La ciencia contra los muertos vivientes (II)

“Empezó a disparar… las balas destrozaban el lugar. Vi a una de esas cosas recibir 30 disparos. Tenía que estar muerto, pero continuó acercándose. Hasta que recibió un tiro en la cabeza… La única manera de detenerlos es disparándoles en la cabeza”. De esta forma se explicaba Ben, uno de los protagonistas de la película La noche de los muertos vivientes, iniciadora de este subgénero del cine de terror con un alto contenido en sangre y vísceras. En ella su director y coguionista, George A. Romero, ponía las bases de lo que sería el leitmotiv de otras igualmente exitosas como Resident Evil, 28 días después, El amanecer de los muertos, la española Rec o la comedia Zombies Party, por señalar algunas de las más conocidas.

Una cosa es clara: lo que todos tenemos en la cabeza cuando nos hablan de zombis es un cadáver reanimado. De hecho, es el núcleo central de la serie de películas de George A. Romero, que ha establecido las características estándar de este tipo de criaturas. Según Kim Paffenroth, estudioso de las religiones y autor del libro El evangelio de los muertos vivientes, son tres: Se les puede matar de un tiro en la cabeza; suelen ser lentos, mental y físicamente, pero lo que pierden en velocidad lo ganan en fuerza; comen personas y al que muerden se convierte en zombi.

Esto último resulta ser un detalle fundamental para entender su expansión en el mundo apocalíptico que, inspirándose en Richard Matheson, plantean los guiones de todas las películas, el contagio vía mordedura. Esto limita a los guionistas a la hora de buscar el posible origen de la epidemia: un microbio como un virus o una bacteria. Lo curioso es que las películas recientes no hayan incluido como fuente de la “enfermedad” alguna molécula parecida a un prión, una proteína que saltó a la fama por ser responsable de la famosa enfermedad de las vacas locas o Creutzfeldt-Jakob (ECJ). Curiosamente, los priones producen enfermedades que afectan al Sistema Nervioso Central, una característica básica de la infección zombie. Además, esta rara enfermedad comparte muchos de sus síntomas con los de un muerto viviente: en las etapas iniciales los enfermos de ECJ sufren fallos de memoria, cambios de comportamiento, falta de coordinación y perturbaciones visuales. A medida que progresa, el deterioro mental se hace más pronunciado y pueden darse movimientos involuntarios, ceguera, debilidad de las extremidades y coma, culminando con la muerte del paciente.

Sin embargo, el atractivo de los virus en el cine es claro. La infección se produce por contacto con los fluidos del zombie, luego el contagio también debería darse si la sangre, saliva o cualquier otro tipo de fluido presente en el organismo del muerto viviente pasa a un ser humano. Algo que no suele tenerse en cuenta en estas películas, sobretodo cuando les disparan a bocajarro y parte de la sangre salta a la cara del humano, con el consiguiente deleite de los aficionados.

Si nos fijamos en cómo evoluciona la enfermedad en las distintas películas del género podemos extraer un patrón básico. Las primeras fases de la infección aparecen al poco tiempo del contagio y los síntomas son parecidos a los de la gripe: náuseas, fiebre, debilidad generalizada… La salud se va deteriorando progresivamente a medida que el supuesto virus alcanza el sistema nervioso: éste es el verdadero peligro de la infección. Evidentemente, los estadios finales de la infección llevan a la muerte del paciente, momento en el cual el virus supuestamente toma el control del Sistema Nervioso Central. Cualquier conciencia que pudiera tener el infectado ya habrá desaparecido y se generaliza un comportamiento violento indiscriminado. El movimiento lento, desacompasado, podría ser debido a que el virus no está finamente ajustado para controlar los impulsos eléctricos que gobiernan las extremidades.

En su búsqueda de justificaciones científicas, loas aficionados a las películas de zombis han señalado el orden de virus al que podría pertenecer: los Mononegavirales, virus de ARN causantes de enfermedades como la rubeola, la rabia o los peligrosos ébola y Marburgo, que provocan fiebres hemorrágicas con una alta tasa de mortalidad. Lo que resulta más difícil de justificar es que el virus zombi sea fatal en un 100%. Únicamente el del sida en los primeros años de la enfermedad se ha acercado a una efectividad completa. Por el contrario, en el caso del otro gran virus mortal, el ébola, su mortalidad oscila entre un 40 y un 90%.

Por supuesto, que los muertos y enterrados vuelvan a la vida, como sucede en las películas de George A. Romero y en la española de Jorge Grau No profanar el sueño de los muertos, es algo biológicamente imposible. Por eso, en la mayoría de las películas la muerte y conversión es un proceso dirigido por el propio virus. Como si de un juego de especulación científica se tratara, podemos tratar de imaginar cómo podría suceder.

Todo debe comenzar con un ataque masivo a los órganos vitales. La ictericia que tan afanosamente resaltan los expertos en maquillaje se puede explicar como que el hígado está dañado. Es posible que este órgano, junto con los riñones (los zombis no hacen pis, al menos en pantalla…), sea uno de los primeros objetivos del virus. Por otro lado, y siguiendo los estándares de las películas del género, la infección reduce la temperatura corporal y lleva al cuerpo a una hipotermia. El corazón rebaja drásticamente el ritmo de los latidos lo que conlleva un escaso riego del cerebro y la muerte de gran parte de la masa cerebral, esencial para eliminar la conciencia del huésped y que el virus pueda tomar el control del organismo.

Pero a medida que nos adentramos en las características biológicas del zombi de Hollywood las cosas se van poniendo más difíciles de explicar. Por ejemplo, su sistema circulatorio. Al dispararles no sangran o como mucho mana una especie de sangre de color negro muy viscosa (los aficionados la llaman aceite de zombi). Esto significa que su corazón no bombea y, por tanto, las venas no reparten comida ni oxígeno a las células. Esta situación es insostenible. El corazón debe funcionar para mantener la mínima estructura que parece tener un muerto viviente, aunque podríamos conceder que no fueran necesarios los clásicos 60-70 latidos por minuto del ser humano normal. Para resolver la paradoja algunos aficionados postulan que la sangre zombi podría ser bombeada por los músculos esqueléticos. Pero, claro, eso implica algún tipo de mecanismo desconocido. Otra posibilidad es que suceda a gran escala el modo que tiene nuestro organismo de alimentar la córnea del ojo, que no tiene capilares. De satisfacer sus necesidades de oxígeno se encarga la lágrima y el humor acuoso. ¿Podrían usar este recurso los futuros guionistas de este tipo de películas? No, pues la fuerza de la gravedad juega en su contra. La sangre que baja a los pies no hay manera de bombearla hacia la cabeza. El resultado sería que el pobre zombi perdería sangre como un coche viejo pierde aceite. Algo que no sería demasiado grave, pues es bien sabido que los zombis soportan perfectamente grandes pérdidas de sangre.

Los problemas biológicos a los que se enfrenta un muerto viviente tipo Hollywood son insuperables. No realizar una ingesta continuada de alimentos (salvo las pocas veces en las que tienen a su alcance carne fresca) implica que carecen de la homeostasis que caracteriza a todo sistema biológico, la regulación del ambiente interno para mantener una condición estable y constante. Aunque parecen poder soportar mucho tiempo sin comer, o sin comer en absoluto, el destino final de un zombi debe ser la muerte por inanición, que es la inteligente manera de acabar con la infección que utilizan en 28 días después. Sin dieta regular los muertos vivientes queman primero sus propias grasas corporales y luego las proteínas musculares… Todo esto tiene un efecto global que no se contempla en las películas: con el tiempo un zombi debe ir perdiendo su capacidad para moverse.

Eso siempre que llegue a este estado. La práctica inexistencia de un mínimo metabolismo deja al zombi en lo que es realmente: un cuerpo muerto, y por tanto, en proceso de descomposición, que puede desplazarse por el mundo. Esto lo convierte en cobijo ideal para todo tipo de insectos y microbios necrófagos. En este sentido, resulta incomprensible que ninguna película mencione lo que sería la seña de identidad más característica de un muerto viviente: su repugnante olor, producto de sustancias de nombres tan coloridos como putrescina o cadaverina. Es más, por el grado de descomposición del cuerpo del zombi seríamos capaces de determinar su edad. Las infecciones en las heridas abiertas y las llagas o su incapacidad para calentarse en condiciones de temperaturas bajo cero, por ejemplo, hacen que sea todo un logro que puedan cumplir el año de vida.

Hemos visto que hasta ahora a duras penas podemos justificarlo todo aludiendo al colapso global del sistema nervioso. Por ejemplo, al tener cortocircuitados los receptores del dolor no sienten las heridas abiertas, los huesos rotos o los miembros amputados. Los aficionados, siempre a la caza de justificaciones científicas a sus películas, abogan a que en el interior de los zombis se produce una descarga masiva de endorfinas guiada por el “virus”. No está mal pensado, porque así también explican la anormal fuerza que poseen. Del mismo modo, sin percepción del dolor no hay percepción del daño que se puede sufrir, como todos hemos podido comprobar alguna vez al salir de la consulta del dentista. Por eso los zombis son capaces de forzar su cuerpo al máximo. En definitiva: si el zombi de Hollywood ha perdido toda conciencia y tiene desconectado el Sistema Nervioso Central salvo para mantener la actividad motora, no es de extrañar que los expertos en efectos especiales hayan decidido presentar alguno de ellos si la mitad del cráneo, o más, para disfrute de los aficionados a la sangre y casquería.

(aparecido en Muy Interesante)

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. David dice:

    Es norma en el cine (ahora y a lo largo de su historia) no mencionar los olores, aunque hubo un intento con una cosa que llamaron “odorama” o algo así.

  2. CakAninkalm dice:

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