Archive for the ‘Geología’ category

El lugar (geológico) más peligroso

31 julio 2013

Uno de los lugares más peligrosos del planeta, al menos desde el punto de vista geológico, se encuentra en el fondo del Pacífico. Se llama 9º Norte, una zona que se asienta a caballo de las montañas de la dorsal del Pacífico Oriental, en el límite de la Placa Pacífica –la más grande del planeta- y la Placa de Cocos, una de las más pequeñas. No es peligroso porque allí abunden los tiburones, sino porque erupciones y terremotos, invisibles bajo las olas, son el pan nuestro de cada día. A medida que esas dos placas se separan de 11 a 12 cm cada año, lava fundida surge del interior para rellenar el agujero. 9º Norte tiembla, golpeada por 2-3 terremotos al día.

Pero a veces su latido se acelera.

En 1991 9º Norte se vio sometida a una terrible erupción volcánica. En el espacio de dos horas, aproximadamente el equivalente a 400.000 camiones repletos de lava se expandieron por el suelo marino. Una década más tarde, en 2003, las primeras decenas de terremotos, que luego se convirtieron en centenas de ellos, rompieron el suelo marino diariamente, presagiando el terremoto que estaba por venir.

El 22 de enero de 2006 la hecatombe: del orden de 250 terremotos a la hora (4 por minuto) destrozaron el fondo del océano. La lava surgió de las profundidades y se extendió a lo largo de casi 2 km. Estábamos ante la creación de un nuevo suelo marino.

Sonidos misteriosos

18 diciembre 2012

Hace 100 años el mundo era mucho más silencioso que en la actualidad. Hoy estamos acostumbrados al petardeo de las motos, los boom sónicos de los aviones, explosiones varias… Es algo que incluso queda reflejado en el cine: hay más nivel de ruido en las películas actuales que en las de hace 30 años. Es por eso que los extraños sonidos que en ocasiones nos regala la naturaleza quedan enmascarados o, simplemente, ignorados.

Uno de los más misteriosos recibe el nombre de mistpouffers en Francia, marina o brontidi en Italia, uminari en Japón o retumbos en Sudamérica. Se trata de explosiones que se escuchan en las costas de medio mundo y de las que existen registros de su existencia desde finales del siglo XIX. Lo único que se sabe de estos misteriosos estallidos es que deben estar relacionados con el mar, pues solo se escuchan en la costa. Cierta hipótesis postula que se trata de erupciones de gas natural provenientes de la parte de la placa continental que se encuentra bajo los océanos.

En este sentido, su origen sería el mismo al de los espeluznantes cañonazos llamados “cañones de los lagos”, pues se escuchan en algunos grandes lagos, como en el Seneca de Nueva York, y cuya antigüedad está atestiguada por las historias de los nativos americanos de la zona. En la década de los años 30 la revista Science publicó diferentes artículos donde se defendía que los “cañones del Seneca” tenían, con toda probabilidad, relación con “escapes” de las bolsas de gas natural existentes allí.

El fenómeno de los retumbos se escucha por todo el globo: desde la costa este canadiense a la desembocadura del Ganges -donde se les conoce como los cañones Barisal- pasando por la costa belga, diferentes lugares de Escocia y las Filipinas. En Italia a finales del siglo XIX se escuchaba el siguiente refrán: “Cuando tuona la marina o acqualo, vento o strina” (Cuando suena la marina -el océano retumba-, espera lluvia, viento o calor). Según un artículo publicado en el Monthly Weather Review por A. Cancani en 1898, en Italia “el intervalo entre sucesivas detonaciones es variable… parecen oirse en cualquier época del año y momento del día” y no se encuentran asociadas a un mar tormentoso pues se escuchan con bastante frecuencia durante un mar en calma.

De todos los retumbos los más famosos son los que se escuchan en el delta del Ganges, especialmente de febrero a octubre y que aparecen justo antes, durante o inmediatemente después de las tormentas y siempre parecen venir de dirección sur o sudeste. Algunos científicos que se han interesado por estas explosiones señalan que todas estas características apuntan a un origen sísmico, aunque este tipo de detonaciones sea más común en zonas montañosas.

Pero de todos los misteriosos sonidos que podemos escuchar por el planeta seguramente ninguno es más hipnotizador que las arenas musicales de algunos desiertos, como sucede en el Sinaí: cuernos, campanas, gruñidos incluso ladridos. ¿Será éste el origen de la leyenda del suspiro matutino de la Esfinge? Nadie ha podido explicar convincentemente el misterioso mecanismo de acción que hace que en un lugar suena como un ladrido y en otro como la dulce flauta del dios Eolo. Las arenas musicales representan un peculiar (y nada estudiado) subproducto de la geología. Y es que nuestro planeta oculta muchos fenómenos naturales que desafían a nuestros científicos.

Vulcanismo, Canarias y José María Fúster

3 noviembre 2011

 

 

Hace ya 12 años que entrevisté para Tercer Milenio de Heraldo de Aragón a José María Fúster Casas (1923-2000), que fuera catedrático emérito de Petrología y Geoquímica de la Facultad de Ciencias Geológicas de la Universidad Complutense de Madrid. Guardo un entrañable recuerdo de aquella entrevista -algo que rara vez sucede- de este gran experto de los procesos volcánicos. Dejo aquí aquellos recuerdos tras la peculiar “crisis” de El Hierro.

«Un volcán es uno de los procesos naturales más atractivos e hipnotizantes que existen». Fúster recuerda con cariño el día en que fue a estudiar in situ un volcán que entró en erupción en las islas Canarias hace bastantes años. «todos en el equipo estábamos como hipnotizados y teníamos que ser muy rigurosos a la hora de establecer los turnos de descanso porque nadie se quería ir y dejar de ver cómo fluía la lava». Cuenta que hasta su zona de observación se coló un hombre que se había saltado todos los controles de seguridad. «Nos encontramos con un hombre que andaba por donde estábamos nosotros y le preguntamos a qué equipo pertenecía, pues habían venido varios. á ninguno’, nos dijo. Era un empleado del metro de Madrid que al oír en las noticias lo de la erupción, dejó todo, cogió un avión y vino a Canarias porque quería verlo de cerca».

«Un volcán es el último episodio de un drama que comienza bastantes kilómetros por debajo de donde empieza a aparecer la lava, que es lo que caracteriza a un volcán. Se trata, simplemente, de un desahogo de la energía que existe en el interior de nuestro planeta». En contra de lo que es habitualmente creído, las erupciones volcánicas son muchos más frecuentes de lo que nos imaginamos: «La actividad de un volcán se manifiesta de manera esporádica pero continua, y en una frecuencia mucho mayor de que lo que la gente puede deducir de las noticias de los medios de comunicación. Podemos decir que en cada momento tres o cuatro volcanes están en actividad en todo el mundo». Por supuesto, unos con más actividad que otros. «Al cabo del año hay del orden de 50 a 60 erupciones volcánicas en la superficie terrestre; eso sin contar las que hay bajo la superficie del océano y que se detectan con mayor dificultad.

La mayoría de los volcanes aparecen en las zonas de colisión de las placas de la corteza terrestre. Sin embargo, hay muchos volcanes que se encuentran situados en lo que podemos denominar, de manera muy simplificada, puntos calientes. «Estos puntos están lejos de las zonas de colisión de las placas, no están en la frontera sino en el interior, y tienen un proceso volcánico muy continuado en el tiempo». Un ejemplo de estos puntos calientes son las islas Canarias y las Hawaii. No son más que parte de un episodio de transmisión de energía desde zonas profundas del planeta hasta la superficie. «Los puntos calientes se generan en zonas muy profundas, probablemente en lugares de contacto entre el manto y el núcleo, y que por diversos motivos migran a la superficie», comenta Fúster. «Podríamos decir que es una especie de foco de calor que llega hasta la superficie y allí entonces aparece el volcán, que no es otra cosa que la muestra de ese desequilibrio».

Quizá uno de los efectos de las erupciones volcánicas menos conocidos por el gran público pero, por contra, más importantes, es su influencia sobre el clima de la Tierra. «El vulcanismo es un factor importante del cambio climático», afirma Fúster. Todos sabemos que el efecto invernadero natural de la atmósfera se ha ido potenciando estos últimos años debido a las elevadas emisiones de dióxido de carbono que hemos estado arrojando a la atmósfera. Los climatólogos estiman que debido a esto la temperatura media de la Tierra se elevará, más o menos, en un grado centígrado. Pero si tenemos en cuenta los volcanes, nos encontramos con una sorpresa. Las erupciones volcánicas arrojan a la atmósfera grandes cantidades de dióxido de azufre, y este compuesto «provoca un efecto anti-invernadero; en cierto modo compensa la modificación térmica». Sin embargo hay una diferencia notable entre ambos gases. «La cantidad de dióxido de carbono va aumentando y su efecto se manifiesta de forma continua, pero el dióxido de azufre de los volcanes lo hace de una manera esporádica. Sólo cuando hay una erupción importante penetra el dióxido de carbono en la estratosfera y entonces es cuando se produce ese efecto contrario».

Un ejemplo dramático de todo esto fue la erupción del volcán Krakatoa en el siglo pasado. «Tras la erupción hubo un pequeño enfriamiento de la atmósfera y se produjeron una serie de efectos ópticos que en un principio se creyeron debidos al polvo volcánico». El volcán envió mucho polvo a la atmósfera y por eso los científicos pensaban que este descenso de la temperatura media de la Tierra estaba ocasionado por el polvo volcánico. Pero las cosas no están tan claras. «El Krakatoa también envió mucho dióxido de azufre que en la alta atmósfera se transformó en sulfúrico, y ahora pensamos que los efectos térmicos observados se debieron más a esos pequeños aerosoles de sulfúrico que al polvo».

¿De dónde viene el agua de los manantiales?

27 octubre 2011

No es una pregunta tonta. Por ejemplo, para los griegos todas esas aguas procederían del mar. Pensaban que desde el agua salada se infiltraba desde el fondo del mar y tras un intrincado viaje a través de las fisuras del terreno acababan en una enorme caverna situada en las entrañas de la Tierra, debajo de los continentes. Una vez allí, el propio calor interno evaporaba el agua y, de este modo, la destilaba. Una vez libre de sus sales, el vapor de agua ascendería por los poros del terreno, enfriándose, hasta llegar a condensar como agua dulce, que empaparía el subsuelo desde abajo, alimentando los pozos o brotando en forma de manantiales. Platón bautizó a esa supuesta caverna universal con el nombre de Tártarus.

Hasta prácticamente mediados del siglo XVII se mantuvo esta explicación. A ello contribuyó estas palabras del libro del Eclesiastés: “Todas las aguas van a la mar y la mar nunca se llena, porque allí de donde vinieron tornan de nuevo para volver a correr” La Biblia no podía estar equivocada y, por tanto, cualquier otra interpretación debía ser considerada herética.

En 1670 Pierre Perrault, un Cobrador de Finanzas en el Ayuntamiento de París y hermano Charles Perrault, comprobó con sorpresa que la ingente cantidad de agua evacuada por el Sena a lo largo de un periodo de tres años había sido seis veces inferior a lo que durante ese mismo tiempo habían descargado las lluvias en la cuenca. Asombrado por sus resultados, un científico francés llamado Mariotte repitió la experiencia y comprobó que el volumen de agua evacuado por el Sena a la altura del Pont Royal de París a lo largo de un año había sido muy inferior al descargado en ese mismo tiempo por las lluvias. A partir de estas simples observaciones y de los trabajos de Dalton, Hadley y otros físicos de la época, se pudo formular un concepto científico de escala realmente planetaria: el ciclo hidrológico.

El agua escapa continuamente de la superficie de la Tierra a la atmósfera a través de la evaporación directa del mares y lagos. También escapa del interior del suelo mediante la transpiración vegetal. Todo ese flujo de vapor acaba condensando primero, y precipitando después en forma de lluvia. El tiempo medio de permanencia del agua evaporada en la atmósfera es de poco más de una semana. Cada vez que llueve, parte del agua caída acaba discurriendo directamente por la superficie del terreno. En breve tiempo desaloja la cuenca hidrográfica sobre la que precipitó. En cambio, otra parte importante del agua de lluvia se infiltra y penetra en el terreno, comenzando un largo e intrincado viaje subterráneo, hasta que al cabo de unos meses, años o siglos, vuelve a emerger en la superficie, alimentando los manantiales y los ríos.

1911-2011: carrera al Polo Sur

22 octubre 2011


Una nueva forma de aprender historia… viviéndola.

Este es el motto de un proyecto en el que estoy involucrado. En esencia recrea la carrera de Amundsen y Scott al Polo Sur como si estuviera sucediendo hoy.
Dos periodistas ficticios, Tor Nordbø -enviado especial del periódico Aftenposten de Oslo- y Edward W. Walton -corresponsal del Strand Magazine-, viajan incrustados en ambas expediciones.

Estamos en el siglo XXI así que ambos utilizan las redes sociales y los blogs para informarnos puntualmente de cómo discurre esta aventura antártica. Cada uno de ellos utiliza su perfil de Facebook para ir anunciando las crónicas de su blog y colgando fotos de la expedición, y Twitter para informar en tiempo real lo que sucede en ese momento en cada uno de los equipos.
El esfuerzo de recrear día a día lo que sucedió en el lejano 1911 se lo debemos a Javier Cacho, científico y escritor, fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde ha regresado en varias ocasiones. Las tres últimas como jefe de la Base Antártica Española Juan Carlos I.

Además, como apoyo a profesores y educadores, estarán disponibles en la web, guías didácticas y una pequeña exposición sobre la Antártida para su uso libre en colegios e institutos. Todo ello se complementa con un Cuentacuentos dirigido al público infantil.
Aquí os dejo los enlaces:


La Carrera al Polo: página de entrada

Tor Nordbø: Twitter, Facebook, blog
 

Edward W. Walton: Twitter, Facebook, blog

La venganza de Pelée

19 enero 2011

El 2 de febrero de 1902 los habitantes de la ciudad caribeña de Le Prêcheur, en la isla de Martinica, empezaron a percibir un olor a azufre cada vez más penetrante. A medida que avanzaba el mes, los vapores provenientes del cercano volcán Pelée, la Montaña de Fuego, empezaron a provocar la muerte por asfixia de los pájaros.

El 23 de abril, a las 8 de la mañana, un terremoto sacudió la cercana ciudad de St Pierre y otros pueblos vecinos. Al día siguiente se escuchó un fuerte ruido, como un gran choque, al que le siguió una serie de ruidos más apagados, como si vinieran del interior de la Tierra. La mañana del 25 amaneció nublada y con el cielo totalmente oscurecido, como si se hubiera producido un inesperado eclipse de Sol. Entonces se escuchó un cañonazo y el cielo se encendió. Durante horas cenizas incandescentes llovieron sobre los pueblos de los alrededores del volcán. A las 10 de la noche un terremoto sacudió la isla.

A las once y media de la noche del 2 de mayo la ciudad de St Pierre fue despertada por una serie de sordas detonaciones mientras una enorme columna de cenizas y material incandescente se formó sobre la cima de la montaña. Fragmentos de piedra pómez y cenizas fueron empujadas por el viento hasta una distancia de 32 kilómetros. La población, presa del pánico, buscó consuelo en las iglesias. Bloques de roca volaban por los cielos alcanzando los dos kilómetros de distancia, las gentes de St Pierre respiraban con dificultad en una atmósfera era sofocante y la ciudad pronto se cubrió de una fina capa de cenizas. Al día siguiente el gentió acudió a la catedral buscando la absolución.

El 7 de mayo, aprovechando un descenso en la actividad del Pelée, las autoridades difundieron un comunicado para calmar a la población: «La intensidad de la erupción está disminuyendo palpablemente». Un profesor de ciencias naturales del instituto de St Pierre afirmó que «el monte Pelée no representa una amenaza mayor que el Vesubio para Nápoles». Pero los habitantes de la ciudad, a siete kilómetros del volcán, no se tranquilizaron y empezaron a construir barricadas. En este estado de cosas el gobernador decidió visitar St Pierre para tranquilizar a la población.

Esa noche se escucharon nuevas detonaciones mientras una lluvia torrencial se desató sobre la isla. A las cuatro de la madrugada el volcán se calmó. El amanecer saludó a la ciudad con un cielo limpio y las calles lavadas por la lluvia. Era el día de la Ascensión y la campana del Ángelus estaba sonando. Los habitantes de St Pierre, apiñados en la iglesia, rezaban por su salvación. Y a las ocho menos diez el temido final llegó. Una terrible explosión se escuchó en el flanco oeste del volcán y la montaña pareció rajarse de arriba abajo. Una oscura nube ardiente se deslizó a 160 km/h por la ladera del volcán y llegó a St Pierre. Dos minutos después la nube cubrió la ciudad, abrasando y matando todo a su paso. Murieron 28.000 personas.

Cuando los equipos de rescate llegaron a la ciudad encontraron un paisaje desolador. Un fétido olor a carne en descomposición se mezclaba con el acre de los cuerpos quemados. Contra todo pronóstico, hallaron a un único superviviente, Augustus Cyparis. Había sido encarcelado por participar en una riña callejera y había sido vuelto a encarcelar por escaparse antes de cumplir toda condena. El calabozo, casi un refugio contra bombardeos, le había salvado la vida.

Geobobada reticular

6 septiembre 2010

Nuestro planeta está vestido con una tupida rejilla de energía cósmico-telúrica, algo así como una mosquitera planetaria cuyas paredes tienen un grosor de 20 cm y están separadas 2 metros en dirección norte-sur y 2,5 de este a oeste. Es llamada red de Hartmann en honor del peculiar médico alemán que la “descubrió” en la primera mitad del siglo XX, aunque uno de los primeros en postularla fue un médico y radiestesista francés llamado Peyré. En 1937 dijo que existía “una radiación norte-sur, aparentemente magnética, y una radiación este-oeste, perpendicular a la primera y de apariencia eléctrica”. Se nota que este buen hombre sabía tanta física como Nuria Bermúdez.

Hartmann fue el primero en demostrar su influencia perniciosa sobre nuestra salud midiendo las diferencias de resistencia cutánea corporal en 150.000 sujetos que permanecieron 30 minutos sobre una “zona alterada telúricamente”. Especialmente peligrosos para nuestra salud son los puntos de cruce de la rejilla: nos dejan con las defensas tan bajas que no nos las sube ni el Actimel. Eso sí, a las hormigas les vienen de perlas mientras que los árboles tratarán de alejarse de ellos, por eso vemos que algunos crecen torcidos… Si quiere saber dónde están las líneas Hartmann en su casa llénela de macetas con perejil, que es muy sensible a esta chorriretícula.

Demos gracias a que vivimos en latitudes medias, porque los pobres esquimales lo tienen que pasar muy mal: como la Tierra no es plana la rejilla se va estrechando a medida que nos acercamos a los polos. ¡No hay escape a las malvadas líneas Hartmann en los círculos polares!

Y no le pregunten a ningún geólogo o geofísico por esta red: los muy necios no la conocen porque sus aparatos son incapaces de detectarla. Hay que hacer como Hartmann; use un péndulo. Usted píllele el tranquillo, léase cuatro libros y se habrá convertido en “geobiólogo”. Un título que le servirá para reorientar los muebles de la casa, la cama… y el dinero de los incautos que se crean esta bobada.


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