Cachorro de león: el joven Isaac Newton


– Es tan pequeño que cabría en una botella de cuarto.
– Tiene razón, señora —contestó el ama—. Ha nacido prematuramente y, aunque no pretendo alarmarla, es posible que no viva mucho tiempo.
– Ya lo sé, ya lo sé —la joven mujer miró dulcemente a su recién nacido— Es tan pequeñito… Él es lo único que me queda de mi marido y voy a perderle —añadió entre sollozos—

Newton nació el día de Navidad de 1642, el mismo año en que moría Galileo. Nadie esperaba que sobreviviera, pero lo hizo. Su madre, la joven viuda de un pequeño terrateniente analfabeto, agobiada por el peso de una granja que administrar, no tardó mucho en casarse. Su nuevo marido, el reverendo Barnabus Smith, no soportaba a su hijastro, un niño hosco y colérico.

– Lo voy a enviar con la madre de su padre.
– Pero…
– No hay peros que valga. Que se vaya con su abuela.

Y allí creció, a sólo dos kilómetros y medio de la casa que le vio nacer, lejos de su cariñosa madre y de su odioso padrastro.

– ¡Un día os voy a quemar la casa con vosotros dentro! —les espetó un día.

Malhumorado y pendenciero, a los veinte años escribió una lista con sus pecados juveniles donde, entre otros, admitía «desear la muerte a algunos y confiar en que se produjese». Por el contrario, cuando los ojos de Newton se posaban en la Naturaleza todo cambiaba. Reflexivo y brillante como pocos, de niño era conocido por saber decir la hora mirando al Sol y por su sempiterno despiste, producto de la fascinación que el mundo le provocaba.

Un día, le encargaron ir a buscar al ganado que pastaba en el campo:

– ¿Alguien sabe si ha vuelto Isaac? Hace una hora que le mandé por las vacas.
– Pues no, aún no ha regresado.
– Vete a buscarle, que seguro se ha quedado embobado con algo.

Después de caminar un rato, el criado descubre a lo lejos al joven Newton, parado sobre un pequeño puente de madera y mirando atentamente el fluir del agua bajo sus pies.

– Pero… ¡Isaac! ¿Qué demonios haces ahí? Tu madre se va a enfadar. Todavía no ha olvidado el día que te mandó por los caballos y volviste montado en uno y con las bridas del otro, sin darte cuenta que se te había escapado —el criado suspiró—. Te espera una buena. ¡Señor! ¡Qué despistado eres! ¡Así no vas a ser nadie en la vida!

En la escuela, Newton raramente estudiaba y siempre llegaba tarde, pero cuando se acercaba el final del curso se esforzaba y superaba a sus compañeros en los exámenes. No es de extrañar que no fuera un chico muy popular entre sus compañeros.

Una vez terminada su instrucción decidió marchar a Cambridge. Una decisión aplaudida por todos: hasta los mismos sirvientes pensaban que no servía para nada excepto para la universidad.

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