¡A por las brujas! (II)

La mutación del concepto tradicional de brujería que apareció en el Renacimiento fue brutal. De siempre la bruja había estado confortablemente instalada en el entramado social, donde daba respuesta a los intereses básicos de toda persona: salud, dinero y sexo. “La brujería respondía al deseo de controlar la Naturaleza en cuatro aspectos principales: la salud, el sexo, el conocimiento del futuro y la ambición económica”, comenta el hispanista de la Universidad de Burdeos III Joseph Pérez.

Brujas y brujos, comunes en el medio rural, vivían de vender pociones amatorias, amuletos para la buena suerte y suplían la ausencia de médicos: con nula preparación intelectual y la mayoría analfabetos, todo su conocimiento sobre el uso de plantas provenía de antiguas tradiciones y de su propia experiencia; eran los depositarios de la llamada cultura popular.

Pero a mediados del siglo XV todo cambió. Europa había sido arrasada por la Peste Negra que desembarcó en Sicilia en 1347 y no dejó de castigar al continente hasta el siglo XVIII. A su vez, en 1494 se producía el primer estallido de una nueva epidemia que infectaría en los años siguientes a cerca de un millón de europeos: la sífilis. Mientras, reyes y gobernantes se empeñaban en destruir sus estados en un ciclo continuo de conflictos: la Guerra de los Cien Años (1337-1453), producto de la rivalidad entre Francia e Inglaterra, las sangrientas luchas entre católicos y protestantes, la Guerra de los Treinta Años, que destrozó Centroeuropa entre 1616 y 1648… Si a todo ello añadimos las regulares sequías y consiguientes hambrunas, y las miles de muertes debidas a la nula higiene, el cuadro es absolutamente desolador. Únicamente una palabra podía describir lo que sentían las gentes de pueblos y ciudades: miedo. Un temor ante la gratuidad de unas penurias y desastres sin explicación razonable.

Sobre este enrarecido ambiente sopló un aire de renovación religiosa: las luchas entre protestantes y católicos sirvieron de trampolín para eliminar los restos de paganismo que aún pervivían en el medio rural y del cual se alimentaban brujas y hechiceras. En lugar de reconvertir esas creencias, como hizo el cristianismo en sus primeros años, ambos grupos decidieron enfrentarse a ellas promulgándolas herencia de Satanás: Lutero abogó por quemar a sus practicantes porque, aunque no hicieran daño, habían establecido un pacto con el diablo; los luteranos extendieron por toda Alemania la epidemia de brujería y el calvinismo animó a que en Escocia se promulgara en 1563 la primera ley contra ella. Al tratarse de un delito ideológico, era difícil de demostrar. Para facilitar las cosas en 1468 se declaró la brujería crimen excepta, delito excepcional, para el que no servían las normas y garantías procesales habituales.

Estamos ante una traición a Dios y como tal debía ser penada: “Cualquier castigo que impongamos a las brujas, aun asarlas y cocerlas a fuego lento, no es excesivo”, escribía el jurista francés Jean Bodin, una de las mentes más preclaras del siglo XVI y de quien Michel de Montaigne -el famoso humanista con aversión a la violencia- dijo: “Tenía mucho más juicio que la multitud de chupatintas de aquel siglo”. Este prohombre descargó todo su fanatismo en su best-seller brujeril Demonomanía de los brujos (1580) donde, aparcando todos sus conocimientos de derecho, escribió que “hay que obligar a los niños a declarar contra sus padres”, “la sospecha es base suficiente para la tortura”, “nunca se debe absolver a una persona una vez que haya sido acusada”. Además, incitaba a tratar brutalmente a los sospechosos y él mismo se ufanaba que como juez había torturado a niños e inválidos. Para Bodin la mejor manera de infundir el temor de Dios era a través de “hierros al rojo para arrancar la carne putrefacta”.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. danieljesuss dice:

    Marc una época en la historia

  2. Anónimo dice:

    Aquí el único brujo me parece ústed.

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