Esperar para comer

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Si hay algo que nos produzca una profunda aversión, ése es el proceso de putrefacción de la materia viva. La ironía está en que si queremos deleitarnos con un delicioso solomillo de ternera, lo que hacemos es comer carne putrefacta. Al sacrificar un ternero, y a pesar de que el veterinario certifique que la pobre res está muerta, en su interior se están produciendo reacciones químicas que van agotando el oxígeno que todavía contiene su organismo.

Entre ellas se encuentra la que destruye el colágeno de los músculos, lo que produce ácido láctico. Esto hace que las cadenas musculares, que habitualmente se deslizan una junto a otra, no se mueven con tanta facilidad como cuando el ternero estaba vivo. Por hacernos una idea, la situación es similar a lo que a veces nos sucede tras practicar deporte: las piernas están como muertas. Este “cierre muscular” se tensa cada vez más hasta finalizar con el conocido rigor mortis. Por suerte para quienes les gusta la carne, esas obstrucciones musculares desaparecen tras pasar de 10 a 14 días: los músculos se distienden y se ablandan de nuevo y empieza la podredumbre. Ya tenemos la carne lista para ponerla en la parrilla.Imagen de microscopio electrónico de Salmonella

Entre los microbios más habituales que pueblan la comida está la famosa salmonella, cuyo nombre proviene del veterinario norteamericano que la describió con detalle por primera vez, Daniel E. Salmon. De aspecto oblongo, estas bacteria prospera de tal modo que cada 50 minutos su número se multiplica por dos. Si la salmonela reproducirse sin impedimentos cubriría por completo la superficie terrestre en 3 días.

Y ya que estamos con los seres bacterianos que conviven con nosotros, no podríamos dejar de mencionar a uno de los más abundantes en nuestras casas: las pseudomonas, unas criaturas de dimensiones tan diminutas que un montoncillo compuesto por 100.000 de ellas sería invisible a nuestros ojos. Son tan cortas que para ellas una mesa de cocina es lo que para el ser humano equivale a 650 kilómetros. Tienenpseudomonas.jpg el aspecto de tubos regordetes y lo único que pueden hacer para moverse es nadar gracias a una especie de motor químico situado en su cola. Cuando avanzan lo hacen a la nada impresionante velocidad de 16 centímetros por hora, luego tardarían 5 horas en cruzar a lo largo una mesa típica de cocina. A primera vista puede parecernos risible, pero convertida a nuestras dimensiones representa una velocidad que jamás alcanzará un atleta humano.

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