De Zar a peón

En 1698 el Zar de todas las Rusias, Pedro I el Grande, llegaba a la ciudad inglesa de Deptford, donde se encontraban los astilleros navales reales, para una estancia de 3 meses. Se instaló con su séquito en un casa solariega y se puso a trabajar como peón para tener una experiencia de primera mano sobre cómo los ingleses construían sus excelentes navíos.

Dicho así parece hasta razonable, ¿pero se imaginan a esos ejecutivos con máster MBA y del universo manchándose las manos en la cadena de montaje para comprender los problemas asociados a la producción? En este mundo se ha extendido la falacia que de igual forma se dirige una fábrica de coches, una revista o una planta de envasado de jamones al corte. Lo mismo sucede en política: el ministro debe saber de política y no hace falta que tenga idea de lo que sucede cuando se hacen carreteras o tanques.

Pero una fábrica de chorizos no se dirige como una de botones para sotanas: cada cual tiene sus peculiaridades que únicamente se descubren dentro del sistema y no mirando la cadena de montaje desde el tendido. Y si no la conoces dependes críticamente de asesores, técnicos y otros mandos intermedios que saben -o deberían saber- del oficio y quienes, como buenos seres humanos, te contaran los sucedidos “con los cortes del director”, en su propio interés. ¿Consecuencia? Que el directivo o ministro de turno debe rodearse, esencialmente, de personas en quien poder confiar, aunque no tengan ni idea de qué va la vaina. Suma y sigue.

La parte fundamental del astillero de Deptford no era las cifras del balance de cuentas, sino cómo se llega a poner ese número en el balance. ¡Claro que un ministro debe ser político! ¡Claro que un CEO debe saber de gestión empresarial! Pero no solo eso. Lo decisivo suele estar en el detalle y aunque es cierto que los árboles muchas veces no te dejan ver el bosque, como te subas a la casamata del guardabosques ni verás los árboles ni lo que pasa en el suelo, el lugar que asegura la supervivencia del ecosistema.

Pero en esta época de vagancia intelectual y de aristocracia educativa, un Pedro I el Grande está fuera de lugar. Y seguiremos reduciendo países y empresas a números e índices, olvidando que el componente fundamental es el trabajo de las personas. Es más, el primer paso de esta deshumanización se dio en los 80, cuando el departamento de personal pasó a llamarse de recursos humanos. Dejamos de ser personas y nos convirtieron en un boli. Y a los bolis no se les trata como a humanos.

(Aparecido en Muy Interesante)

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ambros dice:

    Una reflexión realmente interesante. Cuando preguntas a muchos jovenes que les gustaría estudiar rechazan las carreras técnicas. Demasiado difíciles y poco “rentables”. Prefieres estudiar economía o derecho. No porque les gusten sino porque lo ven como un trampolín a puestos de mando con mejores salarios y menos trabajo.

    Y el resultado práctico es aterrador. Un pequeño ahorro anual en mantenimiento puede convertirse en una enorme inversión para reparar los equipos años después. Un 10% menos de programadores ahorra dinero pero los programas quedan sin documentar y luego son imposibles de modificar o corregir.

    Se ha olvidado una regla muy simple. Para decidir sobre algo no basta con las mejores técnicas de gestión. Hay que conocer algo sobre el tema.

    Muy buena anotación.

  2. David dice:

    Estuve trabajando para Indra desde una subcontrata. Recuerdo que la jefe de Proyecto era una Ingeniera en informática. Pero el responsable técnico era un técnico estrictu-sensu. Y no sabeis que gustazo trabajar para un tipo que hasta cuando mea te enseña tu oficio. Es lo que tiene haber sido párroco antes que fraile.
    Si os fijais, comenzando desde abajo en Banca no se puede llegar más allá de un mando intermedio. Los directivos ni saben ni quieren saber como funciona. Ellos solo dictan la norma y si no funciona ya despediremos a 200 o 600 empleados a ver cuanto ahorramos y a cuanto suben mis plusvalías.

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