El planetoide de la discordia

El 28 de julio de 2005 el astrónomo español José Luis Ortiz, del Instituto de Astrofísica de Andalucía, anunciaba el descubrimiento del planetoide 2003 EL61 –la poesía y la notación científica a veces no son compatibles–, hoy bautizado con el nombre de Haumea. Este cuerpo es uno de los objetos más extraños del Sistema Solar. Es casi tan grande como Plutón pero tiene forma de cigarro y gira sobre sí mismo cada 4 horas. Se encuentra en el llamado Cinturón de Kuiper, una región situada más allá de la órbita de Neptuno repleta de asteroides, cometas y planetoides, a la que pertenece nuestro ex-noveno planeta, Plutón, el más brillante de esa zona.

Esta nueva visión de lo que puebla nuestro Sistema Solar nació en 1950, cuando el astrónomo holandés Jan Oort propuso la existencia de un cascarón de cuerpos helados situado a 50.000 veces la distancia Tierra-Sol. Es de ahí, postuló Oort, de donde vienen la mayoría de los cometas. Un año más tarde Gerard Kuiper afirmó que algo parecido debía existir más allá de Neptuno, una especie de basurero donde se encontrasen los restos que quedaron de la formación del Sistema Solar: cometas, asteroides y, quizá, planetoides.

Aunque simulaciones por ordenador realizadas en la década de los 80 sobre cómo se formó nuestro Sol y toda su cohorte de planetas predecían la existencia de este nuevo cinturón, no fue hasta el descubrimiento en 1992 de 1992QB1 –un objeto de algo más de 200 km de ancho–, cuando se confirmó la existencia de este peculiar lugar. Desde entonces se han descubierto diferentes miembros del Cinturón de Kuiper y se sospecha que los satélites de Neptuno Tritón y Nereida y el de Saturno Febe, debido a sus extrañas órbitas, son en realidad cuerpos del cinturón capturados por la gravedad de estos planetas.

El descubrimiento de 2003 EL61 no ha estado exento de polémica. A los pocos días de anunciar Ortiz el descubrimiento el astrónomo Michael Brown le acusó de haber espiado los datos de sus ordenadores, a pesar eran de acceso libre por internet. Según Ortiz, su equipo lo había descubierto revisando observaciones de la zona donde se encontraba el planetoide hechas en 2003. Pero el asunto no era tan sencillo.

Una semana antes del anuncio, el 20 de julio, Brown publicaba el resumen de un futuro informe donde tenía la intención de anunciar el descubrimiento del planetoide, al que se refería con el nombre en clave de K40506A. De este modo, tecleando en cualquier buscador de internet esta clave aparecía la página pública donde Brown tenía recogidas sus observaciones. Eso hizo Ortiz en dos ocasiones. el 26 de julio y el mismo día del anuncio, el 28. A la luz de toda esta información Brown acusó al español de práctica poco ética: le había “pisado” el hallazgo porque Ortiz se limitó a seguir sus pasos y ha realizar el anuncio sin ninguna comprobación posterior. Por su parte Ortiz se defendió diciendo que no es espionaje consultar datos de libre acceso en la web y que, a pesar de que el primero en encontrarlo fue Brown, éste no lo comunicó.

Lo sucedido es ejemplo de lo que a lo largo de la historia ha provocado agrias discusiones y enemistades: ¿es el verdadero descubridor quien publica primero? En ciencia es así. Curiosamente, algo parecido pasó con el descubrimiento de Neptuno. Cuando el Observatorio de Berlín anunció el descubrimiento de este planeta en 1846 utilizando los cálculos realizados por el francés Urbain Jean Joseph Le Verrier, un ola de patriotismo recorrió Gran Bretaña defendiendo la prioridad del descubrimiento de John Couch Adams, un joven matemático de origen humilde. Una historia merecedora de una película.

Antes de 1846 los astrónomos sospechaban de su existencia porque Urano sufría unas incomprensibles desviaciones en su órbita. La explicación más razonable era suponer la existencia de un planeta situado detrás que tirase gravitacionalmente de él. Entonces entró en juego John Couch Adams. Tras graduarse en Cambridge en 1843 decidió buscarlo. A mediados de septiembre de 1845 ya había completado sus cálculos y se los mostró a James Challis, director del Observatorio de Cambridge. Al verlos le comentó que debería mostrárselos a Sir George Biddell Airy, Astrónomo Real y director del Observatorio de Greenwich.

Pero el tímido matemático, poco ducho en relaciones sociales, cometió dos errores: no pedir cita previa y no tener paciencia. Ser Astrónomo Real significaba estar en el ojo del huracán social y había que ser muy hábil para conseguir una entrevista. En su primer intento el mayordomo le dijo a Adams que su señor estaba en Francia. Días después volvió a intentarlo, pero también estaba ausente. Esta vez le dejó el recado a su esposa, Richarda Airy, pero la pobre mujer estaba embarazada y a punto de dar a luz a su noveno hijo y se olvidó transmitírselo. Horas después Adams volvió a pasar por la casa de Airy, pero esta vez el mayordomo le dijo que el matrimonio estaba cenando y no se le podía molestar. El pobre Adams no sabía que los anteriores embarazos de la señora Airy habían sido especialmente difíciles y su marido, preocupado por su estado, no vio motivo para interrumpir su cena por cuestiones de trabajo. Adams, en lugar de esperar, se marchó.

Con todo, Airy tenía sobre su mesa los cálculos de Adams y tenía serias dudas sobre los cálculos y le pidió algunas aclaraciones, a las que Adams no contestó. Mientras Leverrier comenzó a analizar la órbita de Urano y el 31 de agosto de 1846 presentaba una memoria a la Academia de Ciencias francesa donde situaba al planeta a «5 grados al oeste de la estrella delta Capricorni». Pero ningún astrónomo francés buscó el planeta.

Dos meses antes, el 23 de junio, Airy había recibido una memoria previa de Leverrier sobre la posición de Neptuno, que difería en sólo un grado de la calculada por Adams. Airy comentó a diversos astrónomos ingleses las ideas el francés, pero no mencionó para nada a Adams. Éste, por su parte, había afinado sus cálculos y al no recibir contestación de Airy, que estaba fuera del país, decidió presentar sus resultados en una reunión de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia. Pero cuando llegó la sesión dedicada a la astronomía había terminado. Leverrier, asqueado de que no le hicieran caso, escribió al ayudante del director del Observatorio de Berlín, Johann Galle. El mismo día en que recibió la carta, el 24 de septiembre, Galle y su estudiante Heinrich d’Arrest apuntaron al lugar sugerido y en menos de una hora encontraron el planeta.

¿Quién fue el descubridor de Neptuno? Ninguno de los protagonistas de esta historia porque el 28 de diciembre de 1612 Galileo lo había descubierto mientras observaba Júpiter y sus lunas: lo confundió con una estrella y un mes más tarde se dio cuenta de que esa estrella se había movido. Como no pensó que podía tratarse de un planeta que no podía verse a simple vista, creyó que se había equivocado.

En el caso del pleito Ortiz-Brown lo que subyace es si hay que informar a toda prisa el descubrimiento de un nuevo objeto (Ortiz) o esperar a que se confirmen los datos para evitar falsos anuncios (Brown). Lo que sí es cierto es que Brown, escaldado, notificó el descubrimiento de un nuevo objeto, 2003 UB313, antes de lo que tenía previsto. Y no le fue mal: es un 20% mayor que Plutón, lo que le convierte en el mayor objeto del cinturón de Kuiper.

Los integrantes del grupo que lidera Brown en el Caltech, California, son verdaderos “cazaplanetas”. Ellos son los descubridores de los tres objetos más brillantes del cinturón de Kuiper después de Plutón: 2005 FY9 y los ya mencionados 2003 EL61 y 2003 UB313, que bautizaron respectivamente con el nombre en clave de Conejito de Pascua –Easterbunny–, Santa –por Santa Claus– y Xena –en honor a la serie de televisión, Xena, la princesa guerrera–. Su nombre oficial es, actualmente, Eris.

Descubrir nuevos objetos no es difícil: basta con sacar fotografías de la zona a estudiar lo suficiente espaciadas en el tiempo como para registrar un cambio de posición de una “estrella” respecto a las del fondo. Determinar su tamaño es lo complicado, pues lo único que se tiene es un debilísimo puntito de luz. Podríamos suponer, correctamente, que el brillo del objeto es proporcional al tamaño, pero entonces estaríamos olvidando que también depende del tipo de material que lo compone. Por ejemplo, si la superficie de Eris fuera como la de la Antártida, su diámetro sería de 2.475 km; pero si está compuesta por el mismo tipo de rocas que Plutón, sería de 2.860 km. Una forma de estimar el tamaño es a través de telescopios de infrarrojo, como el Observatorio Espacial Spitzer. Sabiendo cuál es el brillo en esas longitudes de onda del objeto se puede calcular la cantidad de calor que emite. Por otro lado, de la distancia a la que se encuentra se obtiene una buena estimación de su temperatura superficial –en este caso, unos 240 grados bajo cero–. Combinando ambas observaciones se obtiene el tamaño aproximado.

Con Eris la situación se complicó porque alguien en la cadena de técnicos que operan el telescopio espacial introdujo mal las coordenadas y observó un objeto que no era el pedido. Un error peculiar, porque las de los otros dos planetoides que Brown también pidió observar –Conejito de Pascua y Santa– sí se hizo correctamente. Al final se ha obtenido un resultado preliminar que confirma a Eris como el objeto más grande del Cinturón de Kuiper: 2.700 km de diámetro. Por su parte, nuestro noveno planeta mide 2.274 km.

El 10 de septiembre de 2005 astrónomos del Observatorio Keck de Mauna Kea, en Hawai, anunciaban un nuevo descubrimiento: Eris tiene un satélite. Se trata de hallazgo importante: tres de los cuatro objetos más grandes del Cinturón –Eris, Plutón y Santa– tiene satélites orbitando a su alrededor. Esto sugiere que debe existir un mecanismo no conocido y bastante habitual que sea el culpable. Y no sólo eso. Determinar el periodo de rotación del satélite y su distancia a Eris permitirá conocer la masa del que se ha llamado el décimo planeta. Por supuesto no resulta sorprendente que lo bautizara provisionalmente con el nombre de Gabrielle, la compañera de aventuras de Xena.

El equipo de Brown no se detuvo aquí. En noviembre publicaba en The Astrophysical Journal Letters que Santa tenía… ¡dos satélites! El primero lo habían descubierto el 28 de enero de 2005 y el segundo, más débil, lo habían encontrado en tres de las cinco fotografías que hicieron al primer satélite. Mientras, astrónomos del Telescopio Espacial Hubble también anunciaban el descubrimiento de dos nuevas lunas de Plutón –S/2005 P1 y S/2005 P2– orbitando a 44.000 km del planeta y con un tamaño entre 45 y 160 km de diámetro.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. pasaba por aquí dice:

    No veo duda entre la diferencia en hacer una investigación y dejar los datos preliminares al alcance de todo el mundo, y aprovecharse de un trabajo ajeno.
    Vaya triste mérito el de nuestros astrónomos, copiar y pegar.

  2. Salteador dice:

    Hola señor Sabadell, saliéndome un poco del tema, permítame preguntarle si estuvo la semana pasada en la universidad politécnica de valencia. Me pareció cruzarme con usted en un pasillo…

    1. masabadell dice:

      Pues lamento decirle que no, no era yo…

  3. Carlos dice:

    Desde luego el tal Ortiz no es un espía, puesto que la información era pública, pero evidentemente sí es un sinvergüenza poco digno de ocupar un puesto universitario.

    Si estos comportamientos se generalizan entonces los investigadores tendrían que dedicarse a ocultar y mantener en secreto sus investigaciones, en lugar de hacerlas públicas para el bien común.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s