La ciencia dice: de Bentleys y terapias alternativas

Imagínese que quiere comprarse un coche. Después de patearse unos cuantos concesionarios decide que un día es un día y, tirando la casa por la ventana (literalmente), se gasta hasta lo que no tiene para fardar delante de los amigos con un Bentley Continental. Claro que se lo va a comprar de segunda mano y aún así estará hipotecado para los restos. Pero no importa: cuando se muera le enterrarán con coche y todo.

Antes de comprarlo usted, obviamente, quiere probarlo. Después de hacerlo rodar un rato escucha un ruido en el motor la mar de sospechoso. El vendedor no se sorprende cuando se lo dice sino que le contesta muy pausadamente: lo entiendo señor, pero tenga en cuenta que con los Bentley no se aplican los mismo métodos que se usan para comprar el resto de los coches. Y usted ahí, con cara de haba, pensando: ¿estoy seguro de haber entendido bien?

Justamente esa misma cara de haba se me queda cuando me dicen que “la ciencia no lo puede explicar todo” o que no se puede aplicar la ciencia a cierta pseudoterapia curalotodo. Como si “la ciencia” fuera parecido al oráculo de Tebas: tú preguntas y una voz de ultratumba responde. Y si la respuesta no nos gusta, pues entonces es que el oráculo no sirve.

Pues no. La ciencia ni es una bola de cristal, ni un oráculo, ni un grupito de científicos que se reúnen tomando unas cañas y deciden lo que es verdad o no en función de cómo caiga el hueso de la aceituna al suelo. Los científicos no unen sus manos cada domingo, cantando ‘¡Sí, la gravedad es real! ¡Tendré fe! ¡Seré fuerte! Creo en mi corazón que lo que sube tiene que bajar. ¡Amén!’.

La ciencia no es nada de eso; ni siquiera ese simpático tipo de bata blanca que sale en los anuncios. La ciencia es una forma de pensar, una manera de encarar el mundo en que vivimos. Es lo que aplicamos cuando vamos a comprar un coche: experimentar. Lo único que está más o menos pautado es cómo hacer esa experimentación. Estas normas son el producto de cientos de años de trabajo de decenas de miles de personas que se han dedicado, de manera profesional o aficionada, a entender el mundo que nos rodea. Son unas normas que evitan que te equivoques, te autoengañes o tomes como resultado significativo algo que no es más que ruido de fondo o, simplemente, un efecto que nada tiene que ver con lo que estás intentando averiguar.

Nada más, y nada menos.

¿Saben lo que he descubierto? Que cuando alguien me repite la cantinela de que “la ciencia no lo puede explicar todo” está tratando de justificar su propio sistema de creencias, ya sean religiosas, ecologistas o médicas, para las que no tiene pruebas objetivas. ¿Qué es una prueba objetiva? Un experimento bien hecho, como el de montarse en un coche de segunda mano, revisar el motor y estar atento a los ruidos mientras lo pruebas. En esto no hay ningún problema: si uno quiere creer en lo de las flores de Bach, por ejemplo, que lo diga. Pero que no se enfade si alguien le señala que probado, lo que se dice probado, tururú.

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