La ciencia contra los muertos vivientes (y III)

Llegados a este punto podemos volver a nuestro juego de especulación científica y ver hasta qué punto es justificable la pérdida de conciencia que poseen. Para eso debemos fijarnos en el neocórtex, la parte más externa del cerebro y el lugar donde están alojadas las funciones superiores. Sin él, los animales que lo poseen presentan “un comportamiento instintivo y esterotipado”, comenta el psicólogo Richard Gross. Pueden repetir los comportamientos convertidos en rutinas y están dirigidos por sus instintos. Sin embargo, quizá sí puedan desarrollar algún tipo de conciencia propia. El año 2008 los biopsicólogos alemanes Helmut Prior, de la Universidad Goethe, y Ariane Schwarz y Onur Güntürkün, de la Universidad de la Cuenca del Ruhr, publicaron en la revista PLoS Biology que no solo los humanos y algunas familias de mamíferos son capaces de reconocerse ante un espejo. Las urracas también lo hacen. Lo que convierte este descubrimiento en algo sorprendente es que las urracas, como todas las aves, no poseen neocórtex, luego sin las estructuras cerebrales de los mamíferos también puede haber “conciencia”. Eso sí, lo que resulta en todo punto imposible es que un miembro cortado tenga algún tipo de vida propia, como cierta mano en Terroríficamente muertos.

Con todo, el poco cerebro que pueda quedarle a un zombi le basta para mantener algún tipo de memoria, reliquias de comportamientos rutinarios, de lugares conocidos, de una mínima geografía. Así podemos justificar ciertos guiones, como el de El amanecer de los muertos, donde acuden en masa a los centros comerciales, o en La tierra de los muertos vivientes, que repiten mecánicamente lo que hacían en vida.

Claro que todo no es tan sencillo como parece. La destrucción del cerebro del zombi conlleva un efecto demoledor sobre los órganos sensoriales, con la desaparición de los sistemas visual y auditivo, a lo que habría que añadir el desarrollo de miopía y ceguera a los colores debido a la degradación del ojo. Lo único que le queda al muerto viviente es su olfato, únicamente si mantiene intacto, entre otras zonas cerebrales, la amígdala (una parte del cerebro que también está relacionada con el almacenamiento de recuerdos emocionales). Esto explicaría por qué no se atacan entre ellos, ni se devoran: los zombis deben “oler” la muerte y, por tanto, identificar su carne como poco agradable. De todos modos, es peculiar que en las luchas en las que intervienen un gran número de zombis ningún ataca a otro por error: no hay bajas por fuego amigo. Al parecer de los guionistas, no es muy atractivo que los zombis se ataquen entre ellos. Es comprensible: eso daría una oportunidad a los protagonistas, y eso no se puede consentir.

“Cuando el infierno esté lleno, los muertos caminarán sobre la Tierra”, decía la publicidad de la película Zombi. ¿Realmente podrían acabar dominando el planeta? Algunos, como el neurocientífico Anders Sandberg, han realizado simulaciones sobre la evolución de una población de humanos y zombis, en lo que sería una versión de terror del clásico problema ecológico de los zorros y los conejos.

Teniendo en cuenta que su velocidad es de unos pocos kilómetros al día, las plagas de zombis suelen estar autorreguladas: empieza con una expansión rápida, luego alcanza un equilibrio, para ir desapareciendo a medida que se termina la comida. Del mismo modo, en su población abundan los ancianos y enfermos, pues son más fáciles de cazar y, por tanto, resultan ser cazadores poco eficaces. Por supuesto, existe una presión evolutiva sobre ellos. Si matan pero no muerden acaban desapareciendo, luego están obligados a evolucionar de modo que hieran al mayor número de personas posible para mantener la población.

Algunos aficionados, mucho más sutiles, argumentan que eso de devorar seres humanos para alimentarse es algo que los guionistas deberían olvidar. Más que nada porque si están realmente muertos no lo necesitan. Lo que deberían contar las próximas películas es que su ataque a los seres humanos no es más que un subproducto del efecto envilecedor del “virus”: activando la necesidad de comer se consigue que el muerto viviente sea más violento.

De todas formas, la mejor forma de disfrutar del espectáculo zombi es acercarse a la fiesta The it’s alive show que se celebra todos los octubres en Monroeville, Pennsylvania, y culmina con la habitual caminata por el centro comercial de esta ciudad, el lugar donde se desarrolló la segunda película de la saga de George A. Romero que en España se estrenó como Zombi. Ya lo dice uno de los organizadores, “si quieres convertirte en muerto viviente solo debes pintarte de negro alrededor de los ojos y elevar una mirada perdida al cielo”.

(Publicado en Muy Interesante)

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Dani dice:

    Podemos distiguir a un zombie a simple vista, sin ni siquiera tener que cruzar palabra con él, llevan unas pulseritas de goma con una especie de holograma….si ves a alguno: HUYE!

    Muy original la trilogía. Gracias

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