Explosión en 1987

Era la noche del 23 al 24 de febrero de 1987 en el observatorio astronómico de Las Campanas, en los Andes chilenos. Uno de los ayudantes del astrónomo que esa noche operaba en uno de los telescopios salió un momento al exterior y miró al cielo. De pronto se dio cuenta de que había algo fuera de lo común allí arriba. Dentro de esa mancha blanquecina que es la Gran Nube de Magallanes, una galaxia satélite de la nuestra, había una estrella especialmente brillante, una estrella que no debería estar ahí. Corrió al interior y llamó la atención al astrónomo que se encontraba enfrascado en sus propias observaciones.

Algunas horas antes del descubrimiento de esos dos astrónomos algo también completamente inusual sucedía casi al otro lado del globo, en el interior de una mina de zinc abandonada en Japón. En la mina de Kamioka se estaba desarrollando un experimento que pretendía comprobar una de las predicciones más fascinantes realizada por una teoría de la la física de partículas muy en boga en aquella época. Las llamadas teorías de gran unificación predecían que en este universo nada es eterno, ni siquiera la materia. Según sus cálculos el protón, uno de los constituyentes del núcleo atómico y del que se creía que era inmortal, en realidad se desintegraba. Para comprobarlo los japoneses había llenado un enorme depósito con 3.000 toneladas de agua purísima y lo habían rodeado de multitud de detectores destinados a registrar los destellos de luz que engendrarían los productos de su desintegración. Para evitar otros chispazos indeseables provocados por la tormenta de partículas elementales que nos llega del cosmos, habían enterrado este inmenso balde de agua en las profundidades de la mina de Kamioka, a 3.300 metros de profundidad.

Hacia las 7 y media de la tarde del 23 de febrero sus detectores se dispararon inesperadamente doce veces. Simultáneamente, otro detector enterrado en la mina de sal Morton-Thiokol cerca de Fairport, Ohio, contó 8 neutrinos, y un tercer detector situado bajo el monte Andyrchi, en el Cáucaso, registró la llegada de 5 neutrinos. ¿Qué había ocasionado semejante chisporroteo? El chorro de neutrinos que, después de cientos de miles de años de viaje, había barrido la Tierra proveniente de esa brillante estrella descubierta en Chile.

Los dos sucesos correspondían a una explosión de supernova, la primera visible a simple vista desde 1604. En los meses siguientes gran parte de los telescopios del mundo siguieron hasta el más mínimo detalle el curso de esta impresionante deflagración, el final más violento que le puede suceder a una estrella. Una estrella con varias veces la masa de nuestro Sol había muerto hacía 170.000 años y ese día, el 23 de febrero de 1987, nos llegaba la noticia de su defunción: de los diez billones de trillones de neutrinos que se produjeron en la explosión se detectaron únicamente 25.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. David dice:

    Sencillamente maravilloso…

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