El síndrome de Estocolmo

En 1973 dos ladrones entraban en un banco de Estocolmo y retenían a cuatro de sus empleados, tres mujeres y un hombre. Durante cinco días las seis personas estuvieron confinadas en una caja de seguridad de 16 por 4 y por 2,5 metros de tamaño. Durante todo ese tiempo, los ladrones amenazaron continuamente a sus cautivos.

A medida que pasaba el tiempo una situación extraña empezaba a suceder: los secuestrados empezaban a sentir algo especial por sus captores, y viceversa, los ladrones comenzaban a sentirse muy ligados a quienes mantenían retenidos. Uno de ellos, un tal Jan-Erik Olsson, permitió que las mujeres llamaran a sus familias, enjuagó las lágrimas de una de ellas, Elisabeth, y le entregó una bala de su arma a otra, Kristin, para convencerla de su buena fe.

Para impresionar a las autoridades, Olsson planeó un gesto dramático: disparar al único hombre retenido, Sven Safstrom. Pero en lugar de matarle, Olsson le dijo que sólo iba a dispararle en la pierna. El propio Safstrom, tiempo después, comentó:

– Todo lo que recuerdo es que pensé lo considerado que fue por decirme que sólo iba a dispararme en la pierna.

Los ladrones dejaban ir solas al baño a dos de las rehenes. A pesar de que pasaban junto a la policía y a pocos pasos de su libertad, siempre regresaron con los secuestradores. Aún más. Cuando un policía, entre susurros, preguntó a una de ellas «¿cuántos son los secuestradores?» no contestó; creía que con ello traicionaba a los ladrones. Al final, la policía pudo hacer unos agujeros en la pared y lanzar dentro bombas de humo. Al grito de que entregaran las armas y dejaran salir a los secuestrados, estos, temiendo que en cuanto salieran sus captores la policía los abatiría, decidieron salir junto a ellos. Al final las secuestradas se despidieron de ellos con besos y el hombre les dio la mano. Un año después una de las empleadas y su marido visitaron a uno de los ladrones en la cárcel. Él no le pidió perdón y según ella no tenía ninguna razón para hacerlo.

La enorme publicidad de este caso hizo que apareciera un nuevo término psicológico: el síndrome de Estocolmo. Sin embargo, el caso más extremo fue el de Patty Hearst.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Hola Miguel Ángel, quiero escribirte un correo y no sé dónde. ¿Puedes darme tu dirección o mandarme tú uno?, gracias.

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