¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte I)

Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.
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El 31 de marzo de 1848 dos hermanas, Katie y Maggie Fox, fundaban el espiritismo moderno. El ser humano siempre ha creído que la muerte no es el final de todo, que hay otro mundo que nos espera tras el último estertor. Sin embargo, lo que estas niñas de 12 y 15 años consiguieron fue romper la barrera infranqueable que nos separa de ese otro mundo y hablar con los muertos. Mediante golpes en las paredes, las hermanas Fox anunciaron la buena nueva al mundo, primero desde su modesta granja en Hydesville, un pueblecito al norte del estado de Nueva York, y luego desde la cercana ciudad de Rochester: existe vida después de la muerte y podemos comunicarnos con nuestros seres queridos ya fallecidos.

La noticia corrió como la pólvora y en solo cuatro años el 5% de la población de los Estados Unidos se había convertido al espiritismo. Las Fox recorrieron ciudades y pueblos, y allí por donde pasaban aparecían personas que también eran capaces de tal prodigio.

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo
Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo


El espiritismo conoció su periodo Edad de Oro hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Era todo un espectáculo de masas: exhibiciones públicas, cientos de miles de médiums ofreciendo sus servicios a cambio de compensaciones económicas, amigos que se reunían en las casas para invocar a sus muertos… En Francia un pedagogo llamado Hippolyte Léon Denizard Rivail encontró en el espiritismo el camino por el cual alcanzar lo que él consideraba el principal objetivo de la educación: la alianza entre la ciencia y la religión. Habitual de las sesiones espiritistas, el 30 de abril de 1856 los espíritus le revelaron su trascendental misión salvífica. Reunidos en cónclave le habían escogido como portavoz para dar a conocer al mundo una nueva doctrina y le dijeron que en una vida anterior había sido un druida, jefe de comunidad, llamado Allan Kardec. Así, al dictado de los seres del mas allá, escribió el famoso Libro de los Espíritus, piedra angular de la doctrina espírita que apareció en las librerías de París el 18 de abril de 1857 y que conoció tres ediciones en menos de un año. Kardec fue el primero en acuñar el término espiritismo para bautizar la nueva doctrina. En el ambiente anglosajón se le denominaba espiritualismo y éste mantenía profundas diferencias con aquél. Los espíritus que contactaban con los anglosajones no opinaban lo mismo que sus colegas galos en temas como la reencarnación. Y dentro del mundo de los mortales, los investigadores ingleses tenían a Kardec como ‘muy poco científico’, por mucho que repitiese que el espiritismo no era una religión, sino una ciencia, una filosofía y una moral.

Curiosamente tres años antes, en el verano de 1853, el físico experimental más importante de la historia, Michael Faraday estudió la parte más espectacular de las sesiones espiritistas, cuando los muertos movísn y levantaban pesadas mesas de madera. Se bautizó el fenómeno como “las mesas giratorias” y su popularidad alcanzó Francia, España, y hasta la familia real de Prusia probaba lo que entonces era la diversión más aplaudida de Occidente.

Faraday era un hombre profundamente religioso y un impecable experimentador. Diseñó una serie de inteligentes pruebas para determinar, primero, la realidad del fenómeno, y segundo, el origen del mismo. Contactó con «personas honradas y exitosas movedoras de mesas» que estaban convencidas de que ellas, en ningún momento, las empujaban. Para comprobarlo Faraday diseñó un par de ingeniosos aparatos. El primero consistía en varios trozos de cartón deslizante, colocados uno sobre otro encima de la mesa, y bajo los que había dibujado una línea con lápiz para marcar su posición relativa. Cualquier movimiento involuntario de las manos quedaría revelado por una discontinuidad en esa línea. Así ocurrió. En el otro experimento, Faraday fijó una aguja a dos tablillas en la mesa de forma que si el médium la empujaba el indicador se movería hacia la izquierda y si tiraba de ella se movería hacia la derecha. El resultado de este experimento fue determinante: la aguja indicaba que estaban empujando la mesa. Sin embargo, lo más interesante sucedía cuando se le dejaba ver el indicador al médium. De este modo tenía información de sus propios movimientos musculares inconscientes. Cuando la agujita señalaba la presencia de tal esfuerzo, el sujeto reaccionaba destensando los músculos y la mesa no se desplazaba. En definitiva, los espíritus no eran los culpables. Faraday concluyó: “Aunque creo que los asistentes no se proponen mover la mesa, obtienen ese resultado por una acción cuasi voluntaria —sigo sin dudar de la influencia de la esperanza en sus mentes, y en ello reside el éxito o el fracaso de sus esfuerzos”.

Las investigaciones de Faraday fueron publicadas en una carta al The Times el 30 de junio y dos días después con mayor detalle en la revista Athenaeum. Detalladas y minuciosas, como cabía esperar en un hombre de su valía, no convenció a los espiritistas. Tanto ayer como hoy afirman que en sus sesiones observan con cuidado y apuntan todo cuidadosamente, pero olvidan que lo principal es que se debe saber dónde mirar, y eso no se aprende por ciencia infusa.

Una de las más potentes andanadas dirigida contra la línea de flotación del espiritismo francés fue disparada por Michel-Eugène Chevreul, director del Museo de Historia Natural de París. Mundialmente conocido como químico y descubridor de la margarina, en su libro de 1854 De la Varilla Adivinatoria y las Mesas Giratorias, ofrecía la misma explicación para la varita del zahorí y las mesas espiritistas. Según Chevreul, el movimiento se produce porque la mente inconsciente obliga a los músculos a mover el objeto para obtener una respuesta adecuada a las preguntas realizadas por la mente consciente.

El mérito de esta explicación está en que resuelve el problema de por qué los sujetos no son conscientes de empujar la mesa o el péndulo y suponen que son espíritus o fuerzas desconocidas las culpables.

Faraday y Chevreul demostraron la existencia de un fenómeno que en psicología recibe el nombre de “acción ideomotora”. Numerosos estudios han demostrado que basta con pensar en una acción, como pasar la página de un libro, para que nuestros músculos empiecen a realizar esa acción de manera inconsciente. Inconscientemente nuestro cuerpo se prepara para el comportamiento previsto. Es más, basta con decir que no hagamos algo para que nuestro cerebro empiece a hacerlo: si nos dicen “no pienses en osos blancos”, la imagen de uno, sin querer, nos viene a la mente.

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental
Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental


Para comprobar que son las acciones ideomotoras las que gobiernan las sesiones de espiritismo MUY INTERESANTE realizó un experimento en la antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Reunió a un grupo de cuatro jóvenes interesados en el tema y les propuso hacer una sesión de ouija. Claro que no se puede evitar pensar cómo los espíritus han ido perdiendo fuerza con el tiempo: si en el siglo XIX levantaban pesadas mesas de madera maciza, hoy solo pueden desplazar tímidamente un vaso de cristal.

Para el experimento preparamos un tablero de ouija especial: en círculo se dispusieron las letras que habían sido impresas en tarjetas de visita, una por cada letra. Después de 20 minutos de tensa espera, el vaso comenzó a moverse: nuestros voluntarios estaban absolutamente convencidos de que habían contactado con un espíritu llamado Laura.

Pero ahora venía la segunda parte del experimento: en el reverso de cada tarjeta había impreso un número. De manera aleatoria habíamos asignado uno a cada letra: a la A le correspondía el 14, a la B el 21… Mezclamos las tarjetas como las cartas de una baraja y las dispusimos formando otra ouija. La razón es obvia: si es el espíritu quien responde los participantes no necesitan saber dónde está cada letra. En este segundo experimento también se movió el vaso pero las respuestas no fueron otra cosa que una serie de letras inconexas. La conclusión es que, como explicaran Faraday y Chevreul, son los participantes los que mueven el vaso mediante el mecanismo de las acciones ideomotoras.

(Publicado en Muy Interesante)

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. interesante, muy interesante. Gracias por escribirlo y publicarlos rápido, mira que la primera parte me había dejado expectante

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