Un monstruo estelar

Si echamos un cuidadoso vistazo a nuestra vecindad galáctica, a 18.000 años-luz de nosotros nos toparemos con un astro cuyo nombre no trasluce lo que realmente es, un verdadero monstruo: SS 433. Está situado en la veraniega constelación del Águila y a través del telescopio su aspecto no dice gran cosa; se percibe como una débil estrellita de 14ª magnitud ―penosamente visible con un telescopio de aficionado casi profesional, con un objetivo de 30 cm de diámetro― y hubiera sido una más de los cientos de miles de millones de estrellas anónimas que pueblan nuestra galaxia si no fuera porque los astrónomos B. Stephenson y Nicholas Sanduleak la incluyeron en su catálogo con el número 433, registrándola como una estrella que varía sutilmente su brillo.

Pero no nos equivoquemos. SS 433 ha sido descrita como una verdadera anomalía cósmica que ha motivado cientos de trabajos especializados y ha convocado decenas de simposios internacionales.

El culpable es el motor que alimenta una zona repleta de gas curiosamente invisible a través del telescopio y llamada W50 ―en realidad se trata de los restos de una estrella que explotó hace miles de millones de años―. Los astrónomos han observado que la transferencia de energía se realiza de una forma que es muy habitual en el cosmos: dos chorros de materia que salen despedidos en sentidos opuestos y a velocidades cercanas a la de la luz. Pero el corazón de SS 433 ha sido un verdadero secreto, hasta el punto de que algún astrónomo lo llamó el objeto más misterioso del siglo XX.

Sin embargo, observaciones realizadas con el Very Large Array (VLA) en Socorro, Nuevo México ―una gigantesca formación de 27 antenas de radio en forma de Y que los pilotos comerciales que la sobrevuelan la llaman «el campo de setas»― ha resuelto definitivamente el misterio. Lo que se esconde en su interior es, a menos que nuevas observaciones lo contradigan, una binaria muy cerrada, dos estrellas que rotan una en torno a la otra con un periodo de 13 días. Se trata de una extraña pareja: una estrella bastante normal, de 3,2 veces la masa del Sol, y una estrella de neutrones de 10 kilómetros de ancha y casi una masa solar, que le “chupa” materia a su compañera y forma a su alrededor lo que los astrónomos llaman un disco de acreción, como el vórtice que se origina cuando destapamos una bañera llena de agua. Debido a las altas velocidades que alcanza, gran parte de esa materia sale despedida por los polos de la estrella de neutrones a 80.000 km/s, como si se tratase de un potente aspersor cósmico.

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