¿Es racional creer en Dios?

Érase una vez dos exploradores que llegaron a un claro de la jungla donde crecían muchas flores. Pasmados ante tal belleza uno dice: “Un jardinero se ocupa de este lugar”. Pero el otro no está de acuerdo: “No hay ningún jardinero”. Montan sus tiendas y a pesar de realizar una vigilancia continua nunca llegan a ver al supuesto jardinero. “Quizá sea invisible”, piensan. Deciden instalar una valla de alambre de espino electrificada y patrullar el perímetro con perros policías, pues uno de ellos recuerda que en la novela El hombre invisible de H. G. Wells se le podía oler y tocar. Ningún grito les induce a sospechar que algún intruso ha recibido una descarga, ni ningún movimiento de la verja apunta a un escalador invisible. Los sabuesos nunca ladran. Pero el creyente todavía no está convencido. “Es que hay un jardinero invisible, intangible, insensible a las descargas eléctricas, que no desprende olor… un jardinero que viene secretamente a cuidar el jardín que ama”. Al final el escéptico, desesperado, contesta: “¿Qué queda de tu afirmación original? ¿En qué difiere lo que llamas un jardinero invisible, intangible y eternamente elusivo de un jardinero imaginario o de ningún jardinero?” Esta historia del ex-ateo y filósofo norteamericano Anthony Flew ilustra perfectamente el problema. Según él, las afirmaciones religiosas que no se pueden comprobar objetivamente son afirmaciones sin sentido.

Sin embargo, los creyentes dicen que el problema religioso no puede ser dirimido por métodos empíricos. Otros, como el evangelista John Montgomery, afirman lo contrario: “En el cristianismo no tenemos un mero alegato de que el jardín de este mundo lo cuida un jardinero amoroso; tenemos la prueba empírica en la persona de Jesucristo, verificable a través de la resurrección”. Que la resurrección sea una prueba empírica de la existencia de un Dios amoroso es un bocado difícil de tragar. Aunque muchos católicos creen que se trató de una verdadera resurrección en cuerpo y sangre, los teólogos hablan de un hecho transhistórico, más allá de la historia. O rizan el rizo distinguiendo entre suceso (hecho histórico accesible al conocimiento y la investigación histórica) y acontecimiento (hecho real que es inaccesible a la ciencia histórica), que es, obviamente, al que adscriben la resurrección. Pero en ambos contextos no cabe la reanimación del cuerpo material: “La resurrección es la superación de la muerte, no el retroceso a una vida anterior”, escribe el teólogo español González Faus.

Por su parte, la Iglesia Católica ha renunciado a su histórica pretensión de demostrar racionalmente la existencia de Dios. “El Primer Concilio Vaticano sustituyó el verbo demostrari, que figuraba en el borrador de la Constitución sobre la Fe Católica (1870) por el menos audaz de certo cognosci (es decir, el hombre puede conocer con certeza a Dios con la luz de la simple razón)”, dice el estudioso del cristianismo y ateo militante Gonzalo Puente Ojea. “La noción de Dios es una especulación arbitraria sin referente existencial, y por ello no se puede probar”, añade. “Si se actúa de buena fe nadie debe afirmar algo que él sabe que es inidentificable, para solicitar luego al oponente que demuestre que no existe”.

Un ateo jamás podrá demostrar la no existencia de Dios, como tampoco podrá demostrar nunca la no existencia de un ratón parecido a Mickey ni de ningún otro ser, no importa lo absurdo que sea. “Las afirmaciones de existencia pueden demostrarse presentando una entidad que posea las características afirmadas”, comenta el matemático John Allen Paulos, autor del libro Elogio de la irreligión. Éstas son las reglas de la lógica que la teología, desde Agustín de Hipona a Guillermo de Occam pasando por Tomás de Aquino, ha intentado soslayar.

Un ejemplo de las contradicciones lógicas con las que tiene que torear es la definición de Dios como un ser omnipotente y omnisciente. Si es omnisciente lo sabe todo, desde dónde caerá el más diminuto copo de nieve hasta cómo se doblará con el viento la más escondida brizna de hierba. “Pero siendo omnipotente puede actuar de la manera que quiera, incluyendo comportamientos diferentes a los que Él pudiera predecir”, añade Paulos. Dios no puede ser ambas cosas a la vez.

En esencia, el proclamado diálogo razón y fe es una construcción cristiana: hay que dar razón a la fe, algo que no está presente con tal intensidad ni en el judaísmo ni en el islam. Sólo así se entiende la publicación de libros con títulos como el reciente When faith meets reason, donde 13 investigadores anglosajones explican desde su experiencia personal los conflictos que aparecen entre la razón y la fe.

Como el cristianismo no se basa en la experiencia religiosa sino en la revelación de Dios, conlleva un problema que el filósofo inglés John Locke dejó claro hace más de 300 años: “Sea lo que sea que Dios ha revelado es ciertamente verdad; pero si es una revelación divina o no, eso lo deberá juzgar la razón”. Querer conciliar el acto de fe, la Biblia y la razón hace que la teología se encuentre siempre en la cuerda floja y sin libertad de movimientos, pues está encorsetada por la propia dogmática de la Iglesia.

Es curiosa la evolución de la doctrina. Tomás de Aquino fue condenado en la Universidad de París, la más importante de su época, por el arzobispo canciller, la más alta autoridad teológica de la época. Aquino no cedió y tres siglos después su Suma Teológica fue considerada base de la doctrina católica, y durante el Concilio de Trento fue puesta junto a la Biblia en el altar de la basílica de San Pedro. Sin embargo no todos están de acuerdo con el autor de las cinco vías para demostrar la existencia de Dios. Son aquellos que defienden que Dios es inefable, esto es, que no se puede describir con palabras. “Si lo conoces es que no es Dios”, decía San Agustín. El dominico del siglo XIII Eckhart de Hochheim escribió que “Dios no tiene nombre, pues nadie puede aprehender nada sobre él”. Un siglo más tarde el anónimo autor de Theologia Germanica, que tanto influyó en Lutero, dijo: “Dios es, y siempre será ni esto ni aquello que la criatura, como criatura, puede percibir, nombrar, concebir o expresar”. Nuestro San Juan de la Cruz, también acentuó esta peculiar característica de Dios al escribir que es “incomprensible y trasciende a todas las cosas”.

La pirueta lógica que un cristiano debe realizar es de órdago y proviene de la poderosa superestructura doctrinal de la Iglesia que obliga a los teólogos a hablar de fe razonable, que no racional, porque hay aspectos imposibles de casar y, por tanto, los ocultan bajo la alfombra del misterio insondable. Por ejemplo, la Trinidad de Dios, el dogma definido en el Primer Concilio de Constantinopla de 381. ¿Cómo explicar que hay tres personas distintas en una sola? Si sostenemos, además, que Dios es inefable no podemos afirmar que es trino. O está más allá de los conceptos humanos o se afirma su trinidad, pero no se pueden mantener ambos conceptos contradictorios. Eso sin nombrar que el propio concepto de Trinidad oculta para cualquier ser humano que no sea católico un politeísmo rampante. Un problema que no existe en el Islam y que sus místicos no dejan de señalar con el dedo: “El sufí vive en un mundo de verdadero monoteísmo, que no se puede comparar con el monoteísmo teórico del cristianismo, con la Santísima Trinidad, su plétora de santos y los nueve rangos de ángeles” dice el sufí moderno James Fadiman.

¿Y el dogma de la doble naturaleza de Jesús, verdadero hombre y Dios verdadero? Su origen hay que buscarlo en el concilio ecuménico de la Iglesia celebrado en Nicea (hoy la ciudad turca de Iznik) en 325. Se convocó para resolver la disputa entablada entre Arrio, que decía que Jesús era una creación de Dios, y el obispo de Alejandría y su diácono Atanasio, que defendían que Padre e Hijo eran lo mismo. Aunque muy pocos de los conciliares apoyaban a Arrio, la gran mayoría eran semiarrianos que buscaban una solución de compromiso entre ambas posturas y se oponían a la palabra consustancial defendida Atanasio. El emperador Constantino no entendía nada de los juegos semánticos de los conciliares pero vio que el grupo de Atanasio no se iba a apear del burro. Así que, asesorado por el obispo Osio de Córdoba, decidió en favor de Atanasio y declaró que aquellos que no aceptasen que Jesús era consustancial con el Padre serían desterrados. Arrio y Eusebio de Nicomedia no firmaron y fueron condenados al exilio y sus libros a la hoguera.

Así, cuando un cristiano declara en el credo que Jesús es “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre” está proclamando como artículo de fe una decisión política. Es labor de la teología justificar este hecho ya que, como escribía el recientemente fallecido teólogo Miret Magdalena, “en la fe no puede haber error, puesto que es una experiencia profunda que se tiene o no se tiene”. Como a pesar de sus habituales juegos semánticos no ha podido hacerlo, condenan a sus feligreses a aceptar este dogma como otro de los misterios de Dios; la inefabilidad como salida de emergencia ante la imposibilidad de generar una explicación racional. No es de extrañar que ante tales retos los teólogos hayan desarrollado a lo largo de los siglos una increíble capacidad para convencer jugando con los significados de las palabras; el sutil humor británico dice que la teología es el instrumento que ayuda a los agnósticos a quedarse en la Iglesia de Inglaterra.

En el caso de las religiones con textos sagrados el problema se agudiza. Estos escritos dicen recoger las palabras de profetas, santos, o fundadores de confesiones como Zaratustra, Buda, Mahoma, Cristo o Nanak, el fundador de la religión sij. El caso de los Vedas es particular, pues se supone que no fueron escritos por mano humana.

Si hay escritos no se necesita mucho para que aparezcan los intérpretes. Con el tiempo las sucesivas interpretaciones se distancian cada vez más porque los autores se encuentran capturados en un fuego cruzado: por un lado, su deseo de ajustarse a la palabra sagrada original; por el otro, el de obtener una exposición que signifique algo en su propia época. La aparición de diferentes tendencias o sectas es, pues, inevitable. El gran número de escritos en el hinduismo y el budismo han dado pie a muchas “escuelas”, pero el islam y el cristianismo no se quedan atrás aún con un número de páginas mucho más escaso.

El problema fundamental de estos textos es que la historiografía moderna y el conocimiento científico los colocan al borde del abismo de la credulidad. Que un anciano de 600 años construyera un arca para salvar a su familia y a una pareja de cada especie animal de un diluvio que cubrió la faz de la Tierra, resulta imposible de creer… hoy, no hace 150 años. Luego para salvar la situación se da la espalda a lo que todos los creyentes han aceptado durante 1.900 años, y de tratarse de una historial literal pasa a ser considerada un cuento embellecido, quizá inspirado en algún hecho histórico (de ahí las expediciones para encontrar el arca de Noé en el monte Ararat). Del mismo modo, el Nuevo Testamento ha sido modernizado y domesticado: la labor de la dogmática y la teología es dulcificar y adaptar a los oídos de los hombres y mujeres del siglo XXI unas palabras escritas en Oriente Medio hace 2.000 años.

El cristianismo ha tenido que enfrentarse a retos que no ha tenido el islam. Los musulmanes ni siquiera se plantean aplicar las técnicas historiográficas a su Corán: es palabra de Alá dictada a Mahoma y punto. El cristianismo también vivió esa edad de oro hasta que en el siglo XIX empezaron a surgir intelectuales que cuestionaron, con no poco riesgo físico y psíquico, la historicidad de los Evangelios. La reacción confesional fue producir una cantidad ingente de textos que, usando métodos históricos convenientemente modificados, acabaran dando razón a su fe: “primero historia, después teología”. “El historiador cristiano parte de un hecho fundamental de carácter metodológico: la inspiración de los libros canónicos –comenta José Monserrat, catedrático emérito de Filosofía de la Universidad de Barcelona y experto en copto-. La teoría explicativa del origen del cristianismo viene dada totalmente a priori, y puede resumirse en estas palabras: es una obra de Dios”. San Ignacio de Loyola, a pesar de ser el primero en establecer un camino racional y de constante evaluación para alcanzar la voluntad de Dios, se supeditaba a la obediencia: “Que lo blanco que yo veo, creer que es negro si la iglesia jerárquica así lo determina”.

Para evitar la acusación de estar realizando una historia teñida de ideología los investigadores confesionales aducen que los historiadores laicos también realizan su trabajo utilizando teorías a priori. Y es verdad, no existe el dato puro sin contaminar. Sin embargo, y como bien señala Monserrat, “la diferencia entre la historiación ideológica y la no ideológica no radica en la presencia o ausencia de elementos teóricos a priori sino en la calidad y procedencia de tales elementos. En la historiación ideológica vienen dados e impuestos por una instancia exterior; en la no ideológica vienen propuestos por el propio historiador”. Y añade: “El historiador independiente puede modificar sus teorías cuando compruebe que no son coherentes con los hechos. El historiador ideológico no puede alterar sus presupuestos y solo puede optar por una de estas dos alternativas: tejer un ‘cinturón protector’ de subteorías o intentar modificar la crónica de los hechos”.
El historiador y teólogo cristianos debe aceptar la validez histórica de los Evangelios y, por tanto, aceptar los milagros descritos en ellos; entre otros y el más importante el de la resurrección. Esto entra en contradicción con el método histórico-crítico al uso, que viene a ser la aplicación en la historia del método científico: los eventos históricos no pueden ser explicados aduciendo a un mundo sobrenatural. ¿Qué hacer? Usar lo que los teólogos evangélicos Paul Rhodes Eddy y Gregory A. Boyd han dado en llamar el método histórico-crítico abierto: aceptar que los hechos sobrenaturales pueden existir e influir en la historia humana. “Los académicos deben ser humildes y reconocer que pueden aprender algo de las formas de ver el mundo de otras culturas, que permiten los acontecimientos sobrenaturales” afirman. “Decir que Dios o cualquier otro agente sobrenatural actuó en la historia humana -por ejemplo, resucitando a Jesús- es análogo a decir que un ser humano actuó en la historia, excepción hecha que los agentes sobrenaturales son (entre otras cosas) invisibles”. E intangibles, como el jardinero. Teniendo en cuenta que las únicas pruebas que se presentan son testimonios, contradictorios entre sí, es de suponer que también darán como históricamente probable que Mahoma viajara en un caballo alado, que un ser sobrenatural fuera el autor de los Vedas y que los espíritus que vagabundean por los campos y poblados de los Azande en Sudán se dediquen a tirar tejados sobre las personas.

Enfrentados a tal cúmulo de piruetas lógicas muchos creyentes asumen que la fe es una expresión del sentimiento y de la emoción, no de la razón. Son los llamados fideístas. Para ellos es la emoción más que la razón lo que distingue al hombre de las bestias. “He visto más veces un gato razonando que riendo o llorando”, decía Unamuno. Según el fideísta Martin Gardner, “cuando la razón contempla el mundo fríamente no solo se encuentra con la ausencia de Dios, sino con buenas razones para suponer que no hay ninguna clase de dios. Desde esa desesperanza la fe viene a rescatarnos, no solo como algo no racional, sino como algo que, en cierto modo, es irracional”. Para Unamuno el prototipo de la fe era Don Quijote. La fe es algo quijotesco, es absurda.
El psicólogo William James, en su celebérrimo ensayo The will to believe, defiende que cuando nos enfrentamos a una elección forzosa donde las alternativas han de ser trascendentes -lo que llama una opción viva- y no hay suficientes elementos para decidir por vía racional, no nos queda más remedio que decidir emocionalmente. Para mucha gente la pregunta ¿existe Dios? es una opción viva. “Si el salto de la fe es lo que más le satisface a uno, entonces la fe es la mejor respuesta para él. Hay mucho que ganar y poco que perder. Uno tiene derecho a creer”, acota Gardner. Pero claro, este Dios resulta ser alguien muy alejado del de las religiones reveladas.

(Verión ampliada del artículo publicado en Muy Interesante)

11 Comentarios Agrega el tuyo

  1. David dice:

    Todo esto está muy bien, pero estos razonamientos son sólo válidos para los que son capaces de utilizar la razón. Desde la fe nadie entenderá (ni siquiera pretenderá entender) NADA en absoluto.

  2. Pasaba por aquí dice:

    Encuentro tanta o más irracionalidad en muchos no creyentes que en los creyentes en sí.
    Y hablo desde un apacible agnostismo. Quiero decir que no puedes apoyarte en lo absurdo de ciertas afirmaciones y milagros para decidir que no existe dios. Y desde luego, menos aún para afirmarlo.
    Por seguir con el ejemplo del jardín, si encuentras en él un sistema de riego que se activa automáticamente, aunque no encuentres jamás a nadie, tendrías que admitir que al menos existe la posibilidad de que puede haber alguien al que no eres capaz de encontrar.
    Quiero decir, que nuestro jardín es lo suficientemente complejo como para no considerar al menos la posibilidad.
    Pero sin prender fuego a nadie por eso, claro.

    Me ha encantado el artículo.
    No me veo capaz de negar categóricamente la existencia de algo que nos transciende. Pero la manipulación mezquina a la que nos someten, con la excusa de la religión, la veo en toda su magnitud, clara y transparente.

  3. Pues ahora que te veo pasar... dice:

    Pues te dirái que si desmonto el sistema de riego, lo vuelvo a montar y lo replico, entonces yo he adquirido los “poderes” de tu jardinero, o bien el jardinero no existe…

  4. masabadell dice:

    Lo que acabas de decir es el argumento de la complejidad irreducible utilizado por los del diseño inteligente para argumentar que hay un diseñador detrás de cosas como los sistemas inmunológicos o el flagelo de ciertas bacterias. El símil que utilizan es el de la ratonera. Lo que aquí sucede es algo muy común en el mundo de lo paranormal: si yo no encuentro explicación (natural), entonces es sobrenatural. No puedes basarte en tu propia ignorancia para rellenar los huecos del conocimiento con un ser que se encuentra fuera de este mundo.

  5. Naty dice:

    Muy bueno la entrada
    me gustaria compartir este video de un debate en el cual dos creyentes intentan demostrar la existencia de Dios sin apelar a la fe http://www.youtube.com/watch?v=bM0LVCca-lY&feature=related

  6. Ezequiel dice:

    Hola,tengo 13 años y me hice ateo hace 1 año,antes de esto creía en dios.Los motivos fueron:

    -No creo que “dios” esté en todas partes si no lo veo,no me convence.

    -Como la religión cristiana cuenta,el “diablo” era un arcángel superior a todos los ángeles en el cielo y “dios” lo tenía en un gran estima entonces,luzbel,así se llamaba ese arcángel,pensó que podía ser más que “dios” entonces luzbel se reveló contra el y “dios” lo hechó del cielo enviándolo al infierno y ahora el demonio es malo y causa daño a otros (según el cristianismo)y etc.Bueno,si “dios” supuestamente lo sabe todo y es perfecto y de todo,¿cómo iba a crear algo que iba a hacer mal,sabiendo que iba a pasar eso? entonces,no es taan perfecto como dicen.

    -Si “dios” tanto nos ama y nos quiere,¿por qué no hace nada mientras personas sufren y se mueren de hambre?,¿o cuando hay asesinos que matan gente?

    -No hay prueba de que “dios” existe.Y no me vengan con la idea de que “dios” si existe porque la tierra está perfectamente ubicada en el espacio para que exista la vida y bla bla bla…

    -¿Jesús?No existió o pudo haber existido pero no fue nadie milagroso ni nada.Algunos dicen: “pero curó ciegos,revivió gente,resucitó y etc.”.Es un invento y no hay pruebas feacientes de que halla sido cierto.

    -¿La Biblia?Un libro que cuenta la historia de una religión,lo mismo que en todas las religiones.

    -De qué se queja si hacemos pecados si él no nos creó perfectos,aparte,el hubiese sabido que lo que estaba creando iba a cometer pecados.

    En fin,ya no creo en dios y ahí les dejé las razones.Si alguno quiere discutir acá tiene mi e-mail pyro.eze@hotmail.com.ar.

    Los motivos los escribí como si en verdad existiese dios,aclaro que soy,como dije antes,ateo.

    Si a alguno le molestó lo que escribí,le digo desde lo más profundo del alma que se joda porque esta es mi opinion.

    1. yannick dice:

      Con el tiempo puede que cambies de opinión

  7. juan bautista dice:

    Dios te espera.

    ¿—-?

  8. nerea dice:

    yo aun sigo sin saber sin creer en dios o no no se que me pasa yo esque sigo sin saber de quien creer creer en dios o no ayudarme porfabor

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