¡A por las brujas! (III) Los niños no son tan inocentes…

Como si hubieran leído a Bodin, los niños han sido unos formidables acusadores. De entre todos los casos el más sonado de finales del XVI fue el de la brujas de Warboys, en Inglaterra. Allí unas niñas terribles, hijas del terrateniente Robert Throckmorton, llevaron a la muerte al anciano matrimonio John y Alice Samuel, y a su hija Agnes.

Todo comenzó cuando Jane, de 10 años, empezó a sufrir una extraña enfermedad que los historiadores han identificado como epilepsia. Durante uno de sus ataques la anciana Alice, de 77 años, tuvo la mala suerte de acercarse para presentar sus respetos; entonces cuando Jane la llamó bruja. Los padres no le hicieron mucho paso, pero a la insistencia de Jane se unieron sus 4 hermanas, que empezaron a imitar los síntomas de su hermana.

Philip Barrow, un famoso médico de la Universidad de Cambridge, incapaz de curar a la enferma, dijo a los Throckmorton que su hija era víctima de brujería. Y comenzó la cruel diversión de esos pequeños monstruos, de edades entre 9 y 15 años. Al principio solo sufrían ataques en presencia de la anciana, pero luego fingían estar afligidas cuando la mujer no estaba en la casa. Así que los padres obligaron a la señora Samuel a vivir con ellos, pero sin darle de comer.

En septiembre de 1590 algo iba a cambiar el futuro de la pobre Alice. La mujer del hombre más rico de Inglaterra, Henry Cromwell -abuelo de Oliver Cromwell-, hizo una visita de cortesía a los Throckmorton. Quince meses después Lady Cromwell moría y las niñas la acusaron de ser la responsable, junto a su marido y a su hija. Los tres fueron declarados culpables por “asesinar mediante hechicería a lady Cromwell”. Algunos recomendaron a Agnes que dijera que estaba embarazada para salvarse de la ejecución: “No pienso hacerlo. Nadie podrá decir que he sido bruja y puta”.

Este caso, que involucró a la familia más importante de Inglaterra, contribuyó a propagar el temor a las brujas y, posiblemente, a impulsar la ley de 1604 que condenaba a muerte a los culpables de brujería. También sirvió de inspiración para que diferentes niños y niñas se divirtieran con este nuevo juego pues todo el mundo sabía cómo debía comportarse un hechizado. En muy pocas ocasiones se les desenmascaró, la mayoría porque eran pillados in fraganti, como a William Perry, el “muchacho de Bilson”, a quien se descubrió rellenando su prepucio con algodón empapado en tinta para que su orina fuera azul.

Los adolescentes norteamericanos también aprendieron deprisa. En 1720 cinco niñas de Littleton (Massachusetts) convencieron a sus vecinos que estaban hechizadas; ocho años más tarde la mayor confesó el fraude y que habían escogido a una mujer al azar para acusarla de bruja. Y en el archifamoso caso de Salem, las “ocho perras brujas”, como las definió un acusado, llevaron a la muerte a 22 personas porque, dijo una de ellas, “tenían que divertirse con algo”.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Barbara dice:

    Y eso que no tenían TV…

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