Un día en monte Wilson

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Los montes de San Gabriel se levantan detrás de la ciudad californiana de Pasadena. Allí se encuentra el monte Wilson, un pico escarpado donde predominan los coyotes, la artemisa, los matorrales de roble, la sequoia y el abeto Douglas de piña negra.
Y en la cima, a 1.900 metros de altitud se encuentra un observatorio astronómico. Un lugar donde la contaminación de Los Ángeles no ha conseguido llegar… aún. 

Las cúpulas que encierran los telescopios y el resto de los edificios se alinean a lo largo de un cerro estrecho. El taller y la biblioteca están situados a lo largo de un borde de la ladera, y están unidos entre sí por un balcón estrecho y una pasarela que domina un precipicio de unos 300 metros: un excelente lugar para dar un traspiés en una noche oscura.

Su telescopio más famoso, el Hooker -llamado así en honor a John D. Hooker, el hombre de negocios que pagó su construcción-, de un poco más de 2,5 metros de apertura, desde donde Hubble descubrió que el universo está en expansión, se encuentra más lejos, en el extremo de un largo puente de madera tendido para salvar un barranco no muy profundo. Al otro lado del puente hay un pequeño cobertizo donde el cocinero deja una comida de media noche para el observador del telescopio de 2,5 metros.

En los años 50 la vida en el observatorio era una curiosa mezcla de civilización y dura supervivencia. Los astrónomos se ponían traje para cenar cada noche en lo que llamaban el Monasterio, pues no estaba permitida la entrada a mujeres. En la mesa se sentaban siguiendo una rigurosa etiqueta. Quien esa noche utilizaba el Hooker ocupaba el lugar de honor. A continuación se sentaba el observador del telescopio de 1,52 metros, el segundo en tamaño, y así sucesivamente hasta llegar a los ayudantes y los doctorandos.

El comedor guardaba un servilletero de madera para cada uno de los miembros del equipo del Monte Wilson, con su nombre; estudiantes y visitantes se tenían que contentar con unas pinzas de las de tender la ropa. Uno de los grandes ritos de iniciación para un astrónomo joven era pasar de la pinza al servilletero de madera con su nombre inscrito en él.

A Robert Jastrow, director de Monte Wilson y excelente divulgador científico

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