Muestro osmógeno

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Un amigo nuestro acaba de invitarnos a uno de esos restaurantes de postín. Sabemos que hemos entrado en uno de ellos no por la decoración o por el elegante esmoquin de los camareros y el mâitre, sino porque debemos pedir que nos traduzcan qué es eso de marmite diepoisse o el clafoutis de cerezas.Claro que siempre podemos recurrir a la siguiente táctica, mi favorita cuando voy al extranjero y entro en un restaurante: escoger aquel plato del que no tengamos ni repajolera idea lo que es. ¡Qué tensión mientras esperas a que el camarero te traiga lo que has pedido! Por supuesto, tiene sus inconvenientes.

El más evidente me pasó hace unos años en Austria. De primero escogí un plato del que no recuerdo el nombre pero que cuando lo pronunció el camarero sonaba estupendo: al final acabó siendo una sopa de verduras. De segundo pedí otro plato típico del país, cuya traducción era algo así como filete vienés. Aquí declaro públicamente mi ignorancia, pues no tenía ni idea de lo que era. Ya se imaginan mi sorpresa cuando me pusieron delante un filete empanado. Y de la cuenta… para qué hablar. Jamás he pagado tan caro una sopa de verduras y un escalope.

Pues bien, una vez que hemos escogido la comida y el camarero nos la sirve solemos olisquearla. A esta acción se la llama muestreo osmógeno y al parecer es un impulso natural del organismo humano cuando le llega el olor a comida. Porque un sistema olfativo adecuadamente entrenado puede percibir muchas cosas. Y si no que se lo pregunten a los sumilleres. Así, con nuestra nariz podemos detectar cuándo una mantequilla está empezando a ponerse rancia. Entonces desprende ciertos ácidos grasos que son curiosamente idénticos a las sustancias químicas sexuales que emite una perra en celo.

El problema es que dar rienda suelta a este impulso osmógeno implica dar un pequeño espectáculo. Para detectar los olores el aire inspirado debe llegar hasta la parte más profunda de la nariz y para ello debemos inspirar muy fuerte. Así, la respiración natural que lleva el aire al interior de la nariz lo hace a una velocidad a 6 km/h. Por el contrario, una correcta inspiración odorífera exige que el aire entre a 32 km/h.

Para evitar dar semejante espectáculo olisqueante y poder sucumbir a la tentación, lo mejor es fingir que no se tiene el más mínimo interés en oler la comida y cuando vayamos a meterla en la boca, detenernos unos segundos, sólo lo necesario para crear esa succión de 32 km por hora necesarios para percibir el olor.

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