Vidas en la niebla

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A principios del siglo XX el médico suizo Édouard Claparède tuvo que asistir a un paciente muy especial. Como resultado de una lesión cerebral la pobre mujer había perdido la capacidad para crear nuevos recuerdos. Si Claparede tenía que salir de la habitación, al regresar tenía que volver a presentarse porque ella no recordaba haberle visto antes.

Un día, Claparède intentó algo diferente. Entró en la habitación y, como de costumbre, le tendió la mano para saludarla. Ella actuó como siempre. Pero al darse la mano la paciente la retiró enseguida: Claparède había ocultado una chincheta entre sus dedos. Entonces salió de la habitación. Al regresar ella seguía sin reconocerle, pero se negó a volver a darle la mano. No sabía decir por qué, pero no quería.

De este modo, Claparède había llegado a significar para ella un peligro: ya no era un simple hombre o un médico entre otros muchos. Aunque la paciente no tenía memoria consciente de la situación, su subconsciente había aprendido que darle la mano a Claparede podía provocarle algún daño.

A pesar de esto, hacia mediados del siglo XX los investigadores del cerebro habían renunciado a buscar el lugar donde se encuentra la memoria. La razón, un hombre: Karl Lashley, el padre de la psicología fisiológica moderna y uno de los investigadores del cerebro más influyentes de entonces. A raíz de numerosas investigaciones con ratas Lashley propuso que la memoria no dependía de un mecanismo particular, sino que se encontraba distribuida de manera dispersa por todo el cerebro.

Pero fue en 1953 cuando, por obra y gracia de otro hombre, todo cambió. Miles de neurólogos y psicólogos lo conocen por sus iniciales, H. M., o por el sobrenombre de Henry Mnemonic. Padecía un caso de epilepsia aguda y fue sometido a una operación en la ciudad norteamericana de Hartford, Connecticut.

Sufría terribles ataques epilépticos desde los 16 años y fue operado cuando tenía 27, después de que los médicos compraran, impotentes, que ningunas medicación podía controlar los ataques. La operación era el último recurso, drástico y terrible, para atajar la enfermedad. Dicho en pocas palabras, los neurocirujanos debían extirparle la parte del tejido cerebral que contenía los puntos o focos principales de la enfermedad. En su caso, le cercenaron amplias zonas de sus dos lóbulos temporales.

Médicamente, la operación fue un éxito: a partir de entonces pudieron controlarle los ataques epilépticos con anticonvulsivos, pero sus consecuencias no lo fueron tanto: H. M. Perdió la capacidad para crear recuerdos explícitos conscientes a largo plazo. Dicho más sencillamente, H. M. Perdió lo que comúnmente llamamos memoria.

Dos investigadores, Neal Cohen y Howard Eichenbaum resumían en 1993 y con estas palabras el estado de H. M.: “Hoy día, tras casi 40 años desde la operación, H. M. no conoce su edad o la fecha actual; no sabe dónde vive; o conoce el hecho de que sus padres ha muerto hace mucho tiempo y no sabe nada de su propia vida”. Otro investigador, Larry Squire, añadió: “Su incapacidad para aprender cosas nuevas es tan grave que precisa atención constante. No aprende nombres ni reconoce los rostros de las personas que ve cada día. Habiendo envejecido desde que fue sometido a la operación, no reconoce la fotografía de sí mismo”.

H. M., un hombre afable y más inteligente que la media, es el paciente que más y mejor ha sido estudiado por la neurología. Y H. M. nunca sabrá lo mucho que ha hecho por ella. ¿Podemos imaginar lo que significa vivir sin recordar nada de nuestra propia vida, ni siquiera el propio aspecto?

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