Archive for the ‘Psicología’ category

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (I)

6 febrero 2013

La publicación de El Origen de las Especies en 1859 nos arrebató nuestra posición privilegiada en la naturaleza y nos bajó del pedestal celestial al demostrar que tenemos el mismo antepasado que el mono, el perro o la rata. Que el ser humano esté sometido a las mismas fuerzas que el resto de los seres vivos del planeta -en particular a la selección natural- es un sapo que a muchos les es difícil tragar. Para ellos somos más que simple materia; hay en nuestro interior algo que nos hace diferentes de los animales, divinos incluso. Uno de los científicos que se negó a aceptar que las fuerzas de la evolución actuaran sobre el ser humano fue, sorprendentemente, uno de sus descubridores, Alfred Russel Wallace. Según el historiador de la ciencia (y cantante, que protagoniza el musical Charles Darwin: Live & in Concert) Richard Milner “con los insectos o las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia en los humanos”. Para Wallace el ser humano tiene “algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu”.

En la actualidad, y salvo algunos que viven inmersos en el submundo del fundamentalismo religioso, ningún científico está de acuerdo con Wallace. Al menos en lo que a la evolución biológica se refiere. ¿Pero y nuestro comportamiento? ¿Están nuestros actos guiados por mecanismos similares a los de la evolución biológica? El propio Darwin apuntó el camino en su revolucionario libro. Lo llamó selección sexual, la cual “depende, no de la lucha por la existencia, sino de una lucha entre los machos por la posesión de las hembras; el resultado no es la muerte del perdedor, sino que éste deja muy poca o ninguna descendencia”. De aquí a entender nuestra forma de ser y actuar está basada en las relaciones con el otro sexo solo hay un paso.

El psicólogo Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México ha recorrido ese camino y en su libro The mating mind propone la hipótesis de que muchos de los comportamientos humanos no reportan ningún beneficio en la lucha por la supervivencia. El humor, la música, la literatura, el arte… son, en realidad, adaptaciones favorecidas por la selección sexual. Dicho de otro modo, existen porque queremos llamar la atención y obtener los favores del sexo opuesto: son nuestra particular cola del pavo real.

Y no sólo eso. En una nueva vuelta de tuerca Miller propone que incluso el acto de ir de compras tiene una componente evolutiva: en una serie de experimentos encontró que la gente era más proclive a invertir dinero y esfuerzo en productos como gafas de sol de diseño o relojes caros, y en actividades como irse de vacaciones a Europa, si antes se les había incentivado mostrándoles fotografías del sexo opuesto o narrándoles historias sobre citas amorosas. Por el contrario, las mujeres se volcaban en el voluntariado y otras actividades caritativas “que proporcionan a los hombres una señal de alta conciencia moral, como si demostraras tu preocupación por los agricultores del tercer mundo gastándote un poco más de dinero en café de comercio justo en el Starbucks”, añade socarronamente.

Según Miller, la lección a aprender de este enfoque evolutivo es que no sirve para nada que te hayas gastado el dinero en ese reloj o en ese bolso. “El espejismo fundamental del consumista es creer que sus compras influyen en cómo le tratamos”. El edificio de las marcas descansa en la fantasía de que a todos los demás les importa lo que compramos: no es casualidad que los adolescentes narcisistas sean los más obsesionados por las marcas.

El discurso de Miller se enmarca en lo que se conoce como psicología evolucionista. En palabras de dos de sus máximos representantes, Leda Cosmides y John Tooby, directores del Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California en Santa Bárbara, su objetivo es “descubrir y entender el diseño de la mente humana… es una aproximación a la psicología en el cual los principios de la biología evolutiva se utilizan para investigar la estructura de la mente humana”. Dicho de otro modo, es una forma de atacar el problema del comportamiento humano.

Para los psicólogos evolucionistas “todo lo que evoluciona requiere dos explicaciones: una basada en la supervivencia y la reproducción (la causa última) y otra basada en los mecanismos que causan que ese rasgo se exprese (la causa próxima)”, afirma David Sloan Wilson de la Universidad de Nueva York en Binghamton. Esta postura exige cierta explicación pues a veces es malentendida. Es obvio que ningún organismo se comporta de modo que quiera maximizar sus posibilidades de supervivencia; lo que le motiva es la búsqueda de comida, evitar el peligro o el cuidado de su prole. “Y son estos mecanismos próximos que le funcionan tan bien en un determinado ambiente los que pueden hacerlo espectacularmente mal en otro diferente”, añade Wilson. De este modo, y esta es una idea central de la psicología evolucionista, “no debemos esperar que nuestros comportamientos adaptativos funcionen bien en ambientes modernos”.

Para desarrollar sus ideas los psicólogos evolucionistas parten de un modelo de funcionamiento de la mente de tipo modular. Como explica Steven Pinker, “la mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que lo convierte en experto en una determinada área de interacción con el mundo”. Luego nuestra mente es un conjunto de miles de “miniordenadores” genéticamente preprogramados para resolver un aspecto particular relacionado con la supervivencia o la reproducción. Estos módulos o “circuitos cerebrales” aparecieron en nuestra mente en un determinado momento de la evolución y allí se quedaron: son como los “genes del comportamiento”. Desde entonces han sido modelados por la selección natural, y al ser hereditarios componen lo que podríamos definir como la naturaleza humana universal. Ahora bien, estos módulos evolucionaron entre hace 1,8 millones de años y 10.000 años, durante el Pleistoceno, y es justo entonces donde nos hemos quedado anclados. Quienes mejor lo han expresado han sido Cosmides y Tooby: somos una mente de la Edad de Piedra encerrada en un cráneo moderno.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte I)

14 enero 2013
Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.

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El 31 de marzo de 1848 dos hermanas, Katie y Maggie Fox, fundaban el espiritismo moderno. El ser humano siempre ha creído que la muerte no es el final de todo, que hay otro mundo que nos espera tras el último estertor. Sin embargo, lo que estas niñas de 12 y 15 años consiguieron fue romper la barrera infranqueable que nos separa de ese otro mundo y hablar con los muertos. Mediante golpes en las paredes, las hermanas Fox anunciaron la buena nueva al mundo, primero desde su modesta granja en Hydesville, un pueblecito al norte del estado de Nueva York, y luego desde la cercana ciudad de Rochester: existe vida después de la muerte y podemos comunicarnos con nuestros seres queridos ya fallecidos.

La noticia corrió como la pólvora y en solo cuatro años el 5% de la población de los Estados Unidos se había convertido al espiritismo. Las Fox recorrieron ciudades y pueblos, y allí por donde pasaban aparecían personas que también eran capaces de tal prodigio.

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo


El espiritismo conoció su periodo Edad de Oro hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Era todo un espectáculo de masas: exhibiciones públicas, cientos de miles de médiums ofreciendo sus servicios a cambio de compensaciones económicas, amigos que se reunían en las casas para invocar a sus muertos… En Francia un pedagogo llamado Hippolyte Léon Denizard Rivail encontró en el espiritismo el camino por el cual alcanzar lo que él consideraba el principal objetivo de la educación: la alianza entre la ciencia y la religión. Habitual de las sesiones espiritistas, el 30 de abril de 1856 los espíritus le revelaron su trascendental misión salvífica. Reunidos en cónclave le habían escogido como portavoz para dar a conocer al mundo una nueva doctrina y le dijeron que en una vida anterior había sido un druida, jefe de comunidad, llamado Allan Kardec. Así, al dictado de los seres del mas allá, escribió el famoso Libro de los Espíritus, piedra angular de la doctrina espírita que apareció en las librerías de París el 18 de abril de 1857 y que conoció tres ediciones en menos de un año. Kardec fue el primero en acuñar el término espiritismo para bautizar la nueva doctrina. En el ambiente anglosajón se le denominaba espiritualismo y éste mantenía profundas diferencias con aquél. Los espíritus que contactaban con los anglosajones no opinaban lo mismo que sus colegas galos en temas como la reencarnación. Y dentro del mundo de los mortales, los investigadores ingleses tenían a Kardec como ‘muy poco científico’, por mucho que repitiese que el espiritismo no era una religión, sino una ciencia, una filosofía y una moral.

Curiosamente tres años antes, en el verano de 1853, el físico experimental más importante de la historia, Michael Faraday estudió la parte más espectacular de las sesiones espiritistas, cuando los muertos movísn y levantaban pesadas mesas de madera. Se bautizó el fenómeno como “las mesas giratorias” y su popularidad alcanzó Francia, España, y hasta la familia real de Prusia probaba lo que entonces era la diversión más aplaudida de Occidente.

Faraday era un hombre profundamente religioso y un impecable experimentador. Diseñó una serie de inteligentes pruebas para determinar, primero, la realidad del fenómeno, y segundo, el origen del mismo. Contactó con «personas honradas y exitosas movedoras de mesas» que estaban convencidas de que ellas, en ningún momento, las empujaban. Para comprobarlo Faraday diseñó un par de ingeniosos aparatos. El primero consistía en varios trozos de cartón deslizante, colocados uno sobre otro encima de la mesa, y bajo los que había dibujado una línea con lápiz para marcar su posición relativa. Cualquier movimiento involuntario de las manos quedaría revelado por una discontinuidad en esa línea. Así ocurrió. En el otro experimento, Faraday fijó una aguja a dos tablillas en la mesa de forma que si el médium la empujaba el indicador se movería hacia la izquierda y si tiraba de ella se movería hacia la derecha. El resultado de este experimento fue determinante: la aguja indicaba que estaban empujando la mesa. Sin embargo, lo más interesante sucedía cuando se le dejaba ver el indicador al médium. De este modo tenía información de sus propios movimientos musculares inconscientes. Cuando la agujita señalaba la presencia de tal esfuerzo, el sujeto reaccionaba destensando los músculos y la mesa no se desplazaba. En definitiva, los espíritus no eran los culpables. Faraday concluyó: “Aunque creo que los asistentes no se proponen mover la mesa, obtienen ese resultado por una acción cuasi voluntaria —sigo sin dudar de la influencia de la esperanza en sus mentes, y en ello reside el éxito o el fracaso de sus esfuerzos”.

Las investigaciones de Faraday fueron publicadas en una carta al The Times el 30 de junio y dos días después con mayor detalle en la revista Athenaeum. Detalladas y minuciosas, como cabía esperar en un hombre de su valía, no convenció a los espiritistas. Tanto ayer como hoy afirman que en sus sesiones observan con cuidado y apuntan todo cuidadosamente, pero olvidan que lo principal es que se debe saber dónde mirar, y eso no se aprende por ciencia infusa.

Una de las más potentes andanadas dirigida contra la línea de flotación del espiritismo francés fue disparada por Michel-Eugène Chevreul, director del Museo de Historia Natural de París. Mundialmente conocido como químico y descubridor de la margarina, en su libro de 1854 De la Varilla Adivinatoria y las Mesas Giratorias, ofrecía la misma explicación para la varita del zahorí y las mesas espiritistas. Según Chevreul, el movimiento se produce porque la mente inconsciente obliga a los músculos a mover el objeto para obtener una respuesta adecuada a las preguntas realizadas por la mente consciente.

El mérito de esta explicación está en que resuelve el problema de por qué los sujetos no son conscientes de empujar la mesa o el péndulo y suponen que son espíritus o fuerzas desconocidas las culpables.

Faraday y Chevreul demostraron la existencia de un fenómeno que en psicología recibe el nombre de “acción ideomotora”. Numerosos estudios han demostrado que basta con pensar en una acción, como pasar la página de un libro, para que nuestros músculos empiecen a realizar esa acción de manera inconsciente. Inconscientemente nuestro cuerpo se prepara para el comportamiento previsto. Es más, basta con decir que no hagamos algo para que nuestro cerebro empiece a hacerlo: si nos dicen “no pienses en osos blancos”, la imagen de uno, sin querer, nos viene a la mente.

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental


Para comprobar que son las acciones ideomotoras las que gobiernan las sesiones de espiritismo MUY INTERESANTE realizó un experimento en la antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Reunió a un grupo de cuatro jóvenes interesados en el tema y les propuso hacer una sesión de ouija. Claro que no se puede evitar pensar cómo los espíritus han ido perdiendo fuerza con el tiempo: si en el siglo XIX levantaban pesadas mesas de madera maciza, hoy solo pueden desplazar tímidamente un vaso de cristal.

Para el experimento preparamos un tablero de ouija especial: en círculo se dispusieron las letras que habían sido impresas en tarjetas de visita, una por cada letra. Después de 20 minutos de tensa espera, el vaso comenzó a moverse: nuestros voluntarios estaban absolutamente convencidos de que habían contactado con un espíritu llamado Laura.

Pero ahora venía la segunda parte del experimento: en el reverso de cada tarjeta había impreso un número. De manera aleatoria habíamos asignado uno a cada letra: a la A le correspondía el 14, a la B el 21… Mezclamos las tarjetas como las cartas de una baraja y las dispusimos formando otra ouija. La razón es obvia: si es el espíritu quien responde los participantes no necesitan saber dónde está cada letra. En este segundo experimento también se movió el vaso pero las respuestas no fueron otra cosa que una serie de letras inconexas. La conclusión es que, como explicaran Faraday y Chevreul, son los participantes los que mueven el vaso mediante el mecanismo de las acciones ideomotoras.

(Publicado en Muy Interesante)

Un poco de caca al año…

27 septiembre 2012

El 23 de mayo de 2007, en la casa de subastas Sotheby’s, se vendía una lata de 5 cm de alto por 6,5 de diámetro y con aspecto de contener alguna delicatessen por 124.000 euros. Al año siguiente otra, la lata 083, se vendía ne la misma casa por unas 70.000 libras esterlinas. Pero lo que contenían no era nada apetitoso, salvo que a usted se le haya diagnosticado la parafilia que aparece con el código 302.9 en el Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales IV de la Asociación psiquiátrica de los Estados Unidos: coprofilia. Porque lo que la etiqueta de estas latas anuncia en italiano, inglés, francés y alemán es “Mierda de Artista: 30 gramos netos, conservada al natural, producida y envasada en mayo de 1961″. El total de 90 latas de esta “exquisitez” son producto del artista conceptual italiano Piero Manzoni, que las puso a la venta en aquel tiempo al valor de 30 gramos de oro. Teniendo en cuenta que el precio actual de ese peso de oro es de unos 1.400 euros… sobran los comentarios. Si quiere ver una solo tiene que acercarse al Museu d’Art Contemporani de Barcelona. Según la página oficial el artista, muerto a los dos años de crear esta obra, quiso criticar el mercado del arte, “dispuesto a comprar todo a condición que sea firmado”.

Curiosamente, aquel mismo año 2007 se popularizó por internet un avance de una película pornográfica brasileña de un minuto titulado 2 Girls 1 Cup (Atención: si tienes tragaderas, puedes verlo aquí). En él se veía a dos chicas defecando en una copa y luego comiendo ostensiblemente su contenido y vomitándolo en la boca de la otra. Al poco tiempo YouTube se vio inundado de vídeos donde se mostraban las reacciones de quienes veían ese asqueroso minuto. La polvareda fue tal -incluyó la detención del representante legal de la productora en EE UU por vender películas con actos de coprofilia- que el productor, Marco Fiorito, tuvo que hacer una declaración oficial admitiendo que “he hecho películas fetichistas con excrementos utilizando chocolate en lugar de heces. Muchos actores hacen de vientre en las películas pero se niegan a comer heces”. Toda una revelación.

(Publicado en Muy Interesante)

Una nueva chorrimemez: las constelaciones familiares

1 agosto 2012

Los humanos llevamos muy orgullosos nuestro título de seres racionales pero nos creemos casi cualquier cosa que nos digan. No importa lo tonto o increíble que resulte: somos capaces de suspender nuestro juicio por razones totalmente anodinas. Incluso cuando sabemos que lo más seguro es que nos están engañando. Por ejemplo, el uso de famosos en la publicidad. Esta técnica la inventó el norteamericano Henry Crowell hacia 1881 cuando sacó al mercado un producto que hoy es raro no ver en una casa: los cereales del desayuno. Sabemos que les pagan por anunciarnos ese reloj, pero picamos. ¿Y esos potingues para mujeres maduras anunciados por jovencitas, que lo que menos necesitan es eso? ¿O esos yogures para mantener la línea que toman chicas que necesitarían comerse un buen filete?

La psicología es uno de esos campos donde proliferan los herederos de aquellos vendedores ambulantes de pócimas del lejano oeste. Sabemos que nuestra psique es compleja, que entenderla exige mucha investigación y, a pesar de los esfuerzos de los científicos, todavía estamos más que en pañales. Pero eso no importa. Con relativa frecuencia surgen personajillos que, simulando a Pablo de Tarso, se caen del caballo, se golpean la cabeza y les llega una revelación que explica el complejo comportamiento humano. Esto eso lo que debió sucederle a un ex-misionero católico que va de psicoanalista y antropólogo, Bert Hellinger.

Mientras era párroco en Sudáfrica “descubrió” que cada familia posee una especie de conciencia colectiva de mambo-jambo que se extiende al origen de la raza humana (no está claro si llega al Homo erectus o a los australopithecus). Ya entonces, “todos los integrantes se pertenecían y dependían unos a otros, el alma común cuidaba que ninguno se perdiera y que cada uno sirviera al grupo. No requerían pensar en qué era lo correcto. Una fuerza los inducía hacia alguna dirección. Si no buscaban el beneficio del grupo, un malestar, la culpa aparecía como sentimiento regulador que los reorientaba hacía el bienestar de todos”. ¡Por favor!

Para semejante antropólogo de secano la familia humana es la tradicional occidental de toda la vida, ligada entre sí por las leyes de consanguinidad europeas. Poco aprendió en África este buen mozo.

Pero lo fascinante no es que un iluminado se inventara semejante chorrimemez, sino que haya psicólogos que se crean este mix Nueva Era entre el ángel de la guarda y los midiclorianos de la Guerra de las Galaxias. ¿Pero qué tipo de ciencia les enseñan en la facultad?

(Publicado en Muy Interesante)

Cómo ser un consultor inútil… y salir de rositas

29 abril 2012

En los años 90 se produjo lo que se llamó The War for Talent. Un equipo de tres consultores de McKinsey & Co –Ed Michaels, Helen Handfield-Jones y Beth Axelrod–, la mayor y más prestigiosa consultora de gestión y administración de empresas –management, en el viciado lenguaje empresarial–, dirigieron un estudio donde se enviaron cuestionarios a 6.000 directivos de todo EE UU y fijaron su atención en 77 potentes firmas, donde entrevistaron desde el consejero delegado al personal de recursos humanos.

Tras tan intenso trabajo, los tres consultores decidieron que el recurso más importante de una empresa triunfadora es el talento: ejecutivos inteligentes y sofisticados, conocedores de la tecnología, astutos y ágiles a lo hora de actuar. La búsqueda de este “talento” es una guerra de desgaste continua, una lucha sin victoria final. Como expresó el director de McKinsey y jefe del proyecto, Ed Michaels: “Lo único que importa es el talento. El talento gana”. Así que estos expertos recomendaban que la única manera de mantener a los talentosos en el redil era ofrecerles continuamente prebendas desorbitadas y dejarles hacer lo que quisieran. Como confirmación a su descubrimiento, en 2000 completaron una segunda vuelta de entrevistas –13.000 ejecutivos y 112 empresas– que confirmaron sus conclusiones iniciales.

El voluble mundo de los altos ejecutivos –capaces de dar pábulo a tontas obviedades y simplezas del calibre del famoso best-seller ¿Quién se ha comido mi queso? se convulsionó, y numerosos libros aparecieron al calorcillo de lo que el periodista Malcolm Gladwell llamó la “justificación intelectual” para ofrecer sueldos absolutamente desproporcionados a quienes antes han pagado las altas sumas que exige obtener un MBA “de prestigio”. Porque el talento, según medían los expertos de McKinsey, se encuentra entre quienes pasan, por ejemplo, por la Escuela de Negocios de Harvard.

Pero el gran experimento de talento empresarial fue una empresa donde McKinsey condujo 20 proyectos diferentes, a la que facturó 10 millones de dólares anuales, donde el director de McKinsey acudía regularmente a las reuniones de dirección y donde su consejero delegado había sido socio de McKinsey. El nombre de la empresa era Enron.

En abril de 2001 McKinsey publicaba un documento explicando claramente sus ideas; el 2 de diciembre Enron se declaraba en bancarrota, convirtiéndose en el mayor escándalo financiero de la historia. Siguiendo el castizo de refrán de “sostenella y no enmendalla”, los únicos que no se vieron salpicados fueron los consultores de McKinsey hasta el punto de que, a día de hoy, uno de ellos, Helen Handfield-Jones, desde su empresa se presenta como “primera experta en talento para el liderazgo”.

¿Por qué besamos? (I)

21 marzo 2012

¿Porqué existe el beso? Uno de los primeros en intentar explicar su funcionalidad fue Sigmund Freud que especuló, como podría esperarse, que se trataba de un regreso a la época de amamantamiento. Más tarde, en los años 1960, el zoólogo Desmond Morris propuso que el beso podría haber evolucionado de la práctica por la cual las madres primates mastican la comida de sus hijos antes de dársela boca a boca con los labios fruncidos. Así lo hacen las madres chimpancés y posiblemente lo hicieran los hominidos. Presionar con los labios semiabiertos pudo desarrollarse más tarde como una manera de reconfortar a hijos hambrientos cuando la comida era escasa y, con el tiempo, expresar amor o afecto en general. La especie humana podría eventualmente haber tomado estos besos protoparentales y convertirlos en variedades más pasionales que hoy conocemos.

El problema con esta idea es que hay muy pocas culturas humanas en las que las madres alimenten de este modo a sus hijos. Claro que sí explicaría la etimología de la palabra comer en el Egipto de los faraones: besar la comida de uno.
Otros antropólogos y expertos en comportamiento animal han propuesto que besar puede haber evolucionado del husmeo habitual entre los animales y, por qué no decirlo, no tan raro entre nosotros.

Esto es lo que defiende Kazushige Touhara y sus colegas de la Universidad de Tokio. Los besos son un eco de una forma de comunicación más primitiva, más química, según revelan sus estudios con ratones. Mientras que las fermomonas, las famosas moléculas señaladoras capaces de provocar una respuesta en otro individuo de la misma especie, pueden olerse a grandes distancias y atraer a posibles parejas, este equipo japonés ha encontrado ciertas feromonas no volatiles secretadas desde los ojos y transmitidas por contacto. Aunque ratones y humanos son genéticamente muy similares, el gen que codifica esta feromona no existe en el ser humano. “Perdimos este gen en algún punto de la evolución”, añade Touhara. Ambas especies comparten un antepasado común situado entre 75 y 125 millones de años atrás, una critatura ratuna llamada Eomaia scansoria (Eomaia, del griego “madre del amanecer” y scansoria, del latín “trepadora”) que es el primer mamífero placentario que se conoce.

Touhara especula que los humanos debemos retener un vestigio de comportamiento roedor porque todavía nos gusta besar o frotar las narices, un comportamiento automático destinado a realizar un muestreo osmógeno del aroma del otro. Para detectar los olores el aire debe llegar hasta la parte más profunda de la nariz y para ello debemos inspirar muy fuerte. Así, la respiración natural lleva el aire al interior de la nariz a una velocidad a 6 km/h. En el caso de una correcta inspiración odorífera el aire debe entrar a 32 km/; de ahí el característico sonido del olisqueo. De este modo entra en juego el llamado sentido mudo, el que siempre está ahí aunque no nos demos cuenta de su existencia.

Vísteme despacio…

13 enero 2012

“Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer [...]. Así pues, estaba pensando [...] cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados. No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!’”

Quizá no haya mejor descripción de estos tiempos tan veloces que esta escena del clásico de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas. Querámoslo o no, nuestra vida cotidiana se rige por el cadencioso golpeteo del segundero: nos ponemos nerviosos si al encender un ordenador tarda más de lo acostumbrado, aunque eso sólo signifique 20 segundos de más; o si un semáforo en rojo tarda un tiempo excesivo… que como mucho puede significar 60 segundos; en la caja del supermercado nos cabrea que la cajera sea “lenta”… Nos molesta la pérdida de tiempo más pequeña. Nuestra vida no tiene sentido sin nuestro reloj. Un ejemplo demoledor es que ya ni tan siquiera soportamos un simple catarro o la gripe, dos enfermedades que se curan solas. ¿Y los antibióticos? ¿Los preferimos de tomas de tres o siete días? “No me puedo permitir estar dos días de baja” es una de las excusas que más solemos poner.

Pensemos en lo que escribe el periodista canadiense Carl Honoré en el primer capítulo de su libro-manifiesto a favor de la lentitud In Praise of Slowness: A manifesto on deceleration: “¿Qué es lo primero que hace cuando se despierta por la mañana? ¿Descorrer las cortinas? ¿Girar y amorrarse a su pareja o a su almohada? [...] No, lo primero que hace, lo primero que todo el mundo hace, es mirar la hora”.

El problema no es nuevo. Ya en la antigua Roma Plauto anatemizaba a todos aquellos que se han afanado por buscar la mejor forma de cuantificar la velocidad con la que cambian las cosas: “¡Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas!” Durante siglos el transcurrir del tiempo fue marcado por la sombra del Sol. Los griegos perfeccionaron los relojes de sol y los romanos los popularizaron: con ellos fijaban las horas de las comidas.

Sin embargo, fue el agua quien permitió liberarnos de la tiranía del astro rey y contabilizar las ominosas horas de oscuridad. Pero como calibrarlos era bastante complicado, pues la duración de las horas dependía de la estación del año y del lugar donde nos encontráramos, griegos y romanos utilizaron el reloj de agua únicamente para controlar la duración de los alegatos en los tribunales.

Tras el reloj de agua vino el de arena. Los primeros de los que se tiene noticia datan del siglo VIII, cuando los vidrieros diseñaron recipientes herméticos que impedían la entrada de la humedad. Prácticos para medir cortos intervalos de tiempo, su uso se extendió en el siglo XVI a todos los ámbitos de la vida: los sacerdotes en la duración de sus sermones, los maestros en sus lecciones, los cocineros en sus recetas, los albañiles para calcular sus horas de trabajo… Y los primeros pasos hacia un reloj mecánico fueron dados por los monjes, que necesitaban conocer las horas para sus plegarias.

Lo que ha ido sucediendo es que a medida que la vida evolucionaba del mundo agrícola al industrial se necesitaban medidas más exactas y más pequeñas del tiempo. La Revolución Industrial dio el golpe de gracia a la vida poco precisa del campo: había que llegar a la hora al trabajo para no parar la producción.

Una vez establecida la esclavitud del reloj, el siguiente paso obvio ha sido la aceleración de nuestras vidas. Del mismo modo que los plusmarquistas mundiales luchan Olimpiada tras Olimpiada por rebajar sus tiempos, nuestra vida ha ido bajando sus propias marcas temporales; el tiempo es dinero, se dice. Nuestro sistema de producción económica decide que los “ganadores” son aquellos que producen una mayor cantidad de productos de alta calidad en un menor tiempo. Y esto es algo que se extiende al resto de los aspectos de nuestra vida; sólo hay que ver cómo se agolpan en grupos los centros de esparcimiento y de diversión: compras, bares, restaurantes y cines juntos bajo un mismo techo.

Ir corriendo de un lado para otro no es nada beneficioso para nuestra salud. Las prisas suelen derivar en estrés y es bien conocido que éste afecta sobremanera al sistema inmune. Que nos encontremos inmunodeprimidos implica que somos más sensibles a infecciones como la gripe. Y no sólo eso, también a enfermedades más terribles, como la esclerosis múltiple. De hecho, en los últimos años se ha incrementado el número de personas que la padecen.

También las prisas afectan a nuestro sistema digestivo. Alrededor del 50% de los españoles sufren alguna enfermedad relacionada con el estómago, colon, recto y ano, desde las habituales hemorroides hasta el más grave cáncer de colon. El principal problema de este tipo de males es evidente: la cantidad de casos que existen, sobretodo en los países desarrollados. Y más aún cuando los dos factores principales que originan enfermedades como el cáncer de colon son el estrés y la precariedad en la dieta, dos consecuencias de nuestra vida con prisas.

El color del miedo

24 octubre 2011

Si tiene pavor a viajar en tren padece de siderodromofobia; si siente un recelo incontrolable hacia su suegra padece penterafobia y si tiene miedo de usted mismo, fobofobia. Ahora bien, si uno ojea los experimentos realizados para estudiar el miedo encontramos que los objetos más utilizados para provocar ese sentimiento son las serpientes y las arañas.

Podemos consolarnos sabiendo que no estamos solos. Nuestros primos los chimpancés tienen una aversión terrible a las serpientes: hasta los nacidos en cautividad gritan aterrorizados al verlas por primera vez. Otros miedos comunes son los relativos a nuestro entorno natural, como la altura, las tormentas, los grandes carnívoros, la oscuridad, la sangre o el agua profunda. Entre los sociales tenemos el temor a los extraños, al qué dirán y a dejar la casa sola.

La mayoría son provocados por los peligros que nos acechaban cuando vivíamos en África. Lo curioso es que esos miedos ancestrales sigan tan vivos entre nosotros. Deberíamos tener miedo a cosas como las armas, los coches, el gas butano, usar el secador cerca de la bañera… pero no a las arañas o los ratones. En una encuesta realizada entre los escolares de Chicago lo que les daba más miedo no era un coche a gran velocidad por su calle sino los tigres, leones y serpientes.

En un conocido experimento, el psicólogo John B. Watson se situó detrás de un niño de 15 meses armado con dos barras de acero. El niño, que jugaba despreocupadamente con un ratón blanco, escuchaba el sonoro golpeteo de las dos barras cada vez que lo tocaba. Tras unos pocos sonidos repentinos el niño cogió miedo al ratón y, por añadidura, a otros animales de pelaje blanco. ¿Hubiera Watson logrado su objetivo si en lugar de un ratón hubiera usado un cenicero? Probablemente no. Quizá los miedos pueden condicionarse únicamente si somos propensos evolutivamente a establecer esa asociación. Por eso los coches no producen pavor y las serpientes, sí.

Cómo saber si ET es inteligente

29 septiembre 2011

Imaginemos que un día nos encontramos con un ser extraterrestre. ¿Cómo sabremos que es inteligente y no es, por ejemplo, una mascota abandonada por su dueño marciano?

Una excelente caracterización de la inteligencia la dio el escritor de ciencia ficción David Alexander Smith. Cuando un periodista le preguntó ¿qué es lo que hace a un personaje un buen alienígena? Smith respondió:  “En primer lugar, a diferentes situaciones tiene que dar respuestas inteligentes aunque sean inescrutables. Quien contemple debe el comportamiento del alienígena debe poder decir ‘no sé cuáles son las reglas mediante las que decide, pero lo cierto es que actúa siguiendo un conjunto de reglas’. El segundo requisito es que los alienígenas se interesen por algo. Tienen que querer algo y obrar para lograrlo superando los obstáculos”.

Tomar decisiones racionales es hacerlo en base a unos principios que se adecuan, por ejemplo, a la realidad. Si nuestro alienígena se dedicara a chocar con los árboles o si después de ver entrar a tres depredadores en una cueva y salir a dos, entrase en ella como si no hubiese nadie, no lo catalogaríamos de racional.

También es cierto que estas reglas se ponen en servicio a un objetivo, a algo que se quiere y se busca superando todos los obstáculos del camino. Si el extraterrestre quiere darse de cabezazos contra los árboles o encontrarse con un león, entonces sí está obrando inteligentemente. Esto tiene otra lectura: mientras no conozcamos las motivaciones, los objetivos del extraterrestre, la idea misma de inteligencia carece de sentido. Si no fuera así, no podríamos dejar de aplaudir de la inteligente amanita phaloides su habilidad para crecer exactamente donde crece o concluir que las piedras son más inteligentes que los gatos porque atinan a irse cuando se les da un puntapié.

Claro que también hay que superar obstáculos. Romeo quiere a Julieta como las limaduras de hierro al imán: irán a encontrarse por el camino más corto. Pero si se interpone una pared, ni Romeo ni Julieta se quedarán con la cara aplastada contra la pared como lo hacen las limaduras y el imán sobre una cartulina.

 Un objetivo al que se quiere llegar siguiendo unas reglas y salvando obstáculos: una buena caracterización de la inteligencia… aunque no sea una definición.

¡A por las brujas! (III) Los niños no son tan inocentes…

13 agosto 2011

Como si hubieran leído a Bodin, los niños han sido unos formidables acusadores. De entre todos los casos el más sonado de finales del XVI fue el de la brujas de Warboys, en Inglaterra. Allí unas niñas terribles, hijas del terrateniente Robert Throckmorton, llevaron a la muerte al anciano matrimonio John y Alice Samuel, y a su hija Agnes.

Todo comenzó cuando Jane, de 10 años, empezó a sufrir una extraña enfermedad que los historiadores han identificado como epilepsia. Durante uno de sus ataques la anciana Alice, de 77 años, tuvo la mala suerte de acercarse para presentar sus respetos; entonces cuando Jane la llamó bruja. Los padres no le hicieron mucho paso, pero a la insistencia de Jane se unieron sus 4 hermanas, que empezaron a imitar los síntomas de su hermana.

Philip Barrow, un famoso médico de la Universidad de Cambridge, incapaz de curar a la enferma, dijo a los Throckmorton que su hija era víctima de brujería. Y comenzó la cruel diversión de esos pequeños monstruos, de edades entre 9 y 15 años. Al principio solo sufrían ataques en presencia de la anciana, pero luego fingían estar afligidas cuando la mujer no estaba en la casa. Así que los padres obligaron a la señora Samuel a vivir con ellos, pero sin darle de comer.

En septiembre de 1590 algo iba a cambiar el futuro de la pobre Alice. La mujer del hombre más rico de Inglaterra, Henry Cromwell -abuelo de Oliver Cromwell-, hizo una visita de cortesía a los Throckmorton. Quince meses después Lady Cromwell moría y las niñas la acusaron de ser la responsable, junto a su marido y a su hija. Los tres fueron declarados culpables por “asesinar mediante hechicería a lady Cromwell”. Algunos recomendaron a Agnes que dijera que estaba embarazada para salvarse de la ejecución: “No pienso hacerlo. Nadie podrá decir que he sido bruja y puta”.

Este caso, que involucró a la familia más importante de Inglaterra, contribuyó a propagar el temor a las brujas y, posiblemente, a impulsar la ley de 1604 que condenaba a muerte a los culpables de brujería. También sirvió de inspiración para que diferentes niños y niñas se divirtieran con este nuevo juego pues todo el mundo sabía cómo debía comportarse un hechizado. En muy pocas ocasiones se les desenmascaró, la mayoría porque eran pillados in fraganti, como a William Perry, el “muchacho de Bilson”, a quien se descubrió rellenando su prepucio con algodón empapado en tinta para que su orina fuera azul.

Los adolescentes norteamericanos también aprendieron deprisa. En 1720 cinco niñas de Littleton (Massachusetts) convencieron a sus vecinos que estaban hechizadas; ocho años más tarde la mayor confesó el fraude y que habían escogido a una mujer al azar para acusarla de bruja. Y en el archifamoso caso de Salem, las “ocho perras brujas”, como las definió un acusado, llevaron a la muerte a 22 personas porque, dijo una de ellas, “tenían que divertirse con algo”.


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