¿La fuerza del destino?

Posted 14 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Antropología, Psicología

En 1970 aparecía un libro escrito por el premio Nobel de Medicina francés Jacques Monod: El azar y la necesidad. En él, convierte en lema de su libro el pensamiento de Demócrito “todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y la necesidad”. El texto, una reflexión desde la ciencia del mundo y el ser humano, se convirtió en un best seller y suscitó numerosos debates. El motivo: su defensa de que la vida es un simple accidente en la historia de la naturaleza. Monod lo dijo más poéticamente: “El hombre vive en un mundo extraño; un mundo que es sordo a su música, y tan indiferente a sus esperanzas como a sus sufrimientos y sus crímenes”.

El ser humano es accidental y superfluo: estamos en este mundo de chiripa –si los dinosaurios no hubieran desaparecido no estaríamos aquí– y al universo le importa un bledo que permanezcamos o nos extingamos. Claro que otros piensan que el azar es simplemente una excusa que hemos inventado para aquello que no encontramos explicación, que todo tiene un motivo para suceder, que las casualidades no son tales.

¿Existe el destino? Antes de plantear esta pregunta habría que decidir qué es. Definirlo, como hace la Real Academia, como una “fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos” no es decir gran cosa. ¿Qué o quién es esa fuerza irresistible? ¿Por qué debe interferir en la vida del ser humano? Se dice que todo tiene un motivo. ¿Pero cuál? ¿Qué razón hay para quien muere al caerle una maceta un día de viento? ¿O a quien le toca el gordo de Navidad? ¿No será que nos negamos a aceptar la aleatoriedad del mundo? Es bien conocido en psicología que el ser humano necesita encontrar razones para lo que sucede. Si no las ve las busca, y si no las encuentra, las inventa. ¿No será la creencia en el destino una forma de dejar todo atado y bien atado?

El concepto de destino siempre ha estado relacionado con lo sobrenatural. La conexión es evidente: si nuestro futuro está predeterminado, alguien debe haberlo hecho. Llamémoslo dios o energía vibratoria multidimensional. Los griegos, y con ellos los romanos, dejaron muy claro quienes tejían el futuro de los seres humanos: las Moiras –en Roma, las Parcas–. Ellas, en el momento del nacimiento, decidían los actos y el momento de la muerte de toda persona. El destino griego siempre estuvo impregnado de hado, de fatalidad, algo que ha persistido hasta nuestros días: nadie habla de destino cuando gana, sino justamente cuando pierde.

La contrapartida nórdica son las Nornas, tres viejas brujas malévolas que deciden el futuro de los hombres con las runas y que viven bajo las raíces del Yggdrasil, un fresno cuyas ramas y raíces mantienen unidos los diferentes mundos que componen la mitología escandinava. El porvenir es tremendamente sombrío. Acorde a la mentalidad guerrera de la sociedad vikinga, donde morir en la batalla era un destino digno de admiración, el fin del mundo estaba predeterminado por una gran y última batalla: Ragnarok. De ella se sabía qué iba a suceder, quién iba a luchar y el destino de cada uno de los participantes en la batalla. En el Völuspá (La profecías de la adivina), se narra la historia del mundo, desde su creación hasta su destrucción.

Conocemos nuestro destino pero no podemos evitarlo: esta creencia está perfectamente reflejada en las brujas de MacBeth, en la ópera de Verdi La forza del destino –basada en la obra que marcó el comienzo del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas– o El puente de San Luis Rey, del norteamericano Thornton Wilder: cinco viajeros se encuentran con un mismo destino, cinco personas diferentes, en viajes motivados por razones diferentes, cruzan el puente más bonito del Perú al mediodía del fatídico 20 de Julio de 1714 en que se vino abajo. ¿Casualidad? ¿Fue el azar quien juntó a esas 5 personas en el puente? ¿O fue Dios?

El destino, a veces, lo invocamos porque necesitamos de Justicia. Si miramos a nuestro alrededor descubrimos que el mundo lo es todo menos justo: Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Pero en nuestro fuero interno necesitamos que al final exista algún tipo de justicia divina que ponga las cosas en su sitio y que nos recompense el esfuerzo. Este mensaje es habitual en la psicología pop y en vendedores de felicidad como Andrew Matthews: “La Creación es justa. Lo que sembramos es lo que cosechamos”. Deseosos como estamos de recompensa, no es de extrañar que esos mensajes se conviertan en superventas.

En cuestiones del destino estamos muy influidos por la cultura griega, cuyo paradigma es Edipo. Si miramos hacia otras culturas podemos encontrarnos con una variedad de planteamientos: los judíos no creen en la predestinación. Yaveh ha creado al hombre libre de elegir su propio destino, es la única criatura del universo que goza de libro albedrío, para escoger seguir –o no– el camino de Dios. Totalmente diferente sucede entre los musulmanes. El sexto y último pilar de la fe es la creencia en el destino (Al-Qadr): “creer en el destino significa creer en Dios; es el que decide y crea los acontecimientos y las criaturas de acuerdo con su conocimiento previo y absoluto”.

La creencia en un destino tampoco se puede separar de la psicología. Así, uno de los sesgos cognitivos de la depresión es el fatalismo: la indefensión ante los sucesos se interpreta en función de que ése es el destino. De hecho, una de las técnicas terapéuticas usadas en su tratamiento es combatir esa idea haciendo ver al paciente que cierto problema ha sido debido a cierto conjunto particular de situaciones. Un ejemplo han sido los trabajos de la psicóloga Susan Blackmore sobre coincidencias entre creyentes y escépticos en fenómenos paranormales. En ellos Blackmore ha puesto de manifiesto que los creyentes estiman la probabilidad de las coincidencias más bajas de lo que en realidad son, lo que les permite interpretarlas como señales del destino.

Exista o no, quizá lo mejor sea aplicar a la propia vida este dicho que se atribuye al filósofo Betrand Russell: “Para ser feliz hay que tener la fuerza suficiente para cambiar las cosas que puedes cambiar, resignación para aceptar las que no vas a poder cambiar y sabiduría para distinguirlas”.

(Aparecido en Muy Interesante)

¡Devolvedme el cielo!

Posted 8 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Astronomía, Debate, Pseudociencia

El pasado verano, como cada verano, por la noche, me han asaltado dos sentimientos contradictorios: uno de asombro infantil y el otro de profunda tristeza.

Lejos de las luces de las ciudades y las zonas de veraneo, uno puede levantar la vista al cielo y sentir el vértigo arrebatador de miles de estrellas, la fascinante y cautivadora visión de la Vía Láctea, esa banda lechosa que nos proporciona una hermosa y única visión de nuestra galaxia.

Hoy Van Gogh sería incapaz de pintar su famoso cuadro de un café de Arlés bajo el cielo estrellado. Hoy nadie es consciente de las fases de la Luna o de que puede observar los planetas en el cielo. Recuerdo que una vez alguien me preguntó con verdadera sorpresa: ¿Es que se pueden ver? Venus, Mercurio, Marte, Júpiter o Saturno son simplemente nombre de objetos que se aprenden en la escuela. El Sistema Solar, el Universo, no son otra cosa que un concepto que nos enseñó el profesor de Ciencias Naturales. No es real, casi es una ficción. ¿Cuántas mujeres enamoradas podrían exclamar con Julieta “No jures por la Luna, por la inconstante Luna, que cada mes cambia en su órbita circular”?

Hoy nadie ve, de noche en noche, de mes en mes, cómo cambia el aspecto del cielo, cómo desaparecen unas constelaciones mientras aparecen otras. Nadie se da cuenta de que unos brillantes puntitos muy luminosos, fácilmente discernibles porque su luz no parpadea, van mutando su posición en el cielo. Son los planetas. A ellos les debemos mucho, pues al querer explicar por qué se mueven de ese modo descubrimos que no estamos en el centro del cosmos, que no somos el ombligo del universo.

Una simple mirada al cielo nos revela lo que siempre hemos sido sin saberlo: ciudadanos del cosmos. Y nos envuelve con un sentimiento de humildad, de lo poco que somos ante la oscura inmensidad que nos rodea, habitantes de una mota de polvo insignificante que gira alrededor de una pequeña estrella arrabalera en una de las miles de millones de galaxias que pueblan el universo. Pero no debemos olvidar tampoco lo importantes que somos pues, hasta donde sabemos, somos la única especie capaz de anunciar su existencia en el espacio. Construidos con los mismos átomos que los planetas, las estrellas y las nebulosas, somos una parte del universo que se ha hecho consciente.

Ante todo esto, causa risa y estupor que aún sobrevivan creencias infantiles, residuos de viejas religiones, como la astrología, producto de un tiempo cuando se creía que el universo estaba diseñado por y para el ser humano y que todo estaba gobernado por unos dioses ininteligibles e inaccesibles. Decía Montesquieu que pensar que nuestros actos están escritos en el gran libro del cielo es una orgullosa extravagancia. ¿De verdad podemos creer que los planetas giran para decidir la forma de vivir nuestras vidas?

Nuestra sociedad ha eliminado el cielo del vivir cotidiano. Por eso, si tiene la oportunidad de alejarse de las luces de la ciudad, o si al viajar de noche necesita parar para descansar, hágalo en un lugar oscuro y despejado y levante la mirada al cielo. Sentirán ese cosquilleo que recorre el espinazo al saber que están contemplando su hogar, su verdadero hogar.

Conócete a ti mismo… ¡Menuda patochada!

Posted 8 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Debate, Psicología

Una de los aforismos más sobrevalorados y al que se agarran todos esos libros de auto-ayuda escritos para europeos que no saben qué hacer con sus cómodas vidas (ya me dirán cuántos libros de Bucay o Coelho se venden en Chad o Etiopía) es el que se dice que aparecía en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, «conócete a ti mismo». Todos sabemos que no es fácil, pero que si uno lleva a cabo una poderosa labor de introspección acabará haciéndolo. Y como premio para intentarlo, seremos más felices.

Por suerte, la moderna psicología ha descubierto que esto no es así. No sólo no es cierto que se es más feliz si uno se conoce sino que hacerse una imagen embellecida de uno mismo es fundamental para poseer una cierta salud mental. Sabemos que tenemos nuestras cosas buenas y nuestras cosas malas, pero cuando nos miramos al espejo preferimos ver nuestra cara más agradable. En diferentes experimentos, los sujetos psíquicamente sanos se consideran mejor descritos con adjetivos con connotaciones positivas que negativas, de igual modo que a lo largo de la vida recuerdan los éxitos mientras que los fracasos se olvidan con extremada facilidad –de ahí, quizá, venga lo de tropezar dos veces en la misma piedra-. Otra tendencia bastante común es la de considerarse responsable de las acciones que han salido bien, mientras que las que han salido mal la culpa la han tenido un cúmulo de circunstancias.

Por si esto no fuera poco, las personas psíquicamente normales viven convencidas de que en una serie de aspectos son superiores al resto. Un ejemplo claro lo tenemos en los conductores. En diferentes encuestas, nueve de cada diez conductores se consideran mejores que la media. O cuando se propone que estimen su inteligencia. Invariablemente nos creemos más inteligentes de lo que somos. Un dato curioso. El psicólogo David A. Dunning de la universidad de Cornell ha descubierto que los incompetentes, además de no estar a la altura de lo que exige su profesión, ni siquiera saben lo incompetentes que son. En una serie de juegos de lógica encontró que quienes más dudaban de sus aciertos o que se infravaloraban sacaban mejor puntuación que quienes se creían los mejores del grupo.

Y es que, en general, como dice el psicólogo alemán Rolf Degen,”la necesidad de controlar las condiciones de la propia existencia está muy arraigada en el espíritu humano. Hasta el punto de que es capaz de engañar a la razón y hacerle creer que controla situaciones donde sólo existe azar o que realmente están controladas por fuerzas que no puede dominar”.

Nos gusta ver las cosas no como son, sino como nos gustaría que fueran.

Recorte a la ciencia

Posted 7 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Ciencia y política

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Hoy es el día en que desde los blogs de divulgación científica se protesta por el recorte-que-no-es-recorte (todo depende del punto de vista que uno defienda) de un 15% de media en el presupuesto de los organismos públicos de investigación dependientes del Ministerio de Ciencia e Innovación -porque recordemos que no son todos: el Instituto Nacional de Técnica Aerospacial depende, sorprendentemente, de Defensa-. Este ministerio es el que se lleva el mayor tajo -450 millones de euros- en unas medidas que, dicen, son una apuesta por un “nuevo modelo productivo”.

Por supuesto, los científicos han puesto el grito en el cielo y Joan Guinovart ha señalado que el recorte equivale a la ficha de 6 Cristiano Ronaldos -el recorte parece ser menor al que manejaba este científico y se queda en 4,7 Ronaldos- . Y 5 veces las ayudas al cine español en 2009, añado. Por cierto, que mientras las ayudas del Ministerio de Cultura al cine aumentaban un 14% del 2008 al 2009, las destinadas a proyectos de conservación de bienes declarados Patrimonio Mundial o estudios arqueológicos en el exterior -ciencia a fin de cuentas- caían más de un 200%.
Esto nos permite hacer unas pequeñas comparaciones: reducir el sueldo a 5 científicos equivale a hacer la misma reducción a un futbolista de éxito, y lo que deja de ingresar un centro de investigación es como si no se financiaran cinco películas españolas. Aún hay más. El recorte total a la ciencia vale lo que las pensiones de 10 máximos ejecutivos del BBVA y el Banco Santander y entre 2 y 3,5 veces lo que las entidades gestoras de propiedad intelectual han ingresado este año.

Y no entro en los sueldos comparados porque ya sería de risa. ¿Es la ciencia importante para un país? Seguro que no hay nadie que diga que no, pero lo que nadie acaba por matizar es cuán importante consideran que es. Ahora se ha visto. Y después queremos que los jóvenes se sientan motivados para lanzarse, cuesta abajo, a una carrera científica malpagada la mayor parte de su vida.

(publicado en 20minutos)

La pulsera curalotodo rediviva

Posted 6 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Pseudociencia

¿Recuerdan aquellas pulseritas con bolitas de cuarzo que servían para todas las enfermedades existentes? Un impresionante ejemplo de I+D balear. ¡Bien por Rayma!
Pues bien, siguiendo la estela del joyero mallorquín al que se le ocurrió el invento tenemos la pulsera Power Balance, creada en la soleada California en 2007 por “un grupo de atletas con un fuerte bagaje en salud holística”. Este sacacuartos consiste en un holograma en mylar (vamos, plástico) como el de la Visa pegado a una pulsera de silicona (o neopreno). Al menos la de Rayma estaba bañada en oro.

Si en la pulsera española el quid de la cuestión estaba en las bolitas de marras, que actuaban como “resonadores de energía pasiva “, en la californiana está el holograma porque “se han incrustado frecuencias naturales halladas en la naturaleza”. ¿Si son naturales dónde si no se van a hallar? Dejemos que se expliquen. “Cada objeto de este planeta, animado o inanimado, tiene una frecuencia que puede calcularse con exactitud. Albert Einstein sabía que todo en el universo emite una frecuencia única “. Si se pudiera denunciar por poner en tu boca lo que no has dicho los herederos de Einstein estarían forrados. No se dejen lo mejor: ” Se ha descubierto que la frecuencia general de una persona sana está entre 6,2 a 7,2 Hz, y cuando baja de estos niveles los resfriados y gripes aparecen más fácilmente”. ¡Ya tenemos la solución para la gripe A!

La verdad es que su publicidad es digna del Club de la Comedia. Les dejo esta perla: “PB no contiene ninguna fuente de energía por sí solo, las energías bioeléctricas de cada uno cargan el holograma quantum, sintonizando con el biocampo, armonizado con tu chi interior”.

Vale 35 euros y se vende por internet o al estilo Avon. Una simple búsqueda de precios (al alza) nos da su coste máximo: los dos hologramas un euro y la pulsera de silicona otro euro. Aun siendo generosos y poniendo un coste total de 3 euros nos queda un margen de beneficio del 91%. Seamos condescendientes: la inversión en I+D para desarrollar el holograma -cutre donde los haya y que es el logo del producto- ha tenido que ser de órdago.

(Aparecido en Público)

El duelista y la teoria de grupos

Posted 2 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Historia de la ciencia, Matemáticas

El 25 de octubre de 1811 nacía en Bourg-la-Reine, un pequeño pueblecito en las cercanías de París, Évariste Galois. Su padre era el alcalde del pueblo y tanto él como su madre tenían una sólida formación cultural que supieron transmitir a sus hijos, al igual que un profundo desprecio hacia cualquier forma de tiranía. Cuando Évariste comenzó a asistir a la escuela a la edad de doce años, demostró muy poco interés por el latín y el griego pero, en cambio, quedó prendado de la belleza de las matemáticas, sobretodo por el libro Geometría del gran matemático francés nacido en Turín Joseph-Louis Legendre. Galois, aunque estudió con fruición álgebra y análisis, su trabajo en clase de matemáticas fue siempre mediocre y sus maestros lo consideraban como alguien rarillo. A los 16 años Évariste ya sabía lo que sus maestros ignoraban: que era un genio en matemáticas. Convencido de ello esperaba entrar en la escuela donde se habían formado tantos matemáticos famosos, la prestigiosa Escuela Politécnica.

Primer deseo y primera decepción: su solicitud fue rechazada por carecer de formación sistemática. Un año más tarde, con 17 años, desarrolló en un artículo sus descubrimientos fundamentales. Se lo entregó a uno de los matemáticos más importantes de la época, Antoine-Louis Cauchy, cuya cabeza era tan brillante como despistada. Cauchy solía olvidar dónde dejaba los artículos que le entregaban pero para la época de Galois ya había pasado a convertirse en un especialista en perder artículos. Galois, que se lo había enviado a Cauchy para que lo presentara en su nombre en la Academia de Ciencias, tenía ahora motivos para detestar no sólo a los profesores sino también a los académicos. Si a todo esto sumamos un nuevo fracaso en su segundo intento de ingresar en la Escuela Politécnica y que su padre, acorralado por culpa de una serie de intrigas clericales, se suicidó, no resulta extraño que Évariste se sintiera hundido y miserable.

A pesar de tantos reveses Galois siguió insistiendo y al final pudo entrar en la Escuela Normal y así poder prepararse para la enseñanza. Y en sus pocas horas libres, siguió investigando. En 1830 presentó un trabajo para optar al premio en matemáticas concedido por la Academia. El artículo no pasó por las manos de Cauchy sino por las de otro matemático insigne, Fourier. Galois podía respirar tranquilo. Fourier se llevó el trabajo a su casa para poder leerlo con detenimiento y la mala fortuna volvió a cebarse con el pobre Évariste. Fourier murió poco después y su trabajo se perdió irremisiblemente.

En 1830 afloró su hondo sentimiento contra la tiranía y se puso de parte de los revolucionarios. Una durísima carta contra el director de la Escuela le valió su expulsión. Por tercera vez presentó un trabajo a la Academia y, cumpliendo el refrán, esta vez no se perdió. El artículo contenía lo que hoy se conoce como teoría de Galois pero el encargado de valorarlo, otro matemático insigne de nombre Poisson, se lo devolvió con una anotación: «incomprensible».

Galois, asqueado, se apuntó en la Guardia Nacional. En 1831, durante una reunión, hizo un brindis que se consideró como una amenaza a la vida del emperador y fue arrestado. Aunque fue liberado, nueve meses más tarde le volvieron a arrestar y esta vez dio con sus huesos en la cárcel. Poco tiempo después se vio envuelto en un asunto de faldas poco claro que terminó en un duelo. La noche anterior al mismo escribió a sus amigos: «He sido desafiado por dos patriotas; no he podido negarme».

Las pocas horas que le quedaban hasta el amanecer las dedicó a poner por escrito algunos de sus descubrimientos con la esperanza de que fueran publicados y que otros matemáticos pudieran evaluar su importancia. Y en la madrugada del 30 de mayo de 1832 Galois se enfrentó en un duelo a pistola. Recibió un balazo que le perforó los intestinos y quedó tirado en el campo hasta que un campesino que pasaba por allí lo recogió y lo llevó a un hospital. Galois murió de peritonitis a la mañana siguiente. Tenía sólo 20 años.

D = (N+4)/10

Posted 1 Octubre 2009 by masabadell
Categories: Astronomía, Historia de la ciencia

Durante el siglo XVIII ya estaba bien establecida una disciplina científica bautizada con el nombre de mecánica celeste. Su objetivo era muy simple de formular y bastante complejo de responder: describir mediante ecuaciones matemáticas el movimiento de los planetas y de todos los cuerpos del Sistema Solar.

Muchos astrónomos dedicaron parte de su tiempo a buscar una fórmula sencilla que diera cuenta de las distancias de los diferentes planetas al Sol. Puede parecer algo totalmente bizantino pues no hay ningún motivo para creer que las distancias de los planetas puedan calcularse con una simple fórmula: es evidente que pueden girar alrededor del Sol donde les venga en gana.
Sin embargo, en 1772 un oscuro astrónomo de la universidad alemana de Wittenberg llamado J. D. Titius descubrió, tras muchos años de observaciones, la tan ansiada regularidad matemática. Lo que hizo Titius fue ordenar los planetas por su distancia al Sol, desde el más cercano al más lejano. Entonces asoció a cada planeta un número, empezando por Mercurio al que le asoció el cero, seguido de Venus que se llevó el tres, la Tierra el seis, ⎯el número de Venus multiplicado por dos⎯ Marte el doce ⎯el de la Tierra multiplicado por dos⎯ y así sucesivamente. Ahora comienza el juego numerológico. Si a estos números le sumamos cuatro y dividimos el total por diez el resultado corresponde, según descubrió Titius, a, más o menos, la distancia del planeta al Sol tomando como base la distancia de la Tierra al Sol. Eso quiere decir que si a Marte le corresponde el valor de 1,6 significa que está a 1,6 veces la distancia Tierra-Sol.

Con esta regla en la mano nos encontramos con una sorpresa: el número 24, que inicialmente le correspondería a Júpiter, no da la distancia adecuada. Para obtener la distancia de Júpiter hay que coger el siguiente, el 48, y para Saturno el 96. O sea, que entre los números de Marte y Júpiter hay un agujero. ¿A qué correspondía el 24? Mientras se mantenía el misterio en 1781 se descubría el planeta Urano, que encajaba perfectamente en el siguiente número de la ley de Titius. Esto hizo pensar a muchos astrónomos que realmente había un hueco claro para el número 24. La solución llegó el 1 de enero de 1801, cuando el monje italiano Giuseppe Piazzi descubrió un nuevo objeto, el asteroide Ceres. El hueco en la ley de Titius está ocupado por el cinturón de asteroides.

Sin embargo, lo que debería conocerse como la ley de Titius es más conocida como la ley de Titus-Bode o, simplemente, Bode. Semejante injusticia histórica tiene su origen en la manifiesta mala fe del astrónomo alemán Johann Elert Bode. Publicitó los cálculos de Titius sin mencionar su nombre y de este modo se aseguró que sus colegas hablaran de las «tablas de Bode». De este modo Bode puede alzarse con el dudoso honor de ser el primer astrónomo de la historia moderna que se aseguró un puesto en la historia que no se merecía.

De profesión, genio

Posted 30 Septiembre 2009 by masabadell
Categories: Historia de la ciencia, Historia de la tecnología

El día de los inocentes, el 28 de diciembre de 1903, nacía en Budapest John Von Neumann, el genio que con su trabajo nos introdujo en el mundo de los ordenadores, los robots y la inteligencia artificial.

Neumann era un fuera de serie y con razón se le ha llamado el hombre más inteligente del siglo XX. Con seis años dividía mentalmente dos números de ocho cifras y bromeaba con su padre en griego clásico. Dos años más tarde ya sabía cálculo y recitaba una página de la guía de teléfonos de Budapest entera, con sus nombres, apellidos y números de teléfono. En una ocasión, al ver que su madre dejaba de coser y, abstraída, miraba al cielo, Neumann le preguntó:

- Madre, ¿qué estás calculando?

El joven John se matriculó en la universidad de Budapest, que utilizaba como centro de operaciones para viajar a Berlín y escuchar a Einstein hablar de mecánica estadística, a Zurich para participar en el programa de ingeniería química de su prestigioso Instituto Politécnico, y a Göttingen, donde estudiaba con el famoso matemático David Hilbert. Con 22 años Von Neumann coronó esta febril actividad con dos títulos: un diploma del Politécnico de Zurich en ingeniería química y un doctorado summa cum laude en matemáticas por la universidad de Budapest.

Como corresponde a los genios, a sus 26 años Von Neumann era una figura resplandeciente en el panorama científico mundial. En el otoño de 1929 Oswald Veblen, del departamento de matemáticas de la universidad de Princeton, le invitó a dar unas conferencias «sobre algún aspecto de la mecánica cuántica». Neumann aceptó y después de pasar un tiempo allí llegó a la conclusión que los Estados Unidos y él estaban hechos el uno para el otro.

Quizá lo que más llame la atención a quienes piensan que los científicos son unos seres aburridos sea la profunda devoción de Von Neumann a dar fiestas. Un viejo amigo suyo recordaba que
“lo que se cuenta de sus fiestas no es exageración. Eran fantásticas. Von Neumann era una persona tremendamente ingeniosa, lleno de vida, más gordo que yo. Sabía divertirse”.

Siguiendo la tradición, Neumann fue un genio distraído. En cierta ocasión salió de su casa de Princeton porque tenía una cita en Nueva York. A mitad de camino se detuvo y llamó a su mujer:

- Oye, ¿para qué tengo que ir yo a Nueva York?

John von Neumann se interesó prácticamente por todo. Mientras fue profesor en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton se dedicó a investigar en meteorología, física cuántica, ayudó en la construcción de la bomba atómica, desarrolló la teoría de juegos, clave en la economía, puso las bases teóricas para desarrollar el ordenador y jugó un destacado papel en la política norteamericana cuando se le eligió como miembro de la Comisión para la Energía Atómica.

Se dice que Neumann pudo servir como modelo del doctor Strangelove, el genio loco interpretado por Peter Sellers en la película de Stanley Kubrick ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Fue una de las cabezas pensantes que aclaró a los ciudadanos norteamericanos lo que eran la bomba atómica y los rusos y se declaró un esforzado garante del conocido refrán ‘quien golpea primero, golpea dos veces’. Para él lo mejor era atacar primero a la Unión Soviética.

Cuando conocía a alguien en alguna reunión o en una de las muchas fiestas que ofrecía en su casa una vez a la semana derrochaba encanto, y era capaz de abrumar a sus interlocutores manteniendo una conversación en cuatro idiomas diferentes. Pero quien quisiera conocerle mejor se enfrentaba ante un muro impenetrable. Adicto al trabajo, no podía decirse que fuera una persona sensible: su sentimientos, si los tuvo, los ocultó bajo varias toneladas de hielo. En Princeton se decía que Neumann era un semidiós que había hecho un estudio detallado de los seres humanos y los imitaba a la perfección. Claro que su elección fue imitar a un ser humano rico, pues gracias a su genio amasó una considerable fortuna. A este semidiós le encantaba la ropa cara, los chistes verdes, los buenos vinos, los coches rápidos, la comida mexicana y, evidentemente, las mujeres.

Neumann tenía una memoria fotográfica. Una vez le pidieron que recitara el principio de la novela de Dickens Historia de dos ciudades y comenzó, sin más, a recitar el primer capítulo. Después de un cuarto de hora le tuvieron que decir que podía parar. Asistir a sus seminarios era toda una prueba de rapidez a la hora de tomar notas. Escribía todas sus ecuaciones con letra pequeña y apretujada en un recuadro de no más de medio metro en una esquina de la pizarra. Escribía una fórmula y la borraba, luego otra y la borraba, y así todo el tiempo que duraba su charla. Los asistentes a sus seminarios lo llamaban “demostración por borradura”. En 1957, a los 53 años, el genial Neumann moría víctima del cáncer.

Un Pasteur desconocido

Posted 29 Septiembre 2009 by masabadell
Categories: Historia de la ciencia, Química

El nombre de Louis Pasteur ha pasado a la historia por descubrir, entre otras cosas, la vacuna contra la rabia. Héroe nacional en Francia, su nombre es sinónimo de sabio. Como a todos ellos, se le ha ensalzado hasta convertirlo en un mito. Y los héroes son héroes, no seres humanos. ¿Qué ha sido del Pasteur hombre? En sus cartas privadas es donde podemos descubrirlo.

A Pasteur no se le puede comprender lejos de su laboratorio, su «diminuto templo de la experimentación». Las relaciones de Pasteur con los demás estaban supeditadas a su trabajo. Ésa era su pasión. «Nada hay fuera de él que me incite y entusiasme», decía, pues «el trabajo es lo que define al ser humano». Pero Louis Pasteur no era sólo eso. Educado y sensible, recibió un fuerte golpe cuando su madre murió al poco de doctorarse con una tesis sobre el ácido tartárico. Al final de una dura lucha, cuando su investigación le reportaba el ansiado reconocimiento científico, en aquellos momentos de júbilo, le llegó la noticia: su madre había sufrido una apoplejía. A las pocas horas, moría. Muy unido a ella, durante semanas Pasteur se encerró en un mutismo total y dejó de investigar. Su mayor dolor fue no poder despedirse: «cuando llegué ya no estaba entre nosotros». Pero ella sí lo hizo. En su última carta escribió: «Que nada te cause pena. En la vida no hay más que quimeras. Adiós, mi querido hijo».

Además de su madre y sus hermanas, la otra mujer de su vida fue Marie. Su matrimonio se desenvolvió como la mayoría de los de la época. Ella fue la compañera fiel, sin objetivos propios y su gran admiradora. En la carta de pedida de mano a su suegro Pasteur escribió: “Mi familia está en posición desahogada pero sin fortuna… Y en cuanto a mí, estoy decidido a dejar íntegramente a mis hermanas todo lo que me corresponde en herencia. No tengo, pues, ninguna fortuna”. Con una gran confianza en sí mismo, añadió: «Todo lo que poseo es una buena salud, un buen corazón y una posición en la Universidad».

Con esto y mucha voluntad, «la voluntad, hermanas mías, es fundamental», se forja un genio.

Pobres de nosotros

Posted 15 Septiembre 2009 by masabadell
Categories: Ciencia cotidiana, Debate, Psicología

En 2000 unos psicólogos canadienses publicaron un artículo sobre Winnie the Pooh titulado “Patología en el bosque de los Cien Acres”. Este osito, aparentemente sano, ocultaba una hiperactividad enfermiza y un funcionamiento cognitivo limítrofe. Sus amigos tampoco se quedaban atrás: el conejo narcisista, la lechuza emocionalmente perturbada y el cerdito con ansiedad. Y para qué hablar del burro, con baja autoestima.

Lo que estos canadienses denunciaban es que legiones psicólogos, psicoterapeutas y psiquiatras se han dedicado sin descanso a convertir en enfermos a nuestros infantes. Incluso dieron un paso más allá cuando empezaron a afirmar -¡sin demostrar!- que la mayoría de los adultos estamos emocionalmente enfermos. Por culpa de la sociedad, claro.

Semejante estrategia, que muchos colegas suyos denuncian, ha conseguido el efecto buscado: hacer imprescindible al psicoterapeuta… y llenar su consulta. Siempre recordaré esa frase de la película Cocodrilo Dundee cuando la chica le dice que alguien va al psicólogo a contarle sus problemas y el australiano responde: “¿Qué pasa? ¿Es que no tiene amigos?”

Esta campaña de marketing -que oculta bajo la alfombra la verdadera psicología- ha conseguido transmitir a la sociedad que ellos son la mejor solución a los problemas emocionales porque lo saben todo sobre el comportamiento humano. Como si tuvieran un corpus teórico único y bien definido, cuando lo que hay son escuelas y modas. ¡Y más de una treintena! Así, en función de si visitas a un cognitivo, conductista, psicoanalista, funcionalista o gelstáltico tendrás explicaciones (y terapias) diferentes a tus males. Algo que también depende de las épocas: la probabilidad de encontrarte con un gelstáltico en los 80 era muchísimo más elevada que hoy en día. Eso sí, la base empírica de todas ellas es casi indetectable. La impresión con la que uno se queda es que pertenecer a una escuela u otra es como ir al mercado: miras el puesto de frutas y te quedas con la que más te gusta. Por eso, si necesita usted un psicólogo, empiece por escoger la escuela que más le mole.

(Publicado en Muy Interesante)