Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (II)

No todos los científicos creen que esta hipótesis de la mente modular sea correcta. De hecho, no hay ninguna prueba de que tales estructuras  existan en un sentido biológico, lo que nos retrotraería a la frenología del siglo XIX, cuando se postuló que las facultades mentales se correspondían de manera unívoca con zonas específicas del cerebro. En 1983 el filósofo norteamericano Jerry Fodor le lavó la cara a la frenología y supuso que esta modularidad no implica que se encuentre asociada a determinadas estructuras biológicas –y, de paso, proporciona una excelente cobertura para cualquier intento de corroboración empírica de la teoría-. Ahora bien, y según el neurocientífico Terrence Deacon, si estos módulos son “definidos” por un determinado complejo de genes, deberíamos esperar una correlación positiva entre la complejidad del cerebro y el número de genes del genoma que no aparece. Lo único cierto es que la psicología evolucionista necesita de estos “genes del comportamiento” para tener consistencia interna.

Por otro lado, que nuestra mente se haya fosilizado en las épocas que éramos cazadores-recolectores es algo que contradice el cúmulo de pruebas que apuntan a una evolución acelerada del ser humano desde el tiempo en que nos volvimos sedentarios. Además, ¿cómo saben cuál era el comportamiento de nuestros antepasados hace 10.000 años? El psicólogo evolucionista David J. Buller, que también es uno de los críticos más consistentes de esta disciplina, señala “si ni siquiera sabemos el número de especies que había del género Homo, como para plantearnos conocer sus estilos de vida”. Aunque la paleontología nos proporciona información sobre su alimentación, tamaño del grupo y otros detalles ecológicos, el salto a su comportamiento social queda en la mera especulación. Por este motivo suele hacerse referencia a los estudios de etología de los primates y de aquellos pueblos que viven en similares condiciones a las que creemos que vivían nuestros antepasados hace miles de años. Curiosamente, cuando se hace eso, algunas de las ideas más conocidas de la psicología evolucionista hacen aguas. Por ejemplo, que los hombres tienen un módulo mental que hace que prefieran mujeres con una relación cintura-cadera de 0,7.

Para llegar a esa conclusión se usaron los conejillos de indias preferidos de los psicólogos: los estudiantes universitarios. Encontraron que de los distintos tipos de cuerpos de mujer que les mostraban preferían el conocido reloj de arena que tanto popularizó la actriz Liz Taylor. La interpretación evolutiva es obvia: esta figura transmite al hombre que su futura pareja dará a luz hijos sin problemas y que, además, se encuentra en época reproductiva: las mujeres de edad tienden a tener su cintura menos pronunciada debido a que comienza a acumular grasa alrededor del estómago, lo que coincide con la pérdida de fertilidad.

Sin embargo hay diversos estudios que cuestionan este resultado. En particular se ha encontrado que en poblaciones aisladas de Perú y Tanzania los hombres consideran que el talle de reloj de arena es síntoma de enfermedad: prefieren mujeres rellenitas, con una relación de 0,9. En 2008 la antropóloga Elizabeth Cashdan de la Universidad de Utah publicaba un sorprendente resultado en la revista Current Anthropology: los hombres prefieren una figura alejada del 90-60-90 en países donde las mujeres tienden a ser económicamente independientes (como Gran Bretaña y Dinamarca) y en aquellas sociedades donde las mujeres comparten la responsabilidad de encontrar comida. Solo en países donde son económicamente independientes (como Japón, Grecia y Portugal y con EE UU en un punto medio) los hombres prefieren las tipo Barbie. Un detalle más: ¿cómo saben los psicólogos evolucionistas que las preferencias de los Homo Sapiens machos de hace 20.000 años era realmente esa relación de 0,7? Quizá más de uno se imagine a las mujeres de entonces como a Raquel Welch en la película Hace un millón de años.

(Publicado en Muy Interesante)

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