comenzó siendo una forma de medir el tiempo se tornó en un sistema predictivo relacionado, además, con otros campos como la alquimia, las piedras y plantas mágicas… Esta escuela culminó en un libro escrito por dos personajes llamados Petosiris y Nequepso (probablemente legendarios) sobre el año 160 a.E. Sin embargo, los griegos las adoptaron a sus propias creencias.

Definitivamente es entonces cuando la influencia de los astros se extiende a todos los seres humanos sin excepción (¿quizá porque no había reyes en Grecia y veían peligrar el negocio?); las acciones atribuidas a los planetas se hacen más humanas, pues los mismos dioses griegos tenían atributos humanos: cobraron importancia las constelaciones del Zodiaco pues no era lógico que la esfera de las estrellas fijas no sirviera para nada cuando el resto tenían un significado preciso.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. trascencio dice:

    Escribiendo lo que transcribo abajo, descubro por casualidad (google) este artículo más que interesante. Va el crudo:

    El efecto de las variables macro en el ADN

    El ADN es como un gran piano en el cual dependiendo de cuál sea la composición que se desea realizar, se deben “tocar” las teclas adecuadas en el orden correcto. Por ejemplo, el ADN humano puede descomponerse en la sumatoria de ADN mineral, vegetal y animal, junto con una melodía adicional que caracteriza a la persona particular.

    Pero no sólo eso: como todo en el universo es una gran sinfonía vibratoria, la “armonía” resultante de la sumatoria anterior es también afectada por el ambiente (Agua-Aire-Fuego-Tierra-Eter) y por el influjo energético (a través de sus campos magnéticos, energía emitida y reflejada, radiaciones electromagnéticas) de los astros con mayor presencia espacio-temporal en el momento de la concepción del ser humano. Es por todo lo anterior que parecieran surtir algún tipo de efecto , positivo o negativo, de ciertas piedras o metales, flores o plantas, animales domésticos u otros, y la astrología en particular sobre cada ser humano.

    El ADN es la sinergia de la combinación adecuada de ciertos tipos de energía (materia = material base de la mezcla, éter = efecto de los elementos de mayor presencia en el ambiente, espíritu = el ser individual) todos combinados en una mezcla especial, y que puede ser mejorado o destruido actuando sobre cualquiera de los factores que contribuyen a su exitosa combinación. La ingeniería genética actúa sobre el material base, buscando obtener mejores humanos, pero ése es el camino más arduo…

    Mediante la correcta “armonía” actuando sobre ambos padres en el momento de la concepción y por un tiempo adicional, se llega a “elevar” el resultado de la mezcla, logrando ADN de mejor “calidad” o un mejor ser humano. Este es uno de los grandes secretos de las antiguas religiones, incluso practicada por los “paganos”; de hecho, ciertas sectas utilizaron esta técnica (sin saberlo) para engendrar a sus demonios particulares…

    Bien utilizado, este método supera en creces a cualquier intento de ingeniería genética, funcionando incluso en la mejora de la agricultura. Pero como todo proceso “natural” recorre un camino de evolución en sus criaturas y la mejora se obtiene luego de varias generaciones que continuamente van improvisando sus características, y si bien pareciera que la ingeniería genética produce resultados inmediatos, su capacidad es extremadamente limitada. Empleando el método “armónico” la mejora es casi infinita, ya que la misma afecta incluso al ambiente y al equipo que participa de la mejora.

    Cualquier ser humano puede “mejorar” su ADN si sabe qué “melodía” tocar. Este es el conocimiento sagrado de los antiguos egipcios, y por ello tanta tecnología desarrollada en el ambiente de los campos vibratorios. Pero como sabios que eran, si se presta atención, utilizaron elementos presentes en su forma natural en la tierra para la concreción de sus “equipos”, ya que toda la raza nace inmersa en el campo vibratorio de este maravilloso planeta, por lo cual la mejor armonía con el ambiente se logra siempre “sintonizando” con nuestro hogar. De esa forma se puede utilizar la misma energía que nos rodea en la potenciación de nuestro desarrollo.

    La búsqueda de mejores humanos, produce mejores resultados elevando la calidad espiritual de los progenitores y del ambiente en el cual se concibe, al contrario que el desarrollo en pro de la mejoría de la materia.

    NOTA:
    En el inicio de la carrera por permanecer en el espacio, nuestros científicos se dieron cuenta que al transcurrir el tiempo fuera del campo de la Tierra, y por ende de sus “vibraciones” los astronautas comenzaban a sentirse “mal” (perdían al sincronismo con el reloj natural que es nuestro planeta, derivando en problemas de desorientación y alto stress entre otros) por lo cual debieron añadir un emisor de ondas Schumann (pulsación natural de la Tierra) y con ello se solucionó el problema.
    “Todo vibra” decían los antiguos sabios…

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