Zel’dovich, juerga y genio

Yakov Boris Zel’dovich era un científico corto de estatura y bastante vehemente. Había nacido en Minsk en 1914. La guerra civil rusa cerró las escuelas y los niños se quedaron sin instrucción. Zel’dovich más aún que al resto, pues era judío. Preocupados por el futuro, sus padres le procuraron un profesor particular y al cumplir 12 años Zel’dovich decidió que de mayor sería científico. Aún más, quería ser químico.

A pesar de sus esfuerzos no pudo ingresar en la escuela secundaria ni en la universidad, pero sí consiguió ser contratado como ayudante de laboratorio en un centro de curioso nombre: Instituto de Tratamiento de Minerales Útiles. Cuando tenía 17 años le enviaron con un recado al Instituto Técnico Físico de Leningrado. Su brillantez innata y su locuacidad cautivó a los científicos del Instituto, que se maravillaron al ver cómo un joven imberbe era capaz de mantener una conversación erudita y profunda sobre química. Tan sorprendidos quedaron que le invitaron a volver. Para conseguir que trabajara en el Instituto tuvieron que recurrir a una trapacería: cambiaron a esta joven promesa por una bomba de vacío.

Zeldovich hizo gala de una capacidad sin igual. Absorbía conocimientos como las esponjas absorben agua. En cinco años obtuvo el título equivalente a nuestro doctorado. Zel’dovich se especializó en el comportamiento de los gases, en particular la combustión, y esto le llevó derechito a ser captado para la construcción de la bomba atómica. Junto con el famoso Sajarov fue uno de los padres de la bomba de hidrógeno soviética. Recibió la orden de Lenin y por tres veces fue nombrado Héroe del Trabajo Socialista. Medallas que, según confesó, sólo se ponía para poder beber tranquilamente en las tabernas de Moscú: de este modo la policía, famosa por su duro trato a los borrachos, le dejaba en paz.

De la bomba atómica saltó a la cosmología, campo en el que Zel’dovich pronto se convirtió en uno de sus más importantes pensadores; no en balde se le ha llamado el ‘Einstein de la cosmología’. Dos fuerzas irresistibles dirigían su vida: la física y divertirse hasta que su cuerpo no aguantara más. En Zel’dovich eso era decir mucho. Con 60 años era capaz de nadar dos horas, jugar al tenis, levantar pesas, danzar alrededor de una bailarina de striptease y levantarse todos los días a las 5 de la mañana para resolver problemas de cosmología en la pizarra colgada en el salón de su casa. Porque a las 6 llamaba por teléfono a sus estudiantes para ver si habían resuelto los problemas que les había planteado el día anterior.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Darío dice:

    ¿Alguien dijo que los científicos son aburridos? 🙂

    Muy buen blog.

    Saludos.

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