Cómo viajar al espacio

Publicado 1 febrero 2013 por masabadell
Categorías: Especulación cientifica

En 1992 un visionario llamado Marshall T. Savage publicó un libro titulado The Millennial Project, donde proponía la manera de colonizar la galaxia en “ocho fáciles pasos”. Este libro fue la semilla de la Living Universe Foundation, que pretende desde entonces poner las bases para poner en marcha sus ideas.

Curiosamente, el primer paso no consiste en poner una base en la Luna. Según Savage todo pasa por colonizar el espacio más cercano al nuestro. Para buscarlo no debemos mirar hacia arriba, al cielo, sino hacia abajo, hacia el océano. Instalando islas flotantes en medio del océano aprenderemos unas lecciones cruciales para cuando decidamos ir al espacio: vivir en aislamiento y ser autónomos. Además, desde estas ciudades-islas, que él bautiza con el nombre de Acuarius, recuperaremos la ecosfera y obtendremos lo necesario para cubrir las necesidades de sus habitantes. El corazón de Acuarius es el OTEC, Ocean Thermal Energy Converter, una planta de energía eléctrica que aprovecha, mediante bombeo de agua, la diferencia de temperaturas existente entre la superficie y las profundidades oceánicas. Como base para la alimentación, que servirá para cuando nos expandamos por el espacio, Savage aboga por un alga, la Spirulina platensis. Con el 65% de su peso en proteínas –las alubias sólo contienen el 22%-, siendo la mayor fuente concentrada de B12 , más la B1, A, E, con los 8 aminoácidos esenciales –como la carne- y, además, baja en grasas (6%) y en colesterol (=0,013%), Savage ve en ella el futuro alimenticio de la humanidad. Claro que él comprende lo difícil que es comerse un plato de una cosa pegajosa y verde con ese rancio olor a mar. Para solventar el problema Savage propone tratar este alga con alcohol ,para quitar el color y el sabor, eliminar la clorofila y, finalmente, añadir colorantes y aromatizantes para hacerla más atractiva. Claro que, ¿estaremos dispuestos a sustituir con ella un par de  huevos fritos con jamón ibérico?

Savage también ha propuesto el diseño de un espaciopuerto, que se construiría en el Serengeti, África. Más concretamente en el cráter Ngorongoro. En esencia, el lanzador consta de dos partes. En la primera, los viajeros son acelerados por un túnel de 125 kilómetros que corre hacia el este del cráter Ngorongoro, hacia el Kilimanjaro. El principio de funcionamiento es bien conocido: la levitación magnética mediante imanes superconductores. De este modo se evita el rozamiento. El sistema, perfectamente ajustado, les acelerará hasta alcanzar una velocidad de 18.000 km/h. Durante 50 segundos estarán sometidos a una aceleración diez veces la de la gravedad (10 g) –una persona no entrenada puede soportar esta aceleración sin problemas durante dos minutos- y en los últimos dos segundos estarán sometidos a 225 g. Puede parecer mucho, pero no lo es. Se experimenta el mismo tipo de fuerza que al caerse de espaldas de una altura de tan sólo 30 cm.  Esta última parte sucede cuando el túnel se curva hacia arriba por el interior del Kilimanjaro. Con un radio de curvatura de 10 km, el túnel asciende los casi 5.900 km de altura del volcán africano y la cápsula sale con una velocidad de 5 km/s. Una vez fuera, la gravedad y el rozamiento con la atmósfera frenaría la nave. Para seguir proporcionándole la aceleración necesaria, alrededor de la cima del Kilimanjaro se han instalado una serie de láseres de alta potencia llamados Láseres de Electrones libres o FEL. Este tipo de propulsión es el colmo de la simplicidad. Sólo necesitamos un láser y un bloque de hielo. El láser se dispara sobre el hielo, y el agua sobrecalentada a 10.000ºC se vaporiza, saliendo a una velocidad de 36.000 km/h. De hecho, se puede utilizar cualquier materia que se vaporice por encima de los 10.000ºC. Se usa agua porque es barata, fácil de obtener, fácil de transportar y no daña al medio ambiente. Claro que no podemos usar el hielo tal y como sale de frigorífico. El que se usa hay que sobreenfriarlo a la temperatura de nitrógeno líquido y reforzarlo con un plástico con forma de nido de abeja. Mediante esta propulsión la cápsula se encontrará en órbita en unos 4 minutos.

¿Por qué desde aquí, desde esta montaña de África? Primero, porque lanzando cerca del ecuador juega a nuestro favor el giro de la Tierra; segundo, porque saliendo a la atmósfera a 6.000 metros de altura nos evitamos gran parte de la fricción a la que estaría sometida la cápsula. Por suerte o por desgracia, únicamente en África se encuentra volcanes suficientemente altos y con el entorno adecuado: El Kilimanjaro, el monte Kenya y el Margherita Peak. Fuera de África tenemos, en Sudamérica, el Cotopaxi y el Cayambe.

Este es el lanzador espacial de Savage que bautizó con el nombre de Bifrost. A nadie se le escapa que se trata de una forma de llegar al espacio demasiado atrevida.

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte II)

Publicado 21 enero 2013 por masabadell
Categorías: Pseudociencia, Debate

Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

La búsqueda de una confirmación experimental de que podemos contactar con los muertos tuvo su particular revolución en el verano de 1959, cuando un pintor de origen ucraniano y aficionado a la ornitología, Friedrich Jürgenson, descubrió, tras grabar el canto del mirlo y del pinzón, que en los espacios en blanco podían escucharse lo que parecían voces humanas. Era muy extraño pues no había nadie por los alrededores. El fenómeno siguió sucediendo, a veces incluso superpuesto a los cantos de las aves. Una vez la voz de una mujer le llamó por su nombre, era su propia madre difunta que le decía: “Friedrich, estás siendo observado. Friedel, mi pequeño Friedel, ¿puedes oírme?”. Acababa de grabar sus primeras psicofonías.

Así lo cuentan los defensores de lo paranormal. Sin embargo, una cosa es la leyenda y otra la realidad. Contado de esta forma parece un descubrimiento totalmente casual. Pero la historia no es tan inocente como la presentan. El propio Jürgenson reveló que en el invierno de 1958 ya había hecho algunos experimentos “preliminares” tras un “intenso deseo de establecer un contacto electrónico con algo o alguien desconocido”.

Además de estas grabaciones, Jürgenson desarrolló un nuevo método de comunicación usando la radio: movía lentamente el dial hasta encontrar la frecuencia en la que ‘transmitían’ los espíritus. Pero tenía truco, pues no lo hacía intuitivamente sino que contaba con la ayuda de su “guía” espiritual, una tal Lena que, cuando el dial pasaba por el lugar adecuado, le susurraba desde el más allá “ahora”.

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Pero había un problema: las supuestas grabaciones de voces del más allá no eran claras y diáfanas, sino todo lo contrario. Los “mensajes” eran casi inaudibles, como un sonido muy poco por encima del nivel del ruido, de manera que había que escucharlos varias veces para intentar averiguar qué era lo que decían. Por eso no resulta sorprendente descubrir que a los espiritistas las psicofonías no les convencían. Tanto que en la revista espiritista Light decían que si esas voces venía de espíritus descarnados entonces debían ser “de un bajo nivel” pues “muchas de esas grabaciones son frases cortas, triviales, inconsecuentes o sin sentido”. Incluso señalaban que no había que descartar que se las supuestas frases no fueran otra cosa que simple ruido.

El mazazo final a las grabaciones de Jürgenson y las que haría poco después el gran divulgador de las psicofonías, el alemán Konstantin Raudive, se lo dio en 1972 D. J. Ellis. Gracias a la Perrot-Warrick Studentship, administrada por el Trinity College de la Universidad de Cambridge, pudo estudiar las grabaciones en bruto de las mejores psicofonías disponibles. Tras dos años de trabajo y análisis su conclusión fue que “no hay razón para postular otra cosa que no sean causas naturales: fragmentos de emisiones de radio, ruidos mecánicos y comentarios de personas pasados por alto. Todo ello unido a una imaginación desbordada y el deseo de escuchar lo que uno quiere escuchar”.

Jürgenson buscando voces de muertos

Jürgenson buscando voces de muertos

Lo que Ellis encontró es que las supuestas voces de espíritus no era más que un ejemplo de lo que se conoce como pareidolia. Todos nosotros la hemos experimentado al ver formas de animales en las nubes o gente vigilándonos en las sombras de la noche. También hay ejemplos más llamativos, como aquellos que vende un bocadillo mordisqueado por internet porque allí aparece la cara de Jesús, o quienes encuentran a la Virgen en un jamón de Teruel.

MUY INTERESANTE ha querido comprobar hasta qué punto la pareidolia puede dar cuenta de lo que se escucha en las psicofonías. Para ello usamos grabaciones de dos psicofonías reconocidas como tales por los defensores de lo paranormal. Es importante señalar que no se trataba de las grabaciones en bruto, sino de las que ya habían sido manipuladas para “resaltar” las voces grabadas. El experimento consistía en dárselas a escuchar a tres parejas de personas. A la primera se la aleccionó previamente diciendo que las psicofonías eran, en general, ruidos que se confunden con voces. A la segunda se le dijo que eran verdaderas voces de espíritus y a la tercera, simplemente, que debían intentar indentificar lo que se escuchaba en las psicofonías.

Terminado el experimento descubrimos que la pareidolia explica perfectamente el fenómeno. Ninguna pareja coincidió con las otras en el contenido de las supuestas voces. Esto demuestra que las grabaciones, incluso habiendo sido manipuladas informáticamente para resaltar las “voces”, eran absolutamente initeligibles: es la misma situación que ver animales en las formas de las nubes. La inteligencia que crea esas voces no está en la grabación, sino en quien la escucha.

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Pero lo más interesante fue descubrir lo fácil que es inducir lo que queríamos que escucharan. Una de las psicofonías usadas había sido grabada por aficionados a lo paranormal en un pueblo emblemático del mundo de lo misterioso: Ochate, en el Condado de Triviño. La pareja a la que se le había dicho que las psicofonías solo eran ruidos no identificaron voces humanas sino el sonido del viento mientras que las otras escucharon voces, aunque ininteligibles.

La segunda psicofonía había sido grabada en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. A la pareja que se le dijo que las psicofonías eran reales se les proporcionó una información adicional: se decía que en ese sitio había una presencia que no quería a nadie en ese lugar. Ambos reconocieron “iros de aquí”, exactamente lo que los aficionados a lo paranormal afirmaban que se decía. Las otras dos parejas no escucharon esa frase.

La conclusión es simple: ni la ouija ni las psicofonías son prueba de que exista vida después de la muerte ni de que podamos comunicarnos con ese “otro lado”. ¿Qué nos queda? Dejemos hablar a la fundadora del espiritismo Margaret Fox. El 24 de Septiembre de 1888 afirmó en una entrevista al New York Herald: “El espiritismo es, desde el principio hasta el final, una superchería, la superchería más grande del siglo”. Un mes más tarde, en la Academia de Música de Nueva York, ante centenares de testigos y todos los periódicos de la ciudad, las hermanas Fox reprodujeron los golpes de espíritus que le pidieron ¡haciendo crujir el dedo gordo del pie! Los espíritus de las fundadoras del espiritismo no eran otra cosa que crujidos de huesos.

Lo decía Harry Houdini: "Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan"

Lo decía Harry Houdini: “Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan”

 

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte I)

Publicado 14 enero 2013 por masabadell
Categorías: Pseudociencia, Psicología

Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.

Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.

El 31 de marzo de 1848 dos hermanas, Katie y Maggie Fox, fundaban el espiritismo moderno. El ser humano siempre ha creído que la muerte no es el final de todo, que hay otro mundo que nos espera tras el último estertor. Sin embargo, lo que estas niñas de 12 y 15 años consiguieron fue romper la barrera infranqueable que nos separa de ese otro mundo y hablar con los muertos. Mediante golpes en las paredes, las hermanas Fox anunciaron la buena nueva al mundo, primero desde su modesta granja en Hydesville, un pueblecito al norte del estado de Nueva York, y luego desde la cercana ciudad de Rochester: existe vida después de la muerte y podemos comunicarnos con nuestros seres queridos ya fallecidos.

La noticia corrió como la pólvora y en solo cuatro años el 5% de la población de los Estados Unidos se había convertido al espiritismo. Las Fox recorrieron ciudades y pueblos, y allí por donde pasaban aparecían personas que también eran capaces de tal prodigio.

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo


El espiritismo conoció su periodo Edad de Oro hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Era todo un espectáculo de masas: exhibiciones públicas, cientos de miles de médiums ofreciendo sus servicios a cambio de compensaciones económicas, amigos que se reunían en las casas para invocar a sus muertos… En Francia un pedagogo llamado Hippolyte Léon Denizard Rivail encontró en el espiritismo el camino por el cual alcanzar lo que él consideraba el principal objetivo de la educación: la alianza entre la ciencia y la religión. Habitual de las sesiones espiritistas, el 30 de abril de 1856 los espíritus le revelaron su trascendental misión salvífica. Reunidos en cónclave le habían escogido como portavoz para dar a conocer al mundo una nueva doctrina y le dijeron que en una vida anterior había sido un druida, jefe de comunidad, llamado Allan Kardec. Así, al dictado de los seres del mas allá, escribió el famoso Libro de los Espíritus, piedra angular de la doctrina espírita que apareció en las librerías de París el 18 de abril de 1857 y que conoció tres ediciones en menos de un año. Kardec fue el primero en acuñar el término espiritismo para bautizar la nueva doctrina. En el ambiente anglosajón se le denominaba espiritualismo y éste mantenía profundas diferencias con aquél. Los espíritus que contactaban con los anglosajones no opinaban lo mismo que sus colegas galos en temas como la reencarnación. Y dentro del mundo de los mortales, los investigadores ingleses tenían a Kardec como ‘muy poco científico’, por mucho que repitiese que el espiritismo no era una religión, sino una ciencia, una filosofía y una moral.

Curiosamente tres años antes, en el verano de 1853, el físico experimental más importante de la historia, Michael Faraday estudió la parte más espectacular de las sesiones espiritistas, cuando los muertos movísn y levantaban pesadas mesas de madera. Se bautizó el fenómeno como “las mesas giratorias” y su popularidad alcanzó Francia, España, y hasta la familia real de Prusia probaba lo que entonces era la diversión más aplaudida de Occidente.

Faraday era un hombre profundamente religioso y un impecable experimentador. Diseñó una serie de inteligentes pruebas para determinar, primero, la realidad del fenómeno, y segundo, el origen del mismo. Contactó con «personas honradas y exitosas movedoras de mesas» que estaban convencidas de que ellas, en ningún momento, las empujaban. Para comprobarlo Faraday diseñó un par de ingeniosos aparatos. El primero consistía en varios trozos de cartón deslizante, colocados uno sobre otro encima de la mesa, y bajo los que había dibujado una línea con lápiz para marcar su posición relativa. Cualquier movimiento involuntario de las manos quedaría revelado por una discontinuidad en esa línea. Así ocurrió. En el otro experimento, Faraday fijó una aguja a dos tablillas en la mesa de forma que si el médium la empujaba el indicador se movería hacia la izquierda y si tiraba de ella se movería hacia la derecha. El resultado de este experimento fue determinante: la aguja indicaba que estaban empujando la mesa. Sin embargo, lo más interesante sucedía cuando se le dejaba ver el indicador al médium. De este modo tenía información de sus propios movimientos musculares inconscientes. Cuando la agujita señalaba la presencia de tal esfuerzo, el sujeto reaccionaba destensando los músculos y la mesa no se desplazaba. En definitiva, los espíritus no eran los culpables. Faraday concluyó: “Aunque creo que los asistentes no se proponen mover la mesa, obtienen ese resultado por una acción cuasi voluntaria —sigo sin dudar de la influencia de la esperanza en sus mentes, y en ello reside el éxito o el fracaso de sus esfuerzos”.

Las investigaciones de Faraday fueron publicadas en una carta al The Times el 30 de junio y dos días después con mayor detalle en la revista Athenaeum. Detalladas y minuciosas, como cabía esperar en un hombre de su valía, no convenció a los espiritistas. Tanto ayer como hoy afirman que en sus sesiones observan con cuidado y apuntan todo cuidadosamente, pero olvidan que lo principal es que se debe saber dónde mirar, y eso no se aprende por ciencia infusa.

Una de las más potentes andanadas dirigida contra la línea de flotación del espiritismo francés fue disparada por Michel-Eugène Chevreul, director del Museo de Historia Natural de París. Mundialmente conocido como químico y descubridor de la margarina, en su libro de 1854 De la Varilla Adivinatoria y las Mesas Giratorias, ofrecía la misma explicación para la varita del zahorí y las mesas espiritistas. Según Chevreul, el movimiento se produce porque la mente inconsciente obliga a los músculos a mover el objeto para obtener una respuesta adecuada a las preguntas realizadas por la mente consciente.

El mérito de esta explicación está en que resuelve el problema de por qué los sujetos no son conscientes de empujar la mesa o el péndulo y suponen que son espíritus o fuerzas desconocidas las culpables.

Faraday y Chevreul demostraron la existencia de un fenómeno que en psicología recibe el nombre de “acción ideomotora”. Numerosos estudios han demostrado que basta con pensar en una acción, como pasar la página de un libro, para que nuestros músculos empiecen a realizar esa acción de manera inconsciente. Inconscientemente nuestro cuerpo se prepara para el comportamiento previsto. Es más, basta con decir que no hagamos algo para que nuestro cerebro empiece a hacerlo: si nos dicen “no pienses en osos blancos”, la imagen de uno, sin querer, nos viene a la mente.

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental


Para comprobar que son las acciones ideomotoras las que gobiernan las sesiones de espiritismo MUY INTERESANTE realizó un experimento en la antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Reunió a un grupo de cuatro jóvenes interesados en el tema y les propuso hacer una sesión de ouija. Claro que no se puede evitar pensar cómo los espíritus han ido perdiendo fuerza con el tiempo: si en el siglo XIX levantaban pesadas mesas de madera maciza, hoy solo pueden desplazar tímidamente un vaso de cristal.

Para el experimento preparamos un tablero de ouija especial: en círculo se dispusieron las letras que habían sido impresas en tarjetas de visita, una por cada letra. Después de 20 minutos de tensa espera, el vaso comenzó a moverse: nuestros voluntarios estaban absolutamente convencidos de que habían contactado con un espíritu llamado Laura.

Pero ahora venía la segunda parte del experimento: en el reverso de cada tarjeta había impreso un número. De manera aleatoria habíamos asignado uno a cada letra: a la A le correspondía el 14, a la B el 21… Mezclamos las tarjetas como las cartas de una baraja y las dispusimos formando otra ouija. La razón es obvia: si es el espíritu quien responde los participantes no necesitan saber dónde está cada letra. En este segundo experimento también se movió el vaso pero las respuestas no fueron otra cosa que una serie de letras inconexas. La conclusión es que, como explicaran Faraday y Chevreul, son los participantes los que mueven el vaso mediante el mecanismo de las acciones ideomotoras.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (introducción)

Publicado 14 enero 2013 por masabadell
Categorías: Pseudociencia, Debate

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.
En realidad, se equivocaban.

Sonidos misteriosos

Publicado 18 diciembre 2012 por masabadell
Categorías: Especulación cientifica, Física, Geología

Hace 100 años el mundo era mucho más silencioso que en la actualidad. Hoy estamos acostumbrados al petardeo de las motos, los boom sónicos de los aviones, explosiones varias… Es algo que incluso queda reflejado en el cine: hay más nivel de ruido en las películas actuales que en las de hace 30 años. Es por eso que los extraños sonidos que en ocasiones nos regala la naturaleza quedan enmascarados o, simplemente, ignorados.

Uno de los más misteriosos recibe el nombre de mistpouffers en Francia, marina o brontidi en Italia, uminari en Japón o retumbos en Sudamérica. Se trata de explosiones que se escuchan en las costas de medio mundo y de las que existen registros de su existencia desde finales del siglo XIX. Lo único que se sabe de estos misteriosos estallidos es que deben estar relacionados con el mar, pues solo se escuchan en la costa. Cierta hipótesis postula que se trata de erupciones de gas natural provenientes de la parte de la placa continental que se encuentra bajo los océanos.

En este sentido, su origen sería el mismo al de los espeluznantes cañonazos llamados “cañones de los lagos”, pues se escuchan en algunos grandes lagos, como en el Seneca de Nueva York, y cuya antigüedad está atestiguada por las historias de los nativos americanos de la zona. En la década de los años 30 la revista Science publicó diferentes artículos donde se defendía que los “cañones del Seneca” tenían, con toda probabilidad, relación con “escapes” de las bolsas de gas natural existentes allí.

El fenómeno de los retumbos se escucha por todo el globo: desde la costa este canadiense a la desembocadura del Ganges -donde se les conoce como los cañones Barisal- pasando por la costa belga, diferentes lugares de Escocia y las Filipinas. En Italia a finales del siglo XIX se escuchaba el siguiente refrán: “Cuando tuona la marina o acqualo, vento o strina” (Cuando suena la marina -el océano retumba-, espera lluvia, viento o calor). Según un artículo publicado en el Monthly Weather Review por A. Cancani en 1898, en Italia “el intervalo entre sucesivas detonaciones es variable… parecen oirse en cualquier época del año y momento del día” y no se encuentran asociadas a un mar tormentoso pues se escuchan con bastante frecuencia durante un mar en calma.

De todos los retumbos los más famosos son los que se escuchan en el delta del Ganges, especialmente de febrero a octubre y que aparecen justo antes, durante o inmediatemente después de las tormentas y siempre parecen venir de dirección sur o sudeste. Algunos científicos que se han interesado por estas explosiones señalan que todas estas características apuntan a un origen sísmico, aunque este tipo de detonaciones sea más común en zonas montañosas.

Pero de todos los misteriosos sonidos que podemos escuchar por el planeta seguramente ninguno es más hipnotizador que las arenas musicales de algunos desiertos, como sucede en el Sinaí: cuernos, campanas, gruñidos incluso ladridos. ¿Será éste el origen de la leyenda del suspiro matutino de la Esfinge? Nadie ha podido explicar convincentemente el misterioso mecanismo de acción que hace que en un lugar suena como un ladrido y en otro como la dulce flauta del dios Eolo. Las arenas musicales representan un peculiar (y nada estudiado) subproducto de la geología. Y es que nuestro planeta oculta muchos fenómenos naturales que desafían a nuestros científicos.

Fenol, o cómo salir vivo de un hospital

Publicado 20 noviembre 2012 por masabadell
Categorías: Ciencia cotidiana, Historia de la ciencia, Química

A mediados del siglo XIX no era una buena idea ingresar en un hospital, y menos aún ser sometido a una intervenvión quirúrgica. Los hospitales eran una lugares horrorosos, oscuros y sin ventilación. Lo más seguro es que las sábanas en las que estabas acostado fueran las del paciente anterior, y que probablemente hubiera muerto en ellas. A pesar de que la anestesia apareció a finales de 1864, la mayoría de los pacientes consentían operarse como último recurso. Los cortes realizados solían infectarse y los cirujanos eran de la opinión que el pus era una buena cosa, pues indicaba que la infección estaba localizada y no invadía el resto del cuerpo. Así que se acostaba al enfermo de manera que el pus goteara al suelo desde la cama.

Muy pocos médicos apostaban por una limpieza continua; la mayoría eran partidarios de la teoría del miasma: según el gran químico Justus von Liebig la fermentación de la sangre en los cortes infectados producía unos gases venenosos que, saliendo del enfermo se extendían por la habitación hasta envenenar a otro paciente.

Joseph Lister era una de los pocos médicos que no se la creía. Había leído un artículo de Pasteur donde defendía la teoría de los gérmenes como origen de las enfermedades, algo que la mayoría de los médicos rechazaban con la apabullante sentencia de ‘si no puedes verlos es que no están’. Para Pasteur los microbios pululaban por todos lados y sus experimentos demostraban que se podía acabar con ellos hirviéndolos.

Como hervir a los pacientes no era algo recomendable, Lister se dedicó a pensar en otro método para eliminar los gérmenes. Y se fijó en el ácido carbólico, un subproducto del alquitrán de hulla que ya se había probado para tratar la infecciones quirúrgicas sin demasiado éxito. Lister perseveró y pudo probar sus método en un chico de 11 años que llegó a la Enfermería Real del Glasgow donde trabajaba con una fracturá múltiple.

Llegar con semejante problema a un hospital era llevar todos los boletos para acabar en el camposanto. Las roturas simples se podían recomponer sin cirugía, pero las múltiples –con trozos de hueso perforando la piel- eran campo abonado para las infecciones. Lister limpió cuidadosamente la zona dañada con gasas empapadas en ácido carbólico y luego la cubrió con una delgada lámina de metal doblada sobre la pierna para impedir su evaporación. La infección no apareció.

El ácido carbólico usado por Lister se obtenía destilando el alquitrán de hulla entre 170 y 230 ºC. Oscuro y de profundo olor, quemaba en la piel. Con el tiempo Lister aisló el principal constituyente del ácido carbólico, el fenol.

Así que se dispuso a prepara lo que llamó “cataplasma de masilla carbólica”, una mezcla de fenol con aceite de linaza y caliza en polvo. Esta pasta la colocaba sobre la herida proporcionando una barrera contra las baterias. Además, una solución muy diluída de fenol (una parte en 20-40) la usaba para lavar la herida, los intrumentos quirúrgicos y las manos del cirujano.
El fenol, que es tóxico incluso en soluciones diluídas, fue el primer antiséptico de la historia y cambió radicalmente el funesto panorama de los hospitales.

(Publicado en Muy Interesante)

Nitrato de celulosa, cine, bolas de billar y explosivos

Publicado 7 noviembre 2012 por masabadell
Categorías: Ciencia cotidiana, Historia de la ciencia, Química

Cargar una máquina fotográfica, sacar unas cuantas fotografías y llevarlas a revelar es algo que con la llegada del mundo digital ha quedado para ya obsoleto. Sin embargo, no se puede entender el desarrollo de la fotografía popular sin el famoso carrete, cuya invención se la debemos al norteamericano George Eastman. Un día de 1870 Eastman se despidió del banco donde trabajaba desde los catorce años porque no le concedieron el ascenso que esperaba. Decidido a establecerse por su cuenta, utilizó todos sus ahorros para convertirse en fabricante y comerciante de suministros fotográficos. Por aquél entonces hacer fotografías eran algo caro, cargante y largo. Los negativos eran placas de cristal, las cámaras eran monstruosas cajas de madera y se usaban baldes y baldes de productos químicos. Cuando Eastman lanzó su nuevo proceso al mercado el slogan publicitario rezaba: “Usted apriete el botón. Nosotros haremos el resto.”

Para ello Eastman mejoró una técnica ya en uso que consistía en impregnar un rollo de papel con gelatina y bromuro de plata. Se metía el papel en la cámara, se tomaba la foto, se revelaba, se colocaba la parte impresionada sobre un cristal y se despegaba el papel. Este proceso tenía sus problemas: el papel se rasgaba, la emulsión fotográfica formaba grumos y la imagen solía salir borrosa. Entonces llegó la solución. No se sabe si la idea original fue del propio Eastman o de un oscuro ministro episcopaliano llamado Hannibal Goodwin. Algunos dicen que los abogados de la familia Eastman arreglaron un trato con el clérigo por la bonita suma de cinco millones de dólares. El nuevo invento utilizaba tiras de un material flexible, transparente y no inflamable: el celuloide. Era una base inerte perfecta para los productos químicos fotográficos. Acababa de nacer la película fotográfica. Poco después Eastman sacaba al mercado una máquina lo suficientemente pequeña como para poder sostenerla con una sola mano: la bautizó con el nombre de Kodak.

Curiosamente en 1869, un año antes de que Eastman se despidiera de su trabajo, los fabricantes de bolas de billar Phelan y Collander ofrecieron un premio de 10.000 dólares a quien encontrase un sustituto del marfil. Todo porque a mediados del siglo XIX una gran cantidad de cazadores blancos recorrían África aniquilando elefantes. La razón para semejante esquilmación era una mezcla de diversión y negocio: el mercado de marfil en Europa y América se había triplicado en 30 años. Inglaterra importaba medio millón de kilos de marfil al año. Si un colmillo de elefante pesa del orden de los 30 kilos, sólo para cubrir las necesidades anuales inglesas debían exterminarse más de 8.300 elefantes.

El marfil no es que fuera un material estratégico necesario para la supervivencia de la industria británica. Más bien era vital para adornar las casas y jugar al billar. Las mejores bolas de billar se fabricaban con el corazón de los mejores colmillos de elefante. La escasez de elefantes en África era una mala noticia para los jugadores de billar. El imperio británico no podía detenerse por culpa de unos pocos elefantes.

La oferta llamó la atención de un par de impresores de Nueva York, John e Isaiah Hyatt. Tras muchos intentos y fracasos acabaron descubriendo que si mezclaban nitrato de celulosa con alcanfor se obtenía un material que era indis¬tinguible del marfil original. Fácil de modelar, duro, uniforme, resis¬tente al agua, aceites y ácidos, tratándolo convenientemente se le podía hacer parecer marfil, coral, ámbar, ónice y mármol. En 1870 Isaiah lo bautizó con el nombre de celuloide, el primer material termoplástico de la historia.

Sin embargo, la historia de este nuevo material no estaría completa si no nos remontásemos a 1833, cuando un químico francés llamado Henri Braconnot dedicaba parte de su tiempo a jugar en su laboratorio con ácido nítrico y patatas. Claro que a esto no se le llamaba jugar sino hacer experimentos en química vegetal. Poco tiempo después un profesor de la universidad de Basilea llamado Christian Schönbein realizaba el mismo tipo de experimento, pero sustituyendo las patatas por algodón hidrófilo y añadiendo ácido sulfúrico. El resultado final fue un nuevo tipo de arma: el nitrato de celulosa o también llamado algodón pólvora. Mezclado con éter se usó como antiséptico, como sustancia impermeable para gorros de piel y mezclándolo con alcanfor, calentándolo y retorciéndolo se convirtió en el celuloide de los Hyatt.

Estos hermanos vieron que podía sustituir al marfil en todas sus aplicaciones. Por ejemplo, a la hora de hacer dientes falsos para los dentistas. Debido al alcanfor, este marfil artificial tenía un olor penetrante, lo que aprovecharon para publicitarlo como un diente que olía a limpio. Claro que también tenía sus inconvenientes. En cierta ocasión uno de estos dientes explotó.
El algodón explosivo se convirtió en una nueva arma que hizo las delicias de los militares. Era tres veces más potente que la pólvora y no producía ni humo ni el destello típico del disparo, por lo que el enemigo no podía ver de dónde venía. El problema estaba en que era demasiado inestable. De vez en cuando las fábricas que lo producían explotaban inesperadamente, como en cierta ocasión cuando una de ellas estalló destruyendo por entero la ciudad de Faversham. Fue entonces cuando entró en escena Alfred Nobel. Mezcló el algodón de pólvora con éter y alcohol y creó la nitrocelulosa. Después le añadió nitroglicerina y serrín. En 1868 bautizó la mezcla con el nombre de dinamita.

(Publicado en Muy Interesante)


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