Archive for the ‘Pseudociencia’ category

El origen del imaginario continente de Lemuria

16 enero 2014

La segunda mitad del siglo XIX fue la época de creación de continentes y masas de tierra desaparecidas. Una de las razones para ello era explicar las similitudes entre las especies biológicas existentes en zonas separadas por los océanos. El zoólogo Philip Sclater, al que debemos la definición de las regiones zoogeográficas del planeta, propuso la existencia de masas de tierra sumergida en el océano Índico para explicar porqué había encontrado fósiles de lemures en Madagascar y en la India pero no en Oriente Próximo o en África.

Así nació el mito del continente Lemuria, que fue adoptado por la taimada ocultista Helena Blatvasky para instalar en él sus propios desvaríos: allí había habitado una raza de humanos de dos metros de alto y hermafroditas. En el siglo XX el escritor Devaneya Pavanar recicló Lemuria para situar la isla perdida Kumari Kandam que según la leyenda tamil es el origen a su cultura. Y en 1991 el editor-jefe del Proyecto del Diccionario Etimológico Tamil de la región Tamil Nadu en la India, R. Mathivanan, afirmó haber descifrado un antiguo texto de la cultura del valle del Indo -del III mileno a. C.- y del que extrajo, no sólo que la civilización Kumari Kandam floreció en el 50.000 a. C., sino que hubo una avanzada civilización tamil hacia el 20.000 a. C. en la isla de Pascua. La pseudoarqueología al servicio de la ideología nacionalista.

(publicado en Muy Interesante)

¿Los remedios de la abuela?

24 octubre 2013

Lo “natural” está de moda. Los remedios de la abuela, sobretodo de la mano de Txumari Alfaro, también. Y eso no estaría mal, si no fuera porque ni sabemos si son realmente remedios de la abuela o si esos remedios funcionan. Un ejemplo: uno de los que usaban en mi pueblo cuando una vaca se ponía mala era recoger unas plantas del regato, ponerlas en un saquito y colgarlo en el casillo adyacente al que se encontraba la susodicha. Claro que en mi pueblo no son tontos y también llamaban al veterinario. Eso sí, al final la vaca se curaba por los efluvios del saquito.

Exactamente el mismo razonamiento que escuché en un programa de televisión de boca de una madre cuya hija sufría terribles ataques epilépticos y los medicamentos que tomaba no parecían surtir efecto. Desesperada fue a un curandero y a las pocas semanas dejó de padecerlos. ¿Dejó la medicación? No. Siguió tomándola mientras iba al curandero, pero fue él quien la curó. Esta historia la suelo plantear como test cuando me invitan a dar una charla sobre ciencia y pseudociencia. Cuando muy poca gente de la audiencia se da cuenta del error en el razonamiento de esa madre comprendo la importancia de la divulgación científica.

Todo esto viene a cuento porque los famosos remedios de hierbas en muchas ocasiones tienen muy poco de remedios… y de hierbas. Por ejemplo, en 1998 investigadores californianos descubrieron que un tercio de 260 compuestos herbales que se vendían en las tiendas contenían drogas no mencionadas en la etiqueta y, algunos, elementos tan poco beneficiosos como plomo, arsénico o mercurio. O el adelgazante prohibido Bio Menat, “jarabe de extractos vegetales” que además contiene estimulantes, ansiolíticos, anestésicos locales y productos con efecto dopante, como la efedrina.

En Estados Unidos son comunes las denuncias contra compuestos que contienen Ma Huang o efedra y sus derivados, que producen desde temblores, insomnio, dolor de pecho hasta adicción, ataques cardíacos y la muerte. Esto tiene mucho que ver con ese mito que dice que las plantas son buenas y no tienen efectos secundarios. ¿Alguien puede decirme de dónde salen las drogas?

Pero la coña marinera está en que llamen producto natural a… ¡unas píldoras! Porque en la parafarmacia no compras una hierba, sino una píldora que contiene un extracto de una hierba. ¿Sabrán los defensores de lo “natural” la cantidad de “química” que hay detrás de la preparación de un pildorita de esas?

Comerciantes de esperanza: de los curanderos al Reiki

12 septiembre 2013

Del 31 de octubre al 2 de noviembre de 2011 se celebró en la ciudad de Trujillo, en el norte de Perú, el I Encuentro Internacional de Curanderismo “Ciencia Ancestral de la Salud”. Fue un encuentro peculiar pues en él participaron tanto curanderos de diferentes países, principalmente peruanos, como historiadores y antropólogos. Según el presidente del comité organizador, el arqueólogo Régulo Franco, “de esta manera intentamos rescatar los saberes de la medicina tradicional de los Moche y de todas las culturas del mundo andino prehispánico”.

Sin embargo esta voluntad de salvaguarda de la tradición médica indígena como parte de la cultura quedó relegada a un segundo plano. Por todo el encuentro planeó una visión mítica e idealizada de las épocas pasadas, y en particular la precolombina, que la mayoría de los participantes consideraba “más pura e integrada en la Naturaleza”. “La medicina y la ciencia de hoy deriva justamente de esos conocimientos muy antiguos”, afirmaba un participante. “La llamada medicina tradicional no es otra cosa más que la sabiduría ancestral obtenida de coexistir en equilibrio con la propia naturaleza”.

Esta postura se engarza en una de las corrientes más difundidas del esoterismo que empezó a finales del siglo XIX. Afirma que las civilizaciones antiguas poseían unos conocimientos más profundos y avanzados que los nuestros. De ahí se sigue que su medicina es superior a la científica. Sin embargo, no es así. En realidad, el verdadero motivo de existencia del curandero o chamán no es ser el médico del pueblo, sino el de intermediario con el mundo de los espíritus. Su rasgo más característico es “la práctica de la oración y la fuerte fe en Dios, y creen que los malos espíritus quieren apoderarse de las personas si tienen la sangre débil, y por eso hay que vencerlos”, dice la periodista Jaquelin Dunaiewsky.

Lo que subyace a esa sabiduría ancestral es la manera en que el curandero ejerce un control efectivo sobre el mundo sobrenatural, en una lucha continua contra los espíritus malignos que se apoderan del alma del enfermo. De este modo el curandero gana la confianza –y en ocasiones el respeto temeroso- de su gente: creen que tiene un don divino para curar. Dios puso en la tierra hierbas medicinales y después escogió a ciertas personas “para canalizar Su gracia curativa”. ¿Cómo se ponen en contacto con ese mundo sobrenatural? A través de plantas alucinógenas como la ayahusca, el peyote o la wachuma. Esta última, también conocida como cactus de San Pedro, “nos lleva a conectarnos directamente con lo Divino y después nos cura y nos abre la conciencia para el autoaprendizaje”, dice Agustín Guzmán de la ONG peruana Comunidad Tawantinsuyu. Los rituales están perfectamente definidos y son un sincretismo entre la tradición precolombina y la cristiana pues, a pesar referirse continuamente a esa “sabiduría ancestral”, no ha sobrevivido ningún ritual anterior a la conquista española.

El curanderismo que existe en Occidente poco tiene que ver con estas prácticas antiquísimas de las que ha bebido. Para quienes lo practican en Europa y Norteamérica la prueba definitiva de su eficacia es su antigüedad. Sin embargo, no puede venderse a la sociedad cargada de su cosmovisión. Para que estas prácticas sean digeribles por nosotros se las saca de contexto, quitándole todo aquello que suene a mitología no-occidental y les dan una pátina de pseudofilosofía Nueva Era, el entorno natural del curanderismo occidental.

El curandero netamente occidental no suele beber con profusión de estas “fuentes ancestrales” sino que le basta con aludir a Dios o a extrañas fuerzas cósmicas para justificar el origen de su capacidad para curar. Aunque también los hay que, simplemente, afirman no saber de dónde les vienen sus poderes. Así se publicita, por ejemplo, un curandero argentino: “Lo único que necesito para sanar es tener a la persona frente a mí; de no ser posible necesito el nombre, la fecha de nacimiento y una foto para saber lo que tiene, lo que le está pasando y darle lo que está necesitando de la naturaleza para su sanación y bienestar”. Y sin ningún tipo de pudor llega a afirmar que “mis dones los he dirigido hacia la salud de las personas y los preparados que he logrado realizar equivalen a más de 100 quimioterapias juntas”.

Aquellos de sus defensores que quieren mantener cierto tipo de credibilidad científica no pueden aceptar públicamente que ese don venga de Dios o de un extraterrestre. Así que para justificar a los curanderos algunos defienden que su “poder” de sanación le viene dado porque actúan sobre las carencias emocionales de los pacientes. El psicólogo Francisco Gavilán asevera que “el curandero es el catalizador de esas necesidades. A partir de ahí se empiezan a ver los resultados. Se inicia un proceso de aceleración de curación, o que promueve la curación”. Una afirmación gratuita que adolece de lo mismo que aquello que trata de defender: demostración empírica.

Sin embargo, desde mediados del siglo XX el clásico curandero ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son las sanaciones energéticas.

Entre las más populares se encuentra la que inventó en 1922 el japonés Mikao Usui: el Reiki. Usui tuvo su particular revelación meditando en el mote Kurama, en Kioto: allí adquirió la capacidad de canalizar esa energía vital que llena el universo. Sin embargo, su idea del Reiki no era la de un método de sanación sino una forma de enfocar la propia existencia de manera que condujera a la iluminación. En esencia era un estilo de vida centrado en una particular interpretación del budismo y el sintoísmo, uno de los muchos caminos que surgen a la sombra de las religiones tradicionales. Como sucede en el caso andino o amazónico, los sistemas de creencias están fuertemente anclados en las características culturales de los pueblos y son difícilmente exportables a otros con culturas diferentes. Su exportación a otras culturas como la occidental, exige despojarlos de su identidad más profunda y quedarse con los rituales y los actos instrumentales, para dotarles posteriormente de un sentido que en absoluto tiene relación con el original. En este caso fue la japonesa-norteamericana, afincada en Hawaii, Hawayo Hiromi Takata quien modificó este sistema filosófico para hacerlo aceptable a los ojos occidentales, centrándose menos en alcanzar el satori (la iluminación en el budismo zen) y más en lo que realmente le iba a reportar beneficios: el tratamiento de enfermedades.

Así, en la década de los 1970 cobraba la envidiable suma de 10.000 $ a quien quería obtener el grado de maestría en Reiki. Takata organizó y sistematizó al modo occidental (con niveles y grados de experiencia) el más intuitivo Reiki original. Desde entonces se han ido introduciendo variantes y añadidos que lo han convertido en una patética sombra de lo que fue.

Ahora el Reiki occidental es una variante exótica de la clásica imposición de manos donde el maestro canaliza esa inexistente energía universal y restablece su flujo en el cuerpo del paciente. Para el practicante del Reiki, como para los curanderos andinos, amazónicos o africanos, las enfermedades no obedecen al ataque de virus, bacterias u otros organismos infecciosos, ni por supuesto a problemas genéticos heredados. Como impone su cosmovisión cultural, se trata de “desavenencias” entre el mundo sobrenatural –ya sea en forma de espíritus o energías universales- y los seres humanos.

A pesar de todo, se ha intentado ver si realmente es eficaz. En 2008 se realizó una revisión sistemática de todos los ensayos clínicos aleatorios (los únicos que tienen validez a la hora de determinar la validez de una terapia) a los que ha sido sometido el Reiki. Publicada en la revista International Journal of Clinical Practice, la conclusión fue que no existe ningún fundamento para afirmar que sea una terapia válida para ninguna condición médica. Al año siguiente, la revista The Journal of Alternative and Complementary Medicine se decía que de los pocos estudios serios realizados sobre el Reiki no se desprende que sea una práctica efectiva en el tratamiento de enfermedades. A pesar de todo, sus defensores, como Larry Arnold y Sandra Nevins en su libro The Reiki Handbook, siguen afirmando que es útil para daños cerebrales, cáncer, diabetes y enfermedades venéreas.

(Publicado en Muy Interesante)

La religión de los ovnis

30 mayo 2013

Creía que los ovnis estaba ya fuera de las parrillas de televisión…
Ayer miércoles volvieron a la pequeña pantalla en el nuevo talk show de mi vieja conocida Ana García Lozano. Y me llamaron.
La verdad es que me picó la curiosidad por ver qué había cambiado tras todos estos años de sequía ovni en los medios de comunicación -salvo en los programas dedicados a la subcultura de lo pseudomisterioso-. Intuía que iba a ser más de lo mismo, pero nunca imaginé que fuera tan más de lo mismo.

Manises, Grifol, contactados varios y un catedrático de química que en sus tiempos mozos, cuando era músico itinerante, de esos que tocan en las fiestas de los pueblos, le asustó una luz sobre un puente de la carretera.

Como experto habián llamado a un joven ufólogo (supongo que a estas alturas es de la quinta generación) que repetía lo mismo que ya había escuchado hace casi dos décadas a la “cuarta generación” encabezada por los entonces jóvenes Sierra, Guijarro, Cardeñosa…: vivimos realmente una gran oleada con multitud de pruebas y filmaciones, hay casos sorprendentes como el de Campeche de 2003 (ya explicado, a lo que añadió florituras, no sé si de su cosecha o de segundas fuentes, como que los “objetos” rodearon al avión que los filmó), que hay una gran conspiración oficial de silencio… Y, por supuesto, que su trabajo es serio y científico, que para eso estudió ingeniería técnica.

Pero lo que me acabó de confirmar es lo que antropólogos y sociólogos de las religiones llevan diciendo desde hace años: el movimiento ovni -que no fenómeno- es una nueva religión.
Escuchar a los contactados y a algunos de los que habían visto un ovni me hizo darme cuenta de la profunda religiosidad que produce la visión de algo que les es extraño. Una mujer dijo que ver cómo un platillo volante se perdía tras una colina fue una experiencia feliz, casi mística; Grifol repitió lo que lleva diciendo desde hace tres décadas: seres que le hablan en sueños y le susurran mensajes; peregrinaciones a Montserrat en fechas señaladas; que los extraterrestres son ángeles que velan por nosotros y les preocupa nuestro bienestar espiritual… Otra, Virgina Dangma, había seguido la trayectoria de su madre, que practicaba la escritura automática -una técnica inventada por los médiums del XIX para hablar con los espíritus-. Pero esta vez, en lugar de difuntos, madre e hija hablan con extraterrestres. Finalmente, dos hombres -uno de ellos catedrático de ingeniería química en la Universidad de Extremadura- que en sus tiempos mozos vieron una potente luz muy cerca de ellos, casi como en la película de Encuentros en la Tercera Fase.

Resulta curioso cómo la cultura modifica lo que observamos: a pesar de que lo que veía era una luz, el catedrático no dejó de hablar de “un objeto”, aun cuando él mismo reconoció que no fue capaz de percibir estructura alguna en algo que, además, cambiaba de forma. Si hubiera vivido en el siglo XVIII seguramente habría hablado de brujería o de Satanás -o quizá de algún santo- pero en nuestra época espacial las luces se convierten en objetos sólidos tripulados.

¿Qué es lo que vio? Nunca lo sabremos pues el fenómeno real está enmascarado por el recuerdo de lo que vio. De igual manera que cada nosotros recordamos lo sucedido la pasada Nochebuena de forma diferente a nuestros familiares, la cultura personal contamina el recuerdo de cualquier experiencia, y una luz pasa a convertirse en un objeto. ¿Qué quiere decir esto? Que al ser un objeto, una nave espacial extraterrestre, en nuestro recuerdo se comporta como tal y ya le asociamos intencionalidad, movimientos inteligentes… a todo lo que observamos. Es lo que sucede con los pilotos: para ellos todo lo que ven en el cielo es un aparato pilotado (dejando a un lado las aves) y así lo ven comportarse. De ahí que hayan confundido los trozos que caen tras la reentrada de un satélite cono un grupo de objetos volando en formación. Y aún más: el famoso caso de Ricky Martin y la mermelada nos demuestra que no es necesario realmente ver nada para crear un recuerdo de haber visto algo.

A este panorama añadamos la intensa religiosidad que aflora entre los devotos de los ovnis. Porque eso es lo que son: tienen experiencias transformadoras, necesitan contar la buenanueva al mundo -les crean o no- (una de las entrevistadas “daba fe” de su experiencia), les hablan por medios no convencionales (¿No son esas comunicaciones telepáticas lo mismo que aquellos que, como Teresa de Ávila, charlaban con Dios y la Virgen?)… El comportamiento de los ovnis es similar al de los “avistamientos” de santos medievales, a las apariciones religiosas de todo signo, y sus supuestas comunicaciones se restringen a recomendaciones éticas y mensajes de paz y amor. ¿A qué les suena? Incluso los extraterrestres les hacen promesa de un cambio y de la ascensión a un nivel superior de existencia (¿no es similar a lo que hacen las religiones clásicas de prometer una vida mejor en el más allá?).

Este no es el comportamiento que uno espera de una civilización tecnológica que viaja por el espacio al encuentro de otros signos de vida inteligente. Compárese cómo se han comportado las diferentes civilizaciones terrestres cuando han encontrado a otros pueblos a lo largo de la historia para notar la diferencia: James Cook, en sus encuentros con los isleños del Pacífico, no hablaba con ellos por telepatía.

Un detalle que resultará revelador de esta religión en proceso de formación: los extraterrestres no llegan; se manifiestan, aparecen. Su existencia no es material, no se comportan como lo hace la materia; son de naturaleza etérea, evanescente, surgen de la nada. A veces dejan señales, signos, como prueba de lo que son, del mismo modo que los Evangelios narran los milagros de Jesús: no son demostraciones de su poder para convencer a los incrédulos sino signos destinados a los creyentes para reafirmar su fe. Los supuestos rastros de aterrizajes, las borrosas filmaciones y fotografías… desempeñan el mismo papel. No existe ni una prueba física directa e irrebatible, como pudiera ser el tornillo de una nave. Pero es que los creyentes no la necesitan.

Sin embargo, al ser una religión nacida en el seno de una civilización tecnológica algunos de sus fieles buscan una reafirmación científica de su fe; necesitan demostrarla. De ahí la legión de ufólogos aficionados que destinan gran parte de su tiempo y de su dinero a investigar cada uno de los casos, a entrevistar a testigos, a buscar rastros de su existencia. Así llevan desde los años 50 pero las pruebas incontrovertibles siguen evitándoles. La situación es la misma que el caso del espiritismo a principios del siglo XX. Henry Sidgwick, primer presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dijo tras dos décadas dedicadas a la investigación: «Si alguien me hubiera dicho que después de veinte años de investigación iba a estar en el mismo estado de duda que cuando comencé, me habría parecido una profecía increíble. Parece imposible que tal cantidad de evidencias traigan tan poco peso en la decisión». De igual forma expresó su frustración el psicólogo William James en su último artículo sobre la investigación psíquica (1909), «he gastado mis buenas horas presenciando los fenómenos. Todavía no he llegado teóricamente más ‘lejos’ de donde estaba al principio» y el filósofo Anthony Flew (1978), tras 25 años interesándose por la parapsicología: «Es deprimente tener que decir que la situación hace un cuarto de siglo era muy parecida a la de ahora».

No existe el fenómeno ovni como tal, sino que en ese saco se meten todas aquellas experiencias que, a nuestro juicio (y esto es importante remarcarlo), tienen toda la pinta de ser naves extraterrestres. Una pinta que fue dibujada por la ciencia ficción y luego pulida, modificada y ampliada por quienes viven en el mito. ¿Por qué sucedió así? Creo que es imposible de saber. Es lo que tienen todas las religiones. Podemos saber cuándo apareció el cristianismo, pero no podemos decir con certeza porqué la prédica de uno de los diversos judíos escatológicos que recorrían la Palestina del siglo I se convirtió en una gran religión. Podremos conocer cada paso hasta convertirse en lo que es hoy, pero jamás podremos responder a la gran pregunta: ¿Por qué fue así y no de otro modo?

¿Está escrito en las estrellas? (II)

20 mayo 2013


Elementos de un horóscopo

Es ilógico que tal planeta, al ver a otro se alegre. Mientras que tal otro, al ver al primero, le sucede lo contrario. Porque, ¿qué hostilidad cabe entre ellos o sobre qué?
Plotino

Los griegos, como matemáticos que eran, sistematizaron y geometrizaron la astrología. Dividieron el círculo zodiacal en doce partes iguales reemplazando los irregulares signos babilonios. ¿Por qué doce? Sin duda fue por razones estéticas: el once es un número primo y no divide exactamente los 360º de una circunferencia.

Como enamorados de la geometría, la introdujeron en la astrología. Unieron los distintos signos con triángulos y cuadrados. Los cuatro triángulos que así se obtienen los identificaron con los cuatro elementos clásicos o humores: tierra, aire, agua y fuego. Los tres cuadrados dan origen a la clasificación ternaria o cualidades, que divide a los signos en cardinales, fijos y mutables. Finalmente introdujeron las polaridades (negativa y positiva, o femenino y masculino) de manera alternada en todo el espectro zodiacal. Las relaciones entre las posiciones angulares de los planetas (aspectos y su influencia reside en el concepto místico-geométrico de ángulos armónicos (60º, 120º), disarmónicos (90º, 180º) o neutros (0º).

Aún se introdujo una complicación más. Se subdividió la superficie terrestre en doce husos horarios (casas terrenales) que proyectados sobre la esfera celeste dieron origen a doce sectores de 30 grados llamados casas celestes. Tenemos pues a los signos recorriendo las casas, inmóviles en el cielo astrológico, y cada signo tiene una influencia determinada dependiendo de la casa en que se encuentre. A los arcos que dividen las casas se les llama cúspides. La cúspide de la primera casa, que coincide con el horizonte Este se denomina ascendente. La cúspide en el horizonte Oeste se llama descendente. Ambas son de una importancia crucial a la hora de realizar un horóscopo. A todo esto deberíamos añadir que los planetas tienen influencias especiales según los signos con los que tienen una relación particular: éstas son las dignidades. Tendremos entonces el domicilio, el exilio o detrimento, la exaltación y la caída. Con todo esto se construye una carta natal o estudio astrológico.

Ptolomeo, el gran astrónomo alejandrino del siglo 2 d.C. recogió todas estas reglas y las escribió en el libro que es base de toda la astrología moderna: el Tetrabiblos. Nada sustancial ha cambiado casi dos milenios. Dicen muchos de sus defensores actuales que la astrología es una ciencia: ¿Qué ciencia no ha cambiado lo más mínimo en 2 milenios?

¿Está escrito en las estrellas? (I)

17 abril 2013

En el otoño de 1993 publiqué un artículo sobre la astrología en el número 30 de la revista LAR (La Alternativa Racional), editada por la entonces llamada Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP). No ha perdido nada de actualidad a pesar de haberlo escrito hace 20 años, así que he decidido recuperarlo para este blog con correcciones menores.

Este artículo contiene mi crítica fundamental a esta superstición: nada más puedo añadir.

“El hombre dejará de cometer barbaridades, cuando deje de creer en absurdidades”
Voltaire (1694-1778)

Para aquellos que nos dedicamos a la astronomía, es bastante frecuente que nos pregunten acerca de la influencia de los cometas en el destino de los países, o si sabemos hacer cartas astrales, o si durante la carrera nos enseñan a hacer horóscopos. Muy pocos conocen la diferencia entre astronomía y astrología

Así, el presidente francés François Mitterrand alabó los descubrimientos de la astrología en un congreso de astrónomos celebrado en Francia hace algunos años. Esta confusión entre ciencia y pseudociencia se ha venido extendiendo debido al auge que ha experimentado todo lo relacionado con el ocultismo, la parapsicología y los extraterrestres en los últimos años. La diferencia entre ambas es notable. Según la definen los propios astrólogos, “La astrología es la ciencia que estudia la acción de los cuerpos celestes sobre los objetos animados e inanimados y la reacción de éstos ante esas influencias. Estudia también los ángulos entre planetas y sus efectos visibles sobre la humanidad.” (M D. March y J. McEvers, Aprenda Astrología (tomo 1), 1989)

La astronomía no tiene tales pretensiones. Se ‘conforma’ con describir el Universo, intentar determinar su origen y su final y el de los objetos que en él existen: planetas, estrellas, galaxias… Difícilmente se podría encontrar a un astrónomo profesional o aficionado que crea que las posiciones relativas de los planetas determinan el carácter y el destino de las personas (astrología natal), o que influyan sobre la economía (astroeconomía) o la política de un país (astrología mundial). Por algo muy sencillo. El mayor logro de la ciencia, y en particular de la astronomía, es el haber descubierto que todo el universo se rige por las mismas leyes y está hecho con los mismos elementos químicos que los encontrados en la Tierra. La caída de una hoja, el movimiento de los planetas y el de las galaxias están recogidos por una única ley. El hidrógeno del Sol, la limonita de Marte o el anhídrido carbónico de Venus son idénticos a los encontrados aquí. Así que, ¿por qué el amoniaco de Júpiter puede influir en nuestro carácter y el que tenemos guardado en el armario de la cocina no?

La astrología se basa en opiniones y en creencias más que en evidencias. Es consecuencia del pensamiento mitológico de las primeras culturas. Es consecuencia de una forma de ver el mundo, de una cosmología completamente diferente a la real. Resulta edificante repasar la historia de la astronomía, pues en ella encontraremos las razones por las cuales la astrología es indefendible.

El origen de la astrología

“Ahora que hemos tratado de la ciencia de los números, de la constitución de los cielos, pasamos a la astrología; y es una ciencia a los ojos de la mayoría de las personas, por más que nuestra opinión nos sitúe dentro de la minoría”
Al Biruni, astrónomo persa (973-1048)

Desde el comienzo de la civilización los hombres han mirado hacia el cielo. Descubrieron la existencia de determinados ciclos celestes que se superponían a otros ya conocidos como las estaciones, el día y la noche, la siembra y la cosecha, los movimientos migratorios de los animales… Por tanto, usaron esos ciclos celestes como vehículo para predecir, entre otras cosas, las épocas en las cuales debían cazar y recolectar. La existencia de muescas en huesos de animales del Paleolítico Superior revelan que los antiguos pobladores llevaban un registro de observaciones lunares que usaban para preparar la caza (ver Marshack, Lunar notations on Upper Paleolithic Remains, Science, 6 de noviembre de 1964). Idéntico uso de las fases lunares se han encontrado en China, India, Egipto, Babilonia, América Central… Junto con otros, este hecho invalida el conocido argumento, repetido hasta el aburrimiento, de que la astronomía es hija de la astrología. El prestigioso historiador de la ciencia O. Neugebauer (The Exact Sciences in Antiquity, 1957) afirma: “Normalmente se dice que la astronomía se originó de la astrología. No he encontrado ninguna evidencia para esta teoría”.

El origen de la astrología occidental debemos buscarlo en Mesopotamia, en la Babilonia y Asiria de hace 4000 años. Era ésta una civilización floreciente, y como todo pueblo que ha desarrollado un grado cultural suficiente, creó una mitología para explicar el mundo intentando dar respuesta a las eternas preguntas ¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Inventaron dioses como Marduk para explicar tanto la caída de una hoja como el movimiento del Sol y las estrellas alrededor de la Tierra, centro del Universo. Residían en el único lugar para ellos inalcanzable: el cielo. Así que trasladaron toda su religión a la bóveda celeste. En ella encontraron ciertos cuerpos, los planetas (del griego ‘errantes’), que se movían por el firmamento. Identificaron al Sol, la Luna, Mercurio, Venus. Marte, Júpiter y Saturno con sus dioses y les atribuyeron características en función de su aspecto. Es el conocido razonamiento por analogía clásico del pensamiento mágico y mitológico. Marte (Nergal), de color rojo brillante, era el dios de la guerra; Venus (Ishtar), luminaria del atardecer y del amanecer, era la diosa de la fertilidad; Júpiter (Marduk), de color blanco, era el padre de los dioses. Que los planetas influyeran en los acontecimientos terrestres era algo evidente pues ¿no estaba acaso la Tierra en el centro del Universo? ¿No influye el Sol en todos nosotros, marcando cuándo debemos levantarnos, cuándo debemos sembrar?

Los registros más antiguos que se conservan sobre los conocimientos matemáticos y astronómicos de los babilonios corresponden al reinado de la dinastía Hammurabi (del 1800 al 1600 a.E.). Los sacerdotes caldeos, depositarios de estos saberes, observaban cuidadosamente el cielo anotando las posiciones relativas de los planetas y la Luna, necesarias para el establecimiento del calendario lunisolar, base de su cultura. Después de siglos de paciente observación, registrando minuciosamente todos los sucesos acaecidos en el reino, las posiciones de los planetas y la Luna, y de todos los fenómenos meteorológicos destacados (como puede ser la presencia de un halo alrededor del Sol) comenzaron a dar las primeras predicciones. Curiosamente, no estaban referidas al carácter o el comportamiento de las personas, sino que los primitivos informes se referían a predicciones sobre el tiempo meteorológico, inundaciones, cosechas y el futuro del reino:

“Si el Sol poniente parece el doble de grande que de costumbre y tres de sus rayos son azulados, el rey del país está perdido”

“Si la Luna es visible el décimo día, hay buenas noticias para la tierra de Akkad, malas noticias para Siria” (predicciones de Sargón el Viejo hacia el 2400 a.E.).

Para los sacerdotes babilonios el arte de la predicción era una parte fundamental de su quehacer diario. Usaban todos los métodos imaginables para ello: la interpretación de los sueños, el análisis de las vísceras de los animales sacrificados, el vuelo de las aves, los nacimientos anormales… Sin embargo, los sucesos realmente importantes sólo podían predecirse mirando al cielo. Únicamente el destino de los países y sus gobernantes podía ser obtenido interpretando los fenómenos astronómicos y meteorológicos (los caldeos no hacían distinción alguna entre ellos).

Esta primitiva astrología no daba importancia a las constelaciones en que se encontraban los planetas, sino únicamente al brillo y posiciones relativas de éstos, a los eclipses de Luna y de Sol, a la aparición de estrellas fugaces… Fue hacia el 700 a.E. cuando nació la idea del Zodiaco. Como alguien dijo una vez, ‘si los planetas son las agujas del reloj, el Zodiaco proporciona los doce números de la esfera’. La primera tablilla de una serie llamada Mul Apin menciona ‘las constelaciones del camino de la Luna’ que, traducidos a nuestros propios grupos de estrellas, son: Pléyades, Tauro, Orión, Perseo, Cochero, Géminis, Cáncer, Leo, Spica, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis, Pegaso, Piscis más la parte media de Andrómeda y Aries. 18 signos en total. Los doce signos aparecieron hacia el 400 a.E., después de un periodo donde su número había sido reducido a once. La constelación faltante era Libra, que se construyó a expensas de las pinzas del vecino Escorpión.

Por qué a un conjunto de estrellas se la llamó Capricornio o Sagitario tiene su origen en diversos motivos: la muy vaga apariencia con algún animal (Tauro o Leo), las características climáticas de la región cuando el Sol se encontraba en esa constelación (Acuario, cuyo significado es el portador del agua porque Enero era el mes más húmedo en Mesopotamia) o algún otro tipo de razonamiento lógico.

Es evidente que los sacerdotes caldeos encontrasen ‘correlaciones’ entre los eclipses lunares (objetivo prioritario de sus observaciones) y otros sucesos astronómicos con momentos relevantes de su historia. Igualmente las podrían haber hallado con el ciclo reproductor del escarabajo pelotero o con el de la metamorfosis de la rana. Hoy sabemos que esas relaciones aparentes son absolutamente casuales y conllevan un alto grado de componente psicológico (eliminar los errores y ensalzar los aciertos). Sin embargo, para ellos era una clara consecuencia de su propia cultura. Los dioses vivían en el cielo y, conocedores del futuro de los hombres enviaban a sus representantes (los sacerdotes) señales sobre los próximos acontecimientos que debían interpretar. Esta filosofía se encontraba sumergida en la idea de un tiempo cíclico, donde la historia siempre se repite. El pastel resultante es obvio: la predicción del futuro mirando las estrellas.

A partir del año 300 a.E. empiezan a aparecer algún tipo de predicciones particulares. El deseo que cada persona tiene de conocer su futuro hace que el negocio se amplíe. Todavía los horóscopos babilónicos no son como los que conocemos actualmente ni como los que conocían los griegos y romanos. La colección de predicciones astrológicas babilónicas traducidas por A. Sachs (Babylonian Horoscopes, Journal of Cuneiform Studies, 2, 49, 1952) no mencionan ni el signo ni las posiciones planetarias secundarias de tanta importancia en el horóscopo grecorromano, aunque su estructura sigue siendo la misma (incluidas las clásicas afirmaciones banales y generales):

“Júpiter en 18º Sagitario. El lugar de Júpiter significa: su vida será regular, buena; será rico, llegará a viejo”.

“Venus en 4º Tauro. El lugar de Venus significa: dondequiera que esté todo le irá bien; tendrá hijos e hijos.” (Horóscopo de un nacido el 3 de Junio del 234 a.E.)

Con las conquistas de Alejandro Magno toda esta tradición astrológica pasa al mundo griego. El camino había sido preparado por las ideas de Platón y Pitágoras. Ambos habían unido matemáticas y misticismo, habían hecho una religión de las matemáticas. Enseñaban la unicidad entre el cielo y la tierra, la perfección de los cuerpos celestes, con los planetas moviéndose en esferas de cristal perfectamente transparentes (‘la música de las esferas’). Con semejante bagaje filosófico no es difícil entender la rápida aceptación de la astrología: era la prueba palpable de esa unión mística con el universo.

La astrología llegó a Grecia por dos caminos: Babilonia y Egipto. Desde Babilonia gracias al sacerdote Beroso que la enseñaba en la isla griega de Cos hacia el año 280 a.E. Allí escribió su monumental Babyloniaca, obra en tres volúmenes donde expone sus conocimientos y la información traída de su país. Beroso, muy interesado en los trabajos del médico griego Hipocrates, se cree que fue el fundador de la medicina astrológica, práctica perniciosa que relaciona cada parte del cuerpo con un signo astrológico. En pocas palabras, la culpa de las enfermedades la tienen los planetas.

La astrología egipcia tiene su base en los llamados decanos, periodos de 10 días, cada uno de los cuales se hallaba bajo la protección de un dios representado por una estrella o grupo de estrellas. En total había 36 decanos y se usaban esencialmente para seguir el ciclo de Sirio (Sothis), cuyo levantamiento helíaco daba comienzo al año egipcio. El levantamiento helíaco del resto daba comienzo a distintas partes del año, las décadas. Como es natural, lo que comenzó siendo una forma de medir el tiempo se tornó en un sistema predictivo relacionado, además, con otros campos como la alquimia, las piedras y plantas mágicas… Esta escuela culminó en un libro escrito por dos personajes llamados Petosiris y Nequepso (probablemente legendarios) sobre el año 160 a.E. Sin embargo, los griegos las adoptaron a sus propias creencias.

Definitivamente es entonces cuando la influencia de los astros se extiende a todos los seres humanos sin excepción (¿quizá porque no había reyes en Grecia y veían peligrar el negocio?); las acciones atribuidas a los planetas se hacen más humanas, pues los mismos dioses griegos tenían atributos humanos: cobraron importancia las constelaciones del Zodiaco pues no era lógico que la esfera de las estrellas fijas no sirviera para nada cuando el resto tenían un significado preciso.

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte II)

21 enero 2013
Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

La búsqueda de una confirmación experimental de que podemos contactar con los muertos tuvo su particular revolución en el verano de 1959, cuando un pintor de origen ucraniano y aficionado a la ornitología, Friedrich Jürgenson, descubrió, tras grabar el canto del mirlo y del pinzón, que en los espacios en blanco podían escucharse lo que parecían voces humanas. Era muy extraño pues no había nadie por los alrededores. El fenómeno siguió sucediendo, a veces incluso superpuesto a los cantos de las aves. Una vez la voz de una mujer le llamó por su nombre, era su propia madre difunta que le decía: “Friedrich, estás siendo observado. Friedel, mi pequeño Friedel, ¿puedes oírme?”. Acababa de grabar sus primeras psicofonías.

Así lo cuentan los defensores de lo paranormal. Sin embargo, una cosa es la leyenda y otra la realidad. Contado de esta forma parece un descubrimiento totalmente casual. Pero la historia no es tan inocente como la presentan. El propio Jürgenson reveló que en el invierno de 1958 ya había hecho algunos experimentos “preliminares” tras un “intenso deseo de establecer un contacto electrónico con algo o alguien desconocido”.

Además de estas grabaciones, Jürgenson desarrolló un nuevo método de comunicación usando la radio: movía lentamente el dial hasta encontrar la frecuencia en la que ‘transmitían’ los espíritus. Pero tenía truco, pues no lo hacía intuitivamente sino que contaba con la ayuda de su “guía” espiritual, una tal Lena que, cuando el dial pasaba por el lugar adecuado, le susurraba desde el más allá “ahora”.

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Pero había un problema: las supuestas grabaciones de voces del más allá no eran claras y diáfanas, sino todo lo contrario. Los “mensajes” eran casi inaudibles, como un sonido muy poco por encima del nivel del ruido, de manera que había que escucharlos varias veces para intentar averiguar qué era lo que decían. Por eso no resulta sorprendente descubrir que a los espiritistas las psicofonías no les convencían. Tanto que en la revista espiritista Light decían que si esas voces venía de espíritus descarnados entonces debían ser “de un bajo nivel” pues “muchas de esas grabaciones son frases cortas, triviales, inconsecuentes o sin sentido”. Incluso señalaban que no había que descartar que se las supuestas frases no fueran otra cosa que simple ruido.

El mazazo final a las grabaciones de Jürgenson y las que haría poco después el gran divulgador de las psicofonías, el alemán Konstantin Raudive, se lo dio en 1972 D. J. Ellis. Gracias a la Perrot-Warrick Studentship, administrada por el Trinity College de la Universidad de Cambridge, pudo estudiar las grabaciones en bruto de las mejores psicofonías disponibles. Tras dos años de trabajo y análisis su conclusión fue que “no hay razón para postular otra cosa que no sean causas naturales: fragmentos de emisiones de radio, ruidos mecánicos y comentarios de personas pasados por alto. Todo ello unido a una imaginación desbordada y el deseo de escuchar lo que uno quiere escuchar”.

Jürgenson buscando voces de muertos

Jürgenson buscando voces de muertos

Lo que Ellis encontró es que las supuestas voces de espíritus no era más que un ejemplo de lo que se conoce como pareidolia. Todos nosotros la hemos experimentado al ver formas de animales en las nubes o gente vigilándonos en las sombras de la noche. También hay ejemplos más llamativos, como aquellos que vende un bocadillo mordisqueado por internet porque allí aparece la cara de Jesús, o quienes encuentran a la Virgen en un jamón de Teruel.

MUY INTERESANTE ha querido comprobar hasta qué punto la pareidolia puede dar cuenta de lo que se escucha en las psicofonías. Para ello usamos grabaciones de dos psicofonías reconocidas como tales por los defensores de lo paranormal. Es importante señalar que no se trataba de las grabaciones en bruto, sino de las que ya habían sido manipuladas para “resaltar” las voces grabadas. El experimento consistía en dárselas a escuchar a tres parejas de personas. A la primera se la aleccionó previamente diciendo que las psicofonías eran, en general, ruidos que se confunden con voces. A la segunda se le dijo que eran verdaderas voces de espíritus y a la tercera, simplemente, que debían intentar indentificar lo que se escuchaba en las psicofonías.

Terminado el experimento descubrimos que la pareidolia explica perfectamente el fenómeno. Ninguna pareja coincidió con las otras en el contenido de las supuestas voces. Esto demuestra que las grabaciones, incluso habiendo sido manipuladas informáticamente para resaltar las “voces”, eran absolutamente initeligibles: es la misma situación que ver animales en las formas de las nubes. La inteligencia que crea esas voces no está en la grabación, sino en quien la escucha.

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Pero lo más interesante fue descubrir lo fácil que es inducir lo que queríamos que escucharan. Una de las psicofonías usadas había sido grabada por aficionados a lo paranormal en un pueblo emblemático del mundo de lo misterioso: Ochate, en el Condado de Triviño. La pareja a la que se le había dicho que las psicofonías solo eran ruidos no identificaron voces humanas sino el sonido del viento mientras que las otras escucharon voces, aunque ininteligibles.

La segunda psicofonía había sido grabada en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. A la pareja que se le dijo que las psicofonías eran reales se les proporcionó una información adicional: se decía que en ese sitio había una presencia que no quería a nadie en ese lugar. Ambos reconocieron “iros de aquí”, exactamente lo que los aficionados a lo paranormal afirmaban que se decía. Las otras dos parejas no escucharon esa frase.

La conclusión es simple: ni la ouija ni las psicofonías son prueba de que exista vida después de la muerte ni de que podamos comunicarnos con ese “otro lado”. ¿Qué nos queda? Dejemos hablar a la fundadora del espiritismo Margaret Fox. El 24 de Septiembre de 1888 afirmó en una entrevista al New York Herald: “El espiritismo es, desde el principio hasta el final, una superchería, la superchería más grande del siglo”. Un mes más tarde, en la Academia de Música de Nueva York, ante centenares de testigos y todos los periódicos de la ciudad, las hermanas Fox reprodujeron los golpes de espíritus que le pidieron ¡haciendo crujir el dedo gordo del pie! Los espíritus de las fundadoras del espiritismo no eran otra cosa que crujidos de huesos.

Lo decía Harry Houdini: "Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan"

Lo decía Harry Houdini: “Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan”

 

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte I)

14 enero 2013
Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.

Pincha en la imagen para ver la primera parte del documental.

El 31 de marzo de 1848 dos hermanas, Katie y Maggie Fox, fundaban el espiritismo moderno. El ser humano siempre ha creído que la muerte no es el final de todo, que hay otro mundo que nos espera tras el último estertor. Sin embargo, lo que estas niñas de 12 y 15 años consiguieron fue romper la barrera infranqueable que nos separa de ese otro mundo y hablar con los muertos. Mediante golpes en las paredes, las hermanas Fox anunciaron la buena nueva al mundo, primero desde su modesta granja en Hydesville, un pueblecito al norte del estado de Nueva York, y luego desde la cercana ciudad de Rochester: existe vida después de la muerte y podemos comunicarnos con nuestros seres queridos ya fallecidos.

La noticia corrió como la pólvora y en solo cuatro años el 5% de la población de los Estados Unidos se había convertido al espiritismo. Las Fox recorrieron ciudades y pueblos, y allí por donde pasaban aparecían personas que también eran capaces de tal prodigio.

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo

Las actrices Ana Esteban y Patricia Gabás dan vida a las hermanas Fox, fundadoras del espiritismo


El espiritismo conoció su periodo Edad de Oro hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Era todo un espectáculo de masas: exhibiciones públicas, cientos de miles de médiums ofreciendo sus servicios a cambio de compensaciones económicas, amigos que se reunían en las casas para invocar a sus muertos… En Francia un pedagogo llamado Hippolyte Léon Denizard Rivail encontró en el espiritismo el camino por el cual alcanzar lo que él consideraba el principal objetivo de la educación: la alianza entre la ciencia y la religión. Habitual de las sesiones espiritistas, el 30 de abril de 1856 los espíritus le revelaron su trascendental misión salvífica. Reunidos en cónclave le habían escogido como portavoz para dar a conocer al mundo una nueva doctrina y le dijeron que en una vida anterior había sido un druida, jefe de comunidad, llamado Allan Kardec. Así, al dictado de los seres del mas allá, escribió el famoso Libro de los Espíritus, piedra angular de la doctrina espírita que apareció en las librerías de París el 18 de abril de 1857 y que conoció tres ediciones en menos de un año. Kardec fue el primero en acuñar el término espiritismo para bautizar la nueva doctrina. En el ambiente anglosajón se le denominaba espiritualismo y éste mantenía profundas diferencias con aquél. Los espíritus que contactaban con los anglosajones no opinaban lo mismo que sus colegas galos en temas como la reencarnación. Y dentro del mundo de los mortales, los investigadores ingleses tenían a Kardec como ‘muy poco científico’, por mucho que repitiese que el espiritismo no era una religión, sino una ciencia, una filosofía y una moral.

Curiosamente tres años antes, en el verano de 1853, el físico experimental más importante de la historia, Michael Faraday estudió la parte más espectacular de las sesiones espiritistas, cuando los muertos movísn y levantaban pesadas mesas de madera. Se bautizó el fenómeno como “las mesas giratorias” y su popularidad alcanzó Francia, España, y hasta la familia real de Prusia probaba lo que entonces era la diversión más aplaudida de Occidente.

Faraday era un hombre profundamente religioso y un impecable experimentador. Diseñó una serie de inteligentes pruebas para determinar, primero, la realidad del fenómeno, y segundo, el origen del mismo. Contactó con «personas honradas y exitosas movedoras de mesas» que estaban convencidas de que ellas, en ningún momento, las empujaban. Para comprobarlo Faraday diseñó un par de ingeniosos aparatos. El primero consistía en varios trozos de cartón deslizante, colocados uno sobre otro encima de la mesa, y bajo los que había dibujado una línea con lápiz para marcar su posición relativa. Cualquier movimiento involuntario de las manos quedaría revelado por una discontinuidad en esa línea. Así ocurrió. En el otro experimento, Faraday fijó una aguja a dos tablillas en la mesa de forma que si el médium la empujaba el indicador se movería hacia la izquierda y si tiraba de ella se movería hacia la derecha. El resultado de este experimento fue determinante: la aguja indicaba que estaban empujando la mesa. Sin embargo, lo más interesante sucedía cuando se le dejaba ver el indicador al médium. De este modo tenía información de sus propios movimientos musculares inconscientes. Cuando la agujita señalaba la presencia de tal esfuerzo, el sujeto reaccionaba destensando los músculos y la mesa no se desplazaba. En definitiva, los espíritus no eran los culpables. Faraday concluyó: “Aunque creo que los asistentes no se proponen mover la mesa, obtienen ese resultado por una acción cuasi voluntaria —sigo sin dudar de la influencia de la esperanza en sus mentes, y en ello reside el éxito o el fracaso de sus esfuerzos”.

Las investigaciones de Faraday fueron publicadas en una carta al The Times el 30 de junio y dos días después con mayor detalle en la revista Athenaeum. Detalladas y minuciosas, como cabía esperar en un hombre de su valía, no convenció a los espiritistas. Tanto ayer como hoy afirman que en sus sesiones observan con cuidado y apuntan todo cuidadosamente, pero olvidan que lo principal es que se debe saber dónde mirar, y eso no se aprende por ciencia infusa.

Una de las más potentes andanadas dirigida contra la línea de flotación del espiritismo francés fue disparada por Michel-Eugène Chevreul, director del Museo de Historia Natural de París. Mundialmente conocido como químico y descubridor de la margarina, en su libro de 1854 De la Varilla Adivinatoria y las Mesas Giratorias, ofrecía la misma explicación para la varita del zahorí y las mesas espiritistas. Según Chevreul, el movimiento se produce porque la mente inconsciente obliga a los músculos a mover el objeto para obtener una respuesta adecuada a las preguntas realizadas por la mente consciente.

El mérito de esta explicación está en que resuelve el problema de por qué los sujetos no son conscientes de empujar la mesa o el péndulo y suponen que son espíritus o fuerzas desconocidas las culpables.

Faraday y Chevreul demostraron la existencia de un fenómeno que en psicología recibe el nombre de “acción ideomotora”. Numerosos estudios han demostrado que basta con pensar en una acción, como pasar la página de un libro, para que nuestros músculos empiecen a realizar esa acción de manera inconsciente. Inconscientemente nuestro cuerpo se prepara para el comportamiento previsto. Es más, basta con decir que no hagamos algo para que nuestro cerebro empiece a hacerlo: si nos dicen “no pienses en osos blancos”, la imagen de uno, sin querer, nos viene a la mente.

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental

Cuatro voluntarios se disponen a realizar la ouija para el documental


Para comprobar que son las acciones ideomotoras las que gobiernan las sesiones de espiritismo MUY INTERESANTE realizó un experimento en la antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Reunió a un grupo de cuatro jóvenes interesados en el tema y les propuso hacer una sesión de ouija. Claro que no se puede evitar pensar cómo los espíritus han ido perdiendo fuerza con el tiempo: si en el siglo XIX levantaban pesadas mesas de madera maciza, hoy solo pueden desplazar tímidamente un vaso de cristal.

Para el experimento preparamos un tablero de ouija especial: en círculo se dispusieron las letras que habían sido impresas en tarjetas de visita, una por cada letra. Después de 20 minutos de tensa espera, el vaso comenzó a moverse: nuestros voluntarios estaban absolutamente convencidos de que habían contactado con un espíritu llamado Laura.

Pero ahora venía la segunda parte del experimento: en el reverso de cada tarjeta había impreso un número. De manera aleatoria habíamos asignado uno a cada letra: a la A le correspondía el 14, a la B el 21… Mezclamos las tarjetas como las cartas de una baraja y las dispusimos formando otra ouija. La razón es obvia: si es el espíritu quien responde los participantes no necesitan saber dónde está cada letra. En este segundo experimento también se movió el vaso pero las respuestas no fueron otra cosa que una serie de letras inconexas. La conclusión es que, como explicaran Faraday y Chevreul, son los participantes los que mueven el vaso mediante el mecanismo de las acciones ideomotoras.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (introducción)

14 enero 2013

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.
En realidad, se equivocaban.

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia

29 octubre 2012

 

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.

En realidad, se equivocaban.

¿Tenemos alguna prueba de que exista el más allá? ¿Se comunican los muertos con nosotros? Este ha sido el objetivo de un documental estrenado el pasado día 25 en la versión iPad de la revista Muy Interesante y que que ha sido producido por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), Albireo Cultura Científica, SinTregua, CosmosFan, Science Media Raccord y Muy.

En este documental se han hecho las cosas sin trampa ni cartón, sin recreaciones de supuestos sucesos misteriosos, como normalmente hacen los programas dedicados a lo paranormal. Aquí los experimentos realizados son reales con voluntarios reales, no reconstrucciones ni representaciones. La apuesta arriesgada era pues el resultado final está en el aire: el universo es como es, no como a nosotros nos gustaría que fuera. Y éste era el segundo objetivo del documental: mostrar cómo se realiza una verdadera investigación empleando la mejor arma de que disponemos, una forma de investigar que durante más de 500 años ha demostrado su capacidad para discernir el funcionamiento del mundo que nos rodea: el método científico.


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