El caucho

Cuando la segunda expedición de Colón llegó al Nuevo Continente y se detuvo en la isla de Haití ninguno de sus miembros podía imaginar la importancia de lo que vieron hacer a los indígenas del lugar: jugar a una especie de mezcla de fútbol y baloncesto. Pero lo llamativo no era el juego en sí, sino la pelota con la que lo hacían. Era un balón de caucho.

Tuvieron que pasar tres siglos para que este nuevo material llamara la atención a los europeos. Por un lado, los botánicos estaban muy interesados en encontrar otras plantas capaces de proporcionar una sustancia parecida a la de la savia de las hevea, mientras que otros investigaban activamente en busca de sus posibles aplicaciones. Una de las primeras fue la goma de borrar.

En 1819 Thomas Hancock descubrió que el caucho tiene una curiosa propiedad: se suelda a sí mismo. En aquel momento conoció a Charles Mackintosh quien, por su parte, no sabía qué hacer con el benzol que quedaba en su fábrica como subproducto de la elaboración de colorantes. Mackintosh descubrió que el benzol disolvía mejor el caucho que el aguarrás. De esta asociación nació el famoso impermeable Mackintosh obtenido al embadurnar una tela con este barniz de caucho y benzol.

Sin embargo, el caucho tenía una seria desventaja: era muy sensible al calor. Entonces apareció en escena un ferretero americano sin conocimientos científicos, Charles Goodyear, que enseguida vio los pingües beneficios económicos que podía obtener si conseguía descubrir un método para endurecerlo.

Después de probar y probar con diferentes sustancias, un día del año 1839, en un arrebato, arrojó a la estufa la última mezcla obtenida —un revoltijo de caucho, azufre y blanco de plomo—. Y sucedió el milagro. En lugar de fundirse, la mezcla se endureció. Los restos que no se carbonizaron eran resistentes al calor y seguían siendo elásticos. Sin embargo su ingenuidad lo perdió. Ofreció su descubrimiento a Mackintosh y le dijo que no podía revelarle la fórmula porque aún no la había patentado. El avispado Mackintosh se lo comentó a su socio Hancock y en poco tiempo llegaron al mismo resultado que Goodyear, aunque sumergiendo el caucho en un baño de azufre fundido. Hancock patentó el proceso con el nombre de vulcanización.

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