El Gran Debate

El 26 de abril de 1920 la Academia Nacional de Ciencias estadounidense convocaba un simposio con el siguiente tema: la escala del universo. Dos de los principales científicos que asistían al evento eran Harlow Shapley y Heber D. Curtis. Ambos viajaron en el mismo tren camino de Washington y se pasaron el tiempo charlando sobre flores.

Tras cumplir con las formalidades de rigor en este tipo de reuniones científicas asistieron a un banquete que muy bien podría pasar a la historia como uno de los más aburridos jamás celebrados. El tedio fue tal que durante la cena Albert Einstein le comentó a su vecino de mesa: «Acaba de ocurrírseme una nueva idea de la eternidad».

Los días siguientes los científicos asistentes expusieron sus ponencias. Las dos más interesantes fueron las de Curtis y Shapley. Curtis defendía que algunas de las nebulosas difusas que se observaban en el cielo eran, en realidad, galaxias lejanas, discos de estrellas sin ninguna vinculación con la nuestra. Por su parte, Shapley defendía que no era así. Esas nebulosas, y en particular la gran nebulosa espiral de la constelación de Andrómeda, no era más que una nube de gas y polvo dentro de nuestra galaxia, un lugar donde se estaban formando nuevas estrellas.
Tras cada intervención los dos hombres propusieron sus propias refutaciones. Al terminar el congreso, Shapley y Curtis volvieron a sus casas.

Aquel acontecimiento ha ganado una importancia simbólica porque marcó un cambio fundamental en nuestra concepción del universo: aumentó drásticamente de tamaño y se pobló de cientos de miles de millones de galaxias como la nuestra. ¿Tenía Curtis razón? Sí. En lo que erraba, y en lo que Shapley tenía razón, es que el universo era inmenso, y no pequeño. Frank Shu, en su libro The Physical Universe, An Introduction to Astronomy, lo dejó meridianamente claro:

El debate Shapley-Curtis es importante, no sólo como documento histórico, sino también como un destello de los razonamientos realizados por eminentes científicos en una controversia donde las evidencias de ambos bandos son fragmentarias y parcialmente erróneas. Este debate ilustra con fuerza lo complicado que es guiarse en el engañoso terreno que caracteriza la investigación fronteriza de la ciencia.

Más de sesenta años después, a aquella ⎯en palabras de Shapley⎯ «agradable reunión» se la conoce como el Gran Debate.

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