El misterio del verdadero Indiana Jones

El 29 de mayo de 1925 el aventurero y coronel de ejército británico Percy Harrison Fawcett se aventuraba en el Mato Grosso acompañado de su hijo Jack y un amigo de éste del que poco se sabe, Raleigh Rimmell. La última vez que se les vio fue cruzando el Alto Xingu, una región situada entre el bosque ecuatorial del sur del Amazonas y la sabana del Brasil central. Definida por la cuenca del río Xingu, afluente del gran río sudamericano, hoy viven unos 2.500 habitantes repartidos en 13 grupos étnicos.

Fawcett era amigo de los escritores H. Rider Haggard (creador del aventurero Allan Quatermain) y de Conan Doyle, cuyas aventuras le sirvieron de inspiración para su novela El mundo perdido. Tras servir en Ceilán y en el Norte de África, realizó su primera expedición en Sudamérica en 1906 para levantar el mapa de la jungla en la frontera de Brasil y Bolivia para la Royal Geographic Society.

Su tendencia a favor de lo sobrenatural y el valor que daba a leyendas como la Atlántida no hizo mucho en su favor cuando informó haber visto una anaconda gigante o perros con dos narices: la comunidad científica se rió de él. Curiosamente, en 2007 una expedición de la Scientific Exploration Society que buscaba en el interior de la selva boliviana un cráter meteorítico de hace 60.000 años, encontró el perro de Fawcett, que se supone descendiente del Pachón Navarro que llevaron a América los conquistadores.

Tras el paréntesis de la I Guerra Mundial Fawcett regresó a Brasil. En 1925 y acompañado por su primogénito, se lanzó a la búsqueda de una ciudad perdida que llamó “Z”, donde se encuentra “el fuego que nunca se apaga”. Fawcett estaba convencido que se hallaba en la espesura del Mato Grosso. Había encontrado un documento de 1754 que describía la expedición de Francisco Raposo, un bandeirante (nombre utilizado para quienes se aventuraban en el interior de Brasil) que buscaba las legendarias minas de oro y plata de Muribeca. En su lugar, Raposo encontró una ciudad de piedra.

Fawcett se convenció de la veracidad de esta historia al estudiar restos de cerámica que había recogido en su viaje por el norte de Chile y una figura de 25 centímetros que le entregó su amigo Haggard. Esta estatuilla de basalto negro, hoy perdida, representaba un sacerdote con un tocado de estilo egipcio sujetando entre las manos una tabla con algunas inscripciones. Haggard le dijo que procedía de Brasil y, según Fawcett, de los 24 símbolos que aparecen, 14 se hallaban en piezas de cerámica prehistóricas procedentes de distintas zonas de Brasil. Una de las extravagantes creencias del explorador era creer que se puede tener percepción extrasensorial de una persona a través de un objeto que haya tocado: es la psicoscopía. Sujetando el ídolo en la oscuridad vio que los atlantes habían llegado a Brasil. No necesitaba más.

Su convencimiento era tan profundo y el secretismo con que guardó sus planes fue tal que no sabe con certeza cuál fue su ruta, todo son especulaciones. De las cartas que mandaban Jack y el propio Fawcett se sabe que viajaron de Río de Janeiro a Sao Paulo, donde visitaron el Instituto Butantan, centro de referencia ayer y hoy de sueros antiofídicos. De Sao Paulo marcharon a Puerto Esperanza (Argentina) donde remontaron los ríos Paraná y Paraguay en el Iguatemy para llegar a Cuiabá, capital del Matto Grosso. Allí Jack Fawcett escribió a su madre y a su hermano pequeño Bryan: “Abandonaremos Cuiabá el 2 de abril y tardaremos de seis semanas a dos meses en llegar al lugar donde papá llegó en su anterior viaje, el Puesto Bacairí. Hasta la ciudad “Z” tardaremos probablemente otros dos meses y puede que localicemos la ciudad perdida el día que papá cumpla los 58 años, el 31 de agosto”. Se cree que su destino era la Serra do Roncador, donde encontraría la entrada a su anhelada ciudad atlante.

El 29 de mayo enviaba una carta a su mujer Nina: “Espero entrar en contacto con la vieja civilización dentro de un mes y llegar en agosto al objetivo principal… En todo caso ¡nuestra suerte está en manos de los dioses!… Estamos en el Campamento del Caballo Muerto, Latitud 11º 43′ 5″ y 54º 35′ Longitud Oeste… No temas que fracasemos”. Esta fue su última comunicación; no se volvió a saber más de ellos. Según Bryan, su padre envió adrede unas coordenadas equivocadas: “era muy cuidadoso en la determinación de posiciones geográficas. Seguro que no quiso que nadie siguiese su pista en Matto Grosso”.

A finales de 1927 la North American Newspaper Alliance (uno de los patrocinadores de Fawcett) organizó una expedición de rescate a cargo de George M. Dyott. Salió de Cuiabá en mayo de 1928 con otros 4 exploradores y 5 porteadores locales. Siguiendo el camino más probable Dyott encontró los primeros indicios de Fawcett entre los Anauqua. Uno de los hijos del jefe llevaba un pequeño adorno de latón: la placa identificativa de uno de los proveedores de Fawcett. Y en la cabaña del jefe había un baúl inglés de metal. El jefe Aloique reconoció haber guiado a Fawcett, que había caído en una emboscada de los Suya, una tribu que vivía en el río del mismo nombre. Dyott partió en dirección al poblado de los Kalapalo con Aloique e intentó convencerles para que le acompañaran al lugar donde decían que murió Fawcett. La presencia del grupo corrió como la pólvora por la zona y hasta ellos se acercaron numerosos indios reclamando un regalo. Una noche Aloique y los kalapalo desaparecieron. Dyott empezó a temer que también iba a necesitar una expedición de rescate. Tras prometer a los indios más regalos para la mañana siguiente, por noche salió como alma que lleva el diablo: su grupo no dejó de remar durante 14 horas. Su conclusión: “Que el coronel Fawcett y sus compañeros perecieron a manos de indígenas nos parece que está más allá de cualquier duda”. En su cabeza estaban Aloique y los kalapalo.

Mientras, la familia se negaba a creer que estaba muerto. De hecho, su mujer aseguró hasta 1934 haber estado recibiendo mensajes telepáticos de su marido y según las memorias de la familia publicadas en los años 50 creían que había vivido en la ciudad perdida todos esos años. No es de extrañar que con el tiempo aparecieran las explicaciones más alocadas: desde vivir en un lujoso harén repleto de mujeres y tratado como un semidiós a estar cautivo por los indios, pasando por operar como agente soviético en Brasil. Algunos dijeron haberlo visto vagar medio loco por la jungla, e incluso en la zona se hablaba que un indio albino, asiduo parroquiano de tabernas y similares llamado Dulipe, era hijo de Fawcett.

Los restos de los tres exploradores descansan en algún lugar en el Xingu, al igual que las más de 100 personas pertenecientes a las 13 expediciones que se han adentrado en la peligrosa selva amazónica en su busca, la mayoría en pos de publicidad y notoriedad. Ninguno de ellos hizo caso a las habituales palabras melodramáticas de este hombre que muy bien pudiera haber sido modelo para Indiana Jones: “Si yo sólo no puedo lograr salir, otros con menos experiencia han de perderse también y no quiero que nadie pierda la vida por mí. Por eso, que nadie vaya a buscarme”.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ivan dice:

    Hola que tal tan tengo meses leyendo alguna de las historias que pone en su pagina (la encontré por medio de la página MUY INTERESANTE) mi pregunta es: Estas historias son reales –documentadas– o son sólo parte de ciencia y ficción? ya que no veo la fuente verdadera del autor (es). Saludos y felicidades por su pagina

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