Ajo y sida

Quizá muchos de ustedes no reconozcan el nombre de Matthias Rath. Se trata de un médico que se ha hecho de oro vendiendo píldoras multivitaminas por internet como tratamiento contra el sida. Y todo gracias, aparentemente, a no demasiados escrúpulos, o quizá a un conocimiento médico de esta enfermedad rayano en la ignorancia. Y no solo eso, sino que propala que los tratamientos estándar son tóxico y peligrosos. Si no fuera porque el contenido vitamínico de sus pastillitas es muy superior al permitido por la ley de muchos países para ser vendido como suplemento alimenticio, ahora estaría aún más forrado.

Como todo pseudocientífico que se precie, ha inventado su propia fuente de ingres…., perdón, terapia: la medicina celular. En esencia significa que enfermedades como el sida, el cáncer (así, en genérico), los problemas cardíacos, los infartos… se curan con sus pildoritas que vende bajo el paraguas siempre convincente de lo natural.

Su fundación, que denuncia “las prácticas comerciales de la industria farmacéutica y su negocio con la enfermedad”, centra su negocio en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Holanda, Sudáfrica, España, Francia y Rusia.

¿Alguien pilla la ironía? Es obvio que su lema “responsabilidad por un mundo sano” ilustrado con fotografías de niños africanos no es muy compatible con los 500 euros al mes que cuesta su tratamiento natural, a base de lacasitos, para los acomodados habitantes de esos países del primer mundo que, pobrecitos ellos, carecen de una Sanidad en condiciones.

El chollo lo encontró hace unos años en Sudáfrica con la entonces ministra de Sanidad (¡y ginecóloga!) Manto Tshabalala-Msimang, que mostraba una clara desgana por los retrovirales mientras cantaba las alabanzas del ajo, la remolacha, el limón, el aceite de oliva y la patata africana como “cura” para esta enfermedad infecciosa.
En Sudáfrica hay 5 millones de infectados con el VIH. ¿Se podrá cuantificar alguna vez el daño provocado por esta señora? ¿Podrá ser juzgada algún día por crímenes contra su pueblo? Por mi parte, tanto a la señora Manto como al presunto médico Rath les obligaba a probar su propia medicina. Les inoculaba el -para ellos- inexistente VIH y luego vería si tomaban sus ajos y vitaminas o pedían los retrovirales. No habría prueba más concluyente.

(Aparecido en Público)

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ambros dice:

    Es una de los ejemplos de que la pseudociencia mata. No es inofensiva. Y de que ser “tolerante”, aceptar cualquier opinión tiene consecuencias graves en temas científicos. Las opiniones pueden ser respetables en arte o en política pero no en ciertos temas.

  2. Pingback: Trackback
  3. Atomsk dice:

    Es que sí, si las pildoritas fuesen de sal del himalaya, otro gallo cantaría.

    xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

    (es que acabo de venir de aquella entrada y sus comentarios y me parto xDDD)

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