Cuando la atmósfera ruge

El 18 de marzo de 1925, hacia la una del mediodía, una tormenta en el sureste de Missouri desarrolló un torbellino en el borde delantero de la nube. Un cuarto de hora más tarde, el tornado recién generado destruyó por completo la ciudad de Annapolis y enfiló dirección nordeste a 95 km/h. El tornado cruzó el estado de Illinois, destruyó por completo Gorham y dañó seriamente otras cuatro, matando a 540 personas, algunos de cuyos cuerpos aparecieron a dos kilómetros y medio de las ciudades. Tras superar Illinois entró en Indiana donde destruyó Griffin. Después viró al norte, llegó a Princeton y destruyó la cuarta parte de la ciudad. El tornado dejó un rastro de destrucción de 350 kilómetros en tres horas y media, matando a 695 personas e hiriendo a más de 2.000. Este Tornado de los Tres Estados ha sido el más devastador de la historia de Estados Unidos.

Entre los días 4 y 5 de diciembre de 1930 murieron 60 personas en el valle del Mosa, una zona de industrias siderúrgicas, químicas, fábricas de vidrio y manufacturas de zinc de Bélgica. La causa, una niebla extremadamente densa y tóxica. El meteorólogo J. Firket avisaba, en un estudio publicado tras su muerte, que si hubiera sucedido en Londres habría habido 3.200 muertes instantáneas. No hubo que esperar mucho para que semejante predicción se cumpliera: entre el 4 y el 9 de diciembre de 1952 murieron 3.900 personas por culpa de un “killer smog”. Era tan densa que un testigo escribió: “uno no podía ver su propia mano puesta delante de la cara”. La combinación del dióxido de azufre proveniente de las industrias, el invierno y un clásico anticiclón fueron la causa del desastre.

El año 1816 ha pasado a la historia como uno de los más fríos de todos los tiempos: fue “el año sin verano”. En Nueva Inglaterra, principios de junio dejó una nevada de 7,5 a 15 centímetros y en agosto la ola de frío dejó capas de hielo de 2,5 cm. Algunos granjeros se ahorcaron a causa de las privaciones que trajo el frío verano. En Canadá la situación fue mucho peor. En Francia destruyó el trigo, el ganado tuvo que ser sacrificado por falta de forraje y la gente de las ciudades tuvo que comer toda clase de cosas para seguir con vida. En Irlanda se arruinó la cosecha de patata, provocando una escasez que produjo una epidemia de tifus entre 1817 y 1819 que mató a 65.000 personas. La falta de cosechas en la India hizo surgir una epidemia de cólera. Todo porque en abril de 1815 estalló la cima del monte Tambora lanzando a la atmósfera 100 kilómetros cúbicos de polvo y cenizas, lo que hizo descender la temperatura del planeta entre 2 y 3 grados.

A finales de octubre de 1991 la atmósfera pareció volverse loca. La confluencia de tres entidades meteorológicas en la costa este de Estados Unidos, el huracán Grace, una zona de alta presión y otra de baja conspiraron de tal modo que provocaron la aparición de lo que Bob Case, un meteorólogo de la oficina de Boston del Servicio Nacional del Tiempo, llamó la tormenta perfecta. Un ejemplo de su fuerza está en que el 30 de octubre una boya al este de Long Island midió olas de 12 a 24 metros y vientos de 112 km/h y que en su final se convirtió en huracán. Con todo, el Centro Nacional de huracanes decidió no ponerle nombre por miedo a causar una alarma innecesaria a los residentes de las zonas afectadas y a que la gente pensase equivocadamente de que se trataba de una tormenta aún mayor. Convertida años más tarde en película, el misterio está en por qué la tripulación del Andrea Gail –capitaneado en el film por George Clooney-, sabiendo con 24 horas de antelación de su existencia y su trayecto previsto, decidieron poner rumbo a casa… y al corazón de la tormenta.

Bangladesh, el país más pobre del mundo -donde dos tercios de la población viven por debajo del límite de pobreza-, es blanco habitual de los ciclones, como toda la bahía de Bengala que se encuentra, además, salpicada por un enjambre de islas. En abril de 1991, el ciclón 023 azotó su costa oeste causando medio millón de muertes y sepultando más de 10 islas con vientos de 250 km/h arrastrando olas de hasta 8 metros. O el de 24 de mayo de 1985, con vientos de más de 160 km/h y olas de 5 a 15 metros de altura, que mató a un millón y medio de personas.

Pero el mayor desastre meteorológico del siglo XX fue El Niño de 1982-83: formidables inundaciones azotaron las dos costas del Pacífico, Australia sufrió una gran sequía y la de Sahel en África se agravó. Sobre la Polinesia francesa y el Pacífico Sur se abatieron tremendas lluvias torrenciales: si en Polinesia suele haber un ciclón tropical cada tres años, entre febrero y abril de 1983 aparecieron nada menos que seis.

Todos estos son ejemplos de la violencia que puede desencadenar nuestra atmósfera, esa sutil capa de gas que, irónicamente, nos permite vivir y nos protege de los peligros del espacio.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Eguzko dice:

    Buen post e interesante!

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