A la caza de dios

En Greater Sudbury, Ontario, Canadá, el neurocientífico Michael Persinger está empeñado en descubrir cuál es el patrón cerebral que genera el sentimiento de estar junto a Dios, de las sensaciones místicas. De hecho, afirma que excitando ciertas regiones específicas del cerebro con pulsos electromagnéticos se pueden inducir experiencias religiosas. Persinger pertenece a un reducido grupo de científicos, llamados neuroteólogos, que creen que la espiritualidad tiene una base neurológica. Este investigador sienta a sus conejitos de indias en una habitación totalmente silenciosa donde no entra ni un rayo de luz y les coloca en la cabeza el “casco de Dios”: un dispositivo que crea un débil campo magnético sobre los lóbulos parietal y temporal derechos del cerebro. Al parecer un 80% de los participantes han sentido esa presencia divina. Entre el otro 20% se encuentra el ateo militante Richard Dawkins, que hace cuatro años se ofreció como voluntario y salió desilusionado por no poder “haber entrado en comunión con el universo”.

Para Persinger el campo magnético dispara la actividad eléctrica de los lóbulos temporales provocando la experiencia espiritual. En 2004 un grupo de científicos suecos de la Universidad de Uppsala liderados por Pehr Granqvist no consiguió reproducir sus resultados; según Persinger, los sujetos no habían sido expuestos al campo durante el tiempo suficiente.
Andrew Newberg, de la Universidad de Pensilvania, también se ha ganado su puesto en esta peculiar rama de la neurociencia al tomar imágenes cerebrales SPECT (single-photon-emission computed tomography) a monjes tibetanos y franciscanos. Su trabajo descubrió que la meditación desactiva las zonas del cerebro que regulan la personalidad –al perder la capacidad de distinguirse de los demás es fácil sentirse identificados con la totalidad– y que la actividad del encéfalo se ve modificada, intensificándose en la parte frontal del cerebro. El descenso de la actividad en los lóbulos parietales, cuya función es orientar nuestros cuerpos en relación al mundo, da lugar a percepciones espaciales anormales y posibilita la experiencia mística. De hecho, quienes tienen dañadas estas zonas del cerebro suelen perder su capacidad para moverse con soltura por el entorno porque les resulta dificultoso saber dónde termina su cuerpo y comienza el mundo exterior.

“Que estas experiencias sean comunes a personas de cualquier confesión indica que estamos tratando con los mismo procesos neuronales”, añade Newberg. El neurocientífico se cura en salud al afirmar que ni este ni otros estudios pueden decir nada sobre la existencia de Dios. “Es como tomar las imágenes de un cerebro que está mirando un cuadro”, explica. “Podemos ver qué zonas se activan, como el córtex visual, pero no podemos decir nada sobre si realmente lo está contemplando o lo está imaginando”. Lo intrigante es que existe cierta coincidencia entre la actividad cerebral ligada a la autotrascendencia y la del placer sexual: ambas se desencadenan por una actividad rítmica –en el caso religioso bailando, cantando o repitiendo mantras– y ambas producen sensación de goce, de unidad… No resulta extraño que Santa Teresa usara un lenguaje cargado de romanticismo y toques sexuales al describir sus éxtasis.

Lars Farde, profesor de psiquiatría en el Instituto Karolinska de Estocolmo, ha vuelto a poner en la palestra una sustancia que siempre ha estado orbitando en la mente de los científicos cuando se habla del hecho religioso: la serotonina. En su investigación publicada en 2003 en el American Journal of Psychiatry, Farde y sus colaboradores midieron los niveles de serotonina de 15 hombres entre los 20 y 45 años. Su interés por este neurotransmisor, y sobre todo por el receptor 5-HT1A, “uno de los más importantes, pues sirve como marcador de todo el sistema serotonínico”, explica Farde, es debido a que existe una alta correlación entre las funciones cerebrales y la personalidad; de hecho, este equipo fue el primero en demostrarlo. Estudiando la relación entre los niveles de serotonina en la depresión y en la ansiedad, descubrieron que existe una conexión entre aquellos y la espiritualidad de los individuos: ésta es mayor cuanto más baja es la densidad de receptores de serotonina. ¿Podría existir una base química para creer en un ser superior? ¿Si una sustancia que segrega nuestro cuerpo es capaz de hacernos tener visiones místicas, podrían inducirse artificialmente si ingerimos los famosos “hongos sagrados”? Chamanes y hechiceros han usado drogas alucinógenas para alcanzar ciertos estados “de comunión con el universo”. Aunque este hecho es bien conocido, no se ha podido probar con todo el rigor necesario hasta el año pasado, cuando unos médicos de la Universidad Johns Hopkins liderados por Roland R. Griffiths sometieron a 36 voluntarios sin experiencia previa en alucinógenos a diferentes dosis de psilocibina –un alcaloide presente en muchas especies de hongos–.

Los resultados fueron asombrosos: el 61% tuvieron experiencias místicas completas. Tras dos meses de ingesta, el 79% de los participantes afirmaron que se sentían mucho más satisfechos con su vida. Familiares y amigos confirmaron que habían visto en ellos un cambio a mejor. Rick Strassman, un psiquiatra budista de Nuevo México, defiende que, para entender la conciencia humana, es esencial tener en cuenta otra sustancia que también está relacionada con el receptor 5-HT1A: la dimetiltriptamina o DMT, que él la llama la molécula espiritual. Además de producirla nuestro metabolismo en pequeñas cantidades, es el principal componente de la ayahuasca. Su ingesta produce visiones como las que tuvo el ecólogo contracultural Terence MacKenna, que ha descrito sus encuentros con unos seres que llama Elfos de la Máquina.

Strassman, el primer investigador en obtener un permiso federal para experimentar con drogas psicodélicas en humanos en los años 70, cree que la DMT se sintetiza en la glándula pineal –el famoso tercer ojo y lugar donde se producen precursores de esta molécula, como el triptófano, un aminoácido esencial–. Las explosiones de sensación mística pueden ser debidas, añade, a que la glándula pineal la produce en exceso –sería como recibir un “chute”– o bien que, por algún motivo, nuestro propio organismo no es capaz de regularla. Según este psiquiatra la DMT también es responsable de las experiencias cercanas a la muerte, las supuestas abducciones extraterrestres y toda una panoplia de fenómenos exóticos cognitivos. En sus más de 400 sesiones con DMT, la mayoría de los 60 voluntarios experimentaron sensaciones de éxtasis, felicidad, inefabilidad, una cierta conciencia de que la vida va más allá de la muerte y el contacto con una “presencia poderosa, sabia y amorosa”. Claro que también un 47% de los sujetos se encontraron con seres tan poco religiosos como robots, elfos, payasos, extraterrestres… que no siempre eran amistosos.

Teniendo en cuenta que nuestro metabolismo y, por tanto, el manejo que nuestro cuerpo hace de todas estas sustancias está guiado por los genes, ¿podríamos estar “programados” para creer en Dios? Hace un cuarto de siglo psicólogos y antropólogos asumían que la religión era producto de la socialización, que uno creía por influencia del entorno. Y así hubiera seguido siendo si no fuera por un programa de investigación comenzado en 1979 en la Universidad de Minnesota con gemelos monozigóticos.

Los resultados más interesantes y polémicos se han realizado estudiando la personalidad y rasgos culturales de gemelos criados por separado. La posición de partida es simple: dos gemelos poseen la misma carga genética; si han sido educados en ambientes distintos, estaremos en predisposición de saber hasta qué punto influyen los genes en su comportamiento. El problema no es tan sencillo como medir la carga del electrón y está sujeto a numerosas variables, pero puede darnos ciertas pistas. En los primeros estudios, los científicos compararon gemelos idénticos con hermanos normales –que comparten sólo un 50% de los genes–, todos ellos criados separados. Encontraron que los gemelos coincidían a la hora de creer en Dios el doble que los no gemelos. Curiosamente, era al tener que cumplir los rituales de las religiones organizadas donde los resultados eran parejos entre los dos grupos.

Aparentemente, creer en Dios puede estar influido genéticamente, pero asistir a misa los domingos es completamente cultural. En 2005 Laura Koenig publicaba una revisión de los larguísimos cuestionarios que se realizaron a gemelos y familiares en Minnesota durante los años 90. Analizados los datos, el resultado saltaba a la vista: durante la niñez y la adolescencia tanto los gemelos como los hermanos normales poseen prácticamente la misma fe religiosa que en su casa. Es en la edad adulta cuando surgen las diferencias: mientras los gemelos desarrollan pautas religiosas comunes, los que no lo son no suelen coincidir en cuestiones de fe. En definitiva, durante la madurez la genética se convierte en un factor dominante, ya sea fortaleciendo o reduciendo el ímpetu religioso inicial.

Ante semejante perspectiva no es de extrañar que algunos se hayan lanzado a buscar el “gen de Dios”. Quien dice haberlo encontrado, o al menos tener un candidato, es el genetista norteamericano Dean Hamer. En 2004, publicó la hipótesis de que una de las dos versiones posibles que del gen VMAT2 tenemos los humanos es el culpable de que tengamos ese sentido de autotrascendencia.

Entender por qué existe el sentimiento religioso en los seres humanos es una empresa científica reciente: hasta hace bien poco era un tema tabú. La psicología evolutiva, con Pascal Boyer a la cabeza, lleva sólo 15 años enfrentada al problema. Muchos piensan que debe haber algo en la circuitería de nuestro cerebro que nos hace propensos a ello y a todas las variantes de religión que existen; hay algunas donde los dioses mueren, en la mayoría el elemento de salvación no es central de la doctrina… Veremos qué nos depara el futuro y si creer en Dios es, como opina Dawkins, un subproducto de nuestra necesidad de que alguien nos diga cómo actuar para sobrevivir o es, en esencia, una idea necesaria para que el cerebro haga su trabajo. En palabras de Newberg, “la principal razón para que Dios no quiera irse es porque nuestros cerebros no permiten que lo haga”.

(Original aparecido en Muy Interesante)

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Jorge Marín dice:

    Si Dios puede tener una base genética, Satanás espero que también.

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