Archive for the ‘Pseudociencia’ category

¿Está escrito en las estrellas? (I)

17 abril 2013

En el otoño de 1993 publiqué un artículo sobre la astrología en el número 30 de la revista LAR (La Alternativa Racional), editada por la entonces llamada Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP). No ha perdido nada de actualidad a pesar de haberlo escrito hace 20 años, así que he decidido recuperarlo para este blog con correcciones menores.

Este artículo contiene mi crítica fundamental a esta superstición: nada más puedo añadir.

“El hombre dejará de cometer barbaridades, cuando deje de creer en absurdidades”
Voltaire (1694-1778)

Para aquellos que nos dedicamos a la astronomía, es bastante frecuente que nos pregunten acerca de la influencia de los cometas en el destino de los países, o si sabemos hacer cartas astrales, o si durante la carrera nos enseñan a hacer horóscopos. Muy pocos conocen la diferencia entre astronomía y astrología

Así, el presidente francés François Mitterrand alabó los descubrimientos de la astrología en un congreso de astrónomos celebrado en Francia hace algunos años. Esta confusión entre ciencia y pseudociencia se ha venido extendiendo debido al auge que ha experimentado todo lo relacionado con el ocultismo, la parapsicología y los extraterrestres en los últimos años. La diferencia entre ambas es notable. Según la definen los propios astrólogos, “La astrología es la ciencia que estudia la acción de los cuerpos celestes sobre los objetos animados e inanimados y la reacción de éstos ante esas influencias. Estudia también los ángulos entre planetas y sus efectos visibles sobre la humanidad.” (M D. March y J. McEvers, Aprenda Astrología (tomo 1), 1989)

La astronomía no tiene tales pretensiones. Se ‘conforma’ con describir el Universo, intentar determinar su origen y su final y el de los objetos que en él existen: planetas, estrellas, galaxias… Difícilmente se podría encontrar a un astrónomo profesional o aficionado que crea que las posiciones relativas de los planetas determinan el carácter y el destino de las personas (astrología natal), o que influyan sobre la economía (astroeconomía) o la política de un país (astrología mundial). Por algo muy sencillo. El mayor logro de la ciencia, y en particular de la astronomía, es el haber descubierto que todo el universo se rige por las mismas leyes y está hecho con los mismos elementos químicos que los encontrados en la Tierra. La caída de una hoja, el movimiento de los planetas y el de las galaxias están recogidos por una única ley. El hidrógeno del Sol, la limonita de Marte o el anhídrido carbónico de Venus son idénticos a los encontrados aquí. Así que, ¿por qué el amoniaco de Júpiter puede influir en nuestro carácter y el que tenemos guardado en el armario de la cocina no?

La astrología se basa en opiniones y en creencias más que en evidencias. Es consecuencia del pensamiento mitológico de las primeras culturas. Es consecuencia de una forma de ver el mundo, de una cosmología completamente diferente a la real. Resulta edificante repasar la historia de la astronomía, pues en ella encontraremos las razones por las cuales la astrología es indefendible.

El origen de la astrología

“Ahora que hemos tratado de la ciencia de los números, de la constitución de los cielos, pasamos a la astrología; y es una ciencia a los ojos de la mayoría de las personas, por más que nuestra opinión nos sitúe dentro de la minoría”
Al Biruni, astrónomo persa (973-1048)

Desde el comienzo de la civilización los hombres han mirado hacia el cielo. Descubrieron la existencia de determinados ciclos celestes que se superponían a otros ya conocidos como las estaciones, el día y la noche, la siembra y la cosecha, los movimientos migratorios de los animales… Por tanto, usaron esos ciclos celestes como vehículo para predecir, entre otras cosas, las épocas en las cuales debían cazar y recolectar. La existencia de muescas en huesos de animales del Paleolítico Superior revelan que los antiguos pobladores llevaban un registro de observaciones lunares que usaban para preparar la caza (ver Marshack, Lunar notations on Upper Paleolithic Remains, Science, 6 de noviembre de 1964). Idéntico uso de las fases lunares se han encontrado en China, India, Egipto, Babilonia, América Central… Junto con otros, este hecho invalida el conocido argumento, repetido hasta el aburrimiento, de que la astronomía es hija de la astrología. El prestigioso historiador de la ciencia O. Neugebauer (The Exact Sciences in Antiquity, 1957) afirma: “Normalmente se dice que la astronomía se originó de la astrología. No he encontrado ninguna evidencia para esta teoría”.

El origen de la astrología occidental debemos buscarlo en Mesopotamia, en la Babilonia y Asiria de hace 4000 años. Era ésta una civilización floreciente, y como todo pueblo que ha desarrollado un grado cultural suficiente, creó una mitología para explicar el mundo intentando dar respuesta a las eternas preguntas ¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Inventaron dioses como Marduk para explicar tanto la caída de una hoja como el movimiento del Sol y las estrellas alrededor de la Tierra, centro del Universo. Residían en el único lugar para ellos inalcanzable: el cielo. Así que trasladaron toda su religión a la bóveda celeste. En ella encontraron ciertos cuerpos, los planetas (del griego ‘errantes’), que se movían por el firmamento. Identificaron al Sol, la Luna, Mercurio, Venus. Marte, Júpiter y Saturno con sus dioses y les atribuyeron características en función de su aspecto. Es el conocido razonamiento por analogía clásico del pensamiento mágico y mitológico. Marte (Nergal), de color rojo brillante, era el dios de la guerra; Venus (Ishtar), luminaria del atardecer y del amanecer, era la diosa de la fertilidad; Júpiter (Marduk), de color blanco, era el padre de los dioses. Que los planetas influyeran en los acontecimientos terrestres era algo evidente pues ¿no estaba acaso la Tierra en el centro del Universo? ¿No influye el Sol en todos nosotros, marcando cuándo debemos levantarnos, cuándo debemos sembrar?

Los registros más antiguos que se conservan sobre los conocimientos matemáticos y astronómicos de los babilonios corresponden al reinado de la dinastía Hammurabi (del 1800 al 1600 a.E.). Los sacerdotes caldeos, depositarios de estos saberes, observaban cuidadosamente el cielo anotando las posiciones relativas de los planetas y la Luna, necesarias para el establecimiento del calendario lunisolar, base de su cultura. Después de siglos de paciente observación, registrando minuciosamente todos los sucesos acaecidos en el reino, las posiciones de los planetas y la Luna, y de todos los fenómenos meteorológicos destacados (como puede ser la presencia de un halo alrededor del Sol) comenzaron a dar las primeras predicciones. Curiosamente, no estaban referidas al carácter o el comportamiento de las personas, sino que los primitivos informes se referían a predicciones sobre el tiempo meteorológico, inundaciones, cosechas y el futuro del reino:

“Si el Sol poniente parece el doble de grande que de costumbre y tres de sus rayos son azulados, el rey del país está perdido”

“Si la Luna es visible el décimo día, hay buenas noticias para la tierra de Akkad, malas noticias para Siria” (predicciones de Sargón el Viejo hacia el 2400 a.E.).

Para los sacerdotes babilonios el arte de la predicción era una parte fundamental de su quehacer diario. Usaban todos los métodos imaginables para ello: la interpretación de los sueños, el análisis de las vísceras de los animales sacrificados, el vuelo de las aves, los nacimientos anormales… Sin embargo, los sucesos realmente importantes sólo podían predecirse mirando al cielo. Únicamente el destino de los países y sus gobernantes podía ser obtenido interpretando los fenómenos astronómicos y meteorológicos (los caldeos no hacían distinción alguna entre ellos).

Esta primitiva astrología no daba importancia a las constelaciones en que se encontraban los planetas, sino únicamente al brillo y posiciones relativas de éstos, a los eclipses de Luna y de Sol, a la aparición de estrellas fugaces… Fue hacia el 700 a.E. cuando nació la idea del Zodiaco. Como alguien dijo una vez, ‘si los planetas son las agujas del reloj, el Zodiaco proporciona los doce números de la esfera’. La primera tablilla de una serie llamada Mul Apin menciona ‘las constelaciones del camino de la Luna’ que, traducidos a nuestros propios grupos de estrellas, son: Pléyades, Tauro, Orión, Perseo, Cochero, Géminis, Cáncer, Leo, Spica, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis, Pegaso, Piscis más la parte media de Andrómeda y Aries. 18 signos en total. Los doce signos aparecieron hacia el 400 a.E., después de un periodo donde su número había sido reducido a once. La constelación faltante era Libra, que se construyó a expensas de las pinzas del vecino Escorpión.

Por qué a un conjunto de estrellas se la llamó Capricornio o Sagitario tiene su origen en diversos motivos: la muy vaga apariencia con algún animal (Tauro o Leo), las características climáticas de la región cuando el Sol se encontraba en esa constelación (Acuario, cuyo significado es el portador del agua porque Enero era el mes más húmedo en Mesopotamia) o algún otro tipo de razonamiento lógico.

Es evidente que los sacerdotes caldeos encontrasen ‘correlaciones’ entre los eclipses lunares (objetivo prioritario de sus observaciones) y otros sucesos astronómicos con momentos relevantes de su historia. Igualmente las podrían haber hallado con el ciclo reproductor del escarabajo pelotero o con el de la metamorfosis de la rana. Hoy sabemos que esas relaciones aparentes son absolutamente casuales y conllevan un alto grado de componente psicológico (eliminar los errores y ensalzar los aciertos). Sin embargo, para ellos era una clara consecuencia de su propia cultura. Los dioses vivían en el cielo y, conocedores del futuro de los hombres enviaban a sus representantes (los sacerdotes) señales sobre los próximos acontecimientos que debían interpretar. Esta filosofía se encontraba sumergida en la idea de un tiempo cíclico, donde la historia siempre se repite. El pastel resultante es obvio: la predicción del futuro mirando las estrellas.

A partir del año 300 a.E. empiezan a aparecer algún tipo de predicciones particulares. El deseo que cada persona tiene de conocer su futuro hace que el negocio se amplíe. Todavía los horóscopos babilónicos no son como los que conocemos actualmente ni como los que conocían los griegos y romanos. La colección de predicciones astrológicas babilónicas traducidas por A. Sachs (Babylonian Horoscopes, Journal of Cuneiform Studies, 2, 49, 1952) no mencionan ni el signo ni las posiciones planetarias secundarias de tanta importancia en el horóscopo grecorromano, aunque su estructura sigue siendo la misma (incluidas las clásicas afirmaciones banales y generales):

“Júpiter en 18º Sagitario. El lugar de Júpiter significa: su vida será regular, buena; será rico, llegará a viejo”.

“Venus en 4º Tauro. El lugar de Venus significa: dondequiera que esté todo le irá bien; tendrá hijos e hijos.” (Horóscopo de un nacido el 3 de Junio del 234 a.E.)

Con las conquistas de Alejandro Magno toda esta tradición astrológica pasa al mundo griego. El camino había sido preparado por las ideas de Platón y Pitágoras. Ambos habían unido matemáticas y misticismo, habían hecho una religión de las matemáticas. Enseñaban la unicidad entre el cielo y la tierra, la perfección de los cuerpos celestes, con los planetas moviéndose en esferas de cristal perfectamente transparentes (‘la música de las esferas’). Con semejante bagaje filosófico no es difícil entender la rápida aceptación de la astrología: era la prueba palpable de esa unión mística con el universo.

La astrología llegó a Grecia por dos caminos: Babilonia y Egipto. Desde Babilonia gracias al sacerdote Beroso que la enseñaba en la isla griega de Cos hacia el año 280 a.E. Allí escribió su monumental Babyloniaca, obra en tres volúmenes donde expone sus conocimientos y la información traída de su país. Beroso, muy interesado en los trabajos del médico griego Hipocrates, se cree que fue el fundador de la medicina astrológica, práctica perniciosa que relaciona cada parte del cuerpo con un signo astrológico. En pocas palabras, la culpa de las enfermedades la tienen los planetas.

La astrología egipcia tiene su base en los llamados decanos, periodos de 10 días, cada uno de los cuales se hallaba bajo la protección de un dios representado por una estrella o grupo de estrellas. En total había 36 decanos y se usaban esencialmente para seguir el ciclo de Sirio (Sothis), cuyo levantamiento helíaco daba comienzo al año egipcio. El levantamiento helíaco del resto daba comienzo a distintas partes del año, las décadas. Como es natural, lo que comenzó siendo una forma de medir el tiempo se tornó en un sistema predictivo relacionado, además, con otros campos como la alquimia, las piedras y plantas mágicas… Esta escuela culminó en un libro escrito por dos personajes llamados Petosiris y Nequepso (probablemente legendarios) sobre el año 160 a.E. Sin embargo, los griegos las adoptaron a sus propias creencias.

Definitivamente es entonces cuando la influencia de los astros se extiende a todos los seres humanos sin excepción (¿quizá porque no había reyes en Grecia y veían peligrar el negocio?); las acciones atribuidas a los planetas se hacen más humanas, pues los mismos dioses griegos tenían atributos humanos: cobraron importancia las constelaciones del Zodiaco pues no era lógico que la esfera de las estrellas fijas no sirviera para nada cuando el resto tenían un significado preciso.

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte II)

21 enero 2013
Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

La búsqueda de una confirmación experimental de que podemos contactar con los muertos tuvo su particular revolución en el verano de 1959, cuando un pintor de origen ucraniano y aficionado a la ornitología, Friedrich Jürgenson, descubrió, tras grabar el canto del mirlo y del pinzón, que en los espacios en blanco podían escucharse lo que parecían voces humanas. Era muy extraño pues no había nadie por los alrededores. El fenómeno siguió sucediendo, a veces incluso superpuesto a los cantos de las aves. Una vez la voz de una mujer le llamó por su nombre, era su propia madre difunta que le decía: “Friedrich, estás siendo observado. Friedel, mi pequeño Friedel, ¿puedes oírme?”. Acababa de grabar sus primeras psicofonías.

Así lo cuentan los defensores de lo paranormal. Sin embargo, una cosa es la leyenda y otra la realidad. Contado de esta forma parece un descubrimiento totalmente casual. Pero la historia no es tan inocente como la presentan. El propio Jürgenson reveló que en el invierno de 1958 ya había hecho algunos experimentos “preliminares” tras un “intenso deseo de establecer un contacto electrónico con algo o alguien desconocido”.

Además de estas grabaciones, Jürgenson desarrolló un nuevo método de comunicación usando la radio: movía lentamente el dial hasta encontrar la frecuencia en la que ‘transmitían’ los espíritus. Pero tenía truco, pues no lo hacía intuitivamente sino que contaba con la ayuda de su “guía” espiritual, una tal Lena que, cuando el dial pasaba por el lugar adecuado, le susurraba desde el más allá “ahora”.

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Pero había un problema: las supuestas grabaciones de voces del más allá no eran claras y diáfanas, sino todo lo contrario. Los “mensajes” eran casi inaudibles, como un sonido muy poco por encima del nivel del ruido, de manera que había que escucharlos varias veces para intentar averiguar qué era lo que decían. Por eso no resulta sorprendente descubrir que a los espiritistas las psicofonías no les convencían. Tanto que en la revista espiritista Light decían que si esas voces venía de espíritus descarnados entonces debían ser “de un bajo nivel” pues “muchas de esas grabaciones son frases cortas, triviales, inconsecuentes o sin sentido”. Incluso señalaban que no había que descartar que se las supuestas frases no fueran otra cosa que simple ruido.

El mazazo final a las grabaciones de Jürgenson y las que haría poco después el gran divulgador de las psicofonías, el alemán Konstantin Raudive, se lo dio en 1972 D. J. Ellis. Gracias a la Perrot-Warrick Studentship, administrada por el Trinity College de la Universidad de Cambridge, pudo estudiar las grabaciones en bruto de las mejores psicofonías disponibles. Tras dos años de trabajo y análisis su conclusión fue que “no hay razón para postular otra cosa que no sean causas naturales: fragmentos de emisiones de radio, ruidos mecánicos y comentarios de personas pasados por alto. Todo ello unido a una imaginación desbordada y el deseo de escuchar lo que uno quiere escuchar”.

Jürgenson buscando voces de muertos

Jürgenson buscando voces de muertos

Lo que Ellis encontró es que las supuestas voces de espíritus no era más que un ejemplo de lo que se conoce como pareidolia. Todos nosotros la hemos experimentado al ver formas de animales en las nubes o gente vigilándonos en las sombras de la noche. También hay ejemplos más llamativos, como aquellos que vende un bocadillo mordisqueado por internet porque allí aparece la cara de Jesús, o quienes encuentran a la Virgen en un jamón de Teruel.

MUY INTERESANTE ha querido comprobar hasta qué punto la pareidolia puede dar cuenta de lo que se escucha en las psicofonías. Para ello usamos grabaciones de dos psicofonías reconocidas como tales por los defensores de lo paranormal. Es importante señalar que no se trataba de las grabaciones en bruto, sino de las que ya habían sido manipuladas para “resaltar” las voces grabadas. El experimento consistía en dárselas a escuchar a tres parejas de personas. A la primera se la aleccionó previamente diciendo que las psicofonías eran, en general, ruidos que se confunden con voces. A la segunda se le dijo que eran verdaderas voces de espíritus y a la tercera, simplemente, que debían intentar indentificar lo que se escuchaba en las psicofonías.

Terminado el experimento descubrimos que la pareidolia explica perfectamente el fenómeno. Ninguna pareja coincidió con las otras en el contenido de las supuestas voces. Esto demuestra que las grabaciones, incluso habiendo sido manipuladas informáticamente para resaltar las “voces”, eran absolutamente initeligibles: es la misma situación que ver animales en las formas de las nubes. La inteligencia que crea esas voces no está en la grabación, sino en quien la escucha.

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Pero lo más interesante fue descubrir lo fácil que es inducir lo que queríamos que escucharan. Una de las psicofonías usadas había sido grabada por aficionados a lo paranormal en un pueblo emblemático del mundo de lo misterioso: Ochate, en el Condado de Triviño. La pareja a la que se le había dicho que las psicofonías solo eran ruidos no identificaron voces humanas sino el sonido del viento mientras que las otras escucharon voces, aunque ininteligibles.

La segunda psicofonía había sido grabada en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. A la pareja que se le dijo que las psicofonías eran reales se les proporcionó una información adicional: se decía que en ese sitio había una presencia que no quería a nadie en ese lugar. Ambos reconocieron “iros de aquí”, exactamente lo que los aficionados a lo paranormal afirmaban que se decía. Las otras dos parejas no escucharon esa frase.

La conclusión es simple: ni la ouija ni las psicofonías son prueba de que exista vida después de la muerte ni de que podamos comunicarnos con ese “otro lado”. ¿Qué nos queda? Dejemos hablar a la fundadora del espiritismo Margaret Fox. El 24 de Septiembre de 1888 afirmó en una entrevista al New York Herald: “El espiritismo es, desde el principio hasta el final, una superchería, la superchería más grande del siglo”. Un mes más tarde, en la Academia de Música de Nueva York, ante centenares de testigos y todos los periódicos de la ciudad, las hermanas Fox reprodujeron los golpes de espíritus que le pidieron ¡haciendo crujir el dedo gordo del pie! Los espíritus de las fundadoras del espiritismo no eran otra cosa que crujidos de huesos.

Lo decía Harry Houdini: "Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan"

Lo decía Harry Houdini: “Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan”

 

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte I)

14 enero 2013
Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.

Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.

El 31 de marzo de 1848 dos hermanas, Katie y Maggie Fox, fundaban el espiritismo moderno. El ser humano siempre ha creído que la muerte no es el final de todo, que hay otro mundo que nos espera tras el último estertor. Sin embargo, lo que estas niñas de 12 y 15 años consiguieron fue romper la barrera infranqueable que nos separa de ese otro mundo y hablar con los muertos. Mediante golpes en las paredes, las hermanas Fox anunciaron la buena nueva al mundo, primero desde su modesta granja en Hydesville, un pueblecito al norte del estado de Nueva York, y luego desde la cercana ciudad de Rochester: existe vida después de la muerte y podemos comunicarnos con nuestros seres queridos ya fallecidos.

La noticia corrió como la pólvora y en solo cuatro años el 5% de la población de los Estados Unidos se había convertido al espiritismo. Las Fox recorrieron ciudades y pueblos, y allí por donde pasaban aparecían personas que también eran capaces de tal prodigio.

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo


El espiritismo conoció su periodo Edad de Oro hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Era todo un espectáculo de masas: exhibiciones públicas, cientos de miles de médiums ofreciendo sus servicios a cambio de compensaciones económicas, amigos que se reunían en las casas para invocar a sus muertos… En Francia un pedagogo llamado Hippolyte Léon Denizard Rivail encontró en el espiritismo el camino por el cual alcanzar lo que él consideraba el principal objetivo de la educación: la alianza entre la ciencia y la religión. Habitual de las sesiones espiritistas, el 30 de abril de 1856 los espíritus le revelaron su trascendental misión salvífica. Reunidos en cónclave le habían escogido como portavoz para dar a conocer al mundo una nueva doctrina y le dijeron que en una vida anterior había sido un druida, jefe de comunidad, llamado Allan Kardec. Así, al dictado de los seres del mas allá, escribió el famoso Libro de los Espíritus, piedra angular de la doctrina espírita que apareció en las librerías de París el 18 de abril de 1857 y que conoció tres ediciones en menos de un año. Kardec fue el primero en acuñar el término espiritismo para bautizar la nueva doctrina. En el ambiente anglosajón se le denominaba espiritualismo y éste mantenía profundas diferencias con aquél. Los espíritus que contactaban con los anglosajones no opinaban lo mismo que sus colegas galos en temas como la reencarnación. Y dentro del mundo de los mortales, los investigadores ingleses tenían a Kardec como ‘muy poco científico’, por mucho que repitiese que el espiritismo no era una religión, sino una ciencia, una filosofía y una moral.

Curiosamente tres años antes, en el verano de 1853, el físico experimental más importante de la historia, Michael Faraday estudió la parte más espectacular de las sesiones espiritistas, cuando los muertos movísn y levantaban pesadas mesas de madera. Se bautizó el fenómeno como “las mesas giratorias” y su popularidad alcanzó Francia, España, y hasta la familia real de Prusia probaba lo que entonces era la diversión más aplaudida de Occidente.

Faraday era un hombre profundamente religioso y un impecable experimentador. Diseñó una serie de inteligentes pruebas para determinar, primero, la realidad del fenómeno, y segundo, el origen del mismo. Contactó con «personas honradas y exitosas movedoras de mesas» que estaban convencidas de que ellas, en ningún momento, las empujaban. Para comprobarlo Faraday diseñó un par de ingeniosos aparatos. El primero consistía en varios trozos de cartón deslizante, colocados uno sobre otro encima de la mesa, y bajo los que había dibujado una línea con lápiz para marcar su posición relativa. Cualquier movimiento involuntario de las manos quedaría revelado por una discontinuidad en esa línea. Así ocurrió. En el otro experimento, Faraday fijó una aguja a dos tablillas en la mesa de forma que si el médium la empujaba el indicador se movería hacia la izquierda y si tiraba de ella se movería hacia la derecha. El resultado de este experimento fue determinante: la aguja indicaba que estaban empujando la mesa. Sin embargo, lo más interesante sucedía cuando se le dejaba ver el indicador al médium. De este modo tenía información de sus propios movimientos musculares inconscientes. Cuando la agujita señalaba la presencia de tal esfuerzo, el sujeto reaccionaba destensando los músculos y la mesa no se desplazaba. En definitiva, los espíritus no eran los culpables. Faraday concluyó: “Aunque creo que los asistentes no se proponen mover la mesa, obtienen ese resultado por una acción cuasi voluntaria —sigo sin dudar de la influencia de la esperanza en sus mentes, y en ello reside el éxito o el fracaso de sus esfuerzos”.

Las investigaciones de Faraday fueron publicadas en una carta al The Times el 30 de junio y dos días después con mayor detalle en la revista Athenaeum. Detalladas y minuciosas, como cabía esperar en un hombre de su valía, no convenció a los espiritistas. Tanto ayer como hoy afirman que en sus sesiones observan con cuidado y apuntan todo cuidadosamente, pero olvidan que lo principal es que se debe saber dónde mirar, y eso no se aprende por ciencia infusa.

Una de las más potentes andanadas dirigida contra la línea de flotación del espiritismo francés fue disparada por Michel-Eugène Chevreul, director del Museo de Historia Natural de París. Mundialmente conocido como químico y descubridor de la margarina, en su libro de 1854 De la Varilla Adivinatoria y las Mesas Giratorias, ofrecía la misma explicación para la varita del zahorí y las mesas espiritistas. Según Chevreul, el movimiento se produce porque la mente inconsciente obliga a los músculos a mover el objeto para obtener una respuesta adecuada a las preguntas realizadas por la mente consciente.

El mérito de esta explicación está en que resuelve el problema de por qué los sujetos no son conscientes de empujar la mesa o el péndulo y suponen que son espíritus o fuerzas desconocidas las culpables.

Faraday y Chevreul demostraron la existencia de un fenómeno que en psicología recibe el nombre de “acción ideomotora”. Numerosos estudios han demostrado que basta con pensar en una acción, como pasar la página de un libro, para que nuestros músculos empiecen a realizar esa acción de manera inconsciente. Inconscientemente nuestro cuerpo se prepara para el comportamiento previsto. Es más, basta con decir que no hagamos algo para que nuestro cerebro empiece a hacerlo: si nos dicen “no pienses en osos blancos”, la imagen de uno, sin querer, nos viene a la mente.

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental


Para comprobar que son las acciones ideomotoras las que gobiernan las sesiones de espiritismo MUY INTERESANTE realizó un experimento en la antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Reunió a un grupo de cuatro jóvenes interesados en el tema y les propuso hacer una sesión de ouija. Claro que no se puede evitar pensar cómo los espíritus han ido perdiendo fuerza con el tiempo: si en el siglo XIX levantaban pesadas mesas de madera maciza, hoy solo pueden desplazar tímidamente un vaso de cristal.

Para el experimento preparamos un tablero de ouija especial: en círculo se dispusieron las letras que habían sido impresas en tarjetas de visita, una por cada letra. Después de 20 minutos de tensa espera, el vaso comenzó a moverse: nuestros voluntarios estaban absolutamente convencidos de que habían contactado con un espíritu llamado Laura.

Pero ahora venía la segunda parte del experimento: en el reverso de cada tarjeta había impreso un número. De manera aleatoria habíamos asignado uno a cada letra: a la A le correspondía el 14, a la B el 21… Mezclamos las tarjetas como las cartas de una baraja y las dispusimos formando otra ouija. La razón es obvia: si es el espíritu quien responde los participantes no necesitan saber dónde está cada letra. En este segundo experimento también se movió el vaso pero las respuestas no fueron otra cosa que una serie de letras inconexas. La conclusión es que, como explicaran Faraday y Chevreul, son los participantes los que mueven el vaso mediante el mecanismo de las acciones ideomotoras.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (introducción)

14 enero 2013

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.
En realidad, se equivocaban.

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia

29 octubre 2012

 

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.

En realidad, se equivocaban.

¿Tenemos alguna prueba de que exista el más allá? ¿Se comunican los muertos con nosotros? Este ha sido el objetivo de un documental estrenado el pasado día 25 en la versión iPad de la revista Muy Interesante y que que ha sido producido por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), Albireo Cultura Científica, SinTregua, CosmosFan, Science Media Raccord y Muy.

En este documental se han hecho las cosas sin trampa ni cartón, sin recreaciones de supuestos sucesos misteriosos, como normalmente hacen los programas dedicados a lo paranormal. Aquí los experimentos realizados son reales con voluntarios reales, no reconstrucciones ni representaciones. La apuesta arriesgada era pues el resultado final está en el aire: el universo es como es, no como a nosotros nos gustaría que fuera. Y éste era el segundo objetivo del documental: mostrar cómo se realiza una verdadera investigación empleando la mejor arma de que disponemos, una forma de investigar que durante más de 500 años ha demostrado su capacidad para discernir el funcionamiento del mundo que nos rodea: el método científico.

Una nueva chorrimemez: las constelaciones familiares

1 agosto 2012

Los humanos llevamos muy orgullosos nuestro título de seres racionales pero nos creemos casi cualquier cosa que nos digan. No importa lo tonto o increíble que resulte: somos capaces de suspender nuestro juicio por razones totalmente anodinas. Incluso cuando sabemos que lo más seguro es que nos están engañando. Por ejemplo, el uso de famosos en la publicidad. Esta técnica la inventó el norteamericano Henry Crowell hacia 1881 cuando sacó al mercado un producto que hoy es raro no ver en una casa: los cereales del desayuno. Sabemos que les pagan por anunciarnos ese reloj, pero picamos. ¿Y esos potingues para mujeres maduras anunciados por jovencitas, que lo que menos necesitan es eso? ¿O esos yogures para mantener la línea que toman chicas que necesitarían comerse un buen filete?

La psicología es uno de esos campos donde proliferan los herederos de aquellos vendedores ambulantes de pócimas del lejano oeste. Sabemos que nuestra psique es compleja, que entenderla exige mucha investigación y, a pesar de los esfuerzos de los científicos, todavía estamos más que en pañales. Pero eso no importa. Con relativa frecuencia surgen personajillos que, simulando a Pablo de Tarso, se caen del caballo, se golpean la cabeza y les llega una revelación que explica el complejo comportamiento humano. Esto eso lo que debió sucederle a un ex-misionero católico que va de psicoanalista y antropólogo, Bert Hellinger.

Mientras era párroco en Sudáfrica “descubrió” que cada familia posee una especie de conciencia colectiva de mambo-jambo que se extiende al origen de la raza humana (no está claro si llega al Homo erectus o a los australopithecus). Ya entonces, “todos los integrantes se pertenecían y dependían unos a otros, el alma común cuidaba que ninguno se perdiera y que cada uno sirviera al grupo. No requerían pensar en qué era lo correcto. Una fuerza los inducía hacia alguna dirección. Si no buscaban el beneficio del grupo, un malestar, la culpa aparecía como sentimiento regulador que los reorientaba hacía el bienestar de todos”. ¡Por favor!

Para semejante antropólogo de secano la familia humana es la tradicional occidental de toda la vida, ligada entre sí por las leyes de consanguinidad europeas. Poco aprendió en África este buen mozo.

Pero lo fascinante no es que un iluminado se inventara semejante chorrimemez, sino que haya psicólogos que se crean este mix Nueva Era entre el ángel de la guarda y los midiclorianos de la Guerra de las Galaxias. ¿Pero qué tipo de ciencia les enseñan en la facultad?

(Publicado en Muy Interesante)

La muerte de la razón

24 abril 2012

Desde sus orígenes, la humanidad ha sentido una atracción irrefrenable hacia lo sobrenatural. Augures y adivinos han aconsejado y dominado a millones de seres a lo largo de la historia. Nuestra época tiene los suyos. Los medios de comunicación son cajas de resonancia para cientos de creencias irracionales. Un vidente-echador de cartas, un especialista en fantasmas, un pobre hombre secuestrado por extraterrestres son prueba de la existencia de un mundo misterioso a nuestro alrededor. Son portadores de un algo indefinible que nos permite huir de los agobios de la vida cotidiana.

Existe toda una fauna y flora que crece y se multiplica a la sombra de revistas y libros que juegan con la esperanza humana: la esperanza de vida después de la muerte, la de curar esa enfermedad incurable, la de no encontrarnos solos en este inmenso universo. Pero si profundizamos más allá de las superficiales, sesgadas y pueriles informaciones que nos presentan, descubriremos en ellas los temas de siempre, las mismas consignas que los mercaderes de lo misterioso han vendido a la humanidad desde sus comienzos: ayer eran ángeles, hoy son extraterrestres; ayer eran pociones de hechicería, hoy son medicamentos naturales; ayer eran druidas escondidos en el interior de un árbol hueco para hacer oír la temible voz de Teutates, hoy son médiums en contacto con los espíritus gracias a las más rudimentarias técnicas psicológicas y de prestidigitación. Sin embargo, ¿Se pueden doblar cucharas con el poder de la mente? ¿Nos visitan los extraterrestres? ¿Las plantas tienen sentimientos? ¿Los embriones de pollo tienen poderes extrasensoriales? La respuesta es no. Por dos motivos: uno, porque no hay pruebas de ello y dos, porque algunas son estupideces declaradas. En más de un siglo de investigaciones aún no han presentado ni una sola prueba irrefutable, o cuando menos contundente. Los casos clásicos, considerados en su tiempo inapelables, se han demostrado explicables o falsos.

Ni los posos del té, ni el Tarot, ni los planetas, ni los extraterrestres van a mejorar nuestra calidad de vida. Las líneas de la mano tienen el mismo valor predictivo que las del trasero. Necesitamos una buena infusión de espíritu crítico. Necesitamos de toda nuestra capacidad racional para resolver los problemas que la sociedad tiene planteados. Dicen que contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano, pero algunos creemos que si aprendemos a dudar, a no aceptar las ideas de otros sólo porque nos lo dicen y a admitir los hechos aunque no nos gusten, habremos impedido la muerte de la razón.

Un triángulo en la Bermudas

9 abril 2012

Barcos y aviones desaparecen en un área formada por las islas Bermudas, Florida y Puerto Rico más deprisa que un sándwich de jamón y queso en una escuela de modelos.

En 1974 se publicaba El Misterio del Triángulo de las Bermudas, de Charles Berlitz, que rápidamente se convirtió en best-seller. Con su prosa bien hilvanada y vendedora de misterios, nos convenció de que algo extraño sucedía en esa región del Atlántico. Cientos de aviones y barcos han desaparecido sin dejar rastro en cielos y mares en calma. Una de las desapariciones más sonadas fue la del Vuelo 19 en diciembre de 1945: cinco bombardero-torpederos Avenger que despegaron de la base de Fort Lauderlade en una tarde soleada. Hora y media más tarde se recibió una transmisión angustiada “parece que hemos perdido el rumbo”. Poco después algo mucho más misterioso: “Todo anda mal.. todo es extraño.. No podemos estar seguros de ninguna dirección. Incluso el océano tiene un aspecto anormal”.

¿Y el Sulphur Queen, un carguero de 15.000 toneladas que desapareció en 1963 y del que solo se recuperaron dos chalecos salvavidas?

Por decirlo de manera suave: el triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado. Como dice Larry Kusche, un bibliotecario de la Universidad de Arizona que en 1974 recogió y publicó toda la información posible sobre las misteriosas desapariciones porque continuamente se las estaban pidiendo, todo comenzó “con una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo”. El ilusionista James Randi ha sido incluso más irónico al referirse al creador del misterio: “Tengo entendido que Berlitz habla unos 30 idiomas, 11 de ellos con fluidez. Quizá sea capaz de decir sus falsedades en los treinta idiomas”.

El libro de Kusche, publicado en España en 1977 con el título El misterio del triángulo de la Bermudas solucionado, recoge toda la información sobre cada uno de los casos que han alimentado el misterio. Al contrario que Berlitz, Kusche aporta la documentación original de cada uno de los casos. Así, el famoso Vuelo 19, de entrenamiento, simplemente se perdió. El avión del jefe de escuadrilla, el teniente Charles Taylor, tenía la brújula estropeada, volaba sin reloj y el resto de los aviones no llevaban instrumentos de navegación operativos. Irónicamente, volaban con el rumbo correcto cuando decidieron que estaban perdidos. El día estaba despejado al despegar, pero pronto cambió y se enfrentaron a vientos fuertes y un mar alborotado, por lo que no pudieron amerizar. Al final, acabaron cayendo cuando se les acabó el combustible.

El caso del Sulphur Queen es aún más sangrante, pues Berlitz y sus seguidores olvidan que según el informe de la Guardia Costera el mar estaba embravecido, las olas tenían más de cien metros de altura y los vientos con velocidades cercanas a las de un huracán. Respecto a la historia de los salvavidas… Un cuento muy bonito. El mismo informe de la Guardia Costera afirma que se encontraron restos del Sulphur Queen.

Peor aún: los defensores del misterio se inventan desapariciones, como la del barco noruego Stavenger, desaparecido en octubre de 1931. Incluso se dijo en 1977 que se había descubierto una pirámide de 143 metros sumergida en el Triángulo… La Atlántida entraba en juego. Una pena que semejante pirámide no se haya encontrado nunca.

Ni la famosa compañía de seguros Lloyd’s (que se juega los cuartos) ni la Guardia Costera norteamericana (cuyos barcos pasan más tiempo que nadie en el “triángulo maldito”) piensan que suceda nada misterioso. “Condiciones meteorológicas adversas y el carácter impredecible del ser humano pueden superar las más ambiciosas narraciones de ciencia ficción”, aseguraba en 1974 un portavoz del servicio de vigilancia.

Ya se sabe: no dejes que la verdad arruine una buena historia

(Publicado en Muy Interesante)

La ciencia dice: de Bentleys y terapias alternativas

19 febrero 2012

Imagínese que quiere comprarse un coche. Después de patearse unos cuantos concesionarios decide que un día es un día y, tirando la casa por la ventana (literalmente), se gasta hasta lo que no tiene para fardar delante de los amigos con un Bentley Continental. Claro que se lo va a comprar de segunda mano y aún así estará hipotecado para los restos. Pero no importa: cuando se muera le enterrarán con coche y todo.

Antes de comprarlo usted, obviamente, quiere probarlo. Después de hacerlo rodar un rato escucha un ruido en el motor la mar de sospechoso. El vendedor no se sorprende cuando se lo dice sino que le contesta muy pausadamente: lo entiendo señor, pero tenga en cuenta que con los Bentley no se aplican los mismo métodos que se usan para comprar el resto de los coches. Y usted ahí, con cara de haba, pensando: ¿estoy seguro de haber entendido bien?

Justamente esa misma cara de haba se me queda cuando me dicen que “la ciencia no lo puede explicar todo” o que no se puede aplicar la ciencia a cierta pseudoterapia curalotodo. Como si “la ciencia” fuera parecido al oráculo de Tebas: tú preguntas y una voz de ultratumba responde. Y si la respuesta no nos gusta, pues entonces es que el oráculo no sirve.

Pues no. La ciencia ni es una bola de cristal, ni un oráculo, ni un grupito de científicos que se reúnen tomando unas cañas y deciden lo que es verdad o no en función de cómo caiga el hueso de la aceituna al suelo. Los científicos no unen sus manos cada domingo, cantando ‘¡Sí, la gravedad es real! ¡Tendré fe! ¡Seré fuerte! Creo en mi corazón que lo que sube tiene que bajar. ¡Amén!’.

La ciencia no es nada de eso; ni siquiera ese simpático tipo de bata blanca que sale en los anuncios. La ciencia es una forma de pensar, una manera de encarar el mundo en que vivimos. Es lo que aplicamos cuando vamos a comprar un coche: experimentar. Lo único que está más o menos pautado es cómo hacer esa experimentación. Estas normas son el producto de cientos de años de trabajo de decenas de miles de personas que se han dedicado, de manera profesional o aficionada, a entender el mundo que nos rodea. Son unas normas que evitan que te equivoques, te autoengañes o tomes como resultado significativo algo que no es más que ruido de fondo o, simplemente, un efecto que nada tiene que ver con lo que estás intentando averiguar.

Nada más, y nada menos.

¿Saben lo que he descubierto? Que cuando alguien me repite la cantinela de que “la ciencia no lo puede explicar todo” está tratando de justificar su propio sistema de creencias, ya sean religiosas, ecologistas o médicas, para las que no tiene pruebas objetivas. ¿Qué es una prueba objetiva? Un experimento bien hecho, como el de montarse en un coche de segunda mano, revisar el motor y estar atento a los ruidos mientras lo pruebas. En esto no hay ningún problema: si uno quiere creer en lo de las flores de Bach, por ejemplo, que lo diga. Pero que no se enfade si alguien le señala que probado, lo que se dice probado, tururú.

Catas biodinámicas, la última chorrimemez

13 febrero 2012

Dicen que no se puede hacer nada a prueba de tontos porque son muy ingeniosos. Pues lo mismo sucede en el mundo de la pseudociencia: siempre crees que nadie puede hacer una soplapollez más grande hasta que al poco aparece una.

En este caso lo tenemos en el mundo del vino. Ya me tocaba las narices esa tradición de que sólo se puede hacer el trasiego del vino en cuarto menguante (o creciente, según lugares) cuando ahora salen con lo de las catas biodinámicas. El nombre es marketiniano puro, pero tras él solo se oculta un océano de pseudociencia astrológica y de palurdez científica.

Para entenderlo debemos retrotraernos en el tiempo. Más concretamente a 1924, cuando un grupo de agricultores alemanes desesperados por el futuro piden ayuda a un espiritista llamado Rudolf Steiner. Por entonces ya había creado su propia organización esotérica, la Sociedad Antroposófica, una escisión de la Sociedad Teosófica salida de la prolífica mente de la estrella rutilante del ocultismo Helena Petrovna Blavatsky. Si ustedes son aficionados a este mundo su nombre no les será extraño. A quien no tenga estas aficiones se la presento: es la médium que más ha influido en el desarrollo del esoterismo moderno.

Taimada y vieja ocultista, fundó la teosofía en las difíciles épocas del independentismo hindú y se convirtió en la médium mas controvertida de todos los tiempos… y la más fraudulenta de todos (Nota para entendidos: en dura pugna con Eusapia Palladino). Su legado escrito, gruesos e infumables volúmenes como La Doctrina Secreta, su gran obra, han sido y son fuente de inspiración para muchos pseudoideólogos esotéricos de diverso pelaje.

La Doctrina Secreta es, supuestamente, un extenso comentario —seis volúmenes en su edición española— al Libro de Dzyan o Las Estancias de Dzyan, escrito en un idioma oculto, el senzar, guardado en la biblioteca de una misteriosa Hermandad que reside en el Tíbet y que sólo Blavatsky conocía –se comunicaba con sus miembros a través de cartas que aparecían misteriosamente y su caligrafía se parecía sospechosamente a la de ella-. Los Maestros de esta Hermandad le permitieron leer el libro, eso sí, telepáticamente.

Según Blavatsky los Hermanos son infalibles porque son mucho más inteligentes que nosotros y con su inmensa bondad nos han cedido parte de su saber. Por ejemplo, que la humanidad procede de la Luna.
Es normal que a tal conocimiento no pueda tener acceso cualquier ser humano, pues podría utilizarlo mal. Por eso se lo revelaron a una vulgar, megalómana y fraudulenta médium rusa.

De las pocas gotas de omnisciencia que Blavatsky pudo revelar se desprende la profunda sabiduría que sobre el funcionamiento del universo tienen esos peripatéticos seres. Para los Maestros los electrones no son materia y la gravedad no existe: “¿Cómo puede la Ciencia sostener sus hipótesis contra las de los ocultistas, que sólo ven en la gravedad simpatía y antipatía, o atracción y repulsión, causadas por la polaridad física en nuestro plano terrestre, y por causas espirituales fuera de su influencia?”.

La teosofía no dejaría de ser pintoresca si no fuera por su referencia a la existencia de razas inferiores y superiores. Entre éstas, la aria está destinada a dominar el mundo y a poner fin a esta funesta época presente marcada negativamente por la presencia de cristianos y judíos. Por eso, Jesús, un miembro de la Gran Hermandad, no podía ser judío: «Jesús, -escribió- no era de pura sangre judía, y por tanto, no reconocía a Jehová». ¿Es extraño que la lectura de los libros de Blavatsky influyera en un joven austríaco llamado Adolf Hitler?

Esta mujer fue la inspiración de Steiner. Como dice el refrán, de aquellos barros tenemos estos lodos.
Las ideas de Steiner son, por decirlo finamente, coloristas cuando no completamente erróneas. Para él la humanidad existió desde el mismo origen del planeta. Ahora estamos viviendo en un periodo Post-Atlántida (según Steiner, este inexistente continente se hundió en 7227 a.C.) y hasta la época de los griegos éramos clarividentes y telépatas.

No contento con eso, trasplantó sus ideas espiritistas al crecimiento del ser humano. Así, afirmaba que desde el momento de nacer hasta cumplir 7 años todo lo que nos pasa es porque el espíritu se está acostumbrando a vivir en este mundo material, y la pubertad está causada porque nuestro cuerpo astral anda ajustándose a “vivir” dentro de un cuerpo físico.

¿Y en la agricultura? Su idea (en absoluto original) fue sembrar los campos de astrología y afirmar que unos pocos objetos del Sistema Solar (esto es, el Sol, la Luna y los planetas –salvo Plutón, que por entonces no había sido descubierto-) influyen de manera determinante en el progreso de los cultivos. ¿Por qué no influyen los satélites de los diferentes planetas o los más de diez mil asteroides que pululan por nuestro barrio cósmico? Quizá porque el conocimiento que Steiner tenía del Sistema Solar era el mismo que los babilonios.

¿Y nuestro satélite, epítome de la influencia cósmica? La Luna influye en las mareas, y como somos el 80% de agua… QED. Con semejante frase lapidaria se da por demostrado el efecto de la Luna llena. ¡Bendita ignorancia! Si exprimimos un cuerpo humano sacamos el agua suficiente para un charco y… ¿alguien ha visto mareas en un charco?

Lo mejor de todo es que, a pesar de ser una estupidez supina, diversos científicos han dedicado parte de su tiempo a ver si hay algo de verdad en todo esto. Y la conclusión es que la astrología y el supuesto efecto lunar tienen de todo menos efecto. Ningún estudio serio y científico ha descubierto la más mínima influencia de los planetas o las fases de la Luna en nacimientos, accidentes, personalidad, agricultura…

En este caldo de cultivo surge la chorrimemez de las catas biodinámicas, basadas en los calendarios lunáticos de una alemana nonagenaria llamada María Thun. Están de moda en Gran Bretaña y van llegando a nuestro país con ese regusto que tiene el mundo de lo falsamente misterioso, y con el mismo envoltorio “chic” que tenía el timo de las pulseritas equilibradoras de energía, la ecobola y demás soplapolleces sin base científica alguna. Y encima algunos la toman por “ciencia”.

En fin, si usted cree que su carácter le ha sido dictado por Júpiter derrapando por Libra no tendrá ningún problema en creerse semejante fantochada. Pero si usted no ha apagado las luces de la razón, si realmente piensa que el disfrute de un vino no depende de la posición de la Luna en el cielo ni de que sean místico-mambo-jambo-días “flor y fruto”, dudo que caiga en sus redes.

Ahora bien, si quiere forrarse vendiendo esta experiencia como el colmo de lo “in”… ésta es su oportunidad. Que analfabetos funcionales de la ciencia –y en particular de la enología- los hay a raudales.

(Original publicado en La Papila Crítica)


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