Sentido (ambiental) y prejuicio (económico)

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Huracanes desatados, récord de nieve en Gran Bretaña, los peores fuegos en Alaska, los glaciares árticos en el nivel más bajo del milenio, devastadoras sequías en Brasil, catastróficas inundaciones en India…

Aunque parezca mentira, estos sucesos no son suficientes para vaticinar lo que sucederá si aumenta la temperatura de la Tierra en un grado a finales del siglo XXI. La extrapolación no deja de ser un mero juego de adivinanzas pues ningún modelo puede simular lo que va a suceder en el planeta.

Eso sí, son las previsiones más catastrofistas las que tienen más predicamento en los medios de comunicación y eso hace que los políticos empiecen a tomar medidas. Lo curioso es que a menudo el posible impacto contribuye de forma marginal a un problema importante que ya existe y sobre el que no se hace nada.

Por ejemplo, el gobierno filipino ha reconocido la amenaza que para su país supondrá el aumento gradual del nivel del mar entre 1 a 3 mm por año y quiere tomar medidas. Pero olvida, o no reconoce, que el principal motivo del riesgo de inundaciones es la excesiva explotación de las aguas subterráneas, que hace que las tierras se hundan desde varios centímetros a casi un decímetro al año. La malaria es un tema recurrente en el deporte de meter miedo en el cuerpo a la población: suele decirse que se incrementará en un 7% a causa del calentamiento global. Pero ni políticos ni periódicos señalan al estudio publicado en Science en 2004, donde se decía que, sin tener en cuenta el calentamiento del planeta, el riesgo de malaria en 2080 aumentará un 100%. Además, el cambio climático es una buena excusa para deslizar bajo la alfombra políticas incompetentes: los “no podemos hacer nada”, “resolver el problema exige un consenso internacional”… son el aguamanil de Pilato de los políticos actuales.

Los ecologistas, que han publicitado hasta extremos catastróficos los efectos del calentamiento global, han sido incapaces de movilizar a la sociedad pues sus soluciones no son nada atractivas: hablan de apretarse el cinturón y restringir las comodidades. En esencia, su planteamiento consiste en cambiar la tecnología y el consumismo por un regreso a un modo de vida más simple. No acaban de comprender que la mayoría de la población prefiere comprar productos “ecológicos” en el supermercado –y pagar más por ellos– que cultivarlos. Pedir a los habitantes del primer mundo que den la espalda a tal abundancia es tremendamente naïve.

Un ejemplo de este fracaso se pudo ver en 1999, cuando los ecologistas criticaron al entonces vicepresidente Al Gore por no hacer más para eliminar las viejas plantas térmicas de carbón. Él –claro ejemplo del estilo empresarial norteamericano: ganar dinero con una conferencia-espectáculo y así convertirse en referencia mediática sobre el tema– replicó: “Propuestas poco prácticas que están lejos de poder ser llevadas a cabo no va a hacer que vuestra causa gane posiciones”.

Pero un nuevo movimiento verde está tomando forma, que acepta las posturas catastróficas de los ecologistas pero niega sus respuestas al problema. Confían en que la tecnología será capaz de dar con soluciones al problema en un mundo donde el mundo de los negocios será un vehículo para el cambio: la investigación científica, el diseño innovador y la cultura son las herramientas más poderosas que tenemos para cambiar el mundo hacia un futuro del color de las hojas de los árboles: son los neo-verdes. Para ellos la solución no pasa por volver a los bosques y vestir pieles de oso.

Mejor unos zapatos hechos con tela militar sobrante, camisetas de bambú y cinturones de goma de neumáticos; nada de costosos y contaminantes Hummers; mejor un Prius de Toyota. Y con placas fotovoltaicas en casa no sólo consiguen electricidad para ellos, también puedo vender el sobrante a la red eléctrica. Seguidores del cantante Bono, que junto con su mujer y el diseñador Rogan Gregory han creado la marca Edun –nude (desnudo) al revés– de prendas algodón orgánico –que no ha sido tratado con herbicidas y pesticidas–, demuestran que lo eco-chic está de moda.

¿Veremos en un futuro juicios contra empresas como Exxon o Procter & Gamble por ser culpables de intoxicación informativa? ¿Se avecinan litigios masivos como los que sufrieron las compañías tabaqueras? En 2004 los inuit presentaron una demanda legal donde pretendían que la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos dictara sentencia sobre los daños provocados por el calentamiento global a su cultura: no sólo desaparece sus fuentes de alimentos, sino que sus tierras se convierten en inhabitables.

El caso más dramático es Shishmaref, en Alaska, donde se reduce el mar helado, se descongela el permafrost y en la aldea, con 4.000 años de antigüedad, el mar engullendo tierras y casas. Son los primeros refugiados del cambio climático. Si se confirman las previsiones, los pequeños estados del Pacífico sur corren riesgo de perecer: habrá que inventar una nueva palabra para la extinción de una nación. Ante esto, resulta infame el comentario del asesor económico del gobierno australiano -uno de los más importantes voceros contra las políticas de control de emisiones-, Brian Fisher, cuando dijo que era más eficaz evacuar los estados de Pacífico que pedir a las empresas australianas que reduzcan sus emisiones de CO2. ¿Quién se puede arrogar con el derecho de eliminar un país de la faz de la Tierra por culpa de un problema que él mismo ha creado?

Tim Flannery da en el clavo cuando pone el ejemplo del camellero del Sudán: “Durante décadas el mundo ha achacado su situación a que no han sabido gestionar los recursos naturales y el país más poderoso del planeta les acusa de genocidio. Pero ahora descubren una prueba fehaciente de que la lluvia no cae porque las naciones más ricas y poderosas han estado contaminando la atmósfera, y al hacerlo han oprimido al pueblo con hambrunas, pobreza y conflicto”. ¿Qué precio deberíamos pagar por el daño ocasionado? ¿Se podrá llevar a un tribunal internacional a gobiernos como el australiano? ¿O al español, por no hacer nada por rebajar las emisiones a las que se comprometió y dañando así el futuro de la civilización?

No nos equivoquemos, la Tierra no está en peligro. Ha sobrevivido a contaminaciones globales, como la que se produjo cuando las algas fotosintéticas liberaron por primera vez el oxígeno libre a la atmósfera. Lo que peligra es nuestra forma de vida. Claro que parar el cambo climático implica pagar ahora para vivir mejor en un futuro y eso no es algo que guste mucho.

También es posible que surja una nueva forma de entender el mundo. David Cameron, el lider del partido conservador británico, quiere instalar un aerogenerador en el jardín de su casa. Este hecho no refleja ningún tipo de locura electoral, sino algo que está tomando forma a pasos agigantados: la red eléctrica inteligente. La generación de energía es una de las principales fuentes de emisiones de gases invernadero, además de ser costosa e ineficaz: sólo un tercio del combustible quemado se convierte en energía, donde casi la mitad se pierde en forma de calor y un 8% adicional en el cableado que la lleva hasta casa.

¿Qué pasaría si cada casa tuviera su propio aerogenerador, o sus placas fotovoltaicas que estuvieran conectadas a la red? Una familia podría abastecerse y, además, vender su sobrante. Esta “red distribuida” es un hecho en Dinamarca, que genera así casi la mitad del todo el gasto energético del país. Resultado de esta política es que sus emisiones de CO2 han caído a casi la mitad en 10 años. Como uno puede imaginarse, las presiones para que el ejemplo danés no cunda no son baladíes…

Según una encuesta realizada en agosto de 2006 por el Departamento de Medio Ambiente británico a 400 científicos de distintas diciplinas, el 95% creía que la ciencia y la tecnología eran piezas claves para un desarrollo sostenible. Pero lo más sorprendente es que sólo el 40% reconocía haber pensado a veces en el impacto ambiental que tenía su trabajo. Y entre aquellos que admitían que no se lo planteaban, el 53% decían que era así porque creían que no era relevante en su área de conocimiento. Debemos confiar en la ciencia, pero no olvidemos que los laboratorios de investigación también son productores de cambio climático.

Y no precisamente de los poco contaminantes: baste recordar que el acelerador de partículas más importante de EE UU, el Fermilab, gasta un millón de dólares al mes en electricidad. Y la cuenta del largamente esperado LHC del CERN no va a ser menos abultada. A una escala menor, un laboratorio científico consume de 5 a 10 veces más energía que una oficina y muy pocos investigadores conocen realmente cuál es su factura eléctrica, que paga su centro de investigación. También tendrán que predicar con el ejemplo.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Josep dice:

    Antes que nada, enhorabuena por este blog interesante y trabajado, que aporta datos e intenta mostrar los diferentes puntos de vista aunque no alcance la imparcialidad ideal. De hecho, en ciencia nunca debería hablarse de imparcialidad pues es un concepto necesariamente implícito, pero por desgracia no es así en el mundo actual, donde los diversos intereses económicos suelen interferir de forma directa e indirecta, como ya se ha indicado en un post anterior. Uno puede estar plenamente de acuerdo en ello, aunque la “imparcialidad” de cada uno le haga ver como un hecho denunciable que una petrolera haya untado a unos investigadores hace unos años, pero en cambio casi se acepte como normal que actualmente en el mundo haya miles de investigadores reclamando financiación pública para miles de proyectos relacionados con el calentamiento global. Unos investigadores que de no ser cierto el calentamiento no tendrían recursos… qué curioso que la inmensa mayoría acaben apoyando la existencia del calentamiento y a continuación solicitando los necesarios recursos adicionales para posteriores trabajos por el bien de la humanidad futura.
    Hace poco pude ver una entrevista a un científico “vaca sagrada”, de los que yo admiraba en mi época de estudiante de biología. Este muy respetable doctor dijo con gran autoridad académica: “todos hemos tenido en algún momento dudas sobre la realidad del calentamiento, pero ahora que ya está aceptado, quién siga dudando… pues es su problema”. O sea: cuando él tenía dudas eso era aceptable, pero ahora que no las tiene, es tonto el que las tenga. Pura ciencia. Mi vaca sagrada se ha convertido en becerro de oro. Pero lo entendí unos días después al saber que a este ilustrísimo le habían otorgado una especie de oficina del cambio climático (por supuesto, si no hay cambio climático no hay oficina, a ver quien se atreve a dudar de la necesidad de pagar sueldos públicos para tan inmediata necesidad). Pero no me importa tanto un despilfarro más, sino el hecho de que siga apareciendo en los medios de comunicación como prestigioso científico cuando ahora ejerce de comisario político. Y por supuesto no es un ataque personal, pues no doy nombres ni suficientes pistas, sólo cito este caso como una muestra de lo que está ocurriendo a nivel mundial. Quizá sea representativo de ello que en el último año han aparecido en todos los medios una serie de informes altamente catastrofistas cuyo orígen coincidía en organismos próximos a los gobiernos británico y australiano, cuyo interés en el petróleo iraquí no indica precisamente preocupaciones ambientales
    (una muestra: http://www.20minutos.es/noticia/85876)
    En fin, que la tendencia dominante actual es la de acallar a los escépticos, ignorarlos, menospreciarlos e incluso acusarlos (“negacionistas”), hasta el punto de que muchos de ellos desisten de seguir investigando en esta área, pero no convencidos, sino decepcionados del mundo científico actual y esperando que el tiempo dará la razón a quien la tenga. ¿Recuerda alguien a los que en la crisi del petróleo de los años 70 vaticinaban el fin de las reservas antes de 20 años? Pues algunos siguen cobrando de los sillones que se ganaron con aquellos informes.
    Y enlazando una cosa con la otra, diré para acabar que la extracción global de hidrocarburos está ya en su cenit, de hecho se están exprimiendo algunos yacimientos para satisfacer la creciente demanda y aprovechar el alto precio actual, pero los stocks no dan más de sí, y la prueba está en el aumento contínuo del precio.

    Y ahora invito a un ejercicio de ciencia pura y no contaminada por prejuicios :
    1-Si tras 2 siglos de actividad industrial con consumo enorme de carbón y petróleo, la tª de la Tierra ha aumentado unas décimas de grado
    2-Si en este tiempo el nivel medio de los céanos ha subido unos pocos cm
    3-Si las reservas de hidrocarburos restantes son inferiores a las consumidas…

    Entonces (y ahora seré más humano y menos científico):
    ¿alguién cree que todos somos imbéciles y podemos tragarnos que la tª de la Tierra va a subir varios grados y los mares van a subir 7 metros?

  2. Lupita dice:

    La vida es lo mejor que podemos tener, es por eso que debemos cuidar el ambiente ya que de el tenemos todo lo que necesitamos, hacerle daño al ecositema y a nuestro planeta es hacernos daño a nosotros mismos.

  3. lucia dice:

    un tema muy interesante pero preocupante es que la tierra se formo en un lapso de 7 billones de años…y nosotros, los humanos, lo destruimos en tan solo unos cientos de años…
    Aunque como siempre, la mayor culpa la tienen los altos cargos, como en todo. Si ellos quisieran… esto y muchisimas cosas más como el hambre en el mundo cambiarían, porque las bombas también contaminan muchísimo y yo no las tiro ni las vendo.

    VERGONZOSO UNA VEZ MÁS.

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