Un profesor de matemáticas

El 9 de julio de 1595, un oscuro profesor estaba dando su clase. Mientras dibujaba en la pizarra tuvo lo que más tarde recordaría como la mayor intuición de su vida. Enamorado como estaba de las ideas platónicas, sopesaba el hecho de que sólo había cinco sólidos regulares -aquellos que, como el cubo, tienen todas sus caras iguales- pero había seis planetas. Para él era evidente que los cielos debían ajustarse a la geometría platónica, tenía que haber tantos sólidos como planetas.

Y entonces sucedió. Se hizo la luz. Lo que realmente pasaba era que los planetas orbitaban entre los intersticios de los sólidos platónicos, encajados unos dentro de otros como una colección de muñecas rusas. La emoción de este profesor de matemáticas fue tal que escribió: «Y tan intenso fue el placer causado por este descubrimiento que nunca podrá expresarse en palabras».

Lo cierto es que este esquema no valía nada. Aunque al final este matemático lo supo, jamás lo repudió: era como deshacerse de ese misticismo que Platón otorgó a la geometría.

En 1597 se casó con una viuda, a la que describió como «simple de entendederas y gorda de cuerpo», y tuvo que negociar duramente con el duque de Württemberg sobre la construcción de una especie de bar celestial de mecanismo increíblemente complicado que, mediante cañerías ocultas procedentes de las diferentes esferas planetarias, serviría siete bebidas: la del Sol, agua de la vida; la Luna, agua; Mercurio, aguardiente; Venus, aguamiel; Marte, vermut; el vino blanco vendría de Júpiter y vino tinto añejo o cerveza de Saturno.

Jamás lo terminó, como tampoco lo hizo con la edición de un periódico dedicado a la meteorología, una cronología de la Biblia y un vano intento de explicar el universo aplicando estrictamente la música de las esferas de Platón: a la Tierra le correspondían las notas mi y fa por dos motivos bien poco matemáticos, miseria y hambre (del latín, fames).

En aquellos últimos años del siglo XVI escribió el libro Mysterium Cosmographicum, una obra de la que el claustro de la Universidad de Tubinga intentó impedir su publicación. Un ejemplar fue enviado a Galileo, que seguramente ni lo leyó. Otro llegó a las manos del mejor observador astronómico de entonces, matemático imperial del emperador Rodolfo II en Praga, Tycho Brahe. El texto llamó poderosamente su atención y pocos años después le contrató como ayudante suyo, un hecho irrelevante en apariencia, pero que cambiaría dramáticamente nuestra percepción del cosmos. Porque aquel oscuro matemático era, nada más y nada menos, que Johannes Kepler.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Luis B. dice:

    Juas! me he quedado de piedra…

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