Archive for the ‘Historia de la ciencia’ category

Medicinas sacacuartos

30 abril 2014

Desde mediados del siglo XX el curandero clásico de hierbas y potingües ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son los sanadores energéticos.

Entre estas peculiares terapias se encuentra la llamada medicina vibracional, inventada por el médico Albert Abrams (1863-1924), que ha sido llamado “el decano de los charlatanes del siglo XX”. Su método de curación, que bautizó como radiónica, se basaba en que Abrams era capaz de detectar las diferentes energías o vibraciones emitidas por los tejidos sanos y enfermos de todos los seres vivos. Para poder exportar esta terapia, diseñó un conjunto de dispositivos que decía eran capaces de medir estas vibraciones y creó un sistema para evaluarlas y determinar la enfermedad.

El hecho de que en toda la historia de la ciencia ningún instrumento haya podido detectar semejantes vibraciones o energías no ha detenido a ningún creador de terapias energéticas (o de imposición de manos). Entre ellas se encuentra el llamado toque terapéutico. Fue inventado en los años 1970 –la segunda época dorada de lo paranormal tras el impasse provocado por las dos Guerras Mundiales- por una enfermera norteamericana llamada Dolores Krieger. Estaba convencida de que las palmas de las manos podían canalizar una energía curativa y que, además, eran capaces de detectar el (inexistente) campo energético humano. Un campo que, según sus defensores, fue postulado por Albert Einstein, aunque nunca han aportado prueba alguna para esa afirmación.

En un terreno similar se mueven los defensores de la aurasomaterapia, “una terapia holística del alma en la cual los poderes vibracionales de los colores, los cristales y los aromas naturales se combinan con la luz para armonizar el cuerpo, la mente y el espíritu de la humanidad”. Como no puede ser de otro modo, quienes lo practican dicen que se trata de un técnica muy antigua –lo que, una vez más, es sinónimo de efectividad- que fue redescubierta en los 1980 por la clarividente inglesa Vicky Wall.

Europa y Estados Unidos poseen un tipo de curandero característico que bajo el paraguas de dudosas credenciales académicas afirma poder tratar todo tipo de enfermedades, incluyendo el cáncer. Entre estos luce con luz propia Hulda Regehr Clark, una doctora en zoología reconvertida a naturópata que decía poder curar todo tipo de cáncer y murió en 2009 de un mieloma múltiple. Para ella todas las enfermedades tenían su origen en toxinas creadas por nuestro contaminado entorno y por gusanos. Entre estos últimos Clark apuntaba al peligroso parásito intestinal Fasciolopsis buski como el causante del cáncer, el sida y el Alzheimer. Entre sus coloristas tratamientos incluía una tintura de vainas verdes de nueces, hojas de ajenjo y clavos.

Otro es el médico alemán Ryke Geerd Hamer, creador de la Nueva Medicina Germánica según la cual “Las enfermedades graves se originan por un acontecimiento inesperado que es vivido como muy difícil, agudo, dramático y en soledad”. Encarcelado en Alemania y Francia por fraude y práctica médica ilegal, se exilió en Málaga hasta 2007, donde ejerció su particular visión de la medicina ayudado por el médico Fermín Moriano. Hasta la fecha, ni Hamer ni sus defensores han podido aportar ni un solo caso documentado de curación de un paciente de cáncer utilizando su método.

Otro tipo de curandero netamente occidental es el intuitivo, que dice diagnosticar y enseñar a otros a curar sin preocuparle en demasía la llamada la medicina basada en las pruebas. Él, simplemente, sabe. Afirman utilizar su “perspicacia”, por llamarla de algún modo, para diagnosticar por teléfono, radio o Internet. Y no solo con enfermedades orgánicas; también los hay como la médico titulada Judith Orloff, llamada la psiquiatra clarividente, que hace lo propio con los desórdenes mentales. Entre todos ellos quien mayor fama acumula es Carolyn Myss, que posee un fantasmagórico doctorado en Intuición y Medicina Energética por la Greenwich University, una organización de enseñanza a distancia no reconocida que operaba -hasta que fue clausurada- en Australia, California y Hawaii. La “doctora” Myss ha descubierto que es más fácil, menos arriesgado y más lucrativo escribir libros y dar cursos y seminarios sobre medicina intuitiva, donde mezcla la ideología Nueva Era salpicada con términos científicos.

De hecho, muchos de estos sanadores intuitivos afirman que son capaces de usar su “intuición” para entender materias tales como la bioquímica o la mecánica cuántica. Otros, menos atrevidos, ignoran la ciencia y su discurso lo empapan con metafísica de baja estofa. Solo hay una cuestión en la que todos coinciden: ninguno se ha prestado a un estudio experimental controlado para verificar su “perspicacia”. Por supuesto, tal prueba solo valdría para quienes afirman ser capaces de diagnosticar el cáncer. Aquellos que dicen diagnosticar y curar el aura, el chi u otro tipo de “energía” o “vibración” que desarmoniza nuestro cuerpo se encuentran hábilmente libres de todo riesgo, habida cuenta de que esa “energía” solo la pueden ver ellos.

Lo único cierto es que bajo ese manto de bondad y deseo de ayudar al ser humano con el que se cubren se esconde lo que realmente son: mercaderes de esperanza.

De los bombones a la Luna

25 noviembre 2013

El aluminio es uno de los materiales más utilizados y más conocidos, pero nadie recuerda la tremenda lucha que los científicos mantuvieron para encontrar un método eficaz que lo extrajera de la bauxita, el mineral donde se encuentra.

Este problema llamó la atención de un estudiante de química llamado Charles Martin Hall, que lo sumió como un reto personal y se entregó a él en cuerpo y alma en su último año en la universidad de Oberlin.

Hall estaba convencido de que para extraer el aluminio tenía que utilizarse la electricidad. Algo nada descabellado, pues durante años los químicos la habían utilizado para identificar elementos químicos. Construyó una batería improvisada y un horno en la leñera, justo detrás de su casa, y allí fundió un material llamado criolita al que añadió la bauxita. Hall descubrió que en el horno la bauxita se disolvía en la criolita. Fue entonces cuando decidió hacer pasar una corriente eléctrica por la mezcla y, para su eterno regocijo, descubrió que se producían unos glóbulos plateados. ¡Era aluminio! En cuanto las bolitas del preciado metal se enfriaron lo suficiente para poder cogerlas con la mano, Hall se las llevó triunfante a su profesor. Era el 23 de febrero de 1886.
Unos pocos meses más tarde, un francés de nombre Heroult concibió la misma idea, pero Hall ya había patentado el proceso. La Compañía de Aluminio Americana convirtió en proceso industrial el descubrimiento de Hall convirtiéndolo en un hombre rico. Parte de su fortuna la legó a su alma mater, el Oberlin College, donde hizo su descubrimiento. Y allí se encuentra una estatua suya en el edifico de química, por supuesto de aluminio, como recuerdo imperecedero a quien fue capaz de extraer de la roca uno de los materiales necesarios para nuestro mundo tecnológico.

Pero la historia no termina aquí. En 1903 otro joven llamado Richard S. Reynolds empezaba a trabajar para su tío, el rey del tabaco R. R. Reynolds. Por entonces los cigarrillos y la picadura se protegían de la humedad con láminas finísimas de estaño. Richard vio claramente una oportunidad de negocio y, tras aprender todos los vericuetos de esa tecnología, se estableció 16 años más tarde en Kentucky, la patria del bourbon. Allí creó una empresa que suministraba papel de estaño tanto a la industria tabaquera como a la confitera, que también lo usaba porque creía que protegía mejor sus productos que el papel de parafina.

Entonces Reynolds se fijó en el aluminio. Cuando a finales de los años 20 el precio del aluminio cayó en picado, Reynolds decidió adoptarlo como envoltorio para los dos productos que más placer provocan a gran parte de la humanidad: el tabaco y los bombones.

Ligero y anticorrosivo, Reynolds vio en el aluminio el metal del futuro y muy pronto ofreció al mercado una larga lista de productos: estructuras de aluminio para puertas y ventanas, embarcaciones y hasta una batería de cocina. No obstante, el producto estrella de Reynolds apareció en 1947 y desde entonces no falta en ninguna cocina: una lámina de aluminio de una o dos centésimas de milímetro de grosor, el papel de plata. Fino, inoxidable e inofensivo, como metal permite el paso del calor pero no deja pasar la luz, impidiendo sus efectos perniciosos en los alimentos.

El aluminio saltó el límite de la cocina y se instaló en prácticamente todos los campos de la sociedad: la industria espacial, la construcción, las comunicaciones, el envasado o la medicina son buenos ejemplos de la versatilidad de un metal que pudimos extraer de su entorno natural gracias a un estudiante que experimentó con un trozo de bauxita, una batería improvisada y un horno en la leñera justo detrás de su casa.

Cuando quisimos eliminar a los “tarados”

16 octubre 2013

Eugenesia

El 1 de octubre de 1910 empezó a funcionar en un tranquilo paraje de la costa norte de Long Island (Nueva York), en Cold Spring Harbor, el Departamento de Registros de Eugenesia. Se encontraba junto a un centro de evolución experimental perteneciente a la Carnegie Institution de Washington, y cerca de un laboratorio de biología perteneciente al Brooklyn Institute of Arts and Sciences. La persona a cargo de ambos y responsable de la creación del departamento de eugenesia era Charles B. Davenport, un antiguo catedrático de biología de Harvard, que había convencido a la esposa de un magnate del ferrocarril para que ofreciera su apoyo.

Al año siguiente Davenport publicaba Heredity in Relation to Eugenics, donde señalaba que los italianos tendían a cometer “delitos de violencia personal” y que los judíos mostraban “la mayor proporción de delitos contra la castidad y en conexión con la prostitución, los más ruines de todos los delitos”. Siguiendo este tono, otro de los partidarios de la eugenesia, Madison Grant, escribió en 1916:

“Tanto si nos gusta reconocerlo como si no, el resultado de la mezcla de dos razas es a la larga una raza que experimenta una regresión y vuelve al tipo racial más antiguo e inferior. El cruce de un ser humano de raza blanca y otro de raza negra es un negro; el cruce de un ser humano de cualquiera de las tres razas europeas y un judío es un judío”.

Es obvio que Adolf Hitler personifica al máximo las ideas eugenésicas. En Mi Lucha (1925) decía:

“Aquellos que están físicamente y mentalmente enfermos e incapaces no deberían perpetuar sus sufrimientos en los cuerpos de sus hijos. A través de medidas educacionales el estado debería enseñar a los individuos qué enfermedades no son una desgracia sino algo de mala fortuna para la cual la gente debe compadecerlos, y al mismo tiempo es un crimen y una desgracia hacer que esta aflicción sea aún peor dejándola pasar a criaturas inocentes por culpa de un anhelo simple y egoísta.”

¿Pero qué pensar de ésta, expresada ese mismo año?

“Es mejor para todo el mundo, si en lugar de esperar a ejecutar a hijos degenerados por un crimen o dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pudiera prevenir que aquellos que son manifiestamente incapaces continuar su especie”.

Su autor era el juez Oliver Wendell Holmes, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos fue el primer país industrializado que decretó leyes de purificación racial. A fines del XIX en Michigan y Massachusetts castraban a enfermos mentales y a quien exhibiera «epilepsia persistente», «imbecilidad» y «masturbación acompañada de debilidad mental». Pero claro, la castración pura y dura no era algo que pudiera aceptarse sin un cierto tipo de malestar en la boca del estómago, por lo que pronto los métodos eugenésicos derivaron hacia algo menos aparatoso: la vasectomía en los hombres y la ligadura de trompas en las mujeres. En los años 1930 al menos 60.000 personas fueron legalmente esterilizadas. El número correcto nunca se conocerá porque de muchas intervenciones en hospitales y cárceles jamás se informó.

Davenport encarnó la corriente científica de principios del siglo XX que pretendía encontrar una base genética en los comportamientos sociales y en la inteligencia. Dicho de manera muy simple, el tonto era tonto, el pobre, pobre y el delincuente, delincuente, porque sus padres lo eran. El ladrón nace, no se hace, como las brujas.

Por culpa de estos trabajos se elaboraron toda una serie de leyes, principalmente en los Estados Unidos, destinadas a cortar por lo sano lo que ellos denominaban la proliferación de gentes física y psíquicamente inferiores. Mejor que detenerlos o encerrarlos en manicomios de por vida era impedir que nacieran. De este modo, 30 estados de los Estados Unidos promulgaron leyes eugenésicas.

La obsesión de los legisladores eugenésicos eran los que llamaban imbéciles e idiotas. La ley de Indiana pretendía prevenir «la procreación de criminales convictos, imbéciles y violadores». En California, el estado donde más esterilizaciones se realizaron, bastaba con una nota de un doctor para esterilizar a «cualquier idiota» al igual que a cualquier preso que tuviera «un comportamiento sexual o moral degenerado». En Iowa la ley iba dirigida hacia «aquellos que podría dar a luz niños con tendencia a enfermar, a la deformidad, al crimen, a la locura, a la debilidad mental, a la idioticia, a la imbecilidad, a la epilepsia o al alcoholismo».

Con la ciencia en la mano, muchos llegaron a identificar grupos étnicos enteros como seres inferiores. Curiosamente, ninguno de estos científicos juzgó como inferior a su propio grupo étnico.

«Cherchez la femme» en la prehistoria… si pueden

9 julio 2013

Imagine que en la cueva de Altamira alguien está dando los últimos toques a una de las pinturas. ¿Qué sexo tiene quien pinta? ¿Hombre? ¿Alguien ha demostrado que los pintores fueran hombres? Nadie. Imagine ahora la clásica escena de caza de un mamut, como la que pudo tener lugar no muy lejos de un promontorio entre los ríos Ros y Rossava, en Ucrania. Allí los los arqueólogos han descubierto restos de 150 mamuts y un poblado bautizado como Mezhirich. Seguramente haya aparecido en su cabeza algo muy parecido a los dioramas que representan poblados de caza de hace 14.000 años en el Museo de Historia Natural de Nueva York, en Le Thot de la Dordoña (Francia) o en el Museo de Paleontología de Kiev. Los hombres llevan el peso de la escena mientras que las mujeres no desempeñan ningún papel, salvo el de consumidores pasivos.

Para cualquiera de nosotros, de manera inconsciente, la prehistoria es un territorio exclusivamente masculino. El prehistoriador James M. Adovasio y la antropóloga Olga Soffer son de los pocos que han estudiado esa desaparición de la mujer en la reconstrucción de nuestro pasado remoto. Hasta en la propia nomenclatura se hace evidente: somos Homo, hombres. La mujer es, como dicen estos dos científicos, el sexo invisible.

En los últimos dos siglos la comunidad paleoantropológica ha transmitido una imagen uniforme de nuestro pasado como especie que parece responder más a una idealización que a la realidad. Una imagen que quedó perfectamente definida en el congreso Man the Hunter celebrado en Chicago en 1966. Esta reunión científica ha sido origen de ideas que, con escaso soporte empírico, han permeado a nuestra sociedad: nuestros antepasados cazaban lo que necesitaban, trabajaban más bien poco (de 2 a 4 horas al día) y constituían una “sociedad afluente”: eran más felices que las sociedades agrícolas posteriores porque tenían todo lo que querían; más que nada porque no se planteaban grandes necesidades.

La evidencia etnográfica apunta a que la imagen del hombre-cazador y la mujer-recolectora es cierta en muchas culturas, pero dista bastante de ser considerada algo universal. Entre los los Agta de Luzón el 85% de las mujeres cazan y tienen más éxito que los hombres en sus partidas: un 31% frente al 17% masculino. Eso sí, en los grupos mixtos el porcentaje de éxito sube hasta el 41%. También cazan las mujeres en diferentes sociedades del Ártico, Japón y América del Norte, y las Anmatyerre del norte de Australia. Si afinamos un poco más, debemos replantearnos hasta la idea de la caza como una actividad grupal: no es necesaria una partida de diez hombres para cazar un conejo.

Puestos a revisar nuestras ideas preconcebidas deberíamos empezar por la de que los primeros Homo fueron implacables cazadores porque lo llevaban en la sangre: se supone que los homínidos ya lo fueron. Pero el homínido-cazador-despiadado no es algo que pueda sostenerse tras los trabajos de dos científicos que poco tenían que ver con el tema. Charles K. Brain y Lewis Binford eran expertos en el modo en que los depredadores dejaban los huesos tras el festín. Su trabajo sobre los restos abandonados por los homínidos apunta a que la mayoría de los huesos pertenecían a una presa cazada por un león y posteriormente “trabajada” por hienas y otros carroñeros; solo después llegaban los homínidos. Como suele pasar, este portentoso descubrimiento residió en un insignificante detalle: la marca dejada por una herramienta que, curiosamente, siempre se encontraba a medio camino a lo largo del hueso. Esto daba a entender que los homínidos obtenían los últimos pedazos de carne de los huesos donde los dientes de las hienas no habían podido hacerse con ellos. Dicho más claramente: los protohumanos no eran mortales asesinos sino carroñeros oportunistas. Estudios recientes apuntan a que nuestros más remotos antepasados eran una mezcla de ambas cosas. En qué proporción es todavía motivo de debate.

Un efecto de la imagen de los cazadores volviendo con el mamut -“el animal-tótem de la prehistoria humana” lo llama la historiadora de la ciencia Claudine Cohen- es que se ha reducido a la mínima expresión el papel desempeñado por las mujeres: únicamente se dedicaban al cuidado de la chavalería y a la recolección de bayas y frutos. Este sesgo pudo verse con toda claridad en un diorama del Museo de Historia Natural de Nueva York, donde se sugería la escena que legó para la posteridad el rastro dejado hace 3,5 millones de años por una pareja de homínidos bípedos.

Según los científicos del museo, como una de las huellas era mayor que la otra nos encontramos ante una pareja macho-hembra (¿por qué no una madre y su cría?). En el diorama ella mira con expresión preocupada hacia atrás, al volcán humeante cuyas cenizas iban a ser las responsables de que sus huellas se conservasen en perfecto estado hasta que Mary Leakey las descubriera en 1977. Por el contrario, el macho mira con decisión al horizonte mientras su brazo reposa sobre los hombros de ella. ¿Los homínidos se comportaban como una pareja occidental que sale de paseo? La carga ideológica subyacente es llamativa, y muy grave si consideramos que ha surgido de una institución científica que pretende dar una visión ajustada de la vida en la Tierra.

¿Está escrito en las estrellas? (II)

20 mayo 2013


Elementos de un horóscopo

Es ilógico que tal planeta, al ver a otro se alegre. Mientras que tal otro, al ver al primero, le sucede lo contrario. Porque, ¿qué hostilidad cabe entre ellos o sobre qué?
Plotino

Los griegos, como matemáticos que eran, sistematizaron y geometrizaron la astrología. Dividieron el círculo zodiacal en doce partes iguales reemplazando los irregulares signos babilonios. ¿Por qué doce? Sin duda fue por razones estéticas: el once es un número primo y no divide exactamente los 360º de una circunferencia.

Como enamorados de la geometría, la introdujeron en la astrología. Unieron los distintos signos con triángulos y cuadrados. Los cuatro triángulos que así se obtienen los identificaron con los cuatro elementos clásicos o humores: tierra, aire, agua y fuego. Los tres cuadrados dan origen a la clasificación ternaria o cualidades, que divide a los signos en cardinales, fijos y mutables. Finalmente introdujeron las polaridades (negativa y positiva, o femenino y masculino) de manera alternada en todo el espectro zodiacal. Las relaciones entre las posiciones angulares de los planetas (aspectos y su influencia reside en el concepto místico-geométrico de ángulos armónicos (60º, 120º), disarmónicos (90º, 180º) o neutros (0º).

Aún se introdujo una complicación más. Se subdividió la superficie terrestre en doce husos horarios (casas terrenales) que proyectados sobre la esfera celeste dieron origen a doce sectores de 30 grados llamados casas celestes. Tenemos pues a los signos recorriendo las casas, inmóviles en el cielo astrológico, y cada signo tiene una influencia determinada dependiendo de la casa en que se encuentre. A los arcos que dividen las casas se les llama cúspides. La cúspide de la primera casa, que coincide con el horizonte Este se denomina ascendente. La cúspide en el horizonte Oeste se llama descendente. Ambas son de una importancia crucial a la hora de realizar un horóscopo. A todo esto deberíamos añadir que los planetas tienen influencias especiales según los signos con los que tienen una relación particular: éstas son las dignidades. Tendremos entonces el domicilio, el exilio o detrimento, la exaltación y la caída. Con todo esto se construye una carta natal o estudio astrológico.

Ptolomeo, el gran astrónomo alejandrino del siglo 2 d.C. recogió todas estas reglas y las escribió en el libro que es base de toda la astrología moderna: el Tetrabiblos. Nada sustancial ha cambiado casi dos milenios. Dicen muchos de sus defensores actuales que la astrología es una ciencia: ¿Qué ciencia no ha cambiado lo más mínimo en 2 milenios?

La trastienda del Nobel (y III): Un historia de mujeres

4 abril 2013

Lise Meitner

Las mujeres han sufrido la discriminación de los Nobel. Mucho suele mencionarse a Marie Curie, la única persona que ha recibido dos Nobel en dos disciplinas diferentes. Pero pocos saben que a punto estuvo de no recibir ni el primero. En 1901 la Academia Francesa de Ciencias nominó a Henry Becquerel y a Pierre Curie para el Nobel. Y así hubiera sido si no llega a intervenir un matemático sueco miembro del Comité y defensor de las mujeres científicas, Magnus Goesta Mittag-Leffler, que avisó a Pierre de la situación. Él, indignado, exigió la inclusión de su colaboradora y esposa. Al final, tras mover unos cuantos hilos, se aceptó su nominación.

Pero el caso de Marie Curie ha sido más la excepción que la norma en el curso de los premios. El descubrimiento de la violación de la paridad en las partículas elementales -esto es, que pueden distinguir entre izquierda y derecha- realizado por Chien-Shiung Wu, Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang fue recompensado con el premio para Lee y Yang (hombres) pero no para Wu (mujer). Lo mismo sucedió con Lise Meitner, en uno de los olvidos más sangrantes de la historia de los premios. En 1944 Otto Hahn recibía en solitario el Nobel de Química por el descubrimiento de la fisión nuclear. Consciente o inconscientemente dejaron fuera a Meitner, que colaboró con Hahn en el descubrimiento de la fisión y, más importante aún, dio la primera interpretación teórica de lo que allí sucedía. ¿Machismo por parte del comité? Quién sabe, pero no está de más recordar que cuando Meitner huyó de Alemania y se instaló en Estocolmo, el instituto de investigación Manne Siegbahn donde fue admitida mantenía una animadversión institucional hacia las mujeres científicas. Allí lo único que recibió fue un lugar donde sentarse: ni colaboradores, ni equipo, ni siquiera un juego de llaves.

¿Y qué decir del descubrimiento de los púlsares? Estas estrellas tremendamente compactas (imaginemos dos soles metidos dentro de una esfera del tamaño de una ciudad media y rotando sobre su eje mil veces por segundo) fue hecho en 1967 por una estudiante de doctorado, Jocelyn Bell. Su director de tesis, Anthony Hewish y ella determinaron que lo que había descubierto era una estrella de neutrones, cuya existencia había sido predicha teóricamente hacía casi 30 años. Era un descubrimiento importante, merecedor del premio Nobel. Y se lo dieron. Pero no a la descubridora, sino a su director. Quizá los del comité consideraron que era un desprestigio dárselo a una estudiante de doctorado.

Este hecho provocó que uno de los grandes astrofísicos del momento, Fred Hoyle, criticara duramente esta decisión. Posiblemente, esto hizo que se quedara sin el premio. Hoyle, junto con el matrimonio Burbridge y William Fowler, publicaron en 1957 uno de los artículos más importantes de la física del siglo XX: el origen de los elementos químicos. En él determinaban que todos los elementos químicos, salvo el hidrógeno y parte del helio, se creaban en el interior de las estrellas. Hoyle había tenido la idea original y había hecho la mayoría de los cálculos, así que él era el mejor candidato al Nobel. Pero no se lo dieron. Ni a él ni al matrimonio Burbridge: únicamente Fowler fue galardonado.

(Publiado en Muy Interesante)

La trastienda del Nobel (II): Suecia contra el doctor NO

5 marzo 2013

El Instituto Karolinska ha tenido su más importante desliz, por decirlo de manera suave, con el hondureño Salvador Moncada.

Este científico hispanoamericano comenzó en 1971 una ingente producción investigadora en el campo de la fisiología cardiovascular. Fruto de sus primeros descubrimientos está el que hoy usemos la aspirina como fármaco fundamental para prevenir la trombosis y en el tratamiento de las formas agudas de enfermedad coronaria, el infarto y la angina de pecho, donde se ha demostrado que la aspirina reduce su tasa de mortalidad. Solamente con esta aportación, de la que se han beneficiado millones de personas en todo el mundo, basta para que Salvador Moncada pase a la historia de la medicina.

Cuando en 1982 se concedió el premio Nobel de Medicina a los investigadores que hicieron posible el descubrimiento, Moncada quedó fuera.

Pero el hondureño no tiró la toalla. Inició una nueva línea de investigación que culminó con el descubrimiento del papel fisiológico del óxido nítrico en 1986, un hallazgo que le ha llevado a convertirse en uno de los científicos más citado de los últimos tiempos. A pesar del enorme peso de su trabajo, de nuevo el Instituto Karolinska le apartó en 1998 del premio Nobel de Medicina, otorgado a tres científicos cuya aportaciones sobre el oxido nítrico fueron de igual o menor calibre que las del centroamericano.

En 2032, cuando se abran los archivos de 1982, es posible que sepamos porqué los miembros del comité le tuvieron tanta tirria a Moncada.

Curiosamente, este caso ha sido el único en el que la comunidad científica en pleno ha criticado el fallo del comité Nobel. Cientos de cartas fueron publicadas en las revistas más prestigiosas y, por primera vez en 100 años de historia de los premios, la protesta no surgió del excluido, sino de sus colegas e incluso de los científicos galardonados, que reconocieron públicamente la injusticia cometida por segunda vez con Salvador Moncada.

(Publoicado en Muy Interesante)

La trastienda del Nobel (I)

17 febrero 2013

Albert Einstein fue nominado para el premio Nobel 62 veces en 12 años. Y no ha sido el que más nominaciones ha recibido. Arnold Sommerfeld, uno de los padres de la teoría cuántica, fue nominado 81 veces y nunca consiguió la preciada medalla.

Ganar un premio Nobel no implica ser el mejor científico de su campo: el premio recompensa a quien ha hecho un gran descubrimiento, aunque sea de chiripa. Mejor dicho, un gran descubrimiento según lo juzgan los miembros de la Academia de Ciencias Sueca, en el caso de Física y Química, o el Instituto Karolinska, en el caso de Medicina o Fisiología.

Ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito y los miembros del Comité Nobel tienen los suyos. Por ejemplo, en física. Para ellos es más importante entender el funcionamiento del interior de las estrellas que el de nuestro planeta. Por eso la geofísica Inge Lehmann, que determinó la estructura del núcleo de la Tierra en 1936, se quedó sin él. Más clamoroso fue el arrinconamiento de quienes formularon la tectónica de placas: los norteamericanos Jason Morgan, Dan McKenzie y el francés Xavier Le Pichon. La teoría central de la geofísica moderna no es merecedora del Nobel.

Estos premios también son famosos por sus retrasos a la hora de conceder el preciado galardón. Barbara McClintock descubrió la existencia de los transposones, unos genes que saltan de un lado a otro del genoma, en 1948. No la recompensaron hasta 35 años más tarde, cuando tenía 81 años. En 1986 Ernest Ruska fue galardonado por diseñar el primer microscopio electrónico realmente eficaz 53 años después de construirlo. Tuvo suerte y murió dos años más tarde de acudir a Estocolmo, pues los Nobel no se otorgan póstumamente. En 1983 le concedieron el Nobel de Física al hindú Subrahmanyan Chandrasekhar por un trabajo que había realizado cuando viajaba de la India a Gran Bretaña, en julio de 1930.

Este retraso puede entenderse porque, a pesar de que el propósito de Alfred Nobel era que cada año se honrase a aquellos científicos que hubie¬sen hecho un descubrimiento importante el año anterior, es difícil saberlo. Incluso a veces algo que parece magnífico se revela después totalmente inservible. Por ejemplo, en 1903 un médico danés de nombre Miels Finsen recibió el premio Nobel por un tratamiento con luz para enfermedades de la piel: resultó que no servía para mucho. Lo mismo ocurrió en 1908 con el premio Nobel de Física a Gabriel Lippmann por un nuevo procedimiento de fotografía en color.

Claro que el retraso no evita meter la pata, como en 1926 cuando el médico danés Johannes Fibiger fue premiado por descubrir en 1913 que ciertos tipos de cáncer podían estar causados por un gusano parásito. Más tarde se comprobó que el pobre gusano no era la verdadera causa de la enfermedad. Quien sí probó que las influencias externas pueden provocar el cáncer fue el japonés Katsusaburo Yamagiwa. En 1915 había demostrado empíricamente que el alquitrán de hulla podía inducir el cáncer en conejos y el comité Nobel se hizo, literalmente, el sueco. De hecho, el trabajo de Yamagiwa es citado como verdaderamente pionero en oncología y el de Fibiger duerme el sueño de los (in)justos. ¿Quizá el Instituto Karolinska tenía más aprecio por la vecina Dinamarca que por el lejano Japón? Eurovisión no es la única prueba de las amistades entre países.

Ciertamente los miembros del Comité Nobel no han sido un dechado de objetividad. Quien más lo sufrió fue el gran Albert Einstein. Durante el eclipse de Sol de noviembre de 1919 el astrofísico Arthur Eddington confirmó experimentalmente la relatividad general de Einstein, dando el espaldarazo definitivo a la segunda teoría más importante de la historia de la física. Cualquiera hubiera apostado por Einstein en los Nobel de 1920. Pero no se le concedió. Al año siguiente fue peor. Quien informó a la Academia de Ciencias Sueca sobre la relatividad fue Allvar Gullstrand, un profesor de óptica en la universidad de Uppsala que, sin entenderla, se vio en la obligación de negar el premio al alemán. La Academia Sueca aceptó su dictamen: no tenían en demasiada estima a Einstein y ninguna intención de desairar a uno de sus más respetados miembros. Así que 1921 quedó “desierto” porque, según los científicos suecos, ningún candidato cumplía los criterios para recibirlo. Fue al año siguiente, cuando se incorporó un profesor de física teórica llamado Carl Wilhelm Oseen –un hombre arrogante y pretencioso que desde entonces dominaría el comité durante más de dos décadas–, que se decidió concederle el premio con carácter retroactivo. Pero Oseen no se creía la relatividad y quiso dar un tirón de orejas al genio premiando otro de sus grandes trabajos (pero inferior alcance): la explicación del efecto fotoeléctrico. La ceremonia se celebró en 1922 y Einstein no pudo, o no quiso, asistir.

Fenol, o cómo salir vivo de un hospital

20 noviembre 2012

A mediados del siglo XIX no era una buena idea ingresar en un hospital, y menos aún ser sometido a una intervenvión quirúrgica. Los hospitales eran una lugares horrorosos, oscuros y sin ventilación. Lo más seguro es que las sábanas en las que estabas acostado fueran las del paciente anterior, y que probablemente hubiera muerto en ellas. A pesar de que la anestesia apareció a finales de 1864, la mayoría de los pacientes consentían operarse como último recurso. Los cortes realizados solían infectarse y los cirujanos eran de la opinión que el pus era una buena cosa, pues indicaba que la infección estaba localizada y no invadía el resto del cuerpo. Así que se acostaba al enfermo de manera que el pus goteara al suelo desde la cama.

Muy pocos médicos apostaban por una limpieza continua; la mayoría eran partidarios de la teoría del miasma: según el gran químico Justus von Liebig la fermentación de la sangre en los cortes infectados producía unos gases venenosos que, saliendo del enfermo se extendían por la habitación hasta envenenar a otro paciente.

Joseph Lister era una de los pocos médicos que no se la creía. Había leído un artículo de Pasteur donde defendía la teoría de los gérmenes como origen de las enfermedades, algo que la mayoría de los médicos rechazaban con la apabullante sentencia de ‘si no puedes verlos es que no están’. Para Pasteur los microbios pululaban por todos lados y sus experimentos demostraban que se podía acabar con ellos hirviéndolos.

Como hervir a los pacientes no era algo recomendable, Lister se dedicó a pensar en otro método para eliminar los gérmenes. Y se fijó en el ácido carbólico, un subproducto del alquitrán de hulla que ya se había probado para tratar la infecciones quirúrgicas sin demasiado éxito. Lister perseveró y pudo probar sus método en un chico de 11 años que llegó a la Enfermería Real del Glasgow donde trabajaba con una fracturá múltiple.

Llegar con semejante problema a un hospital era llevar todos los boletos para acabar en el camposanto. Las roturas simples se podían recomponer sin cirugía, pero las múltiples –con trozos de hueso perforando la piel- eran campo abonado para las infecciones. Lister limpió cuidadosamente la zona dañada con gasas empapadas en ácido carbólico y luego la cubrió con una delgada lámina de metal doblada sobre la pierna para impedir su evaporación. La infección no apareció.

El ácido carbólico usado por Lister se obtenía destilando el alquitrán de hulla entre 170 y 230 ºC. Oscuro y de profundo olor, quemaba en la piel. Con el tiempo Lister aisló el principal constituyente del ácido carbólico, el fenol.

Así que se dispuso a prepara lo que llamó “cataplasma de masilla carbólica”, una mezcla de fenol con aceite de linaza y caliza en polvo. Esta pasta la colocaba sobre la herida proporcionando una barrera contra las baterias. Además, una solución muy diluída de fenol (una parte en 20-40) la usaba para lavar la herida, los intrumentos quirúrgicos y las manos del cirujano.
El fenol, que es tóxico incluso en soluciones diluídas, fue el primer antiséptico de la historia y cambió radicalmente el funesto panorama de los hospitales.

(Publicado en Muy Interesante)

Nitrato de celulosa, cine, bolas de billar y explosivos

7 noviembre 2012

Cargar una máquina fotográfica, sacar unas cuantas fotografías y llevarlas a revelar es algo que con la llegada del mundo digital ha quedado para ya obsoleto. Sin embargo, no se puede entender el desarrollo de la fotografía popular sin el famoso carrete, cuya invención se la debemos al norteamericano George Eastman. Un día de 1870 Eastman se despidió del banco donde trabajaba desde los catorce años porque no le concedieron el ascenso que esperaba. Decidido a establecerse por su cuenta, utilizó todos sus ahorros para convertirse en fabricante y comerciante de suministros fotográficos. Por aquél entonces hacer fotografías eran algo caro, cargante y largo. Los negativos eran placas de cristal, las cámaras eran monstruosas cajas de madera y se usaban baldes y baldes de productos químicos. Cuando Eastman lanzó su nuevo proceso al mercado el slogan publicitario rezaba: “Usted apriete el botón. Nosotros haremos el resto.”

Para ello Eastman mejoró una técnica ya en uso que consistía en impregnar un rollo de papel con gelatina y bromuro de plata. Se metía el papel en la cámara, se tomaba la foto, se revelaba, se colocaba la parte impresionada sobre un cristal y se despegaba el papel. Este proceso tenía sus problemas: el papel se rasgaba, la emulsión fotográfica formaba grumos y la imagen solía salir borrosa. Entonces llegó la solución. No se sabe si la idea original fue del propio Eastman o de un oscuro ministro episcopaliano llamado Hannibal Goodwin. Algunos dicen que los abogados de la familia Eastman arreglaron un trato con el clérigo por la bonita suma de cinco millones de dólares. El nuevo invento utilizaba tiras de un material flexible, transparente y no inflamable: el celuloide. Era una base inerte perfecta para los productos químicos fotográficos. Acababa de nacer la película fotográfica. Poco después Eastman sacaba al mercado una máquina lo suficientemente pequeña como para poder sostenerla con una sola mano: la bautizó con el nombre de Kodak.

Curiosamente en 1869, un año antes de que Eastman se despidiera de su trabajo, los fabricantes de bolas de billar Phelan y Collander ofrecieron un premio de 10.000 dólares a quien encontrase un sustituto del marfil. Todo porque a mediados del siglo XIX una gran cantidad de cazadores blancos recorrían África aniquilando elefantes. La razón para semejante esquilmación era una mezcla de diversión y negocio: el mercado de marfil en Europa y América se había triplicado en 30 años. Inglaterra importaba medio millón de kilos de marfil al año. Si un colmillo de elefante pesa del orden de los 30 kilos, sólo para cubrir las necesidades anuales inglesas debían exterminarse más de 8.300 elefantes.

El marfil no es que fuera un material estratégico necesario para la supervivencia de la industria británica. Más bien era vital para adornar las casas y jugar al billar. Las mejores bolas de billar se fabricaban con el corazón de los mejores colmillos de elefante. La escasez de elefantes en África era una mala noticia para los jugadores de billar. El imperio británico no podía detenerse por culpa de unos pocos elefantes.

La oferta llamó la atención de un par de impresores de Nueva York, John e Isaiah Hyatt. Tras muchos intentos y fracasos acabaron descubriendo que si mezclaban nitrato de celulosa con alcanfor se obtenía un material que era indis¬tinguible del marfil original. Fácil de modelar, duro, uniforme, resis¬tente al agua, aceites y ácidos, tratándolo convenientemente se le podía hacer parecer marfil, coral, ámbar, ónice y mármol. En 1870 Isaiah lo bautizó con el nombre de celuloide, el primer material termoplástico de la historia.

Sin embargo, la historia de este nuevo material no estaría completa si no nos remontásemos a 1833, cuando un químico francés llamado Henri Braconnot dedicaba parte de su tiempo a jugar en su laboratorio con ácido nítrico y patatas. Claro que a esto no se le llamaba jugar sino hacer experimentos en química vegetal. Poco tiempo después un profesor de la universidad de Basilea llamado Christian Schönbein realizaba el mismo tipo de experimento, pero sustituyendo las patatas por algodón hidrófilo y añadiendo ácido sulfúrico. El resultado final fue un nuevo tipo de arma: el nitrato de celulosa o también llamado algodón pólvora. Mezclado con éter se usó como antiséptico, como sustancia impermeable para gorros de piel y mezclándolo con alcanfor, calentándolo y retorciéndolo se convirtió en el celuloide de los Hyatt.

Estos hermanos vieron que podía sustituir al marfil en todas sus aplicaciones. Por ejemplo, a la hora de hacer dientes falsos para los dentistas. Debido al alcanfor, este marfil artificial tenía un olor penetrante, lo que aprovecharon para publicitarlo como un diente que olía a limpio. Claro que también tenía sus inconvenientes. En cierta ocasión uno de estos dientes explotó.
El algodón explosivo se convirtió en una nueva arma que hizo las delicias de los militares. Era tres veces más potente que la pólvora y no producía ni humo ni el destello típico del disparo, por lo que el enemigo no podía ver de dónde venía. El problema estaba en que era demasiado inestable. De vez en cuando las fábricas que lo producían explotaban inesperadamente, como en cierta ocasión cuando una de ellas estalló destruyendo por entero la ciudad de Faversham. Fue entonces cuando entró en escena Alfred Nobel. Mezcló el algodón de pólvora con éter y alcohol y creó la nitrocelulosa. Después le añadió nitroglicerina y serrín. En 1868 bautizó la mezcla con el nombre de dinamita.

(Publicado en Muy Interesante)


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