Marte verde

“El primer marciano”, pensó el ginecólogo al poner al bebé en brazos de su madre. Miró por la ventana: Marte había dejado de ser el planeta rojo hacía dos siglos. Una intensa labor de ingeniería planetaria durante casi medio millar de años lo había convertido en un nuevo hogar para la especie humana. Marte rojo, el dios de la guerra de las primeras civilizaciones, pertenecía a los libros de historia. Ahora era Marte verde, símbolo de la ingeniería ecológica: el problema no había sido sólo convertirlo en algo parecido a la Tierra, terraformarlo, sino que había que mantenerlo así. Porque si se dejara evolucionar libremente, volvería a ser rojo. “¡Qué ironía!” Mil años atrás el progreso tecnológico había puesto al borde del abismo el medioambiente natural de la Tierra; hoy, se esforzaba por mantener un medioambiente artificial en otro planeta…

El sueño de todos los visionarios del espacio, de todos los apasionados de la ciencia-ficción, es ver caminar a la Humanidad entre las estrellas. Sentados en la orilla del océano cósmico vemos partir nuestras naves de exploración hacia otros mundos. Pero hay uno en particular que nos tiene absolutamente fascinados: Marte. Origen de la primera invasión extraterrestre narrada por Herbert George Wells en La Guerra de los Mundos, aterrorizó a los norteamericanos en la versión radiofónica que Orson Welles hizo de tan celebérrima novela. Pero la realidad siempre supera a la ficción y somos nosotros los que hemos comenzado la invasión: Mars Global Surveyor, Pathfinder, Mars Express, Mars Exploration Rover… Algunos, los más optimistas, quieren ver en ello los preparativos para un viaje a Marte y, ¡quién sabe!, el establecimiento de una base permanente en las rojas arenas del desierto marciano.

No se trata del sueño de unos locos. En 1986, la Comisión Nacional del Espacio de los Estados Unidos determinó que el objetivo a largo plazo del programa espacial civil del país debería ser el establecimiento de sociedades libres en otros mundos, “…desde las tierras altas de la Luna a las planicies de Marte”. Siguiendo esta filosofía, algunos científicos han imaginado no un Marte verde, sino cómo convertirlo en verde. Terraformación es la palabra clave: según el experto Martyn Fogg, “un proceso de ingeniería planetaria destinado a incrementar la capacidad de un ambiente planetario extraterrestre para sostener la vida. El objetivo final de la terraformación sería la construcción de una biosfera planetaria que simule la de la Tierra”.

Ingeniería planetaria
La mayor empresa que pueda enfrentar una civilización que se mueve con cierta libertad en su entorno planetario -y a nosotros aún nos queda bastante- es la terraformación de planetas. Como no podía ser de otra forma, quien acuñó este término fue un autor de ciencia-ficción: el maestro de la space opera Jack Williamson en su cuento Órbita de Colisión (1942). Ocho años más tarde, otro de los grandes, Robert A. Heinlein, fue el primero en dedicar toda una novela –Granjero en el cielo– a describir cómo un grupo de esforzados colonos terraformaban un cuerpo del Sistema Solar, el satélite de Júpiter Ganímedes.

La idea, aunque inútil, era demasiado atractiva para dejarla aparcada. Sólo necesitaba de una mente heterodoxa para que saltara de las páginas de las revistas de ciencia-ficción a las de la ciencia más ortodoxa. Y ese salto sucedió en 1961 de la mano de un joven físico de mente inquieta, con unas terribles ganas de saltar al estrellato y obsesionado por un universo repleto de vida: Carl Sagan. Anteriormente, científicos de la talla del premio Nobel de Medicina John B. F. Haldane, el astrofísico Fred Zwicky o un oscuro ingeniero británico de nombre Edward Hope-Jones, habían planteado de una forma u otra este concepto de ingeniería planetaria.

Pero fue Sagan, en las páginas de la revista Science, donde propuso la forma de convertir Venus, un planeta estéril y ardiente por culpa de un tremendo efecto invernadero, en una nueva Tierra. Suponía que la composición de las nubes del planeta era en su mayoría vapor de agua, por lo que sería un buen nicho para la vida. Así que propuso sugirió sembrar las nubes con algas microbianas, Nostocaceae, capaces de procesar el dióxido de carbono en oxígeno gracias a la fotosíntesis reduciendo, de paso, el efecto invernadero. Esta “ingeniería planetaria microbiológica” como lo llamó Sagan no ha soportado el paso del tiempo y hoy se ha demostrado inviable.

Terraformando Marte
Si hay algo en lo que están de acuerdo todos los pioneros de la ingeniería planetaria es que el mejor planeta para terraformar es Marte. Ahora bien, ninguna civilización presente o futura puede destinar gran cantidad de recursos durante tiempo ilimitado a una empresa dada. Esto quiere decir que la terraformación de Marte cuenta, además de los problemas tecnológicos, con un serio handicap: debe hacerse en un tiempo razonable. ¿Cuánto? Del orden de unos 500 años.

El primer paso a dar es obvio: aumentar la temperatura en superficie de Marte, que traería de la mano un cambio su atmósfera. Para conseguirlo sólo tenemos que pensar en el efecto invernadero. Luego deberemos instalar factorías productoras gases invernadero artificiales que no contuvieran cloro -pues trabajarían en nuestra contra al atacar una futura capa de ozono-, como el perfluorometano (CF4). Así, si se libera al mismo ritmo que los CFCs en la Tierra (1.000 toneladas por hora) la temperatura media del planeta aumentaría 10 ºC en una pocas décadas. Esta temperatura provocará que grandes cantidades de dióxido de carbono encerradas en un tipo de roca marciana, los regolitos, se libere, lo que haría que el planeta se calentara aún más rápido. También se podría usar amoniaco, otro gas invernadero. Una buena fuente para ello son los asteroides que se encuentran más allá de la órbita de Júpiter, que se supone poseen altas cantidades de amoniaco y agua congelados. Sólo habría que darles un pequeño empujón (del orden de 1.100 km/h para uno situado en la órbita de Urano) y dirigirlos contra Marte. Si chocase contra el polo, la energía del impacto contribuiría a evaporar el agua, contribuyendo al efecto invernadero (un impacto de este tipo es capaz de evaporar un lago de 150 km de diámetro y 50 m de profundidad). El resultado neto sería la formación de una atmósfera marciana con unas más que aceptables presión y temperatura atmosféricas. Esta sería la parte fácil.

La insolación sobre Marte habría que aumentarla, como mínimo, en un 30%, para acercarla a la terrestre. Esto sería posible mediante la instalación de espejos en órbita del tipo de las velas solares que hoy se están investigando. Una vela solar no es otra cosa que un espejo con un alto poder de reflexión: cuando los fotones de luz golpean del espejo, le transmiten el impulso necesario para mover el vehículo. En nuestro caso esto no es lo importante, sino que reflejen la máxima luz posible. Los componentes básicos de la navegación solar los tenemos en nuestras cocinas: el papel de aluminio y ese plástico fino que utilizamos para envolver los alimentos. El aluminio es el material reflectante; el plástico, la estructura resistente sobre la que se monta. Por ejemplo, el mylar aluminizado es un buen material de “baja tecnología” para nuestros intereses. Inicialmente se podría colocar un espejo de 125 km de radio a una distancia de 214.000 km (unos dos tercios de la distancia Tierra-Luna) para fundir los polos. Claro que también existe un modo más sutil: cambiar la cantidad de luz que absorben. Simplemente extendiendo una capa de polvo sobre los polos podemos conseguir que absorba más cantidad de luz solar y, por tanto, vaya aumentando gradualmente su temperatura.

A continuación deberían conseguirse unos niveles válidos de nitrógeno y oxígeno en la atmósfera. Para ello, Martyn Fogg propone la volatilización de nitratos y carbonatos mediante dos métodos, a cada cual más catastrófico: por impactos meteoríticos dirigidos o por minería nuclear. Ambas consiguen la volatilización in situ de estos elementos mediante la inyección de calor en profundidad.

La activación de la hidrosfera puede parecer una empresa más sencilla, pero no lo es tanto. Con el aumento de la temperatura el hielo que se supone existe a unos cuantos metros por debajo de la superficie, en el permafrost, saldría a la superficie. Sin embargo, allí parece ser que no hay suficiente agua. La única manera de añadir agua a Marte es mediante un intenso bombardeo cometario, algo que ya sucedió cuando la Tierra era joven. De hecho, se supone que el 30% del agua que hoy existe sobre la Tierra -casi la tercera parte del agua que bebemos- proviene de aquellos cometas. Teniendo en cuenta que cada año cruzan la órbita de Marte unos seis cometas, sólo habría que ‘arreglarles’ una cita con nuestro planeta vecino. Esta violenta transformación marciana implicaría, evidentemente, una evacuación de los asentamientos humanos hacia los polos.

Tras 300 años de intensa labor ingenieril, Marte tendría una temperatura global de 8ºC, una presión total de unos 240 milibares (la presión normal en la Tierra es de 1.013) y agua corriendo por el 10% de su superficie con una profundidad media de 70 m. La pequeña cantidad de oxígeno liberado en la atmósfera empezaría a formar el ozono suficiente para detener parte de la radiación ultravioleta. En estas condiciones, la siembra de algas y otro tipo de vida microbiana acuática sería factible: su supervivencia estaría asegurada a una profundidad de 10 m por debajo de la superficie del agua.

Llegados a este punto, el problema más acuciante de la terraformación es la presencia de nitrógeno en la atmósfera. Los procesos biológicos que liberan nitrógeno tardarían miles de años en llegar a los niveles necesarios para hacer la atmósfera marciana adecuada para el ser humano; un plazo de tiempo totalmente desproporcionado para un proyecto de ingeniería planetaria. Pero relativamente cerca los ingenieros planetarios disponen de una fuente prácticamente inagotable de nitrógeno: el satélite de Saturno Titán.

Así, 500 años después del comienzo del programa, la humanidad podrá asentarse en Marte. No será demasiado parecido a la Tierra: no llevaremos escafandra, pero sí equipos de oxígeno (que no pesarán demasiado pues la gravedad es un tercio de la terrestre), veremos agua corriendo por la superficie y cierto verdor producto de las plantas genéticamente modificadas para sobrevivir en ese medio ambiente. Poco a poco iremos convirtiendo Marte en otra Tierra, en un proceso más lento, pues el establecimiento de una biosfera adecuada es muy complejo y laborioso. Por desgracia, un Marte habitable exige una intensa labor de mantenimiento: será la época dorada de ecólogos e ingenieros. El control de esta biosfera artificial sería el objetivo principal y al que se dedicarían los mayores esfuerzos por parte de los futuros “marcianos”: éste es el precio a pagar por reproducir la Tierra en otro lugar.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. sergiomic dice:

    Había leído que la falta de un campo magnético en el planeta Marte, había sido el causante de que su atmósfera se disipara en el espacio, barrida por los vientos solares…
    Si se deseara crear una atmósfera parecida a la terrestre, ¿de qué manera se solucionaría este problema?.

  2. Javier S. dice:

    Recuerdo a los ingenieros planetarios, esto es, los encargados de transformar mundos inhóspitos e inhabitables en colonias terrestres donde desarrollar la minería, por ejemplo. Aparecían en “Aliens: el regreso”.

  3. El Judas. dice:

    .

    Supongo, Sergiomic, que el viento solar en ausencia de campo magnético arrastraría la atmosfera de Marte a razón de X toneladas al año. Puestos a imaginar, imagino que se pueden estrellar contra Marte cometas o asteroides ricos en gases congelados a razón de X toneladas al año, por ejemplo. Si pueden terraformar un planeta también pueden hacer esto.

    .

  4. Juan dice:

    Si te gusta la literatura sobre ciencia ficción no te pierdas la última novela de Juan M. de la Serna titulado LA PIEDRA HABBAASSI que podrás adquirir a través de Amazon cuyo resumen es “Un descubrimiento casual sobre una cultura ancestral en Perú, los “Paracas”, es el origen de un interesante relato de viajes que conducirá al protagonista por tres continentes, a lugares llenos de encanto donde tendrá que hacer frente a las dificultades que irán surgiendo, a la vez sigue un camino de descubrimiento personal con numerosas experiencias que le conducirán a un crecimiento interior más allá de su imaginación. Una novela que mezcla a partes iguales información sobre los últimos descubrimientos científicos en neuroanatomía y psicología, con la tradición milenaria de pueblos desaparecidos.”

  5. ddsmedia dice:

    Si se deseara crear una atmósfera parecida a la terrestre, ¿de qué manera se solucionaría este problema?.

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    http://www.ddsmedia.net

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