El harén de las estrellas

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Una de las profesiones que podríamos llamar hereditarias es la medicina. Los hijos de padres médicos son legión y uno de ellos era Henry Draper. Su padre, John William Draper era el decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, pero también era un famoso químico. De hecho, fue el primero en obtener un daguerrotipo del espectro del Sol en 1843.

Henry bebió de las fuentes de su padre. Estudió medicina pero amó a las estrellas. Se construyó un observatorio y el mismo día de su boda fue con su recién estrenada esposa a comprar el espejo de 70 cm que necesitaba para su telescopio. Al morir su padre Henry Draper decidió abandonar la medicina y dedicarse a la astronomía: quería obtener los espectros de estrellas.

Si en verano moría su padre, en octubre se fue con unos amigos a las Montañas Rocosas, donde sufrieron los efectos de una ventisca. Regresó a su casa en noviembre y para celebrarlo organizó una fiesta donde invitó a sus los cercanos. Entre los asistentes los que se contaban Edward Charles Pickering, del Observatorio de Harvard. Durante la celebración Henry, que tenía entonces 45 años, empezó a tener escalofríos. Cinco días después moría de pulmonía. Su viuda, Mary Anne, quería erigir un monumento a su esposo y junto con Pickering pergeñó el proyecto de recoger y clasificar los espectros de las estrellas.

Cuarenta años más tarde se completaba este vasto plan. Para hacerlo Pickering se valió de un nutrido grupo de mujeres que a veces ha sido llamado el harén de Pickering. A una media de 10,50 dólares por semana, llovieron solicitudes de trabajo de mujeres de todo el mundo. Pickering contrató a cuantas pudo, que eran llamadas las computadoras. Con la vista fija en los espectros estelares, estas mujeres realizaron un intenso y laborioso trabajo.

Harlow Shapley, que sería director del observatorio de Harvard tras la muerte de Pickering en 1919, escribió en su autobiografía: «Yo inventé la hora-chica para el tiempo que invertían las asistentas. Algunas tareas incluso llevan varias kilohoras-chica (1.000 horas-chica). Por fortuna, la universidad de Harvard era un enjambre de asistentas baratas; así es como conseguimos hacer las cosas».

Una mano de obra barata que, desde al anonimato, realizó uno de los trabajos más importantes y duros de la historia de la astronomía moderna.

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