Alimentos funcionales y otras hierbas

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Alicamentos, farmalimentos, probióticos, prebióticos, alimentos nutracéticos, enriquecidos, funcionales… Toda una panoplia de nuevos términos han irrumpido con fuerza desde hace 20 años para describir un nuevo tipo de mercado alimentario. Ahora, los anuncios publicitarios nos bombardean con productos tales como huevos enriquecidos con omega-3, leches fermentadas -que no yogures- con bacterias bífidus o L. casei, leches enriquecidas con vitaminas o, como dice cierto anuncio, «con el calcio de la leche». ¿Quizá hay dos calcios distintos en la Tabla Periódica?

En 1904 el premio Nobel Eli Metchnikoff señaló los efectos beneficiosos para nuestra salud de ciertas bacterias presentes en el yogur. Dos años más tarde el pediatra francés Henry Tissier encontraba que los niños con diarrea presentaban en sus deposiciones un número bajo de bacterias con una forma peculiar, bífida -con forma de Y-. Ambos científicos fueron los primeros en sugerir que ciertas bacterias vivas podían administrarse para tratar ciertas enfermedades. Pero no ha sido hasta los años 80 cuando ha aparecido la moda de los llamados alimentos funcionales, aquellos que incluyen componentes supuestamente beneficiosos para el organismo.

Nacidos en Japón, de allí pasaron a Estados Unidos y finalmente recalaron en Europa. Surgieron en un momento crítico, cuando la preocupación por una dieta sana y equilibrada se encontraba en las mentes de todas las personas. Es más, la llamada “generación baby boomers” norteamericanos -los nacidos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1945 y 1950-, muy preocupada por la salud, es el mercado natural para la industria de los alimentos funcionales, que en Estados Unidos mueve decenas de miles de millones de dólares.

El concepto tradicional de que el mantenimiento de la salud pasa por una dieta que debe proporcionar las cantidades adecuadas de nutrientes esenciales ha cambiado en los últimos años. Diferentes estudios han mostrado que compuestos no nutricionales contribuyen a prevenir o retardar diferentes tipos de enfermedades. Por ejemplo, estudios epidemiológicos in vivo, in vitro y clínicos indican que una dieta a base de vegetales puede reducir el riesgo de enfermedades crónicas, especialmente el cáncer.

Block, Patterson y Subar publicaban en 1992 una revisión sobre la evidencia epidemiológica que correlaciona frutas y vegetales con la prevención del cáncer. Estos investigadores encontraron en su revisión de 200 estudios epidemiológicos que el riesgo de cáncer es del 50% en las personas que consumen cantidades bajas de estos alimentos. Al parecer, los vegetales contienen otras sustancias, además de los nutrientes tradicionales, que contribuyen a reducir ese riesgo. Del mismo modo, existen evidencias de que algunas bacterias pueden ser beneficiosas para infecciones gastrointestinales, infecciones genitourinarias, alergias o ciertos desórdenes intestinales, como reconoce en el informe conjunto para la FAO y la OMS elaborado por un panel de expertos en octubre de 2001.

La comprensión de cómo estos compuestos no nutricionales actúan en el organismo está en sus inicios y necesita de mucha investigación. Uno de los probióticos -un microorganismo vivo que al ser ingerido en cantidades suficientes ejerce un efecto positivo en la salud- más estudiados es el Lactobacillus GG, que reduce el número de bacterias patógenas en el tracto intestinal protegiéndolo contra enfermedades y favoreciendo un balance bacteriano saludable en el aparato digestivo. Pero debemos tener cuidado. No todo lo que se publicita responde a la realidad. Los expertos llaman la atención sobre un detalle que puede escapársenos: no se debe suponer que porque un determinado microorganismo tenga un efecto beneficioso todos los de esa clase deben tenerlo.

Por ejemplo, en experimentos con ratones Y. Aiba y sus colaboradores encontraron en 1998 que la Lactobacillus salivarus inhibía la colonización de la Helicobacter pylori ―asociada a gastritis crónica, úlceras y es un factor de riesgo para el cáncer gástrico―, pero no así la L. casei o la L. acidophilus. La relación entre los probióticos y la disminución del nivel de colesterol en la sangre es uno de los campos donde se está investigando con gran intensidad. Desde 1975 se han realizado 15 estudios clínicos que en conjunto establecen una disminución del nivel total de colesterol entre el 2,4 y el 23,2%. Un margen tan amplio apunta a que, a pesar de ser resultados prometedores, deben tomarse como provisionales. G. R. J. Taylor y C. M. Williams publicaban en el British Journal of Nutrition en 1998 que los efectos sobre el nivel de colesterol producidos por productos lácticos o probióticos son equívocos. De hecho, los 15 estudios clínicos publicados desde 1975 han sido duramente criticados por contener errores metodológicos graves. «El efecto de las bacterias probióticas en la reducción del colesterol en el plasma sanguíneo es desconocido», afirma Mary Ellen Sanders de la California Polytechnic State University.

A lo hay que añadir que no todos los suplementos alimentarios que se añaden a los productos comerciales han probado su eficacia en las condiciones en que llega al consumidor -de ahí la coletilla de posible efecto beneficioso-. Los estudios científicos usan cultivos de bacterias que se administran de diversas formas: desde una mezcla pulverizada por vía oral hasta inyecciones. Y los efectos dependen dramáticamente de cómo -y cuánto- se suministra. Como suele ocurrir, debemos tener en cuenta la siguiente regla de oro: los reclamos publicitarios no son más que eso.

Otro de los problemas con los que se enfrentan los potenciales consumidores de alimentos funcionales es creer que pueden corregir las deficiencias en sus dietas tomando este tipo de alimentos en lugar de modificar sus hábitos alimenticios.

Así, suplementos tales como píldoras, barritas nutritivas o dietas líquidas, que pueden ser fuentes concentradas de vitaminas, fallan a la hora de proveer la gama completa de ingredientes naturales que un alimento sí hace. Las formas puras o concentradas de vitaminas pueden no ser absorbidas apropiadamente y, además, interferir en la absorción de otros nutrientes, lo mismo que algunos fitoquímicos -compuestos extraídos de las plantas- no son metabolizados en su forma pura porque necesitan de la presencia de otras sustancias. Dicho de otra forma, que el no-nutriente cumpla su función depende no sólo de su ingesta, sino de cómo es absorbido, transportado y metabolizado por el organismo y las sutiles relaciones que tiene con otras sustancias. Por eso, algunos extractos de sustancias fitoquímicas no son tan efectivos como cuando se encuentran en su forma natural, siendo parte de un alimento.

Con todo, el desarrollo de productos alimentarios funcionales susceptibles de producir un impacto cuantificable sobre el bienestar de los consumidores constituye un eje de progreso prometedor. Pero la expansión de este mercado sólo será posible si se emiten mensajes creíbles avalados por investigaciones serias, si se establecen normativas claras y si se incorporan los alimentos dentro de una alimentación sana. El camino es largo y todavía está en sus comienzos.

Por otro lado, cientos de especies microbianas viven en asociación con los humanos, sobre la piel y en los tractos orales, intestinales y vaginales. La población bacteriana se estima en 100 billones de seres, un número que es sorprendente teniendo en cuenta que excede en 10 veces el número de células del cuerpo humano. Diferentes estudios con animales libres de gérmenes demuestran que la colonización microbiana no es necesaria para la supervivencia. De hecho, puede tener efectos negativos como resultado de metabolitos tóxicos, carcinógenos o mutágenos.

Sin embargo, estos animales han probado ser más sensibles a las infecciones. Este incremento de susceptibilidad se atribuye, al menos en parte, a una pobre función inmune y a la ausencia de una “resistencia” debida a la competencia de la microflora con los microorganismos invasores. Estos estudios son la base de que la colonización microbiana tiene importantes implicaciones en la salud de los organismos huéspedes.Con todo, hay una gran diferencia entre esto último y que la adición de ciertos microorganismos exógenos al ecosistema intestinal tengan un efecto positivo.

El tracto intestinal es un sistema microbiana bastante estable en los adultos. Perturbaciones agudas debidas al uso de antibióticos, enfermedades o ciertos cambios alimenticios parecen autocorregirse. Las bacteria probióticas, aun consumidas en gran número, no se convierten en habitantes permanentes y raramente se detectan en muestras fecales o intestinales más allá de un par de semanas. Los esfuerzos por entender el papel de los probióticos en la salud humana, ¿es justificable aparte del interés de otro ingrediente funcional salvo como señuelo para que el consumidor preocupado se gaste los cuartos? ¿Proporcionan una diferencia sustancial en la salud? La respuesta a estas preguntas es todavía demasiado especulativa. Las investigaciones realizadas hasta ahora, según asegura el Institute of Food Technologists, «no son suficientes, a pesar de los cientos de publicaciones sobre el tema. Los mecanismos de acción no se han establecido completamente; los resultados para algunos puntos son equívocos; los resultados se encuentran dispersos; y las pruebas con humanos debidamente controladas son escasas».Investigaciones epidemiológicas sugieren que la inmunidad de la mucosa intestinal disminuye con la edad, lo que deja a los ancianos expuestos a infecciones. Es más, algunas infecciones, que antes se consideraban benignas o fácilmente tratables con antibióticos, ahora son más serias. Por ejemplo, un tipo de diarra asociada al tratamiento con antibióticos la causa un microorganismo oportunista, el Clostridium difficile, que suele tratarse con un segundo antibiótico. Sin embargo, otras son recurrentes al tratamiento con antibiótico. Esta asociación a una disrupción de la microflora intestinal sugiere que sería adecuado encontrar alternativas a su tratamiento. Por otro lado, la resistencia a múltiples antibióticos es, hoy por hoy, una amenaza nada desdeñable, como el meticilín-resistente Staphylococcus aureus en el ámbito hospitalario. Así, de la misma forma en la lucha biológica contra las plagas en las plantas, quizá el futuro pase por elevar barreras “naturales” a infecciones microbianas.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. masabadell dice:

    Han sido borrados una serie de mensajes que nada tienen que ver con los temas aquí tratados.
    Lamento, Lola, no haber estado más rápido, pero no he tenido tiempo de leer los comentarios hasta ahora.

  2. lola fuentes dice:

    Muy bueno el post, ahora, me vuelvo a mi faceta de “marujona”, es decir voy a la compra, cuando la leche tiene calcio, resulta qué es un 1 euro, más cara… cuando los yogures tienen efecto no se qué ,más caro… Se ha creado un auténtico marketing, ante todos productos (no entiendo con el Sr. Coronado por medio), que incrementan el precio de la comida.

    Es muy determinante el factor alimenticio para una buena dieta y por tanto, una buena salud. Pero, cuántos litros de leche con calcio debo beberme, yo creo que si mis niveles de calcio son normales, la leche en sí, está bien, y si no tengo suficiente tendré que tomarlo, pero no precisamente en ésta. Lo único que quiero decir, es que existe “mucha tomadura de pelo” con este tema, mejor que nos pongan claramente los compuestos y ya decirémos…..Miguel Angel, no hay nada que lamentar. Un saludo.

  3. japa dice:

    por no hablar del respeto a los derechos de los lácteos ¿Alguien ser ha parado a pensar el tipo de abusos que sufren? ¿Por donde se creen que le meten los lactobacilus a un yogur?

  4. lola fuentes dice:

    Japa, por favor cuenta….

  5. aidee dice:

    mmmm….. este documento no m saco de dudas…
    cuando busq info de los lactobacilos y su metodologia aparecio como obcion pero
    no contiene nada q me pueda ayudar….

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