Estrellas de neutrones

Imagínese una estrella de una vez y media la masa de nuestro Sol pero toda ella apelotonada en el interior de una esfera de diez kilómetros de diá­me­tro. ¿Lo tiene? Pues bien, ahora póngala a rotar sobre sí misma de forma que en un segundo gire del orden de mil veces.

Resulta difícil imaginar, pero seme­jante monstruo existe en nuestro universo. Es una estrella de neutrones. En ella la materia está tan concentrada y se encuentra a unas presiones tan elevadas que no se presenta en forma de átomos. Lo que se tiene es una especie de sopa de neutrones y otras partículas subatómicas que tienen nombres tan singulares como el de piones. La estructura de la estrella, que colapsaría por acción de la gravedad, se so­porta debido a la presión de degeneración.

Para entenderla piensen en lo que ocurre en los bares y lugares de copas durante las fiestas de su pueblo o ciudad: están tan abarro­tados que no cabe, como vulgar­mente se dice, ni un alfiler. Si quisié­ramos entrar deberíamos vencer la presión que ejercen las demás personas, que pa­recen estar prácticamente pegadas. Lo mismo ocurre en el interior de las estrellas de neutrones: el peso de la estrella, que tiende a concentrar toda la masa de la estrella en el centro, no vence porque dos partículas de materia no pue­den ocupar el mismo sitio al mismo tiempo.

Lo más fascinante es que la luz de una estrella en condiciones tan extraordinarias como ésta no sale de su superficie en to­das direcciones, como sucede con el Sol o con una bombilla, sino en dos direc­ciones privi­legiadas, coincidentes con los polos magnéticos de la estrella. Lo que tenemos es una especie faro galáctico en el rango de las ondas de radio. Al observarlo ve­remos, como con los faros de la costa, una estrella que se enciende y se apaga unas quinientas veces por segundo. De ahí que se las conozca también con el nombre de púlsar, del inglés estre­lla pul­sante.

Los púlsares fueron descubiertos por ca­sualidad. Todo comenzó hacia finales de 1967, cuando un radiotelescopio interceptó un extraño mensaje procedente del universo, sorprendente y completamente desconocido. El instrumento que detectó ese mensaje era también algo raro: una serie de hileras de postes, que sostenían 2.000 miniantenas, ocupando dos hectáreas en la verde campiña inglesa cercana a la ciudad de Cambridge. Una de sus operadores era la estudiante de doctorado Jocelyn Bell, cuya tesis estaba dedicada a medir el tamaño de al­gunas fuentes celestes emisoras de radio.

Para ello Bell examinaba pacientemente los registros en la interminables tiras de papel que el radiotelescopio iba trazando sin interrupción las 24 horas del día. Entonces se recibió la señal: una serie de impulsos muy breves, de pocas centésimas de segundo de duración y espaciados una distancia de 1,3 segundos. Era completamente anómala; no se parecía ni a las radiofuentes galácticas a las que estaba acostumbrada ni a las molestas interferencias terrestres.

El papel de la impresora se deslizaba demasiado despacio, a una décima de milímetro por segundo, lo que impedía distinguir los impulsos entre sí: lo único que se veía era una mancha de tinta de un centímetro de longitud -correspondiente a un par de minutos-. Jocelyn habló con su director de tesis, Tony Hewish, y decidieron hacer un registro a una velocidad superior para poder estudiar la estructura de la señal. Pero la señal era demasiado débil y no aparecía todos los días. Hacer funcionar la impresora a la velocidad apropiada las 24 horas del día requería más de tres kilómetros de papel diarios, algo imposible de llevar a la práctica. La única solución era que la impresora funcionara más rápido durante unos cuantos minutos en el momento oportuno.

Era principio de otoño. La señal debía aparecer hacia el anochecer y durante semanas Jocelyn estuvo dedicada a acelerar la impresora a la hora señalada… sin éxito. Al final los astrónomos de Cambridge decidieron que era mejor olvidarlo, pero Jocelyn seguía obsesionada con las misteriosas señales. Una noche volvió al laboratorio y puso en marcha el instrumental. Y entonces ocurrió: la señal apareció. Jocelyn llamó a Hewish y ambos llegaron a la conclusión que una señal tan enormemente precisa debía tener un origen terrestre. Pero no podía ser. La misteriosa señal aparecía cada no­che unos cuatro minutos antes que la anterior, lo mismo que las estrellas.

Bautizaron a la fuente con el nombre de LGM 1, las siglas en inglés de hombrecillos verdes (Little Green Men). Para acabar de rizar el rizo, algunos medios de comunicación creyeron que habíamos encontrado seres extraterrestres.

Nada más lejos de la verdad. Hewish y Bell determinaron que se trataba de un nuevo tipo de estrella inefablemente extraña, pero fue el astrofísico Thommy Gold quien descubrió de qué se trataba: una estrella de neutrones, cuya existencia había sido predicha teóricamente ha­cía casi 30 años. Era un descubrimiento importante, merecedor del premio Nobel. Y se lo die­ron. Pero no a la descubridora, sino a su director. Quizá los del comité Nobel consideraron que era un desprestigio para el premio dárselo a una estu­diante de doctorado.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Alex dice:

    Interesantísimo tema, pero siempre que leo las descripciones de los púlsares no me entra muy bien en la cabeza por qué no se convierten en agujeros negros, o qué les diferencia…

    Gran blog!

  2. Angel dice:

    Por aquello de completar información sobre este asunto.
    Nota: es autobombo pero creo que ambos posts son complementarios.
    http://golemp.blogspot.com/2007/12/jocelyn-y-su-director-de-tesis.html
    Saludos

  3. Sera dice:

    Pobre becaria… en fin el merito siempre es del jefe, aunque pase de ti y de tu tesis
    Un saludo, enhorabuena por el blog

  4. Dani dice:

    Ahora entiendo mejor qué es un pulsar.

    Gracias por el blog

  5. bernardo dice:

    No entiendo como una persona, supuestamente inteligente, pasa tantísimas horas estudiando un púlsar y pasa de asuntos más terrenales…

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