D = (N+4)/10

Durante el siglo XVIII ya estaba bien establecida una disciplina científica bautizada con el nombre de mecánica celeste. Su objetivo era muy simple de formular y bastante complejo de responder: describir mediante ecuaciones matemáticas el movimiento de los planetas y de todos los cuerpos del Sistema Solar.

Muchos astrónomos dedicaron parte de su tiempo a buscar una fórmula sencilla que diera cuenta de las distancias de los diferentes planetas al Sol. Puede parecer algo totalmente bizantino pues no hay ningún motivo para creer que las distancias de los planetas puedan calcularse con una simple fórmula: es evidente que pueden girar alrededor del Sol donde les venga en gana.
Sin embargo, en 1772 un oscuro astrónomo de la universidad alemana de Wittenberg llamado J. D. Titius descubrió, tras muchos años de observaciones, la tan ansiada regularidad matemática. Lo que hizo Titius fue ordenar los planetas por su distancia al Sol, desde el más cercano al más lejano. Entonces asoció a cada planeta un número, empezando por Mercurio al que le asoció el cero, seguido de Venus que se llevó el tres, la Tierra el seis, ⎯el número de Venus multiplicado por dos⎯ Marte el doce ⎯el de la Tierra multiplicado por dos⎯ y así sucesivamente. Ahora comienza el juego numerológico. Si a estos números le sumamos cuatro y dividimos el total por diez el resultado corresponde, según descubrió Titius, a, más o menos, la distancia del planeta al Sol tomando como base la distancia de la Tierra al Sol. Eso quiere decir que si a Marte le corresponde el valor de 1,6 significa que está a 1,6 veces la distancia Tierra-Sol.

Con esta regla en la mano nos encontramos con una sorpresa: el número 24, que inicialmente le correspondería a Júpiter, no da la distancia adecuada. Para obtener la distancia de Júpiter hay que coger el siguiente, el 48, y para Saturno el 96. O sea, que entre los números de Marte y Júpiter hay un agujero. ¿A qué correspondía el 24? Mientras se mantenía el misterio en 1781 se descubría el planeta Urano, que encajaba perfectamente en el siguiente número de la ley de Titius. Esto hizo pensar a muchos astrónomos que realmente había un hueco claro para el número 24. La solución llegó el 1 de enero de 1801, cuando el monje italiano Giuseppe Piazzi descubrió un nuevo objeto, el asteroide Ceres. El hueco en la ley de Titius está ocupado por el cinturón de asteroides.

Sin embargo, lo que debería conocerse como la ley de Titius es más conocida como la ley de Titus-Bode o, simplemente, Bode. Semejante injusticia histórica tiene su origen en la manifiesta mala fe del astrónomo alemán Johann Elert Bode. Publicitó los cálculos de Titius sin mencionar su nombre y de este modo se aseguró que sus colegas hablaran de las «tablas de Bode». De este modo Bode puede alzarse con el dudoso honor de ser el primer astrónomo de la historia moderna que se aseguró un puesto en la historia que no se merecía.

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