El pobre y pendenciero Galileo

Un viejo Galileo de 78 años escribía una larga y triste carta a su amigo parisino Elia Diodati el 15 de enero de 1633: “Parto ahora mismo hacia Roma donde he sido citado por el Santo Oficio… He oído de fuentes bien informadas que los padres jesuitas han insinuado que mi libro es execrable y más pernicioso para la Santa Iglesia que los escritos de Lucero y Calvino. Por ello estoy seguro de que será prohibido”.

Así se expresaba antes de viajar a Roma para presentarse ante la Inquisición. Galileo, plenamente consciente de la gravedad de la situación, hizo testamento. Era el último y dramático paso final a una situación que había comenzado casi 20 años atrás.

Galileo Galilei nació en Pisa el 15 de febrero de 1564, el mismo año que William Shakespeare y el mismo mes en que moría Miguel Ángel (en realidad nació en 1563, pues por aquel entonces el día de año nuevo se celebraba el 25 de marzo, el día de la Anunciación). La repetición casi cacofónica de su nombre fue debida a dos causas: la primera, que en la Toscana de mediados del XVI era común que el hijo mayor recibiera un nombre derivado del apellido de la familia; y la segunda, que el apellido Galileo se había formado a partir del nombre de uno de sus miembros más famosos, el médico y magistrado Galileo Bonaiuti. De este modo el mayor de los siete hijos de Vincenzio Galilei y Giulia Ammananti Galilei recibió el nombre que haría famosa a la familia para toda la eternidad, aunque siguieron manteniendo el escudo de armas de sus antepasados Buonaiuti: una escalera roja de tijera sobre un escudo de oro.

Vincenzio se ganaba la vida trabajando en el negocio de telas de la familia de su mujer y como profesor de música, su verdadera pasión, que entendía como una rama de las matemáticas. Además de ocuparse de la educación de Galileo hasta los 1 años, con ayuda de un tutor ocasional, le enseñó a cantar y tocar diferentes instrumentos: de todo ello le quedó su gusto por el laúd. También le educó en la teoría pitagórica de las notas musicales y, quizá, en sus propios estudios sobre el sonido en los que defendía una nueva técnica de afinación con la que llevaba la contraria a su antiguo profesor de música. La explicó en su libro Diálogo sobre la música antigua y moderna, que durante tres años no consiguió publicar debido a las presiones de su viejo maestro. Al final, apareció en 1578 en Florencia. En él Vincenzo escribió: “Me parece que aquellos que recurren simplemente a la fuerza de la autoridad con el fin de demostrar cualquier afirmación sin aducir ningún otro argumento para fundamentarla actúan de un modo verdaderamente absurdo”. A la luz de estas palabras los hechos posteriores demostrarían Galileo fue un digno heredero de su padre.

Tras un tiempo en Pisa la familia regresó a Florencia, donde Vincenzo llegó a ser músico de la Corte. En 1571 llegó el momento en que Galileo recibiera una educación más formal y su padre le envió al monasterio camaldulense de Vallombrosa, a unos 30 kilómetros de Florencia, para estudiar griego, latín y lógica. Pero lo que no se esperaba su padre es que se viera atraído por la vida monástica y dos años más tarde se convirtiera en novicio. Su padre, que tenía muy poco aprecio por todo aquello que oliese a Iglesia, se horrorizó y aprovechó una infección ocular de Galileo para llevarlo a un médico de Florencia y no dejarle volver al monasterio. En los registro de Vallombrosa, Galileo quedó inscrito como un monje al que se le obligó a colgar los hábitos.

Es posible que entre los motivos para prohibirle regresar al monasterio se contara también el económico: la vocación sacerdotal de si hijo exigía entregar una dote al monasterio camaldulense (esta orden de inspiración benedictina de pobreza absoluta aún subsiste y tiene en los montes riojanos cercanos a San Felices su único monasterio). Con las hijas de Vincenzo no quedaba más remedio pero el músico no podía permitirse que su hijo no produjera ningún ingreso a las arcas familiares y, además, se llevara una parte sustancial del dinero familiar.

Fuera como fuese, Galileo continuó sus estudios en una escuela regentada por camaldulenses hasta que en 1581, con 17 años de edad, decidió enviarlo al colegio la Sapienza de Pisa para que se forjara un cómodo y rentable futuro estudiando medicina. Pero Galileo prefería las matemáticas a la anatomía. Y si a eso unimos su pasión por el debate, sus compañeros le bautizaron con el apodo de el pendenciero, el encontronazo con la monolítica ciencia aristotélica era inevitable. Hasta entonces la física que se enseñaba en las universidades de Europa era producto del pensamiento de Aristóteles, un apasionado observador de la naturaleza que vivió hacia el siglo IV a. C. y a quien su maestro le llamaba socarronamente “El Cerebro”. Si había una frase que rara vez salía de sus labios era “No sé”.

Según dictaminó el griego, los cuerpos más pesados caían más deprisa que los ligeros, algo que todos podemos comprobar si tiramos una piedra y una pluma. A nadie se le ocurrió discutir esta afirmación durante casi dos milenios hasta que a este universitario toscano mal encarado y bastante creído se le ocurrió una manera de refutarla. Basta con fijarnos en el granizo, argumentó. Independientemente del tamaño que tienen, llegan a la vez al suelo. Si la caída de los graves de Aristóteles era correcta, las piedras de granizo más pesadas debían formarse más altas en la atmósfera, y justamente a la distancia adecuada para que lleguen al suelo al mismo tiempo que las más ligeras, algo muy improbable: más sencillo es pensar que todas caen con la misma velocidad independientemente de su peso. Y fue en la catedral de Pisa donde quedó hipnotizado por el balanceo de una lámpara. Aunque la leyenda dice que, usando su pulso como cronómetro, determinó que el periodo de oscilación de un péndulo no depende del arco recorrido sino de la longitud del mismo, lo cierto es que Galileo lo resolvió en 1602, cuando realizó una serie de cuidadosos experimentos.

Estas diversiones al margen de su carrera acabaron por convertirse en su pasión tras descubrir la Geometría de Euclides en los primeros meses de 1583 de la mano de Ostilio Ricci, el matemático de la corte del Gran Duque de Toscana. Le fascinó tanto que acudía a las clases de Ricci de manera no oficial y el matemático se dio cuenta del potencial del joven estudiante. Galileo pidió permiso a su padre para cambiar de carrera y, a pesar de contar con el apoyo de Ricci, Vincenzo se negó: “hay muchos empleos para médicos y muy pocos para matemáticos”, le dijo. En 1585, con 21 años de edad, Galileo abandonó la universidad sin licenciarse.

Regresó a Florencia donde se dedicó a escribir artículos sobre matemáticas, dar clases particulares y alguna que otra conferencia en la Academia Florentina. Y es muy probable que aprendiera de su padre el valor de la experimentación tras ayudarle en sus estudios sobre armonía entre 1588 y 1589 en una habitación llena de cuerdas musicales de diferentes longitudes, tamaños y sometidas a diferentes tensiones.

Pero Galileo ya tenía 26 años y estaba sin empleo. Pero sus continuos artículos científicos tenían que dar sus frutos. Y así, un ensayo sobre hidrostática llamó la atención del marqués Guidobaldo del Monte, que había escrito en 1577 el Liber mechanicorum, considerado el mejor libro de estática (el estudio de las fuerzas sobre un objeto en reposo, algo básico para la arquitectura) desde el tiempo de los griegos. El marqués habló de Galileo a su hermano cardenal y éste, a su vez, cantó alabanzas del joven florentino al Duque de Toscana, Fernando I de Médici, bajo cuyo patronazgo le fue ofrecida una plaza de profesor de matemáticas de la Universidad de Pisa en 1589, cuatro años después de haberla abandonado sin terminar sus estudios. La amistad entre ambos científicos perduró durante 20 años y Galileo usó gran parte de la metodología y resultados de Guidobaldo en sus investigaciones. Así, antes de 1601 el marqués había realizado diferentes experimentos para establecer la trayectoria de los proyectiles. De ellos nada se supo hasta que en el siglo XIX el matemático Gugliemo Libri, perteneciente a una de las familias más antiguas de Florencia, descubrió un manuscrito con la descripción y resultados del experimento. Fue entonces cuando se vio que “el experimento era sorprendentemente similar al que aparece en el Discurso de Galileo”, en palabras del historiador de la ciencia R. Naylor.

El trabajo era para estar orgulloso, pero no demasiado. Se encontraba en la parte más baja del escalafón universitario: mientras un catedrático de medicina cobraba 2.000 coronas al año, el de matemáticas alcanzaba tan solo 60. Para poder vivir Galileo debía estar dispuesto a realizar una de las prácticas de la época: acoger en su casa a estudiantes a los cuales enseñar prácticamente durante todo el día en algo así como sus “aprendices de ciencias”. Está claro que este tipo de estipendios solo podía ser abonado por estudiantes pertenecientes a familias ricas los cuales, al volver a sus casas y hablar de las excelencias del profesor Galileo, extendieron su fama justo en los ambientes de riqueza y poder que a Galileo tanto le interesaban.
Eso sí, su apelativo de pendenciero siguió estando vigente: ser nombrado profesor se le comunicó que los miembros de la facultad debía vestir la toga académica. Galileo, profundamente ofendido por imponérsele tal normativa, hizo una vigorosa campaña contra esta exigencia mediante una sátira poética de 300 versos donde se pronunciaba contra la toga y a favor de la desnudez.

Fue precisamente en Pisa donde se desarrolla otra de las leyendas más conocidas en torno a su figura. Todos nos imaginamos a un joven Galileo subiendo por las escaleras de la torre inclinada para dejar caer dos balas de cañón de pesos diferentes y dejar a sus colegas con la boca abierta al comprobar que llegaban al suelo al mismo tiempo. No es cierto que hiciera jamás tal experimento. Quien sí lo hizo fue un ingeniero hidráulico holandés, Simon Stevin –responsable, entre otras cosas, de la introducción de la notación decimal y autor de un excelente libro de física donde demostraba la imposibilidad del móvil perpetuo-, en 1586, dejando caer pesas de plomo desde una torre de 10 metros. ¿Conoció Galileo este trabajo, que había sido publicado? Es posible. También es cierto que en 1612 un defensor de Aristóteles hizo la prueba y la bola pesada llegó al suelo un poquito antes que la ligera. Esto fue aventado como que Aristóteles tenía razón y Galileo no, a lo que el físico contestó: “Al hacer la prueba se ve que la grande adelanta a la menor por dos pulgadas (5 cm). Ahora bien, detrás de esas dos pulgadas queréis esconder los 99 codos de Aristóteles (4,5 m), y habláis solo de mi error, pero guardáis silencio sobre su enorme equivocación”.

En 1591 moría Vincenzio a la edad de 70 años, y Galileo heredó el título de cabeza de familia y, por tanto la responsabilidad económica para con ellos. Con sus 60 coronas debía mantenerla y pagar la generosa dote de su hermana Virginia a la que se había comprometido su padre. Con su hermano Michelangelo no podía contar: contaba con 16 años y aunque se comprometió con el tiempo a pagar la parte que le correspondía de la dote, nunca lo hizo; se convirtió en músico itinerante y siempre acababa pidiéndole dinero a su hermano mayor. Además, también tuvo que pagar los gastos de su otra hermana, Livia, en el convento de San Giuliano, hasta que se casó.

Visto el problema al que se enfrentaba no es de extrañar que Galileo fijara su meta en la Universidad de Papua, en la República de Venecia: el empleo era de más prestigio y se cobraba más: 180 florines venecianos. En sus clases enseñaba la astronomía geocéntrica del griego Ptolomeo, algo de lo que él no estaba muy convencido. En 1597 escribió una carta a Kepler donde decía: “No me he atrevido a publicar mis ideas, por temor a encontrar el mismo destino que nuestro maestro Copérnico, quien, habiendo ganado fama inmortal entre unos pocos, entre la gran mayoría solo parece merecer abucheos y escarnio. Me atrevería a dar a conocer mis especulaciones si hubiera muchas personas como vos; pero, puesto que no las hay, siento horror a hacer algo de ese estilo”.

Kepler, tras leer esas líneas, le escribió una carta reprendiéndole: “Con vuestras maneras inteligentes y secretas subrayáis, con vuestro ejemplo, la advertencia de que se debe retroceder ante la ignorancia del mundo… Tened fe Galileo, ¡y, adelante!”. Lo más triste de todo, que revela la naturaleza tremendamente humana de los sabios, es que durante los doce años siguientes a esta exhortación, Galileo ignoró por completo a Kepler. De ello Albert Einstein llegaría a decir: “Siempre me ha dolido pensar que Galileo no reconoció la obra de Kepler”. Todo motivado, muy probablemente, por los sueños de gloria del pisano.

Fue allí, en Papua, la mejor época de su vida, como él mismo reconocería al final de sus días. Se movió entre los grandes personajes de la cultura, le invitaban a cenas en las casas de la alta sociedad… y buscaba la forma de inventar algo que le hiciera rico. Lo intentó con un incipente termómetro, pero la apuesta no salió bien. A mediados de la década de 1590 inventó el “compás geométrico militar”, un instrumento de metal, graduado, que podía utilizarse como calculadora y cuyo destino era, principalmente, los artilleros para calcular la elevación de sus cañones. La cosa fue bien, y hasta tuvo que contratar a un trabajador para que sacar adelante los pedidos. Galileo tuvo la brillante idea de venderlo por un precio asequible y cobrar a precio de oro las clases que él mismo impartía para aprender a manejarlo. Fue en esa misma época cuando se enamoró de Marina Gamba, una mujer que una clase social inferior. Nunca se casaron, ni tan siquiera vivieron juntos, y tuvieron dos hijas, que terminaron sus días como monjas, y un hijo, Vincenzio, que años más tarde lo reconoció hijo suyo para que heredara y llevara su apellido.
Su trabajo en Papua fue fructífero y conllevó la fama que tanto ansió durante toda su vida. En 1604 desarrolla una bomba de agua para el jardín de su casa, descubre las ecuaciones del movimiento uniformemente acelerado y empieza su carrera astronómica con la “estrella nueva” que apareció en el cielo el 9 de octubre de 1604, conocida como la supernova de Kepler, a la que dedicó un libro. Galileo utilizo las técnicas de observación desarrolladas para el ejército y demostró que se trataba que se encontraba entre las demás estrellas y no era un fenómeno atmosférico o, como se decía entonces, sublunar.

La estrella científica de Galileo iba en ascenso, al igual que su sueldo -que llegó a los 540 florines anuales-, pero su salud se vio duramente golpeada el año anterior, 1603, cuando, tras la siesta que acompañó a una abundante comida en casa de unos amigos, llegó el aire de una bodega a la habitación donde dormía junto con otros tres convidados y el golpe de gracia. El sistema era una rudimentario aparato de aire acondicionado, por el que el aire fresco subía a las habitaciones. Y junto con el aire llegó algún gas tóxico: uno murió y los otros enfermaron gravemente. De este modo, Galileo se vio aquejado toda su vida por fuertes dolores de artritis que le dejaban postrado durante semanas.

En julio de 1609 Galileo oye hablar en Venecia de un invento holandés que sirve para observar objetos lejanos. En solo 24 horas construyó uno y se lo enseñó al Senado veneciano, que respondió entusiasmado: le ofrecieron una plaza en la Universidad de Papua de por vida y un de sueldo de 1.000 florines anuales. Galileo, hábil como pocos, volvió sus ojos a Florencia y le entregó el telescopio al Dux como regalo. En diciembre construyó uno de 20 aumentos que utilizó para observar el cielo, descubriendo los cuatro satélites mayores de Júpiter, la naturaleza rocosa de la Luna y una multitud de estrellas nunca vistas antes en el cielo. El libro donde describió sus observaciones, El mensajero sideral, fue un best-seller que llegó incluso hasta la lejana China.

En su lucha por la fama tenía un enemigo: Kepler. Era considerado el mejor astrónomo del mundo y eso Galileo no lo podía soportar. Kepler aderezaba sus escritos con cierto tufillo místico que sirvió de excusa para que Galileo lo criticara con socarronería. Kepler le rogó que no utilizara su habitual tono mordaz con él; Galileo no se dignó en contestar. Pero el suceso más lamentable ocurrió con un telescopio. La crítica entusiasmada que hizo Kepler de El mensajero sideral contribuyó a que los científicos de entonces aceptaran el telescopio como lo que en realidad era y no como un instrumento que producía ilusiones ópticas. Kepler le pidió por favor que le enviara uno o al menos una lente de calidad, pues en Praga le era imposible conseguirla. Galileo ignoró su petición; quizá temía lo que pudiera hacer con un telescopio entre las manos un astrónomo del calibre de Kepler. Además, tenía otros planes que le reclamaban toda su atención: entrar a formar parte de la corte de los Médici en Toscana. Algo que logró pues en 1610 recibió la oferta de convertirse en maestro matemático de la Universidad de Pisa y filósofo y matemático del Gran Duque. Y para rematar la faena, Galileo dedicó los cuatro satélites de Júpiter que descubrió a los Médicis.

En los años siguientes se dedicó a perfeccionar y aplicar a distintas situaciones su método de investigar, que se convertiría en el método científico: plantear una hipótesis y comprobarla o refutarla con experimentos cuidadosos, como hizo con la flotabilidad de los objetos. La fama que estaba alcanzando le engañó y cometió un error de cálculo: empezó a hablar públicamente en defensa del sistema copernicano, amparado en sus descubrimientos telescópicos; sobre todo, la existencia de las fases de Venus era un golpe mortal al sistema tolemaico. Y los enemigos, incluidos aquellos que le tenían envidia, empezaron a florecer. En 1615, el poderoso cardenal Bellarmino convence al papa Pablo V para que forme una comisión papal que decida si es herejía defender las tesis de Copérnico. El conjunto de los 11 expertos reunidos, teólogos sin conocimiento alguno de ciencia, acaba dictaminando que es una idea “formalmente herética”. El 24 de febrero de 1616 Pablo V da instrucciones a Bellarmino para que le diga a Galileo que no debía sostener semejante idea herética. El 26 de febrero citó a Galileo y antes de entrar le dijo que aceptara todo lo que se dijera sin plantear objeciones. Galileo así lo hizo, pues en la misma sala donde se celebraba la audiencia se encontraban miembros de la Inquisición dispuestos a intervenir en cuanto el científico abriera la boca. Se trataba de un procedimiento inusual y semejante admonición -¡sin penintencia!¡ estaba dirigida única y exclusivamente a Galileo. Y más sorprendente aún: que se la encargara a Bellarmino cuando debía hacerlo la Inquisición. Y en este punto surgieron los problemas. Alguien introdujo en el expediente de Galileo unas actas -sin firmar ni por el notario ni por los testigos- donde se obligaba además a Galileo a no enseñar tal teoría. Y nada de este papel se sabe hasta que 1633, cuando se incoa el segundo proceso contra Galileo, tras la publicación del libro Diálogo sobre los dos sistemas máximos del mundo, donde dos personajes Salvati y Simplicio, discutían sobre ellos.

Galileo envió su manuscrito a Roma a finales de 1629 para obtener el permiso para publicarlo. El censor, el dominico Niccolo Ricardo, le escribió dándole luz verde pero incluyendo un nuevo prólogo y un epílogo enviado por el censor donde se dijera que el sistema copernicano era una mera hipótesis. En la carta Riccardi le decía: “puede modificar o embellecer la redacción, siempre que se mantenga lo sustancial”. Y eso hizo. El prólogo lo incluyó con un tipo de letra diferente y el epílogo lo puso en boca del personaje que defendía el sistema geocéntrico: Simplicio.
Entonces comenzó el juego de los enemigos de Galileo, esencialmente jesuitas. Unos dijeron al nuevo papa, Urbano VIII, que era Simplicio porque algunos de los argumentos que allí se presentaban los había expuesto él. Y otros encontraron el acta falsificada donde se le prohibía enseñar. En un claro fraude procesal, se acusó formalmente a Galileo de herejía. ¡Por publicar un libro que había sido aprobado por el censor oficial y obtenido el imprimatur! El problema en este caso es que el cargo por herejía era tan grave como el de acusar por falsa herejía. Dicho de otro modo: o salía Galileo culpable o si no lo eran quienes lo acusaron. Y eso no podía pasar. El resto es historia. Eso sí, el Vaticano nunca ha admitido el fraude: en 1992 el Papa Juan Pablo II rehabilitó solemnemente a Galileo, pero el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –el hoy papa Benedicto XVI dijo: “En la época de Galileo la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que el propio Galileo; el proceso contra Galileo fue razonable y justo”. Es más, la Iglesia e historiadores afines se han esforzado en mantener y publicitar esta idea: Galileo no tenía pruebas contundentes, y el Vaticano actuó de buena fe y con rigor intelectual. La primera parte es cierta; la segunda, no.

A pesar de las promesas de Urbano VIII, nunca lo liberó. Y tras su muerte el 8 de enero de 1642, insinuó que no sería correcto erigirle un sepulcro: “Deberéis advertirle de que en el epitafio o inscripción no se lean palabras tales que puedan ofender la reputación de este tribunal”. Ante semejante carta el Gran Duque desistió en su empeño de inmortalizarlo. No pudo ser enterrado en la tumba familiar de la iglesia de la Santa Croce hasta el 12 de marzo de 1737. En su epitafio reza la frase que nunca dijo en el juicio: eppur si mouve.

7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. cienciaaldia dice:

    Muy interesante la historia.
    He llegado a tu blog de casualidad y me parece realmente interesante.

  2. ocrus dice:

    No sólo nació pocos días antes de morir Miguel Ángel, sino que están enterrados uno frente a otro en la Santa Croce.

  3. Rawandi dice:

    “Galileo no tenía pruebas contundentes, y el Vaticano actuó de buena fe y con rigor intelectual. La primera parte es cierta; la segunda, no.”

    Miguel Ángel, la afirmación de que “Galileo no tenía pruebas contundentes” también es falsa, pues por ejemplo había descubierto las fases de Venus, un descubrimiento que había sido predicho por Copérnico. Como tú mismo señalas: “la existencia de las fases de Venus era un golpe mortal al sistema tolemaico”. O sea, que Galileo tenía al menos una prueba contundente que asestaba “un golpe mortal” al sistema defendido por los gerifaltes católicos y protestantes.

  4. masabadell dice:

    Cierto. Sin embargo el modelo enrevesado de Brahe también daba cuenta de las fases de Venus.

  5. Rawandi dice:

    El cristiano fundamentalista Brahe era un gran observador pero un mal teorizador. Su modelo geocentrista, expresamente diseñado para que armonizara con la mitología bíblica, carecía de sentido físico, pues exigía que los planetas dieran vueltas alrededor del Sol mientras el conjunto Sol-planetas giraba alrededor de una Tierra inmóvil.

    En las universidades católicas se enseñó el modelo de Brahe hasta el siglo XIX, pero no por las virtudes de dicho modelo sino simplemente porque desde 1616 la Inquisición no permitía a los católicos negar el geocentrismo.

    Que el movimiento de la Tierra era razonable ya lo había demostrado el obispo Nicolás de Oresme varios siglos antes de Galileo. Este obispo concluyó que no había ningún motivo para negar el moviento de la Tierra salvo, por supuesto, que contradecía la revelación bíblica.

  6. Yohanna dice:

    Te vi en TV hace poco hablando también de este tema y me encantó. Tienes facilidad para expresar y hacer amena la ciencia y la historia de la ciencia a todos los que como yo, somos ignorantes en la materia, pero con muchas ganas de aprender. Gracias por descubrirnos tantos temas y hacer pensar a nuestras cabecitas.

  7. Rolanda Says dice:

    Yo tambien te vi en TV hace poco hablando también de este tema y me encantó, pucha que eres vos muy precioso, me caes bien jolines, jamas te había visto bien simpático.

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